Calendario de adviento Miércoles, 4 de diciembre
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Miércoles, 4 de diciembre

El mensaje de Sara llegó mientras Claudia firmaba un burofax en la fotocopiadora del bufete: «Jorge.

Ilustrador. Dice que necesita "desconectar de las pantallas", así que ya puedes hacerte una idea del rollo que gasta.

Ítaca, a las seis». Claudia no tuvo tiempo ni de contestar: la máquina se atascó justo en la última hoja, y para cuando la desatascó ya era la hora de salir corriendo, sin margen esta vez ni para el paraguas.

Llegó a Ítaca con el pelo revuelto por el viento y dos minutos de retraso, algo que no le había pasado en las citas anteriores. Jorge ya estaba sentado a una mesa del fondo, con un cuaderno de tapas negras abierto delante y un lápiz que no paraba de moverse.

—Perdona el retraso —dijo Claudia, quitándose el abrigo—. Problemas técnicos.—No pasa nada —dijo él, sin levantar del todo la vista del cuaderno—. Aprovechaba la luz de la ventana.

Juan, el hermano de Elena, le tomó nota como siempre, sin apenas necesidad de preguntar: un té negro y una de las delicias de la casa.

Para hoy, unas galletas de jengibre que olían a la vez a Navidad y a algo quemado en el mejor sentido posible.

Empezó, con cierto entusiasmo profesional, a hacerle a Jorge las preguntas de rigor: a qué se dedicaba exactamente, si vivía de eso, qué encargos tenía entre manos.

Jorge respondía con monosílabos amables mientras el lápiz seguía moviéndose sobre el papel, ajeno a la conversación, como si llevara vida propia.

—¿Ilustras para editoriales, o más bien...?—Mmm. —Trazo. Otro trazo—. Un poco de todo.—¿Y eso incluye escuchar a la persona que tienes delante?

—A veces —dijo él, sin ninguna intención de que sonara a disculpa.

Claudia siguió hablando —del tiempo, de la Navidad, de si el frío iba a arreciar— sin obtener gran cosa a cambio, hasta que a mitad de una frase sobre las luces de la calle se dio cuenta de que Jorge no la estaba escuchando en absoluto: la miraba a ella, sí, pero con la misma atención con que un pintor mira un jarrón.

No a lo que decía. A cómo se le curvaba el pelo por detrás de la oreja.

Juan pasó junto a la mesa a recoger algo de una mesa cercana y, sin necesidad de mirar dos veces, entendió exactamente lo que estaba pasando: un hombre mirándola sin escuchar una sola palabra de lo que decía. Algo en su cara se tensó un instante, apenas nada, antes de seguir camino a la barra.

—¿Me estás dibujando? —preguntó, incrédula, a media frase.

—Tienes una estructura ósea muy interesante —dijo él, sin ninguna vergüenza, girando el cuaderno un poco para que no pudiera ver el resultado—. No te muevas, ya casi termino la barbilla.

—Jorge. Estoy hablando de las luces de Vigo.—Y yo escuchando —dijo él, sin dejar de dibujar—. Con los ojos, mayormente.—Ya, pero disimula un poco al menos.

—No se puede disimular esto —dijo él, esta vez sin sonreír, como si de pronto le importara lo que decía—. Para dibujar bien una cara hay que fijarse en ella más de lo que la gente suele dejarse mirar. Casi nadie aguanta el rato que hace falta.

Miércoles, 4 de diciembre

Claudia no supo qué contestar a eso, así que se quedó callada, dejando que él terminara los últimos trazos en silencio.

Cuando por fin cerró el cuaderno un momento y lo apoyó sobre la mesa, algo cambió: levantó la vista, ya sin lápiz de por medio, y por primera vez en toda la tarde pareció escuchar lo que ella decía.

—Perdona lo de antes —dijo—. Cuando encuentro una cara así, se me olvida todo lo demás.

A partir de ahí la conversación se volvió, casi de golpe, mucho más normal: hablaron de si el oficio de ilustrador daba para vivir con holgura (casi nunca), de un libro que estaba terminando sobre un oso que no encontraba su propia sombra, y hasta, por curiosidad de él, de qué hacía una abogada mercantil un miércoles cualquiera de diciembre sentada frente a un desconocido.

Fue, con diferencia, el mejor cuarto de hora de toda la cita.

Al final, cuando ya se ponían los abrigos, arrancó la hoja del cuaderno y se la tendió sin ceremonia.

—Toma. Te la has ganado por aguantarme. —Y añadió, ya de camino a la puerta, como quien no dice nada especial—: Y ya que te he mirado tanto rato, te lo digo también sin lápiz de por medio: tienes una cara muy bonita.

El dibujo, para su sorpresa, no estaba mal del todo: unos trazos rápidos, ella de perfil, con la taza en la mano y una expresión que no supo decidir si era de aburrimiento o de estar a punto de reírse. Probablemente las dos.

Elena se acercó a despedirla, secándose las manos en el delantal, y se asomó al papel por encima de su hombro.—Anda, mira qué bien te ha dejado —dijo, con una media sonrisa —. Ni se te ocurra tirarlo.—Gracias, supongo —dijo Claudia, doblándolo con cuidado de todas formas.

* * * —A ver el retrato —dijo Sara, en cuanto Claudia sacó el papel del bolso, ya en el sofá.

—No es un retrato, es una advertencia —dijo Claudia, tendiéndoselo—. Se ha pasado la cita entera dibujándome en vez de escuchar una sola palabra de lo que decía.

Sara lo estudió con seriedad exagerada, como un perito tasando una joya.

—Pues te ha sacado bien. Yo firmaría.—Firmarías con la condición de que la persona real te mirase alguna vez a los ojos y no a la línea de la mandíbula.

—Detalles —dijo Sara, devolviéndole el dibujo—.

¿Y qué tal hablaba, al menos, mientras no te escuchaba?

—Poco, y de sí mismo cuando hablaba. —Claudia se quitó los zapatos—. Es la primera vez que alguien me hace sentir que la interesante de la mesa era yo, y aun así ha sido un fracaso total.

—Contradictorio.—Como todo esto, últimamente.

Se levantó a por el calendario, sujetando todavía el dibujo con la otra mano sin saber muy bien dónde dejarlo. Bajo el número cuatro escribió, casi divertida: demasiado disperso.

—Por cierto, guarda el dibujo —dijo Sara, estirándose en el sofá—. Como algún día sea famoso, eso vale dinero.—¿Y mañana qué me toca?—Ni lo sueñes —dijo Sara, bostezando—. Si te doy pistas se acaba la gracia, y la gracia es lo único gratis que tienes en este reto.

Claudia se rió, y en vez de guardar el dibujo en un cajón como haría con cualquier otra cosa, lo dejó apoyado un momento contra la lámpara de la mesita, donde se quedó, sin que ella se diera mucha cuenta, el resto de la noche.