Calendario de adviento Martes, 17 de diciembre
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Martes, 17 de diciembre

Álvaro ya estaba sentado cuando llegó, con un café solo delante y el móvil al lado del platillo, bocarriba.

—Perdona, tengo el tiempo contado —dijo, levantándose a medias para darle dos besos—. Me esperan a las dos y media al otro lado de la ciudad.

—No pasa nada. Será rápido.

Claudia pidió un té, más por tener algo entre las manos que por ganas.

Álvaro llevaba un traje gris impecable y una corbata con un estampado discreto de acebo, la única concesión a la Navidad que Claudia le había visto hasta entonces.

Estaba tan guapo y tan bien peinado como el primer día.

Y, como el primer día, a Claudia le dio la impresión de estar sentada frente a alguien muy bien preparado para una reunión.

—Tú dirás —dijo él.

—Es por lo de Navidad. —Claudia rodeó la taza con las manos—. Mi familia come junta el día 25, en casa de mis padres. Me gustaría que vinieras conmigo.

—Claro —dijo Álvaro, y en ese mismo momento el móvil se iluminó sobre la mesa. Lo miró, escribió algo con el pulgar y volvió a dejarlo—. Perdona. Claro que sí. Mi padre ya me dijo que el tuyo estaba encantado. ¿A qué hora es?—Sobre las dos.

—Perfecto. —Otra vibración. Otro vistazo—. Pásame la dirección por mensaje, que si no se me olvida.

Le preguntó un par de cosas más, todas prácticas: si había que llevar algo, si era muy formal, cuántos iban a ser. Claudia contestó a todo, y en ningún momento de la conversación ninguno de los dos se rió. No hubo una sola broma. Ni siquiera un silencio cómodo: cada pausa la rellenaba el móvil.

A las dos y veinticinco, Álvaro miró el reloj, dejó un billete sobre la mesa y se puso el abrigo.—Me alegro de que me lo hayas pedido —dijo, ya de pie, con una sonrisa perfecta—. Va a quedar muy bien.

Claudia se quedó un momento sola en la mesa, con el té a medias. «Va a quedar muy bien.» Como si fuera una foto. Como si fuera un acto del Colegio.

Se terminó el té, que ya estaba frío, y volvió al bufete.* * *

Esa tarde, nada más llegar a Ítaca, Claudia se encerró en el despacho trasero y siguió la gotera hacia atrás en los papeles que tenía más a mano.

Cuando Elena asomó la cabeza por la puerta, ya tenía algo que enseñarle: la gotera no empezaba en cualquier sitio.

Empezaba en un año concreto, casi diez años atrás.

Antes de ese año, las cuentas cuadraban al céntimo.

A partir de ese año, cada ejercicio faltaba más o menos lo mismo.

—Eso quiere decir que no es un error suelto —explicó Claudia—.

Es algo que se repite. Lo más probable es que hubiera un grupo de facturas, de un proveedor o de algún gasto fijo, que se pagaron pero que nunca se llegaron a apuntar bien.

Si encontramos esas facturas, encontramos el agujero.

Y si encontramos el agujero, se puede arreglar.

Elena recorrió con la vista la estantería de archivadores del fondo, los de los lomos más descoloridos, y después las cajas apiladas debajo de la mesa, en los rincones, encima del armario.

—¿Y dónde están esas facturas?—Aquí. —Claudia abarcó la habitación con un gesto—. En algún sitio de aquí. Me dijiste que el abuelo lo guardaba todo en este cuarto.

—Todo. Absolutamente todo. —Elena se sentó en el borde del escritorio—. Pero eso no quiere decir que lo guardara con ningún orden. Mi abuelo tenía un sistema que solo entendía él. Una vez encontramos la escritura del local dentro de una caja de galletas.

Claudia se rió, aunque por dentro echó cuentas. Había al menos una treintena de cajas, y ninguna tenía nada escrito por fuera. —Pues empezamos por una —dijo.

Eligieron la que tenían más cerca, una caja de cartón con las esquinas blandas, y la abrieron sobre el escritorio. Dentro había cuadernos. Cuadernos de tapas negras, de los de hule, con las esquinas dobladas y el lomo reforzado con cinta adhesiva amarillenta. Claudia abrió el primero con cuidado.

Eran las cuentas de Ítaca escritas a mano. Una página por semana, con fecha, con columnas trazadas a regla y una letra pequeña y apretada que aprovechaba cada milímetro del papel, como si el papel hubiera sido caro alguna vez.

—Esto es del abuelo —dijo Elena, en voz baja.

La puerta se abrió en ese momento. Juan traía un plato con dos rosquillas de anís y una excusa preparada que no llegó a decir. Se quedó mirando el cuaderno abierto sobre la mesa.

—¿Puedo?

Claudia se lo tendió. Juan lo cogió con las dos manos, como si pesara más de lo que pesaba, y pasó unas cuantas páginas despacio. Se detuvo en una y la miró un rato largo.

—Los sietes —dijo al fin—. Los hacía con una rayita en medio, a la europea. Cuando yo era pequeño me obligaba a hacerlos así. Decía que un siete sin rayita se confunde con un uno, y que un error de esos, en unas cuentas, te podía costar el barco entero.

Elena sonrió sin decir nada. Claudia miró los números de la página: todos los sietes, sin excepción, tenían su rayita.—Es un hombre muy ordenado para ciertas cosas —dijo Juan, devolviéndole el cuaderno con cuidado.

—Para las cajas, no tanto —dijo Elena.—Para las cajas, un desastre.Los tres se rieron, y algo se aflojó en la habitación.

* * *

A las nueve habían revisado cuatro cajas.

En ninguna estaban las facturas. Sí aparecieron, en cambio, un manual de instrucciones de una cafetera que ya no existía, un taco de entradas de un partido del Celta, una lata de caramelos vacía y un sobre con fotos de la inauguración del local, que Elena se guardó sin enseñárselas a nadie.

Claudia se estiró en la silla, con la espalda protestando. Veintitantas cajas por delante.

—Mañana no te dejo sola con esto —dijo Juan, desde la puerta—. Yo me encargo de la barra por la mañana, y por la tarde me meto aquí contigo. Entre los dos vamos el doble de rápido.

—Entre los tres —dijo Elena.—Tú tienes que hornear.—Puedo hornear y buscar a la vez. Soy multitarea.

Claudia los miró discutir y se dio cuenta de que estaba sonriendo sin motivo.

Había muchísimo trabajo por delante, sí.

Pero tenía la misma certeza que en el bufete, cuando después de días dándole vueltas a un asunto por fin veía dónde estaba el fallo: las facturas existían y estaban en esa habitación.

Encontrarlas solo era cuestión de tiempo.

—Están aquí —dijo, en voz alta, sin darse cuenta.Juan dejó de discutir con su hermana y la miró.—Entonces las encontraremos —dijo.Y lo dijo con tanta tranquilidad que Claudia se lo creyó sin más.