Martes, 10 de diciembre
El mensaje llegó a media mañana, entre dos llamadas de trabajo: «Marcos. Treinta y seis, veterinario. De los que se paran a saludar a todos los perros que se cruza por la calle. Ítaca, a las seis». Claudia sonrió sin poder evitarlo y volvió a la pantalla del ordenador.
Llegó a Ítaca puntual, pidió su té de siempre y se sentó a esperar.
Las seis y cinco. Las seis y diez. Empezó a sentir esa incomodidad muy concreta de estar sola en una mesa para dos, con el móvil bocabajo sobre la mesa y la sensación, seguramente exagerada, de que la mesa de al lado la miraba de reojo.
A las seis y cuarto, medio en broma y medio en serio, escribió una sola palabra y la mandó antes de pensárselo dos veces: «TURRÓN».
No le dio tiempo a arrepentirse. La campanilla de la puerta sonó con una violencia poco habitual, y por ella entró Juan, de espaldas, tirando con las dos manos de un abeto tan grande que apenas cabía por el hueco.
—¡Un poco de ayuda, por favor! —dijo, sin volverse, con la voz ahogada por las ramas.
Claudia se levantó sin pensarlo y sujetó la puerta con el hombro mientras él maniobraba el tronco hacia dentro, esquivando por poco una mesa y la balda baja de revistas.
—Gracias —dijo Juan, ya recuperando el aliento, apoyando el árbol contra la pared—. Le he pedido ayuda a Elena y se ha hecho la sorda.
—Porque la idea es mala —dijo Elena, saliendo de detrás de la barra con los brazos cruzados y mirando el abeto de arriba abajo como quien evalúa un desastre natural—. ¿Y dónde lo metemos, Juan? Aquí no entra ni de milagro.
—Cabe si movemos la mesa del rincón.—Cabe si movemos la mesa del rincón, el sofá y medio local.
—Ítaca necesita un árbol grande —dijo Juan, con la tranquilidad de quien ya ha tenido esta discusión antes y sabe cómo va a acabar—. De los que se ven desde la calle. Uno pequeño da pena.
Elena puso los ojos en blanco, pero ya estaba apartando una silla. —Yo estoy de acuerdo con él —dijo Claudia, sin que nadie se lo pidiera—. Un árbol así, en un sitio como este, es lo suyo.
Juan la señaló con la cabeza, triunfal.—¿Lo ves? Hasta la clienta lo dice.—La clienta tiene nombre —dijo Claudia.
—La clienta tiene nombre y buen gusto —dijo Juan, y Claudia soltó una carcajada de las de verdad.
Entre los tres consiguieron ponerlo derecho, calzado con un par de libros viejos de la sección de saldos que a Elena no le importaba sacrificar.
Cuando Juan se puso a abrir las cajas de adornos — guirnaldas, bolas de Navidad, un ángel algo descascarillado que llevaba, según Elena, "más Navidades que yo"—, Claudia se puso a ayudarle.
—¿No esperas a nadie hoy? —preguntó Juan, sacando una guirnalda enredada consigo misma.—No sé si vendrá —dijo Claudia, ayudándole a deshacer el nudo —. Pero mientras tanto...
No hizo falta terminar la frase. Juan le pasó el otro extremo de la guirnalda sin decir nada más, y así, casi sin darse cuenta, se quedó ayudando a vestir el árbol mientras Elena iba y venía atendiendo a los clientes.
Claudia se fijó en los libros que sostenían el árbol y se agachó a mirar los títulos.—¿En serio los sacrificáis así, sin contemplaciones?
—Sección de saldos —dijo Juan, sin dejar de rebuscar en las cajas de adornos—. Si no se venden en tres años, se jubilan. Este lleva su nueva función con más dignidad que ninguno.
—¿Te gusta leer, o solo vendes libros?—Muchísimo. Si por mí fuera, cerraría la cafetería una tarde a la semana solo para leer sin que nadie me interrumpa.
—Yo ahora mismo solo leo contratos —dijo Claudia, con una mueca—. Y alguna cláusula que me quita el sueño más que cualquier novela de terror.
—Eso sí que suena a mal libro.
Hablaron de todo un poco, sin ningún orden: de si las luces debían ser blancas o de colores (ganó Juan, blancas, "para que se note la calidad, no la cantidad"), de un cliente insoportable que Claudia había tenido esa misma mañana, de si Elena tenía razón al decir que su hermano decoraba como quien libra una batalla.
—Lo dice como si fuera malo —protestó Juan, subido a una silla para alcanzar la punta del árbol—. Una guerra bien planeada es un placer estético.
—Llevas veinte minutos con la misma bola de Navidad en la mano —dijo Elena, pasando por detrás con una bandeja—. Eso no es planificación, es indecisión con luces.
—Es criterio.—Es indecisión con luces —repitió Claudia, y Elena le chocó la mano al pasar, encantada de tener refuerzos.
Poco después, Juan le pasó a Claudia el extremo de una guirnalda de luces para que la sujetara mientras él buscaba el enchufe detrás de la estantería.
—Dame un segundo, esto tiene que ir por aquí...—Juan, creo que me he liado yo sola.
Se giró justo a tiempo de verla enredada de pies a cabeza en el cable, un brazo levantado y el otro pegado al cuerpo.—No te muevas —dijo él, con una carcajada que no se molestó en disimular—. Un tirón más y nos quedamos sin árbol y sin clienta.
Tardó un par de minutos en liberarla, sorteando bola tras bola sin romper ninguna, mientras ella protestaba entre risas que aquello ya rozaba el maltrato laboral. Cuando por fin probó el interruptor, solo se encendió una bombilla solitaria, parpadeando con aire ofendido en mitad de la rama.
—Técnicamente, es luz —dijo Juan, contemplando el resultado. —Es una luz muy triste, Juan.—Es una luz con personalidad.
Claudia dio un paso atrás para admirar el conjunto, bombilla solitaria incluida, y sin querer se le escapó lo que estaba pensando. —Algún día voy a tener un árbol así de grande en mi casa. De esos que casi tocan el techo.—¿Y por qué no lo tienes ya? —preguntó Juan, todavía subido a la silla.
—Porque entre el trabajo y la rutina nunca saco tiempo de verdad para algo así: cada año me prometo que este sí, y cada año se me pasa diciembre entero sin comprar ni un adorno.
En el piso de Sara y mío, de hecho, ni siquiera ponemos árbol.
Pero es de las cosas que tengo pendientes desde niña.
Mi abuela tenía uno enorme cada Navidad, de esos que llegaban hasta el techo, y en mi casa el nuestro siempre fue el de plástico, de metro veinte, con las mismas bolas de siempre. Llevo prometiéndomelo desde entonces.
En algún momento, colgando una bola de Navidad de una rama demasiado alta para ella, Claudia notó que llevaba ya un buen rato sin fingir nada. Sin calcular la siguiente frase, sin medirse. Y quizá fue precisamente eso, la comodidad del momento, lo que la empujó a hacer algo que no tenía planeado.
—¿Te vas a reír si te cuento una cosa? —dijo, sin mirarlo, muy concentrada en la bola de Navidad.
—Prueba.—Cada tarde tengo una cita aquí con un candidato distinto.
—Me había fijado, sí —dijo Juan, con una media sonrisa que no daba pistas de si aquello le sorprendía o no—. Empezaba a hacerme preguntas.
—No es lo que parece. O sí, un poco —dijo Claudia, y entonces se lo contó entero: la presión de las comidas familiares, la boda de su prima, la conversación con Sara que había terminado en un reto medio en broma medio en serio, las reglas —Ítaca siempre, a las seis siempre, sin repetir con quien no funcionara—, el código de emergencia que acababa de usar hacía menos de una hora.
Habló más rápido de lo que pretendía, como quien lleva tiempo queriendo soltar algo y por fin encuentra el hueco.
Juan la escuchó sin interrumpir, con la guirnalda todavía en las manos, y cuando ella terminó no dijo nada durante un segundo que se hizo eterno —lo justo para que a Claudia le diera tiempo a arrepentirse un poco.
—O sea que he sido testigo de excepción de todo el reto, sin enterarme —dijo por fin, sin ningún reproche en la voz, más bien al contrario.
—Algo así.—Podrías haberme avisado. Habría cobrado entrada. Claudia se rió, con más alivio del que esperaba sentir. —¿No te parece un poco ridículo?
—Me parece que llevas diez días seguidos viniendo aquí a buscar algo, y que hoy el candidato ni se ha presentado —dijo Juan, volviendo a colgar guirnaldas como si nada—. Yo, mientras tanto, sigo aquí. Ya sacarás tus propias conclusiones.
Siguieron decorando el árbol un buen rato más, ahora con una complicidad distinta, más liviana, como si algo que llevaba semanas ocupando espacio de más se hubiera acomodado por fin en su sitio.
Sara entró decidida y se quedó clavada en el sitio al ver a Claudia riendo junto al árbol, pasándole guirnaldas a un desconocido como si llevaran toda la vida haciéndolo.
Se acercó derecha a la barra, donde una chica con una guirnalda de repuesto colgada del cuello, como si fuera una bufanda, terminaba de cobrarle a otro cliente.
—Perdona —le dijo en cuanto quedó libre, señalando la escena con la cabeza—. ¿Sabes quién es?
—Una clienta habitual, muy simpática —contestó Elena, sin darle mayor importancia—. Lleva viniendo cada tarde desde hace unos días, siempre con una cita distinta. Cada cual más personaje, la pobre.
—Eso ya lo sé —dijo Sara—. Es mi mejor amiga, Claudia. Las citas se las organizo yo. Pero me acaba de escribir Marcos que hoy no podía venir...
—Ese no es Marcos —dijo Elena, con una sonrisa ya asomando—. Es mi hermano Juan. Trabaja aquí conmigo. Se ha empeñado en montar un árbol enorme y, por lo visto, ha necesitado ayuda.
A ninguna de las dos le hizo falta decir nada: se quedaron mirando la misma escena, atando cabos cada una a su manera, hasta que Sara soltó una carcajada corta, casi de alivio.
—Habrá que buscarle una cita como Dios manda, entonces. A tu hermano, digo.—Ya era hora de que alguien lo dijera en voz alta.
Se despidieron con la complicidad rápida de dos desconocidas que, sin comerlo ni beberlo, acababan de aliarse, y Sara salió de Ítaca sin que ni Claudia ni Juan llegaran a notar que había estado allí.
Ya en casa, un rato más tarde, Claudia sacó el calendario y escribió bajo el número diez: demasiado desaparecido.
—Perdona lo de antes —dijo Sara, apareciendo por el pasillo con dos tazas de infusión—. No llegué a tiempo. Tuve un imprevisto de última hora, nada grave, pero no pude salir antes.
—No pasa nada, el chico ni se presentó —dijo Claudia, tumbándose bocarriba en la alfombra del salón, con los brazos abiertos como una estrella de mar.
—¿Y entonces qué has estado haciendo tú sola tanto rato ahí?
—Ayudando a Juan y a Elena a montar el árbol de Navidad más grande que he visto en mi vida —dijo Claudia, sin poder disimular la sonrisa al contarlo—.
Ha sido una tarde buenísima, de esas que no te esperas para nada.
Nos hemos reído muchísimo, hemos discutido sobre si las luces tenían que ser blancas o de colores, hasta me he liado yo sola con una guirnalda entera...
Me lo he pasado genial, en serio. Esos dos me caen fenomenal.
—¿Los dos, o alguno en concreto?—Los dos —dijo Claudia, dándole un golpe flojo con el pie—. No empieces.
—Yo no he dicho nada.—Lo has pensado muy fuerte.
Sara le pasó una de las tazas y se sentó a su lado en el suelo, sin hacer ningún comentario más, aunque Juan ya tenía su cita dentro del reto.