Calendario de adviento Lunes, 9 de diciembre
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Lunes, 9 de diciembre

El primer mensaje llegó a las nueve, antes incluso de que Claudia hubiera terminado el café: «Iván. Ingeniero. Le encanta el gimnasio. Ítaca, a las seis». El segundo llegó un minuto después, sin previo aviso: «Esperemos que tenga más que músculos, luego me cuentas».

Claudia sonrió y no contestó a ninguno de los dos.

Llegó a Ítaca con tiempo de sobra y se sentó a esperar. Juan le trajo el té sin que se lo pidiera —una costumbre que ya ni se molestaba en explicar— y, junto a la taza, un plato con dos galletas de mantequilla con un glaseado de un blanco casi de nieve.

—Hoy le ha dado por las galletas de mantequilla —dijo, dejando el plato con su calma de siempre—. Receta de mi abuela, aunque el glaseado es cosecha propia de mi hermana. Muy navideñas, ¿no te parece?

—Mucho —dijo Claudia, probando un trozo—. Diría que se acaban de colar en el podio, aunque no se lo cuentes al bizcocho de calabaza.

—Nuestro secreto —dijo Juan, y volvió a la barra.

Fue entonces, mientras Claudia rompía otro trozo de galleta, cuando oyó las voces de Juan y Elena al otro lado del mostrador, bajas, casi tapadas por la máquina de café.

—Te digo que no cuadra —decía Elena—. Ya lo he revisado dos veces.

—Habrá sido algún despiste con las facturas del proveedor nuevo —contestó Juan, sin la tranquilidad de siempre en la voz—. Lo miro esta noche con calma.

—Eso llevas diciendo desde la semana pasada.

Claudia no le dio mayor importancia —cosas de negocio, imaginó, nada que le incumbiera a ella— y volvió la vista hacia la puerta justo cuando esta se abría y entraba Iván, todavía con las mejillas encendidas y una mochila de deporte al hombro.

—¡Qué ganas tenía de sentarme! —dijo, a modo de saludo, dejándose caer en la silla sin quitarse la chaqueta cortavientos—. Vengo directo del gimnasio, un HIIT que me ha dejado los cuádriceps temblando. He llegado a ciento setenta y ocho pulsaciones. Una locura.

Claudia no supo muy bien qué contestar a eso, así que sonrió y esperó a que se sentara del todo.

Durante la siguiente hora, Claudia aprendió que Iván llevaba tres años entrenando "en serio", que estaba en fase de definición de cara a Navidad, que su objetivo era bajar al doce por ciento de grasa antes de fin de año, y que ya tenía calculado, con precisión de notario, cuánto turrón se iba a permitir en Nochebuena: "dos onzas, ciento diez calorías, y ya está.

Lo importante es no salirse del cupo semanal.

" Sacó de la mochila un termo con su batido de proteína y fue dándole sorbos regulares mientras hablaba, sin que se le pasara nunca por la cabeza pedir nada de la carta.

Cuando Juan les llevó a la mesa otras dos galletas de mantequilla —la segunda ronda del día, después de que a Claudia ya se le hubieran terminado las suyas—, Iván las miró como quien examina una prueba pericial.

—¿Esto cuánta grasa lleva? —preguntó, cogiendo una y sopesándola en la palma de la mano, casi calculándola al tacto—. Es que hoy ya he agotado mis carbohidratos de la tarde.

Lunes, 9 de diciembre—Están buenísimas, en serio —dijo Claudia, terminándose la suya.

—Ya te digo que sí, seguro —dijo él, devolviendo la galleta al plato sin probarla—. Pero prefiero no arriesgarme a estropear la semana por un capricho.

Le habló también de su rutina: lunes pecho, martes espalda, miércoles descanso activo, y de un compañero de gimnasio que llevaba meses "estancado" por no cuidar la dieta como debía.

En algún momento sacó el móvil, sin venir a cuento, para enseñarle una foto suya en el gimnasio, en camiseta de tirantes, con el bíceps marcado y una expresión de considerable orgullo.

—Tú entrenas, ¿no? Se te nota —le dijo, mirándola de arriba abajo con una media sonrisa de evaluador—. ¿Cardio, fuerza? —Corro los fines de semana, cuando me acuerdo —dijo Claudia.

—Eso está bien, pero solo cardio no te va a definir nada —dijo Iván, ya lanzado—. Si quieres, te paso una rutina de fuerza básica. Y ojo con los carbohidratos por la noche, que ahí es donde falla la mayoría de la gente.

Claudia asintió, sin haber pedido consejo alguno, y miró de reojo hacia la barra, donde Juan seguía con la calculadora y la cara seria, pensando que ojalá alguien la mirara alguna vez con la misma dedicación con la que Iván se miraba a sí mismo.

Lo intentó un par de veces más —le preguntó por su trabajo de ingeniero, por los proyectos en los que andaba metido— y durante un par de minutos Iván pareció interesado de verdad, hasta que la conversación, sin que él pareciera darse cuenta, volvió a derivar hacia el tema de siempre: esta vez, un suplemento nuevo de creatina que estaba probando y que, según él, "iba a cambiarle la vida".

Al despedirse, ya en la puerta, Iván le prometió mandarle por mensaje esa rutina de fuerza y una tabla con los gramos de proteína que "le convendría" tomar al día. Se marchó con el termo ya vacío y el paso ligero de quien lleva la semana entera organizada en series y repeticiones.

—¿Qué tal el forzudo? —preguntó Sara, sin levantar la vista del móvil, cuando Claudia ya se había quitado los zapatos.

—Simpático. Muy en forma. Y creo que sé más de sus macros que de él —dijo Claudia, acurrucándose en una esquina del sofá, abrazada a un cojín—. En una hora me ha contado su plan de comidas de Navidad entero, calorías incluidas.

—Te veo venir la dieta de después de Reyes —dijo Sara, todavía con el pulgar deslizando por la pantalla—. ¿Te ha mandado ya la tabla de proteínas?

—Todavía no. Aunque estoy segura de que ya la está redactando — dijo Claudia, y no pudo evitar reírse.Se levantó a por el calendario y, bajo el número nueve, escribió: demasiado musculito.

—Al menos te vas con una rutina de entrenamiento gratis —dijo Sara, sin darle mayor dramatismo.Claudia empezó a dudar de si todas estas citas realmente valían la pena.