Calendario de adviento Jueves, 5 de diciembre
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Jueves, 5 de diciembre

El mensaje llegó con menos entusiasmo del habitual: «Pablo.

Banca de inversión. No prometo nada, pero al menos sabe vestirse bien.

Ítaca, a las seis». Claudia notó el tono raro, como de aviso disfrazado de neutralidad, pero no tuvo tiempo de preguntar: la tarde en el bufete se le echó encima con una reunión que se alargó media hora de más.

Elena, hoy, había preparado turrón casero —una tableta tosca, de las de verdad, con trozos enteros de almendra flotando en la miel— y todo el local olía a eso, a almendra tostada y azúcar quemado, en vez de al pan y la canela de otros días.

Juan le llevó el té y un trozo de turrón, y antes de volver a la barra le preguntó, sin darle mayor importancia, qué tal se le estaba dando la semana —una de esas preguntas que no esperan gran cosa, pero que a Claudia, no supo muy bien por qué, siempre le sacaba una sonrisa algo más sincera de la que solía repartir por ahí.

Pablo llegó puntual, con un abrigo que parecía recién sacado de una percha de anuncio, y se sentó sin quitarse la bufanda, como si estuviera de paso entre dos reuniones más importantes que aquella.

—Perdona las prisas, tengo la agenda imposible esta semana — dijo, a modo de saludo, dejando el móvil boca arriba sobre la mesa—. Cierre de año, ya sabes cómo se pone esto.

—Me hago una idea —dijo Claudia, sin hacérsela en absoluto.

A partir de ahí, Pablo habló. Habló del banco donde trabajaba, del ascenso que tenía prácticamente cerrado, de un cliente importante al que había convencido esa misma mañana, y de una cifra —el bonus del año pasado, dicho con la misma naturalidad con la que otro comentaría el tiempo— que a Claudia le pareció, más que impresionante, agotadora.

No mostró el menor interés por lo que hacía ella; cuando "derecho mercantil" se le escapó de pasada, él asintió sin detenerse, como quien oye pasar un tren que no le concierne, y siguió con lo suyo.

—El año que viene, si todo va bien, dirijo yo la oficina —dijo, iba ya por la tercera vez que mencionaba el cargo—. No está mal para treinta y cuatro años, ¿eh?

—Nada mal —dijo Claudia, comprobando disimuladamente cuánto quedaba en la taza.

Pablo pidió una infusión sin mirar la carta, como si el propio local debiera ya saber lo que le gustaba, y encadenó una comparación entre su banco y el de la competencia que a Claudia le costó seguir por puro desinterés.

Le habló también de la Navidad, pero solo para contarle que este año la pasaría esquiando en los Alpes con "gente del sector", y que solo bajaría a Vigo el día 24 por la noche, "lo justo para la foto familiar".

Dos minutos después hablaba de coches, y del suyo en concreto, un modelo que mencionó por su nombre completo, como si formara parte del currículum.

—¿Y tú qué? —preguntó, al fin, aunque enseguida se contestó él mismo—. Bueno, seguro que también te va bien, si curras en un despacho.

Claudia sonrió con la boca, no con las ganas, y calculó cuántas frases llevaba él sin hacerle una sola pregunta que de verdad esperase respuesta. Aprovechó que se levantaba a "atender una llamada rápida, dos minutos" para sacar el móvil por debajo de la mesa y escribir una sola palabra: turrón.

Pablo tardó bastante más de esos dos minutos prometidos, y cuando volvió a sentarse retomó la conversación justo donde la había dejado, ajeno a que ella ya solo estaba pendiente de la puerta. Pasaron más de diez minutos, largos como pocos, hasta que la campanilla sonó

Jueves, 5 de diciembre

por fin con una urgencia que no tenía nada que ver con el frío de fuera, y Sara entró en tromba, todavía con el abrigo del trabajo puesto y una expresión de emergencia perfectamente ensayada.

—Claudia, menos mal que estás aquí —dijo, sin aliento, como si hubiera venido corriendo desde el fin del mundo—. Es papá. Se ha hecho algo en la rodilla, nada grave, pero dice que vayamos ya.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Claudia, ya de pie, con la actuación perfectamente sincronizada de quien lleva ensayando esa escena en la cabeza toda la semana.

Pablo las vio salir sin levantarse siquiera, todavía con el móvil en la mano.

—¿Ya te vas? —preguntó, más sorprendido por la interrupción de su charla que por la urgencia en sí.

—Emergencia familiar —dijo Claudia, poniéndose el abrigo—.

Ha sido un placer.—Claro, claro —dijo él, ya mirando otra vez la pantalla—. Nos vemos.

En cuanto la puerta de Ítaca se cerró detrás de ellas, las dos rompieron a reír, ya en la calle, con el frío calándoles la risa a partes iguales.

—«Se ha hecho algo en la rodilla» —repitió Claudia, entre carcajadas—.

¿En serio no se te ha ocurrido nada mejor?

—Los mejores mentirosos improvisan sobre la marcha —dijo Sara, cogiéndola del brazo—.

Y ha funcionado, ¿o no?—Ha funcionado de maravilla.

Te debo la vida, o al menos media hora de mi vida. * * *

Ya en casa, con dos tazas de algo caliente que Sara preparó nada más entrar, Claudia se hundió en el sofá con el alivio de quien acaba de esquivar una tormenta.—No le importa nada que no sea su trabajo —dijo, todavía

incrédula—. Me ha preguntado cómo me iba a mí, sí... y se ha contestado él solo antes de que me diera tiempo a decir una palabra. Ah, y pasa la Navidad esquiando. Baja el 24 por la noche, "lo justo para la foto".

—Con esos también hay que contar —dijo Sara, sentándose a su lado—. Al menos ahora sabemos que el código funciona, y no solo sobre el papel.

—Funciona de maravilla —dijo Claudia, estirando las piernas sobre la mesita, ya relajada—. Aunque me da un poco de miedo lo bien que actúas cuando hace falta.

—Años de práctica evitando bodas ajenas —dijo Sara, sonriendo, satisfecha—. Para lo que haga falta, cuenta conmigo. Literal.

Se levantó a por el calendario y, bajo el número cinco, escribió sin pensárselo mucho: demasiado ego. Por primera vez desde que había empezado el reto, el gesto no le supo a derrota, sino a algo parecido a un triunfo: una regla que se ponía a prueba y, contra todo pronóstico, aguantaba.

—Buenas noches, cómplice —dijo Sara, ya de camino a su cuarto —. Que sepas que si mañana me necesitas de verdad, también vengo. —Lo sé —dijo Claudia, sonriendo hacia la puerta ya cerrada—. Por eso funciona.

Se quedó un momento más en el sofá, todavía con la sonrisa puesta, pensando, sin saber muy bien por qué, en la pregunta de Juan esa misma tarde —si le estaba yendo bien la semana—. En todo el día, pensándolo bien, había sido la única persona que se lo había preguntado de verdad.