Calendario de adviento Domingo, 15 de diciembre
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Domingo, 15 de diciembre

Esta vez Ana sí vino, y con ella el prometido, que saludó a todo el mundo con dos besos y un apretón de manos a Manuel tan firme y tan correcto como todo lo demás en él.

Traía una botella de vino envuelta en papel de regalo y un comentario amable sobre lo bien que olía la casa.

Nadie en la mesa habría sabido decir qué tenía de malo, y precisamente por eso a Claudia le costaba tanto mirarlo.

El cocido humeaba en el centro, como siempre.

El belén del aparador, ya montado del todo, había ganado desde la semana anterior un río de papel de plata y un pastor más de la cuenta, porque la tía Rosa encontraba uno nuevo en cada mercadillo y no había manera de convencerla de que el portal no daba para tantos.

—Hemos cerrado ya la lista de invitados —anunció Ana, entre el primer plato y el segundo, con el móvil en la mano—. Por fin. —¿Cuántos sois al final? —preguntó Isabel.

—Ciento ochenta. —Ana deslizó el dedo por la pantalla y levantó la vista hacia Claudia, con toda la inocencia del mundo—. Por cierto, prima, a ti te he puesto con acompañante. Por si acaso. Luego, si no, lo quito.

Lo dijo sin ninguna mala intención, y eso fue lo peor. Hubo un pequeño silencio en la mesa, de esos que no duran nada y lo dicen todo. —Haces bien, hija —dijo la tía Pilar, sirviéndose garbanzos—.

Que todavía faltan meses. Y a esta, o la espabilamos este año o ya me dirás. ¿Tú sabes lo que le cuesta a una mujer tener el primero pasados los treinta y cinco?

—Pilar... —dijo Isabel.

—Nosotras solo lo decimos porque te queremos, cariño —dijo la tía Rosa, apoyándole la mano en el brazo—. Es que te vemos tan sola, con lo que tú vales...

—No estoy sola.

—Con Sara, ya lo sabemos —dijo Pilar—. Pero Sara no te va a llevar a la boda de tu prima. Ni se va a sentar contigo el día de Navidad, que ya puestos...

El prometido de Ana, muy concentrado en partir un trozo de chorizo, sonrió con la sonrisa de quien ha decidido no estar en esa conversación.

Ana le enseñó a Rosa una foto de los centros de mesa.

Rosa dijo «qué preciosidad». Pilar miró a Claudia por encima de las gafas, como si los centros de mesa también fueran culpa suya.

Isabel se levantó a por más pan, aunque todavía quedaba media barra.

Y Claudia, que en el trabajo era capaz de pasar cuatro horas negociando una sola cláusula sin que se le moviera un músculo de la cara, dejó el tenedor sobre el plato y se oyó decir:

—Estoy empezando a salir con alguien. Y va a venir el día de Navidad.Durante un momento, lo único que se oyó en la mesa fue el reloj de la cocina.

—¿Cómo que con alguien? —dijo Pilar—. ¿Con quién? —Se llama Álvaro. Álvaro Contreras.

El que reaccionó primero fue su padre. Manuel, que llevaba toda la comida callado en la cabecera, levantó la vista del plato con una expresión que Claudia no le había visto en años.

—¿Álvaro? ¡El hijo de Álvaro Contreras, nada menos! Buen abogado, y mejor familia.

A partir de ahí, la mesa se le vino encima.

«¡Qué calladito te lo tenías!», dijo Pilar, casi ofendida de no haberse enterado antes.

Rosa se llevó una mano al pecho. Ana aplaudió dos veces y dijo que entonces el acompañante se quedaba en la lista, que ya no lo quitaba.

El prometido le dio la enhorabuena, muy correcto, sin saber muy bien por qué.

Claudia sonrió, asintió y contestó a todo con frases cortas, sin dar un solo detalle que luego tuviera que mantener.

Lo único que no consiguió fue mirar a su padre, que no dejaba de sonreír desde la cabecera como si le hubieran dado la mejor noticia del año.

Hacía tiempo que no lo veía tan contento.

Y era por algo que ni siquiera había pasado todavía.

* * *Después del café, se ofreció a fregar. Nadie se lo discutió.

Su madre llegó al poco, con la bandeja de las tazas, y se puso a su lado a secar, con el delantal todavía puesto.

Durante un rato trabajaron en silencio, al ritmo del grifo y de las voces que llegaban desde el salón, donde Pilar ya estaba explicando a quien quisiera oírla quién era el padre de Álvaro.

—Me alegro mucho, hija —dijo Isabel, sin dejar de secar—. De verdad. Ya era hora de que volvieras a ilusionarte con alguien. —Todavía no es nada serio, mamá.

—Bueno, pero es algo. —Dejó un plato en el escurridor—. Después de lo que pasó, llegué a pensar que no ibas a querer volver a intentarlo nunca.

Claudia siguió frotando una cazuela que ya estaba limpia.

Su madre sabía la historia, claro. La sabía entera, o eso creía: los casi cuatro años, la tarde en que Claudia empezó a hablar de buscar un piso juntos, a medias, como quien habla del tiempo, y la cara de él, sorprendida de verdad, antes de decirle con toda la tranquilidad del mundo que nunca se lo había planteado en serio.

No hubo gritos ni portazos. Él no había hecho nada malo, en realidad.

Simplemente, llevaban años viviendo dos relaciones distintas, y solo una de las dos iba hacia alguna parte.

—Tampoco fue para tanto —dijo Isabel, con cariño—. No era el hombre para ti, y ya está. Esas cosas pasan. Lo importante es que lo has superado.

—Sí —dijo Claudia.

No era mentira del todo. Hacía mucho que no pensaba en él.

Lo que no había superado no era a él, sino lo otro: la facilidad con la que ella lo había dado todo por hecho.

Que se había pasado años construyendo algo convencida de que eran dos, sin que nada le avisara de que en realidad estaba sola.

En el trabajo, si algo así se le escapaba, se revisaba el contrato y se añadía una cláusula para que no volviera a pasar.

En esto no había cláusula posible. Lo único que había encontrado, desde entonces, era no volver a firmar nada.

—Tú siempre has sido muy fuerte —dijo su madre, colgando el paño en el tirador del horno—. Te recuperas de todo.

Claudia no supo qué contestar. Su madre lo decía como un elogio, y era cierto a su manera. Pero no se había recuperado; se había protegido, que no es lo mismo. Y no sabía cómo explicarle esa diferencia a alguien que la estaba mirando con tanta ilusión.

—Anda, llévate un táper —dijo Isabel—, que sobra un montón.* * *Volvió andando, aunque llovía.

Esa lluvia fina de Vigo que no mojaba de golpe, sino poco a poco, y que en la calle Urzáiz hacía brillar el suelo bajo las luces como si alguien lo hubiera barnizado.

Llevaba el táper de cocido en una bolsa y el móvil en el bolsillo, y cada pocos pasos pensaba en sacarlo para escribirle a Álvaro.

Para pedirle, por fin, que la acompañara el 25.

Ya no había vuelta atrás: toda su familia lo daba por hecho.

No lo sacó.Al llegar al portal, buscando las llaves en el bolso, sus dedos tropezaron con el cartón de la postal, guardada entre la cartera y las llaves donde no se doblara. La escalera que subía hasta ningún sitio.

No la sacó. Pero subió las escaleras con la mano todavía dentro del bolso, rozando el borde del cartón.

Sara había salido. Claudia metió el táper en la nevera, se dio una ducha larga y se puso el pijama con el pelo todavía húmedo. Ya en la cama, escuchando la lluvia contra la persiana, pensó en su padre sonriendo en la cabecera y en el nombre que había dicho en voz alta delante de todos.

Lo último que pensó antes de dormirse no fue en Álvaro, sino en una escalera que subía hasta ningún sitio.