Calendario de adviento Parte I — La Partida Domingo, 1 de diciembre
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Calendario de adviento

Calendario de adviento

Por Catalina Doce

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Parte I — La Partida Domingo, 1 de diciembre

Claudia llevaba ya un rato aguantando el interrogatorio de siempre, el que se repetía casi todos los domingos con pequeñas variaciones sobre el mismo tema.

—Pero algo habrá, ¿no? Una chica como tú...—No, tía Pilar. No hay nada.—Con lo bien que se te ve con la toga y luego en casa, sola. —Estoy bien, tía. Y no estoy sola: vivo con Sara.

—Eso se dice a los treinta y dos. A los cuarenta ya no se dice igual, y luego los hijos, que el tiempo pasa para todos.

La tía Rosa, a su lado, le puso una mano en el brazo con una suavidad que no la hacía menos efectiva. —Nosotras solo lo decimos porque te queremos, cariño. Ya sabes cómo es tu tía Pilar.

Claudia dejó el tenedor un segundo sobre el plato, buscando la respuesta que cerrara el tema sin abrir tres más.

Al otro lado de la mesa, Ana —su prima pequeña, prometida desde primavera con un chico correcto que a todos parecía caerles bien sin que nadie supiera explicar muy bien por qué— enseñaba, otra vez, alguna foto de los preparativos de la boda a quien quisiera mirarla, y a quien no también.

Era domingo. La mesa grande, el mantel bueno, el cocido humeando en el centro y las voces de la familia superponiéndose unas a otras sin que nadie pareciera necesitar que le contestaran.

Sobre el aparador, junto al frutero, ya asomaba un pequeño belén a medio montar, con las figuras todavía envueltas en papel de periódico esperando su turno.

Su padre, Manuel, llevaba toda la comida callado en la cabecera, con esa media sonrisa suya de quien lleva años disfrutando del espectáculo sin necesidad de meterse en él.

Era abogado también, y aunque nunca decía nada al respecto, a Claudia le bastaba con la forma en que la miraba de reojo cuando alguien mencionaba su trabajo —el mismo orgullo discreto de quien guarda una fotografía en la cartera sin enseñarla nunca— para saber exactamente lo que pensaba de ella, aunque no lo dijera en voz alta.

—A ver si la vais a espantar —dijo Manuel al fin, sin levantar mucho la voz—, que luego me tocará a mí aguantaros el mal humor.

Le guiñó un ojo a Claudia, su forma particular de ponerse de su lado sin discutir con nadie.

La tensión de la mesa bajó un grado, lo bastante para que Isabel, su madre, se levantara con la fuente y le sirviera más cocido sin que nadie se lo pidiera.

Llevaba el delantal puesto desde por la mañana y las manos siempre ocupadas, como si parar un segundo fuera a dejar que la conversación se le escapara también a ella.

—Come, que estás en los huesos —dijo, llenándole el plato hasta arriba. Y luego, bajando un poco la voz, como si lo dijera solo para ella —: Y búscate a alguien majo, hija. No tiene que ser para toda la vida. Con que te haga sonreír de vez en cuando, ya me quedo yo tranquila.

No era lo mismo que la tía Pilar, pensó Claudia.

Isabel no necesitaba testigos ni fechas límite: le bastaba con que su hija fuera feliz, a su manera un poco anticuada de entender la felicidad, y eso hacía casi imposible enfadarse con ella.

Aprovechó la fuente para desviar la conversación hacia el menú de Navidad, que era, en el fondo, el mismo tema con otro nombre.

La comida familiar de los domingos no era un acontecimiento: era jurisprudencia consolidada, la misma sala, las mismas partes, el mismo fondo del asunto disfrazado cada semana de pregunta distinta.

Claudia llevaba treinta y dos años sabiéndose de memoria el procedimiento y, sin embargo, cada diciembre notaba cómo la sobremesa se alargaba un poco más de la cuenta, como si toda la familia tuviera prisa por rematar el tema antes de que alguien sacara el asunto equivocado.

Se marchó en cuanto pudo, con un táper de cocido que no había pedido y las palabras de la tía Pilar todavía dándole vueltas en la cabeza.

Fuera había empezado a lloviznar, esa lluvia fina y pertinaz tan propia de Vigo en diciembre, y caminó hasta el coche sin paraguas, dejando que el frío le despejara un poco la irritación de la sobremesa.

* * *

Sara estaba en el sofá cuando llegó, con el portátil sobre las rodillas y los pies descalzos encima de la mesita, precisamente donde Claudia le había pedido mil veces que no los pusiera.

El piso olía, como cada diciembre, a la vela de canela que Sara encendía religiosamente en cuanto bajaba un poco la temperatura, aunque el salón siguiera teniendo ese aire un poco impersonal de las cosas ordenadas en exceso.

—¿Cuántas veces te han preguntado por el novio? —dijo Sara, sin levantar la vista de la pantalla.

—Tres directas. Dos indirectas. Una encubierta como pregunta sobre mi salud —Claudia dejó el táper en la nevera y se dejó caer en el sillón de enfrente—.

Mi tía Rosa me ha preguntado, muy seria, si tenía frío por las noches.

He tardado dos segundos en darme cuenta de que no le preocupaba lo más mínimo la calefacción.

—Es por lo de Ana, ¿no? Los preparativos de la boda las han vuelto a todas locas.

—Los preparativos, la novia perfecta, y el hecho de que aparentemente soy la última soltera joven de toda la familia. —Se quitó los zapatos con dos patadas poco elegantes—. Empieza diciembre y ya me han hecho un balance de situación completo.

Sara cerró el portátil y se levantó a por dos infusiones —desde que hacía frío, era lo primero que hacía en cuanto alguien entraba por la puerta— y volvió a sentarse con las piernas cruzadas, ese gesto suyo de cuando estaba a punto de decir algo que sabía que le iba a costar caro.

—Oye. —Lo dijo con ese tono que Claudia conocía bien, el de antes de una idea que normalmente acababa costándole algo—.

¿Te has planteado alguna vez bajarte una de esas apps para ligar?

Ya sabes, deslizar a la derecha, deslizar a la izquierda, y confiar en que el filtro no sea el noventa por ciento del encanto.

—No.—¿No lo has pensado o no quieres?

—Las dos cosas. —Claudia se frotó los ojos—. No necesito setenta fotos de tíos posando con una tabla de surf para saber que no me apetece.

—Ya, pero a este paso vas a llegar al veinticinco de diciembre exactamente igual que hoy, con tu tía Pilar buscándote novio por todo el país.

Claudia no contestó enseguida. Había una parte de la frase de Sara que le tocaba un sitio que prefería no señalizar ni para sí misma: no era que no creyera en el amor, ni que lo despreciara con la elegancia entrenada de quien ha decidido que ya no le interesa.

Era, simplemente, que hacía tres años había dejado de creer que a ella, en concreto, le fuera a tocar de verdad, y desde entonces prefería la certeza tranquila de no esperar nada a volver a arriesgarse a que le saliera mal otra vez.

En el bufete controlaba y preveía absolutamente todo, hasta el detalle más tonto de un contrato.

En eso no sabía prever nada. Por eso prefería no jugar.

—No es eso —dijo, al final, con una ligereza que no sintió del todo —. Es que prefiero conocer a la gente en persona. No quiero que sea un algoritmo el que decida por mí quién me puede gustar.

—Vale, pues no confíes en el algoritmo. Confía en mí. —¿Perdona?

Sara se incorporó en el sofá, con esa sonrisa suya que anunciaba que la idea, fuera cual fuera, ya le rondaba la cabeza más rápido de lo que era capaz de explicarla en voz alta.

—Piénsalo. Yo elijo. Yo cito. Tú apareces. Sin fotos, sin biografías escritas por el propio interesado exagerando lo que corre, sin deslizar a derecha e izquierda. Solo te presentas y punto, como si fuera un juicio: te sientas, escuchas los hechos y decides.

—Sara, tú ni siquiera conoces a tantos hombres solteros. —Tinder sí. —Sara sonrió, sin inmutarse lo más mínimo—. Y de eso no te preocupes: tú déjame improvisar.

—Eso —dijo Claudia, entre la risa y la alarma— es la propuesta más ridícula que me has hecho nunca, y eso que una vez me convenciste de teñirme el pelo de rojo.

—Y estabas guapísima.—Estaba horrible, Sara.

—Guapísima con el pelo horrible. Escúchame.

—Se levantó, ya de pie, gesticulando con las manos como hacía siempre que una idea la entusiasmaba de verdad—.

Tienes hasta Nochebuena. Una cita cada tarde, como el calendario de Adviento que tienes guardado en un cajón sin usar desde hace tres años.

Yo me encargo de todo: quién, cuándo, dónde.

Tú solo tienes que presentarte cada tarde y llegar acompañada, por una vez, a la comida de Navidad.

—No es amor, entonces. Es logística.

—Es logística —confirmó Sara, muy seria, como si acabaran de cerrar los términos de un contrato—. Y no controlar nada, para variar, tampoco te va a matar, ¿no?

Dicho así, con esas palabras exactas, algo en el planteamiento encajó de una manera que Claudia no supo explicar del todo.

No era una promesa de final feliz que no pensaba cumplir; era un problema con parámetros claros, un objetivo medible y una fecha límite.

Un caso, en resumen. Y de casos, ella entendía.

—Está bien —dijo, antes de poder arrepentirse—. Pero con reglas. —Perfecto, déjalo en mis manos —dijo Sara, encantada, sacando ya el móvil como si llevara toda la tarde esperando a que Claudia dijera eso.

—Reglas, definamos las reglas —insistió Claudia, levantando un dedo—. Una: nada de fotos ni fichas completas de antemano. Un nombre y una frase el mismo día, como mucho, y el resto, cuando lo tenga delante.

—Hecho.—Dos: prefiero que sea siempre el mismo sitio. Que sea un sitio tranquilo, y que no me conozca nadie.Sara se quedó pensando, con la cabeza ladeada.

—Ítaca —dijo, sin dudarlo—. La cafetería-librería del centro. Te va a encantar: tiene mesas de sobra, no cierra pronto y hacen un té que no está nada mal.

—Tres: si no funciona con alguien, no se repite. Una oportunidad, y ya está.—Obvio.

—Y cuatro. —Claudia dudó un instante, casi con vergüenza de lo en serio que se lo estaba tomando—. Si la cosa se pone realmente mal, necesito una salida.

—Tenemos una palabra clave —dijo Sara, encantada de haber llegado ya a esa parte—. Me escribes «turrón» y aparezco en cinco minutos con la excusa que haga falta. Reunión de última hora, urgencia familiar, incendio en el piso de arriba. Lo que se necesite.

—¿Turrón?—Es diciembre. Hay que estar temáticos.—¿Y si me da vergüenza escribir eso en mitad de una cita?

—Pues me lo escribes bajito, no hace falta que lo grites. Tampoco es una película de acción.

Claudia se rió, de verdad, por primera vez en toda la tarde.

Una cita al día hasta Nochebuena, y ninguna de las dos tenía ni idea de cómo podía ir aquello.

Un reto con reglas, con fecha de cierre, con una palabra de rescate ridícula y con Sara al mando de la logística.

Sonaba, pensándolo bien, justo al tipo de reto que le habría costado rechazar de niña: con líneas claras y una meta a la vista, sin espacio para las preguntas que de verdad le daban miedo.

Antes de irse a la cama, sacó del cajón del mueble de la entrada el calendario de Adviento de papel que llevaba tres años sin estrenar — una tira de veinticuatro casillas numeradas, cada una con su fecha y un cuadradito en blanco esperando ser tachado—, comprado en su día sin saber muy bien para qué, y lo colgó junto a la puerta de la cocina.

Cogió un rotulador y tachó, despacio, la casilla del uno.

Había caído otra vez en una de las locuras de Sara —esta, para variar, con su propia firma al pie—. Y, después de mucho tiempo, Claudia se metió en la cama sin la sensación de estar esperando a que algo pasara, sino con la de haber presentado, por fin, un escrito.