Calendario de adviento Martes, 3 de diciembre
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Martes, 3 de diciembre

Sara le escribió entre dos llamadas, sin previo aviso: «Sergio.

Con este o hay conversación para rato, o no hay conversación de ningún tipo, no hay término medio.

Ítaca, a las seis». Claudia no preguntó nada más: la mañana en el bufete se le echó encima, y no volvió a pensar en el mensaje hasta última hora de la tarde.

Salió del bufete con margen de sobra y decidió aprovecharlo caminando por la Porta do Sol en vez de ir directa a Ítaca, dejando que el frío le despejara la cabeza después de una jornada entera de correos, llamadas y reuniones.

Un puesto ambulante, todavía montando el tenderete para la tarde, dejaba escapar un aroma a naranja y clavo que la siguió media calle.

Llegó a Ítaca con unos minutos de margen y, en vez de sentarse a esperar sin más, se acercó a curiosear la balda que el día anterior solo había visto de pasada.

Deslizó un dedo por los lomos —tapa dura, tapa blanda, alguna con ilustraciones— hasta detenerse en una edición vieja de letras doradas casi borradas por el uso.

—Veinte años tardó en volver a casa —dijo el chico, apareciendo de detrás de la barra con un trapo en la mano, como si llevara un rato observándola sin que ella se diera cuenta—. Con lo fácil que habría sido preguntar por el camino.

Claudia se giró, sorprendida.—Se ve que a los hombres esto de pedir indicaciones no se les da bien en ninguna época.

—Ni en la Antigua Grecia. —Dejó el trapo y apoyó los dos codos en la barra—. Se pasa veinte años de aventura en aventura mientras la que se queda en casa teje un sudario que no piensa terminar nunca, solo para ganar tiempo, y encima es él quien se lleva la fama de listo.

—Eso es verlo con muy poca épica.—O con la que toca. Yo no sé quién iba más perdido de los dos.

Claudia sonrió, casi sin querer, y hojeó un par de páginas sin leer realmente ninguna.—Los dos, entonces.

—Los dos —concedió él, y volvió a pasar el trapo por la barra, como si la conversación ya hubiera durado más de lo que tenía pensado.

Sonó la campanilla de la puerta, y con ella la certeza incómoda de que la tarde acababa de empezar de verdad.* * *

Sergio llegó con gafas de pasta y una manera de estrechar la mano que ya prometía un monólogo completo. Voz suave, mirada intensa, el tipo de hombre que se sienta como si fuera a dar una conferencia aunque solo haya una silla y una mesa desgastada de por medio.

—Filosofía —dijo, cuando ella preguntó, con el mismo tono con que otro habría dicho "abogado" o "médico"—. Aunque prefiero pensar en ello como un oficio de hacer preguntas incómodas.

—Yo hago preguntas incómodas todo el día y las llamo due diligence —dijo Claudia, y por primera vez en la tarde notó que le costaba un poco de esfuerzo mantener el tono ligero.

Sergio sonrió, pero fue la sonrisa de quien archiva un comentario para usarlo después, no la de quien lo ha encontrado gracioso.

La conversación, a partir de ahí, tomó un rumbo que a Claudia le resultó extrañamente familiar: preguntas que no buscaban respuesta, sino trampolín para la siguiente idea.

Le habló del tiempo, pero del tiempo como construcción social; del frío, pero del frío como metáfora de la distancia contemporánea entre las personas.

—¿Y la Navidad? —se atrevió a preguntar Claudia, más por curiosidad real que por seguirle la corriente—. ¿También tiene una lectura incómoda?

—El ejemplo perfecto de ritual colectivo vaciado de contenido y rellenado de consumo —dijo él, encantado de que le diera pie—. Seguimos repitiendo los gestos mucho después de haber olvidado por qué empezamos a hacerlos.

—A mi familia no le vendría mal olvidarlos un poco, la verdad — dijo Claudia, y esa fue la primera vez que se rió de verdad en toda la tarde, aunque no estaba segura de que él hubiera entendido bien el motivo.

Cuando el chico se acercó a dejarles la tetera y una porción de pastel de frambuesa recién hecho —"de mi hermana, hoy se ha lucido"—, Sergio ni siquiera interrumpió la frase para darle las gracias; se limitó a servirse el té como quien sirve un accesorio necesario para seguir pensando en voz alta.

En algún momento, sin que ella lo hubiera provocado, la conversación llegó también a La Odisea.

—Un texto fascinante —dijo Sergio, con las manos ya dispuestas para la disertación—. El viaje como metáfora del conocimiento de uno mismo. Llegar a casa y llegar a ser quien uno es son, en el fondo, el mismo trayecto.

—¿Y Penélope? —preguntó Claudia, casi sin pensarlo, todavía con el eco de la barra en la cabeza.

—La estructura de espera necesaria para que el relato del héroe tenga sentido —dijo él, con total seguridad, sin la menor sospecha de que acababa de resumir en una frase exactamente lo contrario de lo que ella había escuchado media hora antes—.

Sin ella, el viaje de Ulises carecería de destino simbólico.

Claudia asintió, pensando que jamás había oído explicar tan bien algo y entenderlo tan mal. Lo tradujo, como hacía siempre, a un vocabulario más cómodo: un contrato impecablemente redactado, lleno de cláusulas elocuentes, sin un solo compromiso real detrás.

El resto de la cita transcurrió por el mismo carril: ideas bien hilvanadas, citas de pensadores que ella no conocía y que él tampoco atribuyó del todo, un par de silencios que Sergio parecía disfrutar como pausas dramáticas más que como incomodidad real.

En ningún momento le preguntó por su trabajo, ni por su familia, ni por qué estaba allí un martes cualquiera de diciembre sentada frente a un desconocido.

Le preguntó, eso sí, qué opinaba del libre albedrío.

—Que ojalá lo tuviera para elegir de qué hablamos —estuvo a punto de decir, y no lo dijo.—¿Y a qué te dedicas tú? —le preguntó él, por fin, cuando ya se ponían los abrigos.—Derecho mercantil.

—Fascinante. El derecho como sistema de ficciones que necesitamos para poder convivir. —Y con eso, sin más pregunta, se despidió, satisfecho de haber cerrado también ese capítulo.

* * *—¿Y qué tal? —preguntó Sara, sin levantar la vista del móvil, en cuanto Claudia cruzó la puerta.

—Bien. Culto. Interesantísimo. —Claudia se dejó caer en el sofá y se quitó los zapatos—. Y no me ha preguntado ni una sola cosa cuya respuesta le importara.

—O sea, que ha hablado él solo dos horas.—Con estilo, eso sí. Podría haberle grabado y venderlo como pódcast.Sara se rió y dejó el móvil a un lado.—¿De qué ha hablado?

—De todo. Del tiempo, del libre albedrío, de la Navidad como síntoma de decadencia colectiva.

—Claudia puso los ojos en blanco—. Y de La Odisea, también, que parece ser lectura obligatoria esta semana.

La conocía bien, en teoría, pero de una manera tan abstracta que costaba reconocer que hablaba de un libro.

—Peor que David, entonces.—Distinto. David no decía nada. Este decía muchísimo, y de nada en concreto.

—Vaya dos extremos me estás dejando —dijo Sara, divertida—. Como sigas así, para la siguiente cita te va a tocar alguien que hable justo lo normal, solo por estadística.

Claudia se levantó a por el calendario, todavía con el abrigo puesto. Bajo el número tres escribió, sin dudarlo mucho: demasiado teórico. —Dos menos —dijo Sara, ya con los pies subidos en la mesita.

—Mañana, por lo que más quieras, cambia de gremio —dijo Claudia, casi suplicando, mientras dejaba el rotulador en su sitio—. A este paso llego a Nochebuena con un máster completo y sin acompañante.

—Eso ya lo decido yo. Tú a presentarte, que para eso están las reglas.

Antes de irse a la cama, Claudia se asomó un momento a la ventana para bajar la persiana y se quedó mirando las luces de la calle, unas cuantas más que el día anterior, como si la ciudad entera fuera calentando motores despacio de cara a Nochebuena.

Dos citas ya, pensó, y todavía no sabía si lo que de verdad quería era encontrar a alguien o simplemente ganarle la partida al calendario.