Caído del Cielo CAPÍTULO 23 ¡Pinchas!
98%

CAPÍTULO 23 ¡Pinchas!

El sonido del timbre se escapó por los bordes del marco de la puerta, luego un silencio.

Estaba inmóvil, cada músculo tenso; la respiración perdía la sincronización y se alargaba en aspiraciones largas y expiraciones cortas.

La mano aún sobre el botón del timbre, rozándolo. Lo apretó otro segundo, esta vez con la fuerza de todos sus dedos entumidos.

Quitó la mano.

Sintió un ruido lejano, quizás una puerta abriéndose, quizás unos pasos.

Controló sus impulsos de querer golpear la puerta con los puños: su hijo dormiría, podrían asustarse.

Susto. No había palabra para lo que ellos sentirían. Imaginarlo le había ocupado las noches de desvelo, sin poder descifrarlo.

Ahora sí identificaba pasos, pasos suaves, medidos.

Era medianoche. En ese cuarto piso se atenuaban los ruidos de la calle; se sentía más la brisa del aire cargado con los olores de la ciudad; lo envolvía tratando de distraerlo.

Pero él ya ni respiraba: sin proponérselo se había pegado tanto a la puerta que sus ojos solo veían el blanco mate.

—¿Quién? —se escuchó una voz suave del otro lado.

La voz de mi Lili

Escucharla lo dejó mudo; el pecho le ardió de súbito y sentía que el corazón le explotaba en el pecho.

—Hola —volvieron a preguntar, ahora más alto.

—¿Hay alguien?

A golpe de voluntad logró quitar el freno de su boca.

—Soy yo —le salió empujando sus dientes en un susurro.

Del otro lado reinó el silencio.

—Soy yo —volvió a repetir, con un tono más fuerte.

Le llegó el ruido del seguro moviéndose, lentamente, como si las manos que lo giraban hubiesen perdido la fuerza.

La puerta chocó contra la cadena; el sonido del tirón devolvió un quejido del otro lado y provocó un sobresalto en él.

Quiso decir algo más, pero temblaba por completo y solo sentía que el tiempo no pasaba lo suficientemente rápido.

Se alineó con la rendija de la puerta entreabierta. Del otro lado solo veía la silueta de un rostro despeinado, con una luz que le daba de espalda.

Con menos te habría reconocido.

Un segundo demoró en estrellarse la puerta contra el marco, un sonido que hizo eco por todo el pasillo.

Manos torpes intentaban zafar la cadena, hasta que sintió que caía y, de un tirón, la silueta de cuerpo entero quedó a la vista.

Dejó caer el maletín que, por alguna extraña razón, seguía pegado a su mano. Dio un paso, luego otro; quedaron frente a frente. Sus ojos le ardían, pero no quería pestañear y perderse algo.

Lili se puso la mano derecha sobre la boca, tapando los sollozos que aun así encontraban espacio para escapar. Gabriel veía cómo sus ojos brillaban, vibraban bien abiertos con ese verde que tanta calma siempre le daban. Las lágrimas no pidieron permiso a ninguno de los dos.

Ella extendió su mano; sintió la calidez de sus dedos en su cara mientras la pasaba por barba de una semana, por la frente. Como si así limpiara esa imagen difusa de él.

—¿Cómo? —preguntó Lili, quitando la mano de su boca y apoyándola sobre el pecho de Gabriel.

Quería contarle todo: el avión, la isla, la lancha, Jesús, los días de un lado a otro, los peligros…

—Ya estoy aquí —fue lo único que le salió.

—¿Estoy soñando? —Lili se llevó las manos a ambos lados de la cara.

—No… soy yo. Ya estoy aquí —cada palabra salía lentamente entre lágrimas y sollozos.

Se fundieron en el abrazo; apretaron tan duro que dolía. Pero era un dolor bueno. La cabeza de Lili hundida en su pecho, llorando contenida en el sonido pero con espasmos que se mezclaban en un todo con los que él tenía.

El olor de su pelo lo anclaba al presente.

Le besaba la cabeza, la agarró con las manos a ambos lados de la cara, despegándola del pecho, besando muchas veces la frente, luego los ojos, las mejillas, los labios…

y ahí, en un beso apretado, mojado por el mar de lágrimas saladas que venían de océanos distintos, se quedaron fijos.

Sintiendo los cuerpos temblar, la respiración de ambos rebotando en las caras.

—Mamá —sintió a solo pasos de él.

Cuando abrió los ojos y asomó por el lado de la cara de Lili, vio a Mathías, que estaba en pijama, frotándose los ojos una y otra vez, mientras su boca se abría en un bostezo grande.

Lili se corrió a un lado, lo justo para que él pudiera dejarse caer de rodillas. El dolor fue una alarma que se apagó al instante mientras sus brazos se abrían de par en par.

Los ojos del niño se quedaron fijos. Luego se abrieron, cuanto más podían. Y entonces, con una sonrisa gigante, lanzó a correr hacia él.

—¡Papáááá! —saltó y se aferró a su cuello, enredando las piernas en su cintura. Con todas sus fuerzas aguantó el embate, mientras Lili se dejaba caer, apretándose los tres en un abrazo.

—Papá… ¡pinchas! —le dijo Mathías, separando la cara y pasando sus pequeñas manos por la barba a contrapelo.

Quiso estallar en llanto, pero las palabras de Mathías lo frenaron. Con su cara alegre miraba a su mamá y le repetía con fuerza la frase:

—¿Viste, mamá? Yo tenía razón, yo tenía razón.

—Te dije que él volvía… ¿no es verdad, papá?

La presa que frenaba el llanto no pudo más y desbordó. Gabriel quería, con sus manos, abarcarlos a todos.

Decirle a su hijo que sí, que él tenía toda la razón.

Pero las palabras dieron paso al llanto, mientras sus labios lo traicionaban en una sonrisa.

Se paró del suelo con el niño cargado. Nada podía impedir que lo lograra. El olor a colonia de violetas le daba una fuerza extra.

—Papá. Papá.

Se separó para poderlo ver a los ojos. Lo justo para que le regalaran una sonrisa y otro abrazo apretado.

—Papá, tremendo relojón —el niño le corrió la manga de la camisa para dejar al descubierto la joya—. Mira, mamá, qué lindo.

Intercambiaba miradas con Lili; hablaron con los ojos. El niño terminó dormido.

—Duérmete, pipo, que mañana hay un viaje sorpresa.

Lili lo miró, pero le siguió la rima con una sonrisa, mientras le pasaba la mano suavemente por la cabeza.

—Papá.

—Dime, mi amor.

—¿Si me duermo, tú vas a estar aquí mañana?

—Sí, mi vida. Mañana y siempre.

Mathías bostezó; ya cerraba los ojos, mientras él se preparaba para abrirle el alma a Lili.

Pasaron toda la madrugada conversando, en susurros. El niño dormía en una esquina de la cama, calzado con almohadas para no caerse.

En cada giro de la historia, Lili se mordía la mano para no gritar, mientras Gabriel veía en sus ojos el espanto que le causaba.

Lo más difícil fue hablarle de Jesús. No lo iba a idealizar como a su tocayo del cielo, menos como a un mártir.

Jesús se molestaría con él de solo escuchar la idea.

Lo describió como un hombre lleno de defectos, pero con un corazón grande para quien se volvía de los suyos.

Le habló del hijo de Octavio, de la compensación a Toño, de la ayuda a Ernesto, de las propinas al señor del puesto de perritos.

De la promesa con la que iniciaron el viaje que cumplió de sobra.

Sería injusto no mencionar sus pérdidas, sus desencantos y su decisión de quedarse. Algunas historias pasaron por su filtro. Otras no fueron contadas.

Le mostró el reloj que llevaba en la muñeca y le habló del que había comprado para ella.

—Son 400 mil entre los dos.

Lili lo miró. No dijo nada. Pero Gabriel conocía esa mirada, la que ponía cuando alguien cuestionaba su integridad.

—No dije que no… no dije nada.

Lili no paraba de besarlo, de abrazarlo, de mirarlo como si aún no lo creyera.

Ambos le pasaban la mano a Mathías, que en sueños sonreía. Con cada risa se frenaba todo. Nada era más placentero que escucharlo.

Tuvieron que hablar del viaje. No había tiempo para más lágrimas. A las ocho de la mañana tenían que volar a España. Lili se pasó la mano por la cara, secando las lágrimas.

—Recojo las cosas del niño, hago las maletas, junto todo —dijo Lili, hablando rápido, mientras sus manos se movían como si ya estuviera doblando la ropa.

Tuvo que frenarla tocándola en el hombro.

—Solo lo mínimo, prioriza el niño.

Ambos se quedaron quietos. Lili asentía mientras se levantaba de la cama con cuidado de no hacer ruido.

Gabriel miró unos minutos más a su hijo. Su rostro dormido le devolvía la paz. Luego fue al encuentro de Lili en la cocina.

La encontró recostada a la mesa, el rostro bañado con lágrimas.

Se acercó despacio hasta sentir el calor de su abrazo y le susurró en la oreja.

—Pensé que los había perdido.

Y separándose hasta quedar nariz con nariz, a su voz le llegó un reclamo.

—No lo hagas más.

Lili le negaba sin despegarse. Así estuvieron unos minutos, entre caricias, besos y abrazos.

—Anoté todos los detalles que me dio Jesús en el celular —le dijo, mientras se separaban.

Gabriel sintió un golpe al mencionarlo. Lo disimuló mirando al suelo.

—Opa-Locka lo busqué y no queda lejos; un taxi a las seis y media bastará.

Pero Lili ya lo había visto.

—¿Qué sería de él? —preguntó con tono suave.

Gabriel podía imaginarse muchos finales para su historia, pero decidió subir los hombros y negar.

—Bicho malo no muere.

No estoy seguro de creerlo.

Lili no le insistió; le pasó una mano por la cara enredándose en los pelos.

—Lo importante es que estás aquí.

Al menos la mayor parte.

Sus manos callosas rozaban la piel suave de los hombros de Lili.

—Estoy aquí —respondió en un eco.

Lili hizo un ademán de moverse, pero quedó nuevamente frente a él.

De mirarla sabía que tenía algo que preguntar.

—¿Qué te preocupa?

Ella le tomó las manos, las acariciaba suavemente pasando sus dedos por los nudillos de la derecha que se habían oscurecido.

—Esos hombres… tengo miedo.

Te contagié mis miedos.

El miedo nunca lo había abandonado desde que vio la luz acercarse por la ventanilla del avión. Al miedo de morir en el accidente se le sumó al instante el de perderlos a ellos, el de no verlos más.

—Yo también.