Calendario de adviento Sábado, 7 de diciembre
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Sábado, 7 de diciembre

Bajó al centro sin prisa, con la lista de regalos todavía a medio hacer y ese placer concreto de moverse por la calle Príncipe sin mirar el reloj cada dos minutos.

Los escaparates competían entre sí por quién ponía más luces, y en uno de ellos, dedicado entero a la Navidad, encontró un jersey espantoso con renos bordados que estuvo a punto de comprarle a su padre solo por ver la cara que pondría su madre.

El móvil vibró cuando salía de la tienda: «Luis.

Programador. No es de muchas palabras, pero contesta los mensajes al momento —algo es algo—.

Ítaca, a las seis». Claudia sonrió sola en mitad de la acera y siguió caminando sin prisa: por una vez, todavía le quedaba toda la mañana antes de tener que pensar en ello.

Se decidió, al final, por algo bastante más sensato para su padre y por un libro de cocina para su madre que llevaba semanas mencionando "sin ninguna intención" de que se lo compraran.

Para la tía Rosa, después de dar tres vueltas a la sección de bufandas, eligió una de color mostaza que le pareció, sin poder explicar muy bien por qué, exactamente su estilo.

Para la tía Pilar no encontró nada que no sonara a ironía, así que decidió dejarlo para otro día.

A media mañana paró a tomar un café de pie, viendo pasar a la gente cargada de bolsas, y pensó, sin darle mayor trascendencia, que le apetecía quedarse con esa sensación de mañana tranquila el mayor tiempo posible.

Llegó a Ítaca un poco antes de las seis. La campanilla sonó igual que siempre, pero detrás de la barra solo estaba Elena, haciendo malabares entre la cafetera, la caja y las mesas sin perder la sonrisa.

—Perdona, un momento —dijo, sin apartar los ojos de la bandeja que estaba recogiendo—. Hoy voy yo sola con todo esto. —¿Y Juan? —preguntó Claudia, sentándose a su mesa de siempre.

—Libra. Le tocaba —dijo Elena, ya acercándose con el cuaderno de pedidos—. Entre eso y el trabajo de hoy, no me ha dado tiempo ni de encender el horno. Pero queda un trozo de bizcocho de calabaza que hice ayer. Creo que te va a gustar.

Claudia, que nunca lo había probado, dijo que sí sin pensarlo demasiado, por no decirle que no a Elena, sin esperar gran cosa. El primer bocado la pilló por sorpresa, y se quedó con el tenedor a medio camino.

—Elena. Esto es buenísimo.—Lo sé —dijo Elena, ya de camino a otra mesa, con una sonrisa de las suyas.

Luis llegó con exactitud cronométrica, un minuto antes de las seis, y se sentó con el abrigo todavía puesto, como si no hubiera decidido del todo si iba a quedarse.

Contestaba con monosílabos amables a cualquier pregunta general —el precio de la gasolina, si merecía la pena cambiarse de compañía de móvil, cómo llevaba las compras de Navidad—, y cada silencio que dejaba se alargaba un poco más de lo que la conversación podía sostener sin resultar incómodo.

—¿Y a qué te dedicas exactamente? —probó Claudia, ya en tono casi profesional, buscando algo por donde entrar.—Programación. Backend, sobre todo —dijo él, y ahí se quedó la explicación, sin que añadiera una palabra más.

Fue casi por casualidad como dieron con el único tema que de verdad lo hacía hablar: un videojuego de naves que Claudia mencionó de pasada, del que apenas recordaba el nombre, y que resultó ser el mismo con el que Luis se había pasado media infancia. A partir de ahí

Sábado, 7 de diciembre

habló, por fin, con soltura real —de niveles, de trucos, de una consola que todavía guardaba en casa de sus padres—, y hasta le contó, con un entusiasmo que no había mostrado en toda la tarde, que un verano entero se lo había pasado intentando pasarse el último nivel.

Claudia no entendió ni la mitad de los detalles técnicos, pero le hizo gracia verlo hablar así, sin frenos, de algo que le importaba tanto.

En cuanto la conversación se apartaba de ese terreno, sin embargo, volvía a replegarse en las mismas respuestas cortas de antes.

Al despedirse, sacó del bolsillo del abrigo algo envuelto en papel de periódico y se lo tendió sin mucha ceremonia.

—Tallo figuritas. Es una tontería, pero es lo que hago cuando no quiero mirar una pantalla —dijo, ya poniéndose de pie—. Es un reno. Salió un poco torcido.

Era, en efecto, un renito de madera clara, con una pata más corta que las otras y una expresión tallada que parecía, más que alegre, ligeramente preocupada. No iba a ganar ningún premio de artesanía, la verdad, pero a Claudia el gesto le pareció muy tierno.

—Es precioso, Luis. En serio.—Gracias —dijo él, ya casi en la puerta, con la primera sonrisa entera de toda la tarde—. Bueno. Nos vemos.* * *—A ver, ¿cómo ha ido el hombre de pocas palabras? —preguntó Sara, en cuanto Claudia entró por la puerta.

—Majísimo. De verdad, majísimo. —Claudia se sentó en el suelo, con la espalda apoyada en el sofá y las piernas estiradas hacia la mesita —. Pero sacarle una frase entera ha sido como litigar sin pruebas: técnicamente posible, pero agotador.

—¿Y de qué ha hablado, al final?—De un videojuego de mi infancia que ni recordaba que existía. Ahí sí que no callaba.Sara se rió y estiró el brazo para coger el reno, que Claudia todavía tenía en la mano.

—Anda, qué mono. ¿Te lo ha hecho él?—Talla figuritas. Dice que es su manera de desconectar.

—Pues me cae bien —dijo Sara, dejando el reno con cuidado sobre la mesita, todavía sonriendo.

Claudia se levantó a por el calendario y, bajo el número siete, escribió sin dudarlo: demasiado callado.

Después, de camino a su cuarto, dejó el reno en la estantería, junto a un par de libros y una vela que llevaba ahí desde el año anterior, y se metió en la cama pensando que, si todos los sábados de diciembre iban a ser así de tranquilos, tampoco estaría tan mal.