Miércoles, 18 de diciembre
Juan cumplió su palabra. Cuando Claudia llegó a Ítaca, pasadas las seis, él ya estaba en el despacho trasero, sentado en el suelo entre dos cajas abiertas, con las gafas en la frente y un bolígrafo en la boca.
—He empezado sin ti —dijo, quitándose el bolígrafo—. Espero que no sea delito.—Depende de lo que hayas encontrado.—Tres recibos de la luz de hace doce años y una foto de Elena disfrazada de pulpo.—¡Eso ni se te ocurra enseñarlo! —gritó Elena desde la barra.
Se repartieron las cajas: él las del suelo, ella las de la estantería.
Durante un rato trabajaron en silencio, con el ruido de la cafetera de fondo y el papel crujiendo entre las manos.
Después, sin que ninguno de los dos decidiera empezar, se pusieron a hablar.
De los veranos de Juan en el barco del abuelo, mareado de la mañana a la noche.
De la primera negociación que Claudia llevó ella sola, con un cliente que no dejó de mirar el reloj en toda la reunión y que al final le dio las gracias como si le hubiera salvado la empresa.
De por qué él seguía comprando libros que ya tenía en otra edición y de por qué ella nunca terminaba una serie.
Elena entraba y salía. Una vez con té, otra con un par de galletas, otra solo para asomarse, mirarlos a los dos y marcharse otra vez sin decir nada, que en Elena era más raro que cualquier otra cosa. Un par de horas más tarde, Claudia encontró algo.
No eran las facturas. Era uno de los cuadernos negros del abuelo, de hacía casi diez años, y en el margen de cada mes había una misma anotación, con aquella letra apretada: «Técnico cafetera — en mano». Ni una cifra en la columna. Solo eso, mes tras mes.
—Pagaba el mantenimiento de la cafetera en efectivo —dijo, en voz alta, más para sí misma que para Juan—. Todos los meses lo mismo, de la caja, a mano. Y nunca lo apuntaba con su importe.
Juan se levantó del suelo y se inclinó sobre su hombro para mirar. —Eso es muy de mi abuelo. Se fiaba más de un apretón de manos que de un papel.
—Pero el técnico sí tuvo que darle un papel. Una factura, un recibo, algo. —Claudia pasó las páginas, cada vez más deprisa—. Si encontramos esas facturas, tenemos la cifra exacta de todos estos años. Y con la cifra, se puede arreglar.
Levantó la vista, y Juan estaba mucho más cerca de lo que ella pensaba.
No se movió ninguno de los dos. Él tenía todavía la mano apoyada en el respaldo de la silla, junto a su hombro, y la luz del flexo le dejaba media cara en sombra. Claudia notó que había dejado de oír la cafetera, y la música de la sala, y todo lo demás.
—Eres increíble, ¿lo sabes? —dijo Juan, en voz baja—.
Y no lo digo por las cuentas.Se acercó un poco más.
O fue ella. Nunca llegó a tenerlo claro.
—¿Juan? —La puerta se abrió de golpe—. ¿Cierro yo la caja o la cierras tú?
Juan se enderezó tan deprisa que casi tira el flexo.
Claudia bajó la vista al cuaderno como si de pronto necesitara leerlo entero.
Elena se quedó en el umbral. Miró primero a su hermano y después a Claudia.Miércoles, 18 de diciembre—Vale —dijo, despacio—.
La cierro yo. Y cerró también la puerta.
* * *—No os vais sin cenar —anunció Juan un rato después, ya recuperado, cuando Elena bajó la persiana—. ¿Tortilla?
—¿Con cebolla o sin? —preguntó Claudia.—Sin —dijo Elena, al instante, desde la barra.—Te he preguntado a ti —le dijo Juan a Claudia.—Con.
Juan sonrió y se fue a la cocina. Elena, con los brazos cruzados, siguió con la vista a su hermano hasta que desapareció en la cocina. —Toda la vida haciéndola sin cebolla porque a mí no me gusta — dijo—. Y llegas tú y en una tarde se le olvida.Claudia no supo qué contestar a eso.
Cenaron en una de las mesas de la sala, con las sillas del resto subidas encima de las mesas y solo las luces del árbol encendidas, la bombilla tozuda incluida. La tortilla llegó a la mesa humeante, poco hecha por dentro, con la cebolla bien pochada. Juan le sirvió a Claudia el primer trozo.
—Está buenísima —dijo ella, con la boca todavía llena. —Lo sé —dijo Juan.
De postre, Elena sacó lo que quedaba de la tarta de almendra y unas trufas de chocolate y coco que había hecho esa misma mañana «para practicar».
Hablaron de todo y de nada: de cuándo pondrían el belén, de un cliente que llevaba veinte años pidiendo el mismo libro sin llevárselo nunca, de qué harían el día 24.
En algún momento de la cena, Claudia dejó de sentirse invitada. Estaba, simplemente, en su sitio.
Nadie habló de lo que había pasado en el despacho. Pero cuando Juan la acompañó hasta la puerta, al despedirse, le quitó con cuidado una pelusa de papel que se le había quedado enganchada en el pelo, y tardó en apartar la mano.
—Mañana las encontramos —dijo.—Mañana —dijo ella.* * *El móvil vibró cuando ya caminaba hacia casa, con el frío de la ría subiendo por Policarpo Sanz. Era Álvaro.
«¿Qué tal? Supongo que a tope, antes de Navidad siempre es una locura. Oye, ¿qué vino le gusta a tu padre? Quiero llevarle algo a la altura».
Claudia se paró bajo un arco de luces y leyó el mensaje. Estaba bien escrito. Era amable. Hasta preguntaba qué tal estaba.
Le contestó que a su padre le gustaba el albariño, y siguió andando. Tardó un poco en darse cuenta de que todavía tenía en la boca el sabor de la tortilla, y de que no quería que se le fuera.