Jueves, 12 de diciembre
El mensaje llegó pasado el mediodía, mientras Claudia firmaba un contrato que ya había revisado tres veces: «Juan.
Última cita del reto, si quieres. Ítaca, a las seis».
Calculó, casi sin pensarlo, si le daría tiempo a terminarlo todo y llegar puntual, y se puso a ello con tanto empeño que las horas se le pasaron volando, sin volver a acordarse del mensaje hasta que salió a la calle.
Entró en Ítaca, quitándose ya los guantes de camino a la barra — llegaba con margen de sobra, como casi siempre— y fue derecha a preguntarle a Elena qué tenía hoy que mereciera la pena.
—Uy, eso depende —dijo Elena, secándose las manos en el delantal, incapaz de borrarse la sonrisa de la cara—. Con la cita que te espera hoy, yo no me conformaría con cualquier cosa.
—¿Qué cita? ¿Ya ha llegado?—Hace unas horas —dijo Elena, sin más explicación, con la mirada fija en un punto por detrás de Claudia.
Claudia siguió esa mirada hasta encontrarse con Juan, de pie junto al árbol, que llevaba ya un rato observándolas sin disimularlo lo más mínimo.
Tardó un segundo entero en unir las piezas.—No.—Me temo que sí —dijo Juan, acercándose por fin con las dos tazas ya en las manos—. En carne y hueso, para que no quede duda. —Sara no me ha dicho ni una palabra de que eras tú.
—Porque tú no lo sabías, que es justo la idea —dijo Elena, ya camino de la barra, encantada consigo misma—. Y ahora, si me disculpáis, hoy no pienso acercarme a preguntaros si queréis algo. Que se apañe él solo, por una vez.
El árbol, ya vestido desde el martes anterior, brillaba casi entero — todas las luces encendidas menos una, que seguía parpadeando sola y tozuda en la misma rama de siempre.
—Sigue sin arreglarse —dijo Claudia, señalándola con la cabeza al sentarse.—La he adoptado —dijo Juan, dejando por fin las tazas sobre la mesa—. Le he cogido cariño. Un árbol perfecto sería aburridísimo.
—Y esto —añadió, empujando hacia ella un plato con dos porciones de algo con aroma a canela y manzana— es tarta de manzana. La de siempre de Elena, aunque este mes la ha rebautizado "especial de diciembre", sin más motivo que las ganas de que suene más navideña.
—¿Y tú qué opinas?—Que si sigue mejorando la repostería a este ritmo, en enero cerramos la cafetería y montamos una pastelería.—¿Te parece bien que sea yo la cita de hoy? —preguntó Juan, dejando la broma a un lado por un momento.—¿Por qué no? —dijo Claudia, y le salió más fácil de lo que esperaba.
—¿Y cómo lo habéis organizado, exactamente? —preguntó después, todavía con curiosidad—. Porque no me imagino a Sara convenciéndote así, sin más.
—No hizo falta que me convenciera —dijo Juan—.
El martes, mientras tú y yo decorábamos el árbol, Sara pasó por aquí.
Nos vio y, en vez de saludar, se quedó hablando con Elena.
Entre las dos organizaron lo de hoy sin decirnos una palabra a ninguno de los dos.
Yo mismo no sabía que tenía una cita hasta esta misma mañana.
—¿Y no pusiste ninguna pega?—Me pareció buena idea —dijo Juan, encogiéndose de hombros —. Así que aquí estoy.
La conversación se movió sin esfuerzo, sin ninguno de los silencios medidos que Claudia había aprendido a rellenar con los demás candidatos.
Hablaron de la ciudad —de un edificio del Casco Vello que a Juan le fascinaba por una escalera imposible que subía en espiral hasta ningún sitio, de una librería de viejo en la que Claudia se perdía los sábados sin decírselo a nadie, de lo poco que entendían a la gente que vivía con las persianas bajadas todo el año pudiendo tener vistas a la ría—.
Descubrieron, entre risas, que los dos habían odiado la misma asignatura en el colegio, y por el mismo motivo exacto.
En algún momento, Claudia señaló la balda de La Odisea con la barbilla.
—Nunca te he preguntado en serio. ¿Tan importante es la Odisea como para dedicarle toda una balda? Siempre pensé que el nombre del local era casualidad, más que otra cosa.
—Al revés —dijo Juan—. Fue idea de mi abuelo. Cuando dejó de salir a la mar para siempre, decidió que este sitio se iba a llamar así. Decía que era el único nombre que tenía sentido para un lugar al que uno, por fin, consigue volver, después de pasar demasiado tiempo fuera.
—Eso es bonito.
—Lo es, viniendo de un hombre que no era sentimental para casi nada más —dijo Juan, dándole vueltas a la taza sin bebérsela—. Creo que necesitaba ponerle nombre a la sensación, más que al local.
—¿Y tú te sientes así? ¿Como si hubieras vuelto de verdad? —Todos los días —dijo Juan, y por primera vez en toda la tarde no sonrió al decirlo—. Es la única parte del mito que me importa. Lo demás son solo aventuras de relleno antes de llegar a lo importante.
—Lo importante es donde estás, no tanto cómo has llegado. —Siempre. El viaje se puede contar de mil maneras distintas y quedar igual de bien. Volver de verdad, en cambio, hay que currárselo.
A Claudia le costó apartar la vista, sin saber muy bien qué hacer con tanta sinceridad de golpe. Él pareció notarlo, porque enseguida le quitó peso al momento.
—Perdona, me pongo un poco intenso con esto. Elena dice que debería cobrar entrada a mis discursos sobre mi abuelo.—Yo los pagaría —dijo Claudia, y lo dijo en serio.
Se quedaron un momento así, sin decir nada, hasta que ella bajó la vista al móvil por pura costumbre y descubrió, con una punzada rara, que llevaban casi dos horas sentados a la misma mesa sin que se le hubiera ocurrido mirar la hora ni una sola vez.
No recordaba que le hubiera pasado eso con nadie más en todo el reto.
—Se ha hecho tarde —dijo, poniéndose de pie casi a su pesar. Juan la acompañó hasta la puerta, sin prisa, y se quedó apoyado en el marco mientras ella se abrochaba el abrigo.—¿Ha sido una cita de verdad, entonces? —preguntó, con media sonrisa—. ¿O sigo siendo solo parte del atrezo de las tuyas?
—Todavía lo estoy decidiendo —dijo Claudia, en el mismo tono de broma que llevaban usando toda la tarde, aunque por dentro ya sospechaba la respuesta, y la sospecha, en vez de asustarla, le sacó una sonrisa que no pudo disimular del todo.
Se despidieron con una sonrisa que ninguno de los dos tuvo prisa por borrar, y Claudia salió a la calle con el frío golpeándole la cara y una sensación que tardaría en saber nombrar.
* * *Ya en casa, encontró a Sara sentada al revés en el sillón, con las piernas colgando por encima del reposabrazos y el móvil apoyado en el pecho.
—Cuéntamelo todo —dijo, sin ni siquiera incorporarse—. Y no te dejes nada, que esta me la debes desde hace días.
—Ha sido... —Claudia se sentó en el brazo del sofá de enfrente, sin decidirse del todo a acomodarse, buscando la palabra— muy bonito. Muy bonito de verdad.
—Eso suena raro viniendo de ti. Normalmente hablas de ellos como si rellenaras un informe.
—Pues este no ha sido un informe —dijo Claudia, y le contó la tarde entera: el árbol ya terminado, Elena escondida detrás de la barra fingiendo no mirar, la conversación que no paró en ningún momento, la historia del abuelo y el nombre del local.
Habló más de la cuenta, con más detalle del que solía dar, hasta que se dio cuenta de que Sara la miraba de una forma rara —no la habitual cara de "cuéntame el cotilleo", sino algo más parecido a esperar que Claudia llegara sola a alguna conclusión.
—¿Y entonces? —preguntó Sara, cuando por fin se quedó callada —. Porque por cómo lo cuentas, esto no suena a "demasiado" nada.
Claudia se quedó un momento sin saber qué decir.—Ha sido perfecto, Sara. Esa es la palabra. Perfecto. —¿Y eso es malo?
—No es nada, en realidad —dijo Claudia—. Álvaro ya me sirve para lo que necesito. Se lo presento a la familia, cumplimos el expediente, y ya está decidido. No hace falta darle más vueltas.
—Eso no es una respuesta, es una puerta cerrada de un portazo. —Es sentido común, Sara.
—Pues yo no hablo de sentido común. Hablo de que veas a Juan al margen del reto, sin cronómetro ni familia esperando resultados. Podría venir el día de Navidad, por ejemplo. Como uno más.
Claudia no dijo nada, y ese silencio dijo más de lo que había querido.
Sara se la quedó mirando, pero no insistió; se limitó a levantarse a por el mando de la tele, dejando la conversación justo donde Claudia no había conseguido cerrarla del todo.
Se levantó después a por el calendario y escribió, bajo el número doce, sin dudarlo esta vez: demasiado perfecto.
Cerró el rotulador y se quedó mirando la palabra un momento, preguntándose por qué un "demasiado" que debería sonarle a alivio, esta vez, no se lo daba del todo.