Calendario de adviento Miércoles, 11 de diciembre
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Miércoles, 11 de diciembre

Claudia leyó el mensaje de pie en el ascensor del bufete, entre la planta baja y la quinta, con el tiempo justo para memorizarlo antes de que se abrieran las puertas: «Álvaro. Abogado. El candidato perfecto, dice la teoría. Veremos qué dice la práctica. Ítaca, a las seis».

La tarde en el bufete transcurrió sin sobresaltos, y a las seis menos cinco Claudia ya entraba en Ítaca, frotándose las manos para espantar el frío. La campanilla sonó a su espalda al mismo tiempo que Elena salía de la trastienda con una bandeja de algo recién hecho.

—Polvorones —anunció, dejando el plato sobre la mesa de siempre antes de que Claudia hubiera terminado de sentarse—. Primera vez que los hago, así que dictamen sincero, sin piedad.

—Están buenísimos —dijo Claudia, probando uno antes incluso de quitarse el abrigo—. Nada de piedad: te ha quedado perfecto. —Qué alivio, llevaba toda la mañana con el corazón en un puño por estos —dijo Elena, ya de camino a la barra.

Álvaro llegó puntual, con un abrigo que parecía recién salido de la percha y una sonrisa entrenada para causar buena impresión sin resultar del todo impostada. Alto, atractivo de una manera casi obvia, con esa clase de seguridad que no necesita levantar la voz para ocupar toda la mesa.

—Álvaro Contreras —dijo, tendiéndole la mano antes incluso de sentarse.

El nombre le sonó de inmediato, aunque tardó un segundo en ubicar de dónde. Claro: el hijo de Álvaro Contreras, el abogado con el que su padre llevaba coincidiendo por temas de trabajo desde hacía años.

—Cuánto tiempo, ¿no? —dijo él, ya sentado, con una sonrisa cómplice, como si le hubiera leído el pensamiento—. Nuestros padres llevan coincidiendo tantos años que a estas alturas ya ni se acuerdan de dónde se conocieron. Es raro que tú y yo no nos hayamos cruzado más.

—Algo me suena —reconoció Claudia, sin comprometerse del todo—, aunque no sabría decirte cuándo.

La conversación, a partir de ahí, tuvo el ritmo de algo bien ensayado: preguntas inteligentes, respuestas rápidas, ni un solo silencio que no estuviera ahí a propósito.

Hablaron de derecho —él, mercantil también, aunque en un despacho bastante más grande que el de ella— y de su padre, "una eminencia, y no lo digo solo yo", con la misma naturalidad con que otro habría hablado del tiempo.

Cuando Juan se acercó a preguntar si querían algo más, con un jersey navideño de renos que llevaba puesto sin ningún reparo, Álvaro apenas levantó la vista de la carta.

—Para mí, un café solo —dijo Álvaro, sin apenas mirar la carta. Señaló el plato de polvorones con un gesto vago—. Y esto no hace falta, gracias.

Juan asintió y se dio la vuelta hacia la barra. Fue entonces, ya de espaldas, cuando Álvaro añadió, en tono de comentario simpático y sin bajar la voz:

—Vale que le obliguen a servir mesas, pero no hace falta obligarle también a hacer el ridículo con ese jersey.

—Es el dueño —corrigió Claudia, con un tono más seco del que había planeado—.

Y a mí el jersey me parece divertido.—Ah, vaya —dijo Álvaro, sin que la corrección pareciera afectarle lo más mínimo—.

No lo decía con mala idea, era solo una broma.

Juan, que lo había oído todo perfectamente, llegó a la barra como si no hubiera escuchado nada y se puso a preparar el café sin volver la vista hacia la mesa.

El resto de la cita fluyó con la misma naturalidad: Álvaro hablaba bien, sabía de todo un poco, y encajaba, con una precisión casi incómoda, en todo lo que Claudia, sin pararse nunca a pensarlo, buscaba en un hombre.

Le preguntó por su trabajo con interés genuino, le contó un par de anécdotas de despacho que de verdad tenían gracia, y en ningún momento dejó un silencio sin llenar ni una frase a medias.

Era, en muchos sentidos, una conversación impecable.

Y sin embargo.

Claudia no habría sabido explicar el motivo exacto, si alguien se lo hubiera preguntado ahí mismo.

No había nada que señalar con el dedo, ninguna frase suelta que le sirviera de excusa.

Solo una sensación difusa, incómoda de nombrar siquiera para sí misma, de que, aunque no podía ponerle ninguna pega, tampoco había sentido ni una pizca de interés real por él.

—Me lo he pasado muy bien —dijo Álvaro, ya de pie, abrochándose el abrigo con el mismo cuidado con que hacía todo lo demás—. La próxima vez elijo yo el sitio. Hay un japonés nuevo en el centro, con dos meses de lista de espera, pero me ha conseguido mesa un cliente. Te va a encantar, ya verás.

No fue una pregunta. Claudia asintió, sin prometer nada, y lo vio salir con el mismo paso seguro con el que había entrado.* * *

Ya en casa, Sara la esperaba sentada en la encimera de la cocina, con las piernas colgando y comiéndose directamente del bote unas aceitunas que no eran suyas.

—Cuéntamelo ya, que llevo toda la tarde con la mosca detrás de la oreja después de mandarte lo de "el candidato perfecto".

—Tenías razón —dijo Claudia, sentándose a su lado en la encimera —. Abogado, culto, gracioso cuando quiere. Sobre el papel, parece perfecto.

—¿Y en persona?—En persona, también. —Cogió una aceituna del bote sin pedir permiso—. Aunque se ha reído del jersey navideño de Juan.

Sara hizo una mueca.—Eso no pinta bien.

—Ya, pero luego se ha disculpado, más o menos, y el resto ha estado bien. Muy bien, la verdad. —Claudia se quedó un momento callada—. Ah, y resulta que nuestros padres se conocen de toda la vida. Coinciden por temas de trabajo desde hace años.

Sara se quedó mirándola, con la aceituna a medio camino de la boca.—Eso no lo sabía. Yo lo encontré por Tinder y pensé que podríais tener intereses parecidos.

—Qué casualidad, ¿no? —dijo Claudia. Luego entornó los ojos—. Oye, ¿tienes un perfil con mi foto o algo, para encontrar candidato nuevo cada día?

—¿De dónde te crees que saco uno cada día? —dijo Sara, sin inmutarse—. Mejor no preguntes. Está funcionando.

Se levantó a por el calendario, casi por costumbre, con el rotulador ya destapado.

Se quedó mirando la casilla del once un buen rato, más del que le había hecho falta ninguna otra noche.

Demasiado aburrido, pensó, y la propia palabra le sonó, nada más formularla, absurda: ¿aburrido, el hombre que había hablado sin parar durante dos horas, que sabía de todo, que la había hecho reír de verdad más de una vez?

No podía ser aburrido alguien tan evidentemente perfecto.

Descartó la palabra, pero no encontró ninguna otra que la convenciera del todo, así que escribió, en su lugar, la única frase que le pareció sincera: ¿Misión cumplida?

Cerró el calendario con la pregunta todavía sin responder, por primera vez en todo el reto.

—¿Y bien? —preguntó Sara, todavía subida a la encimera—. ¿Cerramos esto ya, entonces? Porque como sigas encontrando pegas a la gente que hace todo bien, me vas a tener que explicar qué es exactamente lo que buscas.

—Me parece bien, Sara. Creo que el reto está resuelto.

Y lo decía en serio: Álvaro era, sobre el papel, justo el novio que necesitaba para la comida de Navidad —todavía no le había pedido siquiera que la acompañara, pero estaba segura de que él diría que sí sin pensárselo dos veces—.

Lo que no tenía tan claro era cuánto tiempo más podría aguantarlo sin que se le notara el hastío.

Sara ladeó la cabeza, con una expresión que Claudia no supo interpretar.

—Dame una cita más.—¿Qué?

—Una más. No con él —aclaró, bajando ya de un salto—. Con otra persona. Antes de cerrar esto del todo.—Pero si acabo de decirte que...

—Ya sé lo que acabas de decirme —dijo Sara, de camino a su habitación, sin darle opción a discutirlo—. Confía en mí. Sólo una cita más. No con Álvaro...

Claudia se quedó un momento con el rotulador todavía en la mano, mirando la pregunta sin responder en la casilla del once, sintiendo, más que otra cosa, alivio.