EPÍLOGO
Para nosotros solos
El taxi llegó puntual. Ellos ya tenían todo listo media hora antes. Mathías corría de un lugar a otro y, sin avisar, saltaba a sus brazos. Repetía la rutina no sin antes darle un beso y un "te quiero".
Bajaron con lo mínimo. Una pequeña maleta color vino llevaba las cosas del niño, algunas de Lili y nada de él.
La barba sin afeitar fue una decisión calculada a pesar de los reclamos de su esposa.
—Te ves más viejo y tienes canas —le dijo Lili, pasándole la mano por la cara.
—Ya lo haré en España —eso le respondió
Así estoy en mi pasaporte, cuando la corte, que sea un nuevo comienzo.
El trayecto al aeropuerto fue rápido.
Entraron en la terminal privada. En los bolsos de mano de cada uno, y en la mochilita del niño, un sobre con 9.800 dólares.
El nudo en el estómago se mantuvo mientras estaban en la sala de espera.
Gabriel escaneó con la vista una a una las personas del lugar.
No podía ser tan salado que estando tan cerca no lo lograra.
Por suerte, las únicas lágrimas que vio no eran tatuadas; era la despedida de una familia.
Una joven con cara mojada y risas pasaba por una puerta de cristal hacia otra con acceso controlado. Sonrió.
Los ciento veinte mil se entregaron rápido: el contacto se presentó en el sitio indicado, al lado del mostrador de chequeo.
—Señor Cabrera —le dijo, mirándole a los ojos.
Gabriel tardó un segundo en reaccionar. Luego estiró la mano y la apretó con más firmeza de la necesaria.
Mientras tanto, el hombre de traje azul marino impecable tomó el maletín y, con una sonrisa amplia, les dijo:
—Síganme.
El avión los dejó con la boca abierta. Gabriel miraba el rostro de su hijo: era pura alegría, pura emoción. Lili esbozaba una sonrisa, más contenida, con los ojos inflamados de llanto e insomnio.
Dentro, todo era impecable. Mathías tocaba los asientos de cuero, miraba la cara de la azafata sonriente, al capitán con su gorra dándoles la bienvenida.
El olor a limpio, a un ambientador suave, se le colaba en la nariz y jugaba con su cerebro.
Un detalle de alto contraste con el olor de la isla, con el olor a viejo y a polvo del hotel, diferente al olor a sangre y alcohol de la nave con Carlos.
Tal vez parecido al de casa de Antonio, pero aquí la sonrisa de su hijo no era falsa: era luz pura que calentaba hasta el interior más frío.
—Y nos vamos solos —le había dicho con la expresividad que lo caracterizaba, como en un susurro, como si fuera un secreto, aun cuando lo podían oír todos.
—Sí —le respondió muy bajo.
Pero la alegría del niño no se contuvo y estalló en un grito:
—¡Un avión pa' nosotros solos! —mientras sus ojos brillaban de emoción—. ¿Verdad, papá?
—Para nosotros solos —repitió Gabriel en un eco nostálgico. El recuerdo del abrazo con Jesús le llegó en un pestañazo.
Podía imaginarlo, sentado en uno de los asientos, riendo con las ocurrencias de Mathías, haciéndolos reír a todos con historias de sus tiempos de monaguillo.
El momento del despegue le dio un escalofrío. Apretó fuerte las manos contra el asiento y cerró los ojos.
Al abrirlos, el azul del cielo se mezclaba con el mar. El niño miraba por la ventanilla; Lili se sentó a su lado. Se abrazaron sentados. La mano izquierda de Gabriel sobre sus hombros, cayendo hasta rozar el antebrazo de Lili. Allí, muy cerca uno del otro, dos relojes.
Su mirada se centró en ellos. Quitó la mano y abotonó la manga de la camisa.
La azafata lo sacó del trance: sendas copas de champán les fueron entregadas.
—Por la familia reunida —dijo Lili, alzando la copa y mirándolo con ojos tristes.
Nunca te llamé amigo, pero estás presente.
—Por seguir vivos —respondió Gabriel.
Ahora flotaba entre las nubes, sus pies no se hundían. Su cuerpo no le reclamaba que parara. Su mente alternaba entre el pasado reciente y el futuro.
Hacía una semana montó en un avión como Gabriel, un hombre que perseguía un sueño. Ahora brindaba en otro como Miguel Cabrera. La pesadilla había terminado. Estaba despierto, estaba vivo, tenía a su familia.