Viernes, 6 de diciembre
El mensaje de Sara le llegó nada más despertarse, con la brevedad juguetona de siempre: «Daniel.
Toca en un grupo. Le he dicho que era una cita y lo primero que ha preguntado es si el sitio tenía buena acústica.
Ítaca, a las seis». Claudia lo leyó sin saber muy bien qué esperar, y decidió no intentar adivinarlo: para eso estaban las reglas.
El viernes, con el fin de semana ya a la vista, el bufete se vació antes de lo habitual —hasta el ruido de las impresoras parecía menos urgente— y Claudia salió con margen de sobra, sin ningún cliente de última hora que rescatar.
Las luces de la calle, pensó de camino, ya cubrían una manzana entera más que el lunes: la ciudad se iba llenando de Navidad al mismo ritmo, día a día, que su propio calendario de Adviento.
Fue Elena quien se acercó a la mesa en cuanto Claudia se sentó, con una bandeja que no había pedido.
—Ni te molestes en pedir —dijo, dejando el té y un trozo de algo oscuro y brillante—. Pastel de castañas, receta nueva. Necesito una opinión sincera antes de ponerlo en la carta, y la de mi hermano no me vale: a ese le parece bien todo lo que sale de este horno.
Juan, desde detrás de la barra, levantó la vista del cuaderno de pedidos y no dijo nada, pero la sonrisa que se le escapó fue suficiente respuesta.
—Vaya presión —dijo Claudia, ya con el tenedor en la mano. —Un poco, nada más —dijo Elena, con una sonrisa—. Pruébalo con calma y luego me cuentas.
La campanilla sonó antes de que Claudia pudiera contestar, y con ella entró Daniel: guitarra al hombro sin funda, bufanda por fuera del abrigo y el aire de quien ha salido de casa a la carrera aunque en realidad no llegara tarde.
—Perdona las pintas —dijo, dejando la guitarra apoyada contra la mesa de cualquier manera, donde estuvo a punto de irse al suelo dos veces antes de que él mismo la enderezara sin mirar—. Venía de ensayo y he salido con tiempo de sobra para no tener que correr. Se ve que no ha servido de mucho.
Hablaba con las manos, con la mitad del cuerpo, saltando de un tema a otro sin que ninguno llegara a cerrarse del todo: el ensayo de esa tarde, un bar de la zona vieja que igual les contrataba para Nochevieja, una anécdota sobre un amplificador que se había prendido fuego —"solo un poco"— en un concierto el año pasado.
Claudia, que llevaba el resto de la semana tratando con clientes que medían cada palabra antes de decirla, encontró casi relajante no tener que seguirle el ritmo.
—¿Y tú a qué te dedicas? —preguntó él, en mitad de otra frase, como si acabara de acordarse de que existía esa pregunta. —Derecho mercantil.
—Qué fuerte. Yo soy incapaz de leer un contrato entero sin quedarme dormido. —Lo dijo sin el menor asomo de vergüenza, como un dato curioso más sobre sí mismo—. Prefiero improvisar. En todo, la verdad.
Eso, al menos, no era mentira: pidió sin mirar la carta, cambió de sitio la silla tres veces buscando "la luz buena", y en algún momento empezó a tararear algo por lo bajo que ni él mismo parecía saber de dónde había salido.
—¿Qué canción es esa? —preguntó Claudia, más por curiosidad que por interés real.
—Ni idea. Se me acaba de ocurrir. —Y entonces, antes de que ella pudiera impedirlo, tiró de la guitarra, la puso sobre las rodillas y empezó a tocar de verdad, ahí mismo, sin previo aviso ni permiso.
—Daniel...—Un segundo, que se me va a olvidar.
Le cantó, con una melodía que se inventaba a la vez que la tocaba, una estrofa entera sobre "una abogada de ojos serios que un viernes bajó la guardia por un té", con rimas que cojeaban a propósito y otras que no cojeaban a propósito pero sonaban igual de mal.
Dos mesas vecinas se giraron. Alguien, cerca de la puerta, aplaudió sin saber muy bien por qué.
Claudia sintió que se le subían los colores a una velocidad que ningún alegato había conseguido nunca.
Y sin embargo, por debajo de la vergüenza, notó algo que no esperaba: le costaba horrores no reírse también, contagiada por la cara de felicidad absoluta con la que Daniel remataba cada verso, ajeno por completo al ridículo.
No era tan frecuente que la vida se le fuera de las manos de esa manera, sin que ella pudiera controlarla, y quizá —solo quizá— tampoco fuera tan terrible.
Detrás de la barra, Elena había dejado de fingir que limpiaba: tenía el mismo vaso entre las manos desde hacía un minuto entero, apretando los labios con toda la fuerza del mundo para no soltar la carcajada, hasta que perdió del todo la batalla y tuvo que darse la vuelta hacia la cafetera, con los hombros temblándole.
Juan, más disimulado, se limitó a mirar hacia otro lado con una servilleta a medio doblar, aunque tampoco a él se le daba especialmente bien fingir que no había pasado nada.
Por debajo de la risa contenida, algo en su expresión no acababa de irse del todo con la última nota de la canción, aunque nadie —y menos que nadie, Claudia— se paró a mirarlo dos veces.
—Ha sido precioso —dijo Claudia, cuando por fin dejó de sonar la última cuerda—, y también la cosa más vergonzosa que me ha pasado en meses.
—Eso me lo dicen mucho —dijo Daniel, guardando la guitarra con el mismo desorden con que la había sacado, encantado consigo mismo sin malicia alguna—. Forma parte del encanto.
El resto de la cita transcurrió más o menos igual: entusiasta, disperso, encantador a ratos, agotador a otros, sin que Claudia llegara a enterarse de gran cosa sobre él que no fuera que tocaba en un grupo y que le gustaba improvisar.
Cuando se despidieron, Daniel le prometió, con total seriedad, componerle una canción entera algún día, "si el mundo nos da tiempo" —y a Claudia le costó saber si hablaba de ellos dos o de la banda.
Antes de salir, Claudia se acercó a la barra a devolver el plato ya vacío.
—Notable alto, el pastel —dictaminó, con la misma seriedad que reservaba para cerrar un contrato—. Sobresaliente, si me dejas una segunda cata para confirmarlo. Aunque, si quieres mi opinión sincera, yo le añadiría un toque de canela: creo que le daría el punto perfecto.
—Anda, pues tienes razón —dijo Elena, ya convencida—. La próxima tanda la hago así, y te la reservo para que la pruebes tú antes que nadie. Me viene bien tener a alguien que me diga las cosas claras, que aquí todos me dicen que sí a todo.
—Trato hecho —dijo Claudia, cogiendo ya el abrigo.* * *
—A ver, cuéntamelo todo, porque el vídeo que me has mandado a media cita no se veía nada —dijo Sara, en cuanto Claudia cerró la puerta de casa.
—Porque estaba tan nerviosa que no sabía qué hacer, y lo único que se me ocurrió fue grabarlo. —Claudia dejó el bolso en el sofá y se sentó encima de una pierna, todavía con la sonrisa medio puesta—. Me ha cantado. En serio. Delante de todo el local.
—¿Y era malo?—Era buenísimo, ese es el problema. Canta genial, improvisa fatal, y no distingue entre las dos cosas.Sara se rió con ganas.—O sea que el candidato de hoy es simpático, tiene talento de verdad y aun así...
—Aun así, imagínatelo sacando la guitarra en la comida de Navidad delante de mis tías. No podría aguantar la risa ni dos minutos. Y encima creo que ha tirado la guitarra al suelo dos veces.
—Ese es un baremo nuevo. Me gusta.Claudia se levantó a por el calendario, todavía divertida a su pesar, y bajo el número seis escribió, sin dudarlo: demasiado caos. —¿Y mañana? —preguntó, casi por costumbre, sabiendo ya la respuesta.
—Mañana hay compras de Navidad primero —dijo Sara, estirándose en el sofá con aire de triunfo—. Y candidato después, que aquí no libra nadie. Así que aprovecha la mañana, que por la tarde vuelves al trabajo.
Claudia guardó el rotulador y se quedó un momento con el móvil en la mano, tentada de escribirle a Daniel que sí, que ojalá el mundo les diera tiempo para esa canción algún día, aunque solo fuera para ver qué contestaba.
No llegó a mandarlo. Se limitó a sonreír para sí misma y, ya en la cama, buscó en el móvil el vídeo a medio grabar de la canción.
Se rió sola al verlo, otra vez, todavía sin poder creerse lo bien que lo había pasado.