Calendario de adviento Parte II — El Regreso Viernes, 13 de diciembre
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Parte II — El Regreso Viernes, 13 de diciembre

A las doce y media, Claudia se sorprendió mirando el móvil bocarriba sobre la mesa con la misma atención con la que esperaba la última respuesta de la otra parte antes de cerrar una negociación.

No llegó nada. Ni un nombre, ni una edad, ni la frase con retranca con la que Sara llevaba varios días presentándole a desconocidos.

Era lo lógico: el reto estaba cerrado, y lo había cerrado ella misma la noche anterior, con un rotulador y una decisión que le había parecido sensata.

Aun así, a la una volvió a mirar. Y a las dos, ya sin disimularlo ni ante sí misma, le dio la vuelta al móvil para no tener que verlo.

La tarde se le hizo larga de una forma nueva.

A las cinco y media recogió los papeles por pura costumbre, y ya tenía el abrigo abrochado cuando cayó en la cuenta de que nadie la esperaba a las seis en ninguna parte.

Se quedó un momento en la acera, bajo los arcos de luces que a esas alturas de diciembre ya no dejaban un solo tramo de calle a oscuras, sin saber muy bien hacia dónde tirar.

Un té, decidió. Solo un té. Y en el único sitio de Vigo donde se lo ponían sin preguntar, porque un viernes así no estaba para explicarle a ningún camarero nuevo cómo le gustaba. Era, se dijo, una cuestión puramente práctica.

Bajando hacia Policarpo Sanz, el humo de una castañera la alcanzó en la esquina: ese olor dulce y un poco quemado que se le quedaba a una en el pelo el resto de la tarde. Estuvo a punto de pararse a comprar un cucurucho. No lo hizo. Tenía, al fin y al cabo, un sitio adonde ir. * * *

La campanilla sonó cuando empujó la puerta con el hombro, todavía peleándose con la cremallera del bolso. Sin darse cuenta, lo primero que buscó con la mirada fue la barra.

Detrás estaba Elena. Y al fondo, junto a la caja, Juan, inclinado sobre un montón de papeles, tan metido en ellos que ni levantó la cabeza al oír la campanilla.

—¿Con quién te toca hoy? —preguntó Elena, sacando ya la taza de siempre.

—Hoy sin nada. Vengo a tomarme un té, como una persona normal.

—Aquí no ha entrado una persona normal desde que abrimos — dijo Elena—.

Siéntate, anda, que ya te lo llevo.Llegó al poco con la tetera y un plato con un trozo generoso de bizcocho de calabaza, todavía templado.

—Lo he hecho esta mañana. Pensé que igual te pasabas.

—Y, en vez de volverse a la barra, apartó la silla de enfrente y se sentó, algo que no había hecho nunca—.

Es la hora tonta, entre la merienda y la cena.

Si entra alguien, lo oigo. Y él hoy no está para nadie —añadió, señalando con la barbilla hacia la caja—, así que te toca aguantarme a mí.

Claudia cortó un pedazo de bizcocho. Estaba igual de bueno que la primera vez, con esa punta de especias que no conseguía identificar y que Elena, por supuesto, se negaba a revelar.

—Esto debería estar prohibido —dijo—. Si algún día dejas de hacerlo, me quedo sin motivos para volver.

—Apuntado —dijo Elena, radiante—. Bueno, cuéntame. Un chico distinto cada tarde. Yo no aguanto tantos días seguidos ni con la misma marca de café.

Claudia se lo contó, esta vez sin el tono de informe con que se lo resumía a Sara por las noches: el que no preguntó nada, el que lo convirtió todo en una lección, el que la dibujó, el que le cantó, el que se iba a Islandia, el que le calculó las calorías al turrón de Nochebuena.

Elena se reía a carcajadas en los sitios correctos y hasta aportaba detalles que Claudia ya había olvidado, como quien repasa una temporada de su serie favorita.

Mientras hablaba, a Claudia se le iban los ojos, sin querer, hacia la caja: Juan seguía allí, con el ceño fruncido, pasando las mismas hojas adelante y atrás.

—¿Y al final? —preguntó Elena—. Porque algo habrá salido de todo esto.

—El del miércoles.Elena tardó un poco en ubicarlo.—¿El del café solo? ¿El que no probó mis polvorones?

—Ese. Álvaro. —Claudia le dio vueltas a la cucharilla dentro de la taza—. Es el que va a venir conmigo a comer el día de Navidad. Elena cogió una servilleta de papel y se puso a doblarla en triángulos, cada vez más pequeños.—Ah —dijo—. ¿Y él lo sabe?

—Todavía no. Se lo pediré esta semana, cuando le pille un hueco. Es abogado, como yo. Nuestros padres se conocen desde hace años. Sobre el papel...

—Sobre el papel queda todo bien —dijo Elena, sin levantar la vista de la servilleta—. Solo te digo una cosa, y luego me callo: quien no prueba un polvorón en diciembre, algo esconde.

Claudia soltó una risa, y Elena también, aunque la suya se apagó antes.

Claudia volvió a mirar hacia la caja. Juan se había quitado las gafas y se frotaba los ojos con dos dedos, con la calculadora delante, como si los números le hubieran hecho algo personal. Cuando volvió la vista a la mesa, Elena la estaba observando.

—Lleva así toda la semana —dijo, dejando la servilleta hecha un triángulo diminuto sobre la mesa—. ¿Puedo contarte una cosa? Pero de las de verdad, no de las de cotilleo.

—Claro.

—Las cuentas no nos cuadran. —Lo dijo bajando la voz, aunque no había nadie en las mesas de alrededor—.

Desde hace meses. Al principio pensamos que era un error con las facturas de un proveedor nuevo, cosas que pasan.

Pero lo hemos repasado mil veces, y el agujero no empieza ahí.

Viene de antes. Puede que de mucho antes, de cuando todavía lo llevaba el abuelo.

A Claudia le vino a la cabeza, de golpe, un fragmento de conversación en voz baja junto a la caja, días atrás, al que entonces no había dado ninguna importancia. «Te digo que no cuadra.»

—¿Y no se lo podéis preguntar a él?

—Ya es muy mayor, y bastante tiene con lo suyo.

No pienso presentarme en su casa a preguntarle por unas facturas de hace años como si fuera un inspector de Hacienda.

—Elena se frotó la frente—. Y con la campaña de Navidad encima, no hay manera de sentarse a mirarlo con calma.

Juan se lleva los papeles a casa por las noches y vuelve con peor cara que se los llevó.

Claudia miró otra vez hacia la caja, y después a Elena. —Esto es un poco lo mío, ¿sabes?—¿Lo tuyo? ¿No eras abogada?

—Mercantil. Me paso media vida leyendo las cuentas de empresas que alguien quiere comprar, buscando precisamente eso: el número que no encaja y el motivo por el que alguien preferiría que no lo encontraras. —Se encogió de hombros—. Si quieres, le echo un vistazo.

Elena la miró como si acabara de sacarse un conejo del bolso. —No te lo he contado para que hicieras nada.—Ya lo sé. Por eso me ofrezco.—Me lo pienso —dijo Elena, despacio—. Pero gracias. De verdad.

Juan dejó por fin los papeles y se acercó a la mesa, con las gafas otra vez subidas a la frente y un bolígrafo olvidado detrás de la oreja.

—Qué guapa es tu cita de hoy.—Hoy vengo sola. Elena me acompaña.—Ah. Pues debes de ser clienta preferente. ¿Te han atendido bien? —Regular. La encargada se ha sentado a cotillear conmigo. —Eso es que le caes bien. A mí no me lo hace nunca.

Elena le lanzó el triángulo de servilleta, que no llegó ni a la mitad del camino.

—Por cierto —dijo, volviéndose hacia Claudia—, mañana montamos puesto en la feria del libro de Navidad. Él se ha empeñado en llevar media librería, y lleva toda la tarde entre eso y los papeles. Vente. Y tráete a Sara.

—Ya me han contado que os conocéis.—Lo justo para saber que me cae bien.

—Si os pasáis —añadió Juan, ya de vuelta hacia la caja—, el chocolate caliente corre de nuestra cuenta. Es lo único que vendemos bien en una feria.

Claudia dijo que se lo preguntaría a Sara, aunque sabía de sobra cuál iba a ser la respuesta. Al recoger el abrigo, se fijó en que Elena se había quedado mirando a su hermano mientras él se alejaba, con una expresión que Claudia no supo descifrar.

* * *—¿Dónde estabas? —preguntó Sara en cuanto la oyó entrar—. Hoy no tenías cita con nadie, ¿o te has montado una cita tú sola? —En Ítaca. Tomándome un té.Se quedó de pie en el marco de la puerta de la cocina, sin quitarse el abrigo, como si todavía no hubiera terminado de llegar.

—Un té —repitió Sara.—Un té, Sara. Es lo que se toma en una cafetería.Sara no dijo nada. Solo sonrió, que era peor.—Elena nos invita mañana a la feria del libro. Tienen puesto.

—Por supuesto que vamos —dijo Sara, sin pensárselo—. No me la pierdo por nada del mundo.

Claudia se quitó por fin el abrigo y fue hasta el calendario. Destapó el rotulador y se quedó delante de la casilla del trece sin saber qué poner. No había nadie a quien clasificar, ningún defecto que anotar, ningún «demasiado» con el que cerrar el día.

Volvió a tapar el rotulador sin haber escrito nada. Era la primera casilla del mes que se quedaba en blanco, y lo raro fue que no le pareció, del todo, una casilla vacía.