Calendario de adviento Sábado, 14 de diciembre
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Sábado, 14 de diciembre

La feria olía a chocolate antes de verse.

Claudia y Sara la encontraron siguiendo el vaho que salía de entre los puestos de madera, a primera hora de la tarde, cuando las luces colgadas de cable en cable todavía estaban apagadas, esperando a que cayera la noche.

Por la megafonía sonaba un villancico que Claudia conocía de toda la vida y del que no habría sabido decir ni el título.

—Vale, lo reconozco —dijo Sara, girando sobre sí misma—. Esto es precioso.

—Todavía no hemos llegado al puesto.—Por eso. Imagínate cuando lleguemos.

El de Ítaca no tenía pérdida: era el único que parecía a punto de desplomarse por el peso de los libros.

Había torres en el mostrador, cajas abiertas en el suelo y hasta una pila apoyada contra el poste de la luz, como si Juan hubiera decidido que una feria era la excusa perfecta para vaciar el almacén entero.

En una esquina, sobre un hornillo, una olla enorme de chocolate caliente soltaba un humo espeso que atraía a la gente mucho más que los libros.

Elena las vio llegar y levantó los dos brazos a la vez. —¡Las que faltaban!

Sara y ella se saludaron con dos besos y una complicidad que a Claudia le llamó la atención: la de dos personas que se han visto una sola vez en la vida y ya tienen algo que contarse en voz baja.

Juan estaba detrás del mostrador, discutiendo muy en serio con un niño de unos diez años si los dragones sabían leer. Cuando por fin se libró de él, fue directo a la olla, hundió el cazo y lo sacó casi vacío.

—Esto no llega a las siete —dijo.—Ya te lo dije —contestó Elena, sin mirarlo—.

La gente no viene a por libros. Viene a por chocolate y se lleva un libro por educación.

—En Ítaca queda cacao y leche para otra olla.

—Juan ya se estaba poniendo el abrigo—. Pero no puedo con todo yo solo.

—Yo te ayudo —dijo Claudia, antes de pensarlo.Elena y Sara intercambiaron una mirada que Claudia prefirió no ver. * * *

Salieron de la feria por el lado de los puestos de artesanía, esquivando carritos de bebé y grupos de adolescentes con gorros de reno.

A mitad de camino, casi en la esquina, había un puesto que no parecía de ninguna feria: una mesa plegable con una manta de cuadros y, encima, cajas de zapatos llenas de postales viejas, fotografías en blanco y negro y algún plano doblado tantas veces que se había vuelto blando como la tela.

Detrás, un señor mayor con gorra de lana y bufanda hasta la nariz los miró pasar y no dijo nada. No hizo falta. Claudia ya se había parado.

—Solo un momento —dijo.—Tómese el que quiera. Las postales no tienen prisa —dijo el señor, y le acercó una caja.

Eran postales de Vigo de hacía cincuenta, sesenta, setenta años.

El puerto lleno de barcos que ya no existían, calles que Claudia reconocía solo por la cuesta, gente con sombrero en sitios donde ahora había una tienda de móviles.

Juan se inclinó a su lado y en unos minutos estaban los dos pasando postales como quien pasa las hojas de un álbum familiar.

—Mira esta —dijo Claudia, y los dos alargaron la mano hacia la misma postal a la vez.

Sus dedos se rozaron sobre el cartón. Fue apenas nada, un contacto torpe de guantes a medio quitar, pero Claudia retiró la mano como si el cartón quemara, y Juan, en vez de coger la postal, se quedó quieto, con el brazo a medio camino.

Fue el señor quien la levantó y se la puso delante.Era una fachada del Casco Vello, estrecha y alta, con un ventanal en lo más alto.

—Es esa —dijo Juan, en voz baja—. La de la escalera. —¿La que sube hasta ningún sitio?

—Sube hasta ningún sitio porque el que la mandó hacer se murió antes de acabar el mirador de arriba —dijo el señor, que por lo visto lo oía todo—.

Quería ver entrar los barcos desde su casa.

La casa se quedó con la escalera y sin las vistas.

Mi padre decía que era el edificio más honrado de la ciudad: el único que te enseña sin disimulo lo que no le salió.

Claudia se echó a reír, y Juan también, y durante un buen rato se olvidaron por completo del chocolate.

El señor tenía una historia para cada postal: el cine que ardió dos veces y reabrió las dos, el tranvía que alguien intentó llevar hasta la playa, el comerciante que puso nombre de santa a su tienda para que no se la robaran.

Claudia escuchaba con la misma cara con la que se perdía los sábados en su librería de viejo, y Juan le preguntaba al señor por cada ventana y cada cornisa como si fuera a tener que restaurarlas al día siguiente.

Cuando por fin se despidieron, Juan llevaba la postal de la escalera en el bolsillo del abrigo.

Claudia no le había visto pagarla. * * *Volvieron a la feria cargados con dos bolsas de leche, cacao y azúcar, y bastante más tarde de lo razonable.

—Pensábamos mandar a buscaros —dijo Elena, cogiendo las bolsas—. ¿Habéis ordeñado la vaca?

—Nos hemos entretenido —dijo Juan.—Ya se ve.Sara estaba ya con el abrigo puesto y el bolso al hombro.

—Me voy a casa, que tengo los pies congelados y mañana quiero madrugar —dijo, y le dio un beso rápido a Claudia—. Tú no tengas prisa, ¿eh?

Se despidió de Elena con un gesto que no necesitaba traducción y desapareció entre la gente.Elena puso la olla nueva al fuego, se ató el delantal y se plantó detrás del mostrador con los brazos en jarras.

—Y vosotros dos, a dar una vuelta —dijo—.

Aquí me quedo yo al mando.—No te vamos a dejar sola con todo esto —dijo Juan.

—Antes te has ido un buen rato y ha sido cuando más hemos vendido. —Le quitó el cazo de la mano—. Y ya que estás, deja de espantarme clientes.

* * *

Caminaron sin rumbo hacia el centro, con un vaso de chocolate cada uno para no llevar las manos vacías. En la calle Príncipe, las luces formaban un techo continuo de un extremo a otro, y la gente andaba más despacio de lo normal, con la cabeza levantada y sin ninguna prisa.

Hablaron poco, y por primera vez a Claudia no le pareció que hiciera falta hablar más.

Juan le contó que de pequeño creía que las luces de Navidad las colgaba el ayuntamiento de noche para que nadie viera cómo se hacía.

Ella le contó que de pequeña creía exactamente lo mismo, y los dos se rieron más de lo que la anécdota merecía.

Al llegar a la Porta do Sol, Juan sacó la postal del bolsillo y se la tendió.

—Para tu colección de sábados.—Yo no tengo colección.—Pues ya la tienes.

Claudia la guardó en el bolso con cuidado, entre la cartera y las llaves, donde no se doblara.* * *

Cuando volvieron, la feria empezaba a recoger. Elena contaba la caja con cara de satisfacción: se habían vendido tres ollas de chocolate y más libros de los que esperaban.

Mientras Juan cargaba cajas en la furgoneta, Claudia se acercó al mostrador.

—Por cierto —le dijo a Elena, casi de pasada—, he estado pensando en lo que me contaste ayer. Si quieres, puedo echarle un ojo de verdad a las cuentas.

Elena dejó de contar monedas. Soltó el aire despacio, como si llevara días aguantándolo.

—¿De verdad?—De verdad.

—Pásate el lunes por la tarde —dijo Elena—. Y gracias, Claudia. No sabes el peso que me quitas.

* * * Sara ya estaba en la cama cuando llegó, en pijama y con el portátil sobre las rodillas. Claudia se sentó a los pies de la cama, todavía con el gorro puesto.

—¿Qué tal el paseo?—¿Cómo sabes que hemos ido de paseo?—Intuición femenina —dijo Sara, sin apartar la vista de la pantalla.

Claudia no preguntó más. Sacó la postal del bolso y la miró un rato, dándole vueltas entre los dedos.

—Oye, Sara. Lo del día 25...—¿Qué pasa con el día 25?

—Que todavía no se lo he pedido a Álvaro. —Hizo una pausa—. Y no sé si pedírselo.

Sara cerró el portátil despacio.—¿Y por qué no ibas a pedírselo? Si era el candidato perfecto.

—Lo es. Sobre el papel lo es. —Claudia volvió a guardar la postal —. Es solo que me lo imagino en la mesa, hablando de trabajo con mi padre, perfecto. Pero no me lo imagino a mi lado.

—¿Y a quién te imaginas a tu lado?Claudia se levantó de la cama antes de contestar.—A nadie. Me voy a dormir.

—Buenas noches —dijo Sara, y volvió a abrir el portátil con una sonrisa que Claudia, ya de espaldas, no llegó a ver, pero que sabía perfectamente que estaba ahí.