Calendario de adviento Lunes, 16 de diciembre
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Lunes, 16 de diciembre

La última semana antes de las vacaciones de Navidad tenía en el bufete un ritmo propio, a medio camino entre la carrera y el pánico.

Todo el mundo quería cerrar antes del viernes lo que llevaba meses abierto: firmas que se adelantaban, clientes que de pronto descubrían que un contrato era urgentísimo, correos con el asunto en mayúsculas.

En la sala de reuniones, alguien había colgado una guirnalda de espumillón plateado sobre la pantalla del proyector, y nadie se atrevía a quitarla.

A media mañana, entre dos llamadas, Claudia le escribió a Álvaro: «¿Tienes un rato hoy para un café? Quería pedirte una cosa».

La respuesta no llegó. Tampoco a la hora de comer, ni a las cuatro, cuando volvió a mirar el móvil. Nada. Volvió a guardarlo y, entre una cosa y otra, no se acordó de mirarlo otra vez en toda la tarde.

A las cinco y media recogió sus cosas. Por primera vez en diciembre, salía del bufete hacia Ítaca con un motivo distinto: trabajo.

* * *Elena la estaba esperando en la barra con un delantal nuevo, rojo, con un reno bordado que sonreía de una forma un poco inquietante.

—Regalo de un proveedor —dijo, al ver cómo lo miraba—.

No me juzgues. Ven, te enseño el cuartel general.

El despacho trasero era más pequeño de lo que Claudia había imaginado y estaba mucho más lleno.

Un escritorio de madera oscura, con las esquinas redondeadas de tanto roce, una lámpara de flexo, un ordenador que había conocido tiempos mejores y, alrededor, archivadores de cartón apilados hasta media pared, con los años escritos a rotulador en el lomo.

Olía a cartón y a papel viejo y, desde la puerta, a la tarta de almendra que salía del horno.

—Aquí está todo lo de los últimos cinco años —dijo Elena, señalando una estantería—. Lo de antes, en esas cajas. Lo de mucho antes, ni idea. El abuelo guardaba las cosas donde le parecía.

—Empiezo por lo reciente —dijo Claudia, quitándose el abrigo y remangándose—. Si el agujero viene de atrás, ya iremos tirando del hilo.

Se sentó, encendió el flexo y se olvidó del mundo.

Era una sensación que conocía bien, la misma que tenía en el bufete cuando una operación se complicaba y había que leerlo todo, número por número, hasta que algo no encajaba.

Solo que aquí no había cliente con prisa ni socio mirando el reloj.

Había facturas de proveedores de café, recibos de la luz, extractos del banco con el logo antiguo y, entre medias, notas a mano de Juan en post-its amarillos: «¿Esto qué es?

», «Revisar», «NO CUADRA», este último subrayado tres veces.

La primera vez que levantó la vista, había una taza de té negro junto al teclado. No la había pedido y no había oído a nadie entrar. La segunda, había también un plato con un trozo de tarta de almendra, con la cruz de azúcar glas dibujada encima.

—La he hecho con la receta de mi abuela —dijo Elena desde la puerta, que se había quedado apoyada en el marco a verla comer—. Las de verdad no llevan harina. Si alguien te dice lo contrario, miente.

—Está buenísima.—Ya lo sé. Pero me gusta que me lo digan.

Juan entró y salió varias veces a lo largo de la tarde, siempre con alguna excusa: una caja de tazas que había que guardar, un bolígrafo que no encontraba, una pregunta sobre si le molestaba la música de la sala.

En la cuarta visita ya no traía ninguna excusa.

Se quedó mirando por encima de su hombro la hoja de cálculo que Claudia había empezado a montar, llena de columnas y colores.

—¿Todo eso lo has hecho hoy?—Es lo que hago todos los días.

Solo que normalmente es más aburrido.—¿Y esto es menos aburrido?

—Esto tiene post-its tuyos que dicen «no cuadra» con tres subrayados —dijo Claudia—.

Es casi una novela de suspense. Juan se rió, un poco avergonzado, y se pasó la mano por el pelo.

—Llevo meses con esos post-its. Tú llevas una tarde y ya sabes más que yo.

—Todavía no sé nada —dijo ella—. Pero sí sé una cosa.

Le enseñó la pantalla. Había ido comparando lo que entraba en caja con lo que llegaba al banco, año a año, hacia atrás. La diferencia estaba en todos los años que había mirado. Pequeña, casi siempre la misma, como una gotera que nadie había arreglado nunca porque no llegaba a mojar el suelo.

—No es un error de este año —dijo—. Ni del anterior. Ya estaba en el primero que tenéis en el ordenador. Viene de antes.

Juan se quedó callado mirando la pantalla.—Del abuelo —dijo al fin.

Juan asintió despacio y salió sin decir nada más.

Al rato, a través de la puerta entornada, Claudia lo oyó hablar en voz baja con Elena junto a la barra.

Solo le llegaron trozos sueltos: «…toda la tarde ahí metida…

», y después algo de Elena que no entendió, y luego otra vez la voz de Juan, más baja todavía: «…

ni siquiera nos va a dejar que se lo paguemos».

Claudia volvió a mirar la pantalla y fingió que no había oído nada. Esta vez le costó un poco más concentrarse en la siguiente columna. * * *

Eran casi las nueve cuando apagó el flexo. Ítaca ya estaba a medio cerrar, con las sillas subidas sobre algunas mesas y solo las luces del árbol encendidas, incluida la bombilla tozuda de siempre.

Juan la acompañó hasta la puerta, con el paño todavía colgado del hombro.

—No sé cómo agradecerte esto —dijo.—No hace falta.

—Sí hace falta. —Se quedó un momento pensando, como si buscara la forma exacta de decirlo—.

Llevo meses llevándome esos papeles a casa y volviendo con la sensación de que el problema era yo.

Que había hecho algo mal y no era capaz de verlo.

Hoy es la primera noche que me voy a dormir sabiendo que no.

Claudia no supo qué contestar. Estaba acostumbrada a que le dieran las gracias en el bufete, con una fórmula educada al final de un correo. Nadie le había dado nunca las gracias así, mirándola a la cara, como si le hubiera devuelto algo que no sabía que había perdido.

—Mañana sigo —dijo, al fin.—Aquí estaremos. Con té y con lo que se le ocurra a Elena.

Salió a la calle con el frío en la cara y una sensación de ligereza que no le cuadraba con un lunes a esas horas.* * *

Sara estaba en el sofá, con una manta hasta la barbilla y una película que ninguna de las dos miraba. Claudia se sentó a su lado y le contó lo de las cuentas, lo del despacho trasero, lo de la taza de té que aparecía sola junto al teclado. Sara escuchó sin interrumpir, algo rarísimo en ella.

El móvil vibró pasadas las once y media.«Imposible hoy, reuniones hasta ahora mismo. Mi padre me ha comentado algo de Navidad, ¿es eso? Mañana tengo un hueco a la hora de comer, un café rápido. Los dos somos gente ocupada, nos entendemos».

Claudia leyó el mensaje. No le preguntaba qué tal el día. Ni siquiera qué era lo que quería pedirle: por lo visto, eso ya se lo había contado su padre.

Le contestó que sí, que a mediodía le venía bien.—¿Álvaro? —preguntó Sara, sin apartar los ojos de la pantalla. —Álvaro.—¿Y qué dice?Claudia lo pensó un momento.—Que mañana tiene un hueco.Sara cogió el mando y subió el volumen de la película.