Calendario de adviento Domingo, 8 de diciembre
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Domingo, 8 de diciembre

El mensaje llegó mientras Claudia se ponía los pendientes para la comida: «Carlos. Fotógrafo viajero. Le pregunté qué llevaba en la mochila y me contestó "depende del país". Ítaca, a las seis». Claudia sonrió, guardó el móvil y cogió el abrigo.

Ana no estaba hoy en la comida familiar —tenía una cita con la floristería, según precisó la tía Pilar—, pero aun así la sobremesa giró casi entera en torno a la boda: que si habían encontrado ya la finca, que si él, con lo ocupado que estaba, se había cogido el día libre entero para ir a ver manteles con Ana, que qué detalle, que qué manera de tratarla, que ojalá todos los hombres fueran así.

—Es que se le nota en la cara lo enamorado que está —dijo la tía Rosa, con la mano apoyada un momento en el brazo de Isabel, encantada de tener con quién compartirlo—. Da gusto verlos.

Esta vez, Claudia se libró: nadie le preguntó "¿y tú qué, hija?". Y sin embargo, mientras escuchaba enumerar por tercera vez las virtudes del prometido de su prima, Claudia no pudo evitar pensar, solo un momento, que a ella tampoco le importaría tener algo parecido que contar algún día.

—¿Más ensalada? —le ofreció su madre.—Sí, gracias —dijo Claudia, y se sirvió más de la cuenta, solo por tener algo que hacer con las manos.

Salió de casa de sus padres con ganas de que llegaran ya las seis.

Carlos resultó ser mucho mejor conversación de lo que Claudia esperaba: hablaba de Marruecos, de la Patagonia, de una isla en Filipinas de la que ni siquiera recordaba bien el nombre, y lo hacía sin caer nunca en la batallita de viajero pesado que Claudia ya se había preparado para soportar.

Preguntaba, además, y escuchaba las respuestas de verdad, lo que después de las últimas citas le pareció casi un lujo.

—¿Y tú nunca has pensado en irte una temporada larga a algún sitio? —le preguntó él, en algún momento, con genuina curiosidad—. Se te iluminaba la cara escuchando lo de Marruecos.

—Lo he pensado. Nunca lo he hecho —dijo Claudia—. Me gusta viajar, pero un par de semanas, con fecha de vuelta ya puesta. Después echo de menos mi vida de aquí, tal cual es —y le sorprendió lo sincera que sonó la respuesta.

—Pues deberías. No hace falta que sea Islandia —dijo él, sacando el móvil para enseñarle una foto: una calle cualquiera, gris, con un mercado de frutas a un lado—.

Esto es Marrakech un martes normal. Ni siquiera es la foto buena.

Pero me acuerdo de ese martes mejor que de la mayoría de mis martes de aquí.

—Se te da bien vender la idea —dijo Claudia, sonriendo.

Fue, con diferencia, la conversación más interesante que había tenido en lo que llevaba de reto, hasta que Carlos, con la misma naturalidad con que hablaba de todo lo demás, dejó caer que el día 18 se iba a Islandia, un encargo de varias semanas, y que no volvía hasta bien entrado enero.

—¿En plena Navidad? —preguntó Claudia, más sorprendida de lo que esperaba estarlo.

—Ya, lo sé. Pero es la mejor época del año para las auroras, y un encargo así no se repite dos veces —dijo él, con la tranquilidad de quien lleva años resolviendo ese mismo dilema de la misma manera.

Se despidieron bien, sin nada roto entre ellos, solo con la certeza compartida de que aquello no iba a ir a ninguna parte por puro calendario.

Al terminar, Claudia se acercó a la barra a pagar.

Esta vez estaba solo Juan.Juan tecleó el importe sin prisa, con esa media sonrisa suya de siempre.

—¿Qué tal ha ido? —preguntó, casi de pasada, mientras esperaba a que el datáfono terminara.

—Muy bien, la verdad. Es interesante, hasta que ha soltado que se va un mes a Islandia.

—Vaya viaje —dijo Juan, sin ninguna prisa por devolverle la tarjeta—. A mí también me tienta la idea, de vez en cuando. Pero luego lo pienso mejor y prefiero mi barrio de siempre, con mi gente cerca. No tengo tanta aventura en el cuerpo, la verdad.

—Yo tampoco, si te digo la verdad —dijo Claudia, casi sorprendida de sí misma—. Un par de semanas, como mucho, y ya estoy deseando volver a mi vida de siempre.

—Como aquí no se vive en ningún sitio —dijo Juan, con una sonrisa distinta a las demás—. Ya lo probé una vez: estudié arquitectura en Madrid y me quedé unos años trabajando en un estudio.

—¿Y cambiaste los planos por los libros? —preguntó Claudia, divertida.

—Mi abuelo montó esto hace muchos años, cuando vendió el barco —era pescador, antes de todo esto—, y cuando ya no pudo seguir solo, empecé yo a echarle una mano.

Fue la excusa perfecta para volver, aunque al principio pensaba que sería solo una temporada.

Con el tiempo se animó también mi hermana, y ahora lo llevamos los dos.

De vez en cuando acepto algún encargo pequeño de reforma o diseño, para no perder la mano del todo.

Nos repartimos bien el trabajo, la veo cada día y me quedo con la mejor parte del trato: los pasteles que hace ella.

Lo dijo sin ninguna sombra de resignación, como quien cuenta la mejor decisión que ha tomado en su vida, no un plan B.

—Pues vaya Ulises hecho y derecho —dijo Claudia, sin poder evitar la sonrisa—. Te fuiste, hiciste tu vida en otro sitio, y aun así volviste por tu cuenta, sin que nadie tuviera que ir a buscarte.

—Algo así —dijo Juan, sonriendo—. Aunque yo me ahorré la mitad de las aventuras por el camino. Penélope, otra vez, ¿eh? —Alguien tenía que sostener el sitio al que volver —dijo Claudia, sin apartar la mirada.

Se quedaron así un momento, los dos apoyados en la barra, cómodos en el silencio, como si no hiciera falta decir nada más. Fue la campanilla de la puerta, anunciando a otro cliente, la que acabó rompiendo el momento.

—Ya está —dijo, devolviéndole la tarjeta con más cuidado del que hacía falta—. Hasta la próxima.* * *—¿Qué tal el trotamundos? —preguntó Sara, en cuanto Claudia entró por la puerta.

—Genial, la verdad. El mejor con diferencia. —Claudia se acomodó en el sillón individual, para variar, en vez de en el sofá de siempre—. Y absolutamente inviable. Se va a Islandia el 18 y no vuelve hasta enero.

—Vaya faena de fechas.—De fechas y de vida entera. Yo no me voy a ir detrás de nadie a fotografiar volcanes.Claudia se levantó a por el calendario y, bajo el número ocho, escribió: demasiado nómada.

Sara la observó desde el sofá con esa mirada suya de quien ya ha visto algo, antes de que Claudia lograra borrar del todo la sonrisa que se le había quedado prendida sin querer.

—¿Qué? —preguntó Claudia, ya casi en la puerta de su cuarto. —Nada. Que hoy no dejas de sonreír —dijo Sara, sin dejar de mirarla.—Será por Islandia —dijo Claudia, y cerró la puerta antes de que a Sara le diera tiempo a preguntar nada más.