Jueves, 19 de diciembre
En el bufete ya olía a vacaciones. Alguien había traído una bandeja de polvorones a la sala de reuniones, la mitad de los despachos estaban vacíos y los que quedaban trabajaban con la puerta abierta y la cabeza en otra parte.
Claudia se sorprendió mirando el reloj de la pantalla cada diez minutos, con más ganas que nunca de que dieran las cinco y media.
«Técnico cafetera — en mano.»
Le había dado vueltas toda la noche. Si el abuelo pagaba al técnico en mano, cada mes, el técnico tenía que dejarle algo por escrito. Y un hombre que hacía los sietes con rayita para no equivocarse no tiraba un papel así. Lo guardaba. La pregunta era dónde.
A media mañana, mientras revisaba una cláusula que ya había revisado dos veces, se acordó de golpe.
La caja del martes. El manual de instrucciones de una cafetera que ya no existía, con las esquinas dobladas, que ella había dejado a un lado sin abrirlo porque no parecía importante.
¿Dónde iba a guardar un hombre así los papeles del técnico de la cafetera, si no con la cafetera?Se pasó el resto del día fingiendo que trabajaba.
* * *El manual seguía donde lo había dejado, encima del montón de las cosas que no servían para nada.
Claudia lo abrió sobre el escritorio con más ceremonia de la necesaria, con Juan de pie a su lado y Elena asomada desde la puerta.
Entre las páginas de instrucciones, dobladas por la mitad, había facturas.
Decenas de facturas pequeñas, todas del mismo técnico, todas por el mismo importe, todas con un «pagado» escrito a mano en la esquina con la letra del abuelo.
—No me lo puedo creer —dijo Elena—. Diez años con esto metido en un libro de instrucciones.—Es lo más lógico del mundo —dijo Juan—. Para él, claro.
Claudia ya no los oía. Separó las facturas por años, las fue apilando en montones y abrió la hoja de cálculo. Elena volvió a la barra, que se le llenaba de clientes. Juan se quedó.
Durante la primera media hora, Claudia no levantó la vista de la pantalla.
Él tampoco hizo nada por llamar su atención.
Salió en silencio y volvió al rato con una taza de té negro, con la leche justa y sin azúcar, exactamente como ella lo tomaba, aunque nunca se lo había dicho.
Debajo del platillo había una servilleta doblada con algo escrito a boli: «Para la mejor contable de Vigo. Aunque no sea contable».
Claudia la leyó, la dobló y se la guardó en el bolsillo sin decir nada. Siguió tecleando. Tardó un rato en poder concentrarse otra vez en la columna que tenía delante.
—Esto no es justo —dijo Juan, sentándose en el suelo con uno de los cuadernos del abuelo sobre las rodillas—. Llevo una semana intentando que me hagas caso y la cafetera de mi abuelo lo ha conseguido en cinco minutos.
—La cafetera de tu abuelo me está resolviendo el caso. —Yo te he hecho una tortilla con cebolla. Eso tiene que contar para algo.—Cuenta —dijo Claudia, y se le escapó una sonrisa que no llegó a esconder del todo detrás de la pantalla.Juan se rió y abrió el cuaderno.
—«Martes» —leyó en voz alta, con la voz grave y pausada de alguien mucho mayor—. «Llueve. Poca gente. El chico de los periódicos dice que el Celta va a subir. No se lo cree ni él».
Claudia soltó una carcajada sin querer.—No me distraigas.
—«Jueves» —siguió Juan, pasando la página—. «Ha venido la señora del sombrero verde. Ha pedido té y lo ha dejado entero. Tres semanas igual. Creo que viene a leerse los libros sin comprar ninguno. La dejo».
—Eso no pone ahí.
—Te lo juro. —Le tendió el cuaderno abierto. Lo ponía, con aquella letra apretada, entre una suma y otra—. Mi abuelo llevaba las cuentas del local y, de paso, las de toda la clientela.
Claudia se quedó mirando la página más de lo que hacía falta. Después levantó la vista hacia Juan, que seguía sentado en el suelo, con las gafas en la frente y la sonrisa de quien sabe que por fin ha ganado un asalto.
—¿Qué? —dijo él.—Nada. Que tu abuelo me cae muy bien.
—Pues que sepas que eso se hereda —dijo Juan—. Lo de caer bien, digo. Lo de ordenar papeles, por desgracia, no.
Ella negó con la cabeza, sonriendo, y volvió a la pantalla. Pero él siguió leyendo en voz baja, página tras página, y ella siguió riéndose de vez en cuando, y poco a poco dejó de fingir que no lo escuchaba.
A las ocho y media, Claudia sumó la última columna. Se echó hacia atrás en la silla y contempló el número.Juan cerró el cuaderno.—¿Qué pasa?
—Que cuadra. —Claudia se giró hacia él, sin poder contener la sonrisa—. Juan, cuadra. Cada año, casi al céntimo. El agujero son estas facturas.
Él se levantó del suelo de un salto.—¿Y ahora qué?
—Ahora lo fácil. Todos estos pagos tienen que entrar en la contabilidad, con sus facturas, año por año. Ya no hay ningún misterio. Mañana os lo dejo explicado para que se lo paséis a vuestro gestor. Él sabrá cómo regularizarlo a final de año.
Juan la miró en silencio. Después se asomó a la puerta y gritó hacia la barra:—¡Elena! ¡Cuadra!Se oyó un grito, algo que se caía y unos pasos rápidos. Elena apareció en el umbral con el trapo todavía en la mano.
—¿En serio?—En serio —dijo Claudia.
Elena cruzó el despacho en dos zancadas y la abrazó tan fuerte que casi la tira de la silla. Por encima de su hombro, Claudia vio a Juan apoyado en el marco de la puerta, mirándolas a las dos con una expresión que no se parecía a ninguna de las que le había visto hasta entonces.
—Eres un genio —dijo Elena, soltándola por fin—.
Un genio con tacones.—No llevo tacones.—Da igual.
Es una forma de hablar.* * *Estaba ya en el portal, todavía con la sonrisa puesta y buscando las llaves en el bolso, cuando el móvil vibró.
Era Álvaro.«Ya tengo el albariño para tu padre, de una bodega de Cambados que me recomendó un cliente.
Espero estar a la altura. Que descanses».
Era un mensaje amable. Correcto. Hasta le deseaba que descansara.
Claudia le contestó con un «Seguro que le encanta, gracias» y guardó el móvil. Al meter la mano en el bolsillo del pantalón, sus dedos tropezaron con la servilleta doblada en cuatro.
Subió las escaleras de dos en dos, sin esperar al ascensor.