Calendario de adviento Lunes, 2 de diciembre
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Lunes, 2 de diciembre

Sara le mandó el mensaje nada más salir de la segunda reunión de la mañana, con la brevedad de quien ya lo tiene todo decidido: «David.

Trabaja en mi empresa, majo, cero dramas.

Es de los que dice que sí a todo con tal de no quedarse solo en casa una tarde —se ha apuntado sin pensárselo dos veces—.

A las seis en Ítaca. ¡Suerte, campeona!».

Ni una foto, ni una edad, ni una sola pista más.

Claudia releyó el mensaje, dejó el móvil boca abajo sobre la mesa y volvió al expediente que tenía delante, aunque durante el resto de la mañana le costó un poco más de lo habitual concentrarse en él.

Era una información pobrísima para cualquier estándar profesional —ella no aceptaría ni un encargo con tan pocos datos—, y sin embargo ahí estaba, dispuesta a presentarse a las seis en punto sin más armas que un nombre de pila.

Se dijo que era justamente eso lo que había pedido: no jugar a adivinar antes de tiempo.

El bufete, con su luz fría, su hilera de pantallas y su eterno olor a café de máquina, tenía la virtud de tragarse las horas sin darse cuenta.

A las cinco y media, sin embargo, Claudia ya estaba apagando el ordenador, aunque por una vez el motivo no tuviera nada que ver con el trabajo.

Salió a la calle envuelta en el frío húmedo de Vigo, luchando con un paraguas que se le quería volver del revés a cada ráfaga, cuando el móvil vibró: un cliente, justo antes de las seis, con una duda que en cualquier otro momento habría contestado ahí mismo.

Le escribió que lo miraría a primera hora del día siguiente y siguió caminando, con las luces de Navidad ya encendidas sobre su cabeza —la ciudad entera parecía haberse puesto de acuerdo para inaugurarlas todas la misma semana—, hasta llegar a Ítaca con el tiempo justo, dos minutos antes de la hora.

Ítaca resultó ser más pequeña de lo que había imaginado y, a la vez, mucho más llena: estanterías de madera que llegaban hasta el techo, una escalerita pequeña apoyada contra ellas para alcanzar los últimos estantes, mesas desgastadas por el uso y una guirnalda de luces cálidas enredada entre los libros que le daba al sitio un aire de casa antigua, de esas que llevan generaciones en la misma familia.

Sonó una campanilla al abrir la puerta. Olía a papel viejo y a pino, y de algún altavoz que no llegó a localizar salía, muy bajo, algo que sonaba vagamente a villancico sin llegar a serlo del todo.

Junto a la barra, una balda entera dedicada a distintas ediciones de un mismo libro: tapa dura, tapa blanda, alguna con ilustraciones, lomos gastados de otras épocas.

No hacía falta acercarse mucho para leer el nombre repetido en todos: La Odisea.

El chico que atendía la barra era, objetivamente, guapo —el tipo de guapo que parecía no haberse dado cuenta, lo cual, pensó Claudia, lo hacía todavía más irritante—, con las mangas del jersey subidas hasta el codo y las manos manchadas de algo que podía ser tinta o podía ser canela.

Levantó la vista un momento, le señaló con la cabeza las mesas libres y volvió a lo suyo.

—¿Qué te pongo? —fue todo lo que dijo, cuando ella ya se había sentado.—Un té negro. Y algo dulce, lo que tenga hoy.

—Hoy mi hermana Elena ha hecho rollos de canela, son increíbles —dijo él, ya de camino a la barra, con la seguridad tranquila de quien lo ha dicho muchas veces y lo seguirá diciendo muchas más.

Los rollos llegaron calientes, en un plato desportillado que no pegaba con nada y que, por eso mismo, pegaba perfectamente con todo lo demás. Claudia había apartado ya el abrigo en la silla de al lado cuando la puerta volvió a sonar.

David llegó ocho minutos tarde, disculpándose por lo imposible que estaba el centro para aparcar con el mismo tono con que se disculpa alguien que en realidad no está muy preocupado, y se sentó frente a ella con una sonrisa amplia y nada que decir detrás.

Era simpático de una manera genérica, de las que no cuestan nada ni construyen nada, y durante la siguiente media hora Claudia fue comprobando, punto por punto, que la única información fiable que tenía sobre él —que decía que sí a todo— también aplicaba a la conversación: sí, hacía frío; sí, probablemente empeoraría esa semana; sí, las luces de la calle estaban muy bonitas este año, aunque el año pasado también lo estuvieran.

—¿Y esto lo llevas siempre tú sola? —preguntó él en un momento dado, señalando vagamente la carta.—No trabajo aquí —dijo Claudia.

—Ah. Claro, claro —dijo David, y asintió como si aquello zanjara el tema, sin ninguna curiosidad por saber entonces a qué se dedicaba ella.

Detrás de la barra, el chico —que llevaba ya un rato secando la misma taza más tiempo del que hacía falta— no dijo nada, pero tampoco se perdió una palabra.

Era, pensó Claudia mientras removía el té sin necesidad, como una reunión sin nada que discutir: ambos de acuerdo, ningún punto de fricción, y aun así ninguna conclusión posible, porque no había nada de fondo sobre lo que decidir.

David no preguntó por su trabajo ni ella por el suyo.

Tampoco hubo un solo silencio incómodo, sencillamente porque nunca llegó a haber nada que romper.

—¿Vienes mucho por aquí? —preguntó él, ya de salida, en lo que fue, sin comparación posible, la pregunta más personal de toda la cita. —Es la primera vez —dijo Claudia, y le sorprendió que fuera verdad.

David se despidió con la misma sonrisa amplia con la que había llegado, sin que nada en su expresión sugiriera que la tarde hubiera sido distinta de cualquier otra.

En cuanto la puerta se cerró tras él, una chica salió de detrás de la barra con una bandeja vacía y empezó a recoger las tazas con una eficiencia que no encajaba del todo con la coleta medio deshecha y el delantal torcido.

—¿Este era el del aparcamiento? —preguntó, sin más preámbulo, mientras apilaba los platos.

—El mismo —dijo Claudia, señalando la balda con la barbilla—.

Otro que tampoco encuentra el camino a ninguna parte.

—Se le ha visto nada más cruzar la puerta.

—Se rió, cargando la bandeja—. Vuelve cuando quieras, aunque sea por los pasteles.

No esperó respuesta. Claudia pagó, se despidió y salió de nuevo a la calle, donde la humedad se le pegó enseguida al abrigo. Un puesto de castañas asadas, en la esquina, llenaba el aire de un olor dulzón y quemado que la acompañó buena parte del camino a casa.

* * *Sara la esperaba en el sofá, con la excusa de una serie que en realidad no estaba viendo.—Cuéntamelo todo —dijo, apartando el mando a distancia. —No hay mucho que contar. Ha sido como hablar con el contestador automático de una empresa, pero simpático. —¿Tan mal?

—No mal. Vacío. —Claudia se dejó caer en el sofá, todavía con el abrigo puesto—. Hemos hablado del aparcamiento, del frío y de las luces de la calle. En ese orden. Dos veces.

Sara soltó una carcajada corta, de esas que se le escapan antes de poder evitarlo.

—Bueno, algo es algo. Al menos no ha habido drama.

—Tampoco ha habido nada más. Ni siquiera me ha preguntado a qué me dedico.

—Mejor. Te has ahorrado media hora explicándole qué es el derecho mercantil, seguro que no se hubiera enterado de nada.

—¿Y tú qué le contaste de mí? —preguntó Claudia, quitándose por fin el abrigo—.

Porque no sabía absolutamente nada. Ni mi apellido.

—Lo justo para que no saliera corriendo. —Sara se encogió de hombros, sin el menor rastro de arrepentimiento—. Si le cuento de más, se lo piensa demasiado, y prefiero ahorrarme las quince preguntas que me haría después.

—Mi trabajo consiste, precisamente, en que la gente se lo piense antes de firmar.—Por eso mismo tienes que dejarme esto a mí. Es lo único en lo que te conviene no controlar nada.

Claudia se quitó los zapatos y se los quedó mirando un momento, como si decidiera si merecía la pena discutírselo.

No merecía la pena. Se levantó a por el calendario, todavía un poco extrañada de la rapidez con que ese gesto —sacar el rotulador, buscar la casilla, apuntar— se le estaba volviendo natural, como si llevara haciéndolo mucho más de un día.

Bajo el número dos escribió, casi sin pensarlo: demasiado paradito.

—Uno menos —dijo Sara, ya casi dormida contra el brazo del sofá —. ¿Y el sitio? ¿Aguanta otra tanda?

—El sitio aguanta de sobra —dijo Claudia, y le sorprendió lo rápido que había contestado, como si esa parte de la pregunta no necesitara pensarse—. La chica que atiende es supersimpática, y los dulces que hacen tienen una pinta buenísima. Me he comido unos rollos de canela que estaban de escándalo.

Sara sonrió, medio dormida.—Lo sabía. Sabía que te iba a encantar.

—¿Y mañana quién toca? —preguntó Claudia, ya de camino a su habitación, casi por probar suerte.

—Sorpresa —dijo Sara, sin molestarse en abrir los ojos—. Si te lo cuento ahora, mañana te presentas con los deberes hechos, y esto no va de eso.

Claudia no insistió. Se limitó a mirar un momento lo que acababa de escribir, preguntándose, sin demasiada convicción todavía, qué clase de caso sería el de mañana.

Eso sí, pensó, sin darle mayor importancia, que no le importaría nada volver a Ítaca aunque solo fuera por el té y los rollos de canela, y de paso comprobar si a la chica de la barra se le había ocurrido ya algún otro comentario para el próximo despistado.

Se quedó un momento mirando la casilla del tres, todavía en blanco, antes de apagar la luz: mañana sería otro nombre, otro expediente, y ni una sola pista de con qué se iba a encontrar.