Caído del Cielo CAPÍTULO 22 Sin mirar atrás
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CAPÍTULO 22 Sin mirar atrás

El sonido del timbre del teléfono, puesto en alta voz, tenía a los tres hombres mudos.

Carlos se había dejado caer de nalgas en el piso y se mantenía mirando al suelo con los ojos fijos. Jesús tenía la pistola en la cintura y lo observaba. Gabriel sostenía el teléfono con la mano extendida para que quedara próximo a Jesús.

Cada pitido se le alargaba en el oído hasta que desaparecía. Cuando pensaba que tendría que volver a marcar por tercera vez, se escuchó primero un silencio y luego una voz tosca:

—¿Qué quieres?

—Que el perro al que le dicen Damián me ponga con su amo —la serenidad de Jesús le heló la sangre.

Nuevamente silencio en la línea. Solo el ruido lejano de los grillos y la respiración cortada de Carlos se unían al pitido leve que Gabriel sentía desde hacía minutos en los oídos.

—Jesús Fernández —el nombre dicho entre dientes hizo a Gabriel imaginar la cara apretada de un hombre al que no conocía.

—Sorpresa —respondió Jesús, esbozando una sonrisa pícara.

—Imagino que ya despachaste a Carlos.

—Imaginas mal. El perrito está aquí, pero con la colita entre las patas. Te manda saludos —Gabriel miró a Carlos, pero este seguía mirando al suelo.

—Entonces, ¿qué quieres?

—Pues para dártelas de tipo inteligente te me pones bruto. Quiero hablar con tu jefe.

—Él no tiene nada que hablar contigo. Eres una mierda en el zapato que solo da peste hasta que se limpia.

—Ahora quieres hacerte tú el inteligente… dile a tu jefe que si quiere hablar del misil, del avión y de su amigo Javier, nos vemos esta noche.

El silencio reinó nuevamente en la línea. Carlos había empezado a sollozar mientras murmuraba:

—Estamos muertos…

—No tienes nada. Vas a estar tieso antes que digas algo —respondió lentamente Damián.

—A lo mejor al FBI le gustan mis historias… o las de Carlitos, que está listo para escupirlo todo.

Pasaron un par de segundos antes de que la línea volviera a la vida.

—¿Qué es lo que quieres? —habló una voz ronca, pausada, firme.

La cara de Jesús mostraba una tranquilidad que terminaba en una sonrisa. Le sostuvo la mirada un instante.

Este se arrebató.

—¿Que qué quiero?… Tú, que lo tienes todo, tendrás una cuñada, un hermano o un sobrino que me repongas.

La línea volvió a silenciarse.

—Tengo una bala para ti —esta vez el tono era de molestia.

—Pero eres tan pendejo que no vas a dar la cara, aun sabiendo ya dónde estoy… aquí espero a tu perro y su jauría.

Jesús estiró la mano y, con su dedo firme, dio un puntazo al celular, colgando la llamada y dejando a Gabriel mirando la pantalla blanca del contacto.

—¿Y ahora? —preguntó, rompiendo la pared del miedo.

—Ahora… —suspiró Jesús—. Ahora pues usted se me larga de aquí sin mirar atrás.

Jesús tomó el teléfono de la mano de Gabriel.

—En minutos estos están aquí y se va a poner feo.

—¿Pero qué vas a hacer?

Intentaba entender las decisiones y sus consecuencias. Se encontraba perdido en un laberinto de posibilidades, en cada camino que miraba solo veía muerte.

—Improvisar.

—Todavía puedes irte con Toño —las palabras le salían cortadas.

—Gabriel, eso no va a pasar —Jesús lo miró con ojos bondadosos.

Que le dijera su nombre era un detalle que lo hacía cercano en ese momento—.

Déjame las dos Beretta; este .45 suena duro pero tira menos —dio una palmada a su arma en la cintura—.

Dale, vete… tu familia te espera, tu futuro te espera. Tú sí tienes motivos para celebrar.

Gabriel caminó al auto, abrió la puerta del acompañante y sacó las dos armas de la guantera. El frío del metal, en ese segundo, le fue indiferente. Antes de bajarse miró el maletín lleno del dinero de Jesús.

—¿Qué hago con esto? —le señaló con la cabeza al auto.

—Déjalo en el concesionario; de ahí pide un taxi.

No fue necesario preguntar por el dinero. Jesús, adivinando sus intenciones, le dio la indicación:

—El dinero déjamelo aquí; de todas formas no te lo puedes llevar en el avión.

La mueca de Jesús era un reproche, o al menos eso entendió Gabriel. No supo si era por el dinero o por todo lo demás.

Bajó la bolsa y la dejó frente a Jesús. Se quedaron frente a frente por dos segundos sin decir nada. Carlos ya ni se sentía; mantenía la vista fija en el suelo.

Jesús estiró la mano. Gabriel respondió al gesto apretándola fuertemente. Jesús esbozaba una sonrisa, pero sus ojos estaban húmedos.

—Cuídate… —Jesús abrió la boca como si fuera a expresar algo más, pero la cerró sin hacerlo.

Él sentía un impulso en su cuerpo, pero se contuvo; cualquier respuesta la sentía fuera de lugar. Aun así le dio un abrazo apretado de un par de segundos y dos palmadas en la espalda.

Jesús dio unos pasos al auto y le abrió la puerta, mientras le hacía señas de que montara. Sus ojos estaban mojados.

Le costó trabajo romper la inercia; sus pies parecían soldados al piso.

Subió al auto y Jesús tiró la puerta cerrándola.

—No demores —le dijo.

Arrancó, llenando el lugar de humo y ruido, mientras la luz del auto pestañeaba por un instante.

Jesús, en automático, sacó su celular y activó la linterna. Mientras Gabriel giraba el auto dentro de la nave para enfilar la salida, escuchó su voz:

—Brinda por mí con tu familia… o mejor —dijo, alzando un poco la voz— brinda por estar vivo —y levantando su índice al cielo—. Ese es el regalo del de arriba.

—Vete y no mires atrás.

Gabriel apretó el timón mientras salía de la nave. Por el espejo veía a Jesús que caminaba lentamente, subiendo la mano de la pistola hacia donde estaba Carlos, alumbrado con el celular.

A punto de subir a la carretera sintió dos disparos bien seguidos, acompañados de flashazos que iluminaban la puerta de la nave y el retrovisor del auto.

Un temblor le recorrió todo el cuerpo. El pie apretó el freno y su cuerpo se fue hacia delante. Tragó sin saliva. Un bloque de hormigón le oprimía el pecho.

Sigue… sigue.

Giró el timón para volver. Pero el pie no apretó el acelerador. No era miedo; en esos días había aprendido a reconocer el miedo en todas sus formas. También había aprendido que hay cosas que solo puede hacer una persona. Enderezó el timón y reanudó la marcha.

Jesús tiene su propia batalla.

Todo el camino al concesionario lo hizo por calles secundarias; el golpe del auto sería un imán de vistas indeseadas. Eran poco menos de las once de la noche cuando llegó. El viejo señor le abrió de mala gana la puerta, mirando primero al auto y luego a él.

—No aceptamos devoluciones —le dijo en tono tosco—. Se lo dije al otro que vino contigo —agregó más pausado.

—No voy a devolverlo; escuche…

El viejo amarró la cara, pero lo miró a los ojos.

—Salimos de viaje y queremos venderle el auto a buen precio.

Llevaba parte del camino ensayando qué le diría al viejo señor. Aunque cada palabra salió tal cual, sus manos sudaban, obligándolo a limpiarlas en el pantalón.

—No tengo dinero para comprar; mira las horas —el viejo negaba.

—No se preocupe; usted lo vende y cuando nosotros volvamos del viaje nos paga… o mejor, le compramos otro auto poniendo la diferencia.

El viejo le soltó una nueva mirada.

—¿Cuánto? —soltó de golpe.

—Le dimos un pequeño golpe al costado.

Él ya había revisado antes de llegar, con la linterna del celular había escrutado cada esquina buscando sangre, pero no la encontró. Tampoco el golpe era tan grande; la mayor parte del choque la había absorbido la goma y solo estaba abollado el guardafangos, sin llegar al capó.

El viejo resopló.

—En eso se van mil de arreglos o de rebaja para el cliente.

—No hay problemas —trató de esbozar una sonrisa, pero le costaba; su mandíbula vibraba.

—Se lo compro en cinco mil, a pagar después que lo venda —la mirada pícara del viejo se mantuvo fija mientras estiraba la mano.

—Me parece un trato justo —habría aceptado cualquier número y, estirándole la mano, cerró el trato.

—¿Tienes los papeles que les di?

Gabriel se recostó en el asiento para abrir la guantera. Un choque de duda lo frenó un instante. La mano puesta ya sobre el frío plástico. Ya no había allí dos pistolas. Suspiró y, sacando los documentos, se los alcanzó al viejo.

—¿Me puede llamar un taxi?

El viejo asintió mientras revisaba, dando vueltas a la hoja de los documentos.

—Enseguida lo hago.

Ya se iba a meter a la casa cuando se viró hacia él. Gabriel se congeló a la espera de las palabras del viejo.

—Guárdalo dentro, donde mismo lo recogieron… me cuesta trabajo manejar de noche.

Gabriel volvió a respirar mientras el hombre entraba a la casa.

A los pocos minutos ya iba por la avenida. El tráfico era ligero. Se hundía en el asiento trasero del taxi, la mano derecha sobre la mochila y esta sobre el maletín. Había dado la dirección, pero no la exacta; había buscado en Google Maps y le había dado una a dos manzanas.

—Aquí es el Medical Center —le dijo amablemente el taxista haciendo una suave parada.

Gabriel sacó su cartera y esperó.

—Son 35 —le dijo el taxista con una sonrisa.

Sacó uno de los seis billetes de 100 que tenía y se lo extendió al hombre, no mayor que él y con cara cansada pero bonachona.

—Empecé hace poco —le dijo, cogiendo el billete y hurgando en su riñonera.

Miraba las calles; a esa hora todavía había algunas personas por las aceras, pero solo se sentía el sonido leve de los autos que circulaban en un tráfico fluido y poco cargado.

El hombre sacaba billete a billete, de veinte, de cinco. Gabriel miraba ya con la mano puesta en la agarradera del auto, la mochila colgada con una sola asa en el hombro izquierdo y el maletín acomodado sobre sus pies.

—Listo… disculpe la demora —el hombre, con el torso doblado, le extendía unos billetes apilados.

Gabriel los agarró sin contarlos, separó uno de veinte y el resto lo guardó en el bolsillo del pantalón. Mientras daba gracias, con el recuerdo nítido de cada pago que vio hacer a Jesús, le dio esos veinte al taxista. Abrió la puerta mientras el hombre le daba las gracias.

En la acera vio al taxi perderse de vista.

Ese podía haber sido yo.

Había salido de su país listo para hacer lo que fuera. Por tal de levantar la economía, podía dejar su título guardado en la maleta de su esposa, donde lo habían puesto los dos juntos.

Salió caminando.

Se sabía la dirección de memoria, de tanto leerla y buscarla en su teléfono.

El edificio blanco de cinco pisos con balcones alineados está cerca.

Caminaba por la avenida 16 en su búsqueda.

Caminaba con la gorra encasquetada; se había puesto bien la mochila y el maletín colgaba en su mano izquierda. Sentía el movimiento de los doce fajos de billetes, como si el maletín llevara dentro algo vivo.

Vivo. Qué sería de Jesús en ese mismo instante.

Trataba de regular su paso; el cuerpo quería correr, pero su mente lo obligaba a ser más discreto.

Por fin, después de unas cuadras, lo vio: sus balcones alineados y luces amarillentas en ellos. Su corazón comenzó a golpear con más fuerza.

Cada paso le sacaba un sollozo. Trataba de contenerse, se obligaba a ser fuerte apretando los dientes.

Atravesó el portón y, en automático, siguió caminando hasta llegar al elevador. La caja metálica estaba frente a él, marcando una nueva travesía.

Tocó el botón del cuarto piso. El olor a humedad lo invadió mientras las puertas se cerraban y el ruido de las poleas se hacía presente. Un pitido ahogado le anunció la llegada al cuarto piso. La puerta se abrió hacia una pared amarillenta con la esquina descorchada.

Caminó por el pasillo unos pasos; el 403 no estaba lejos.

La tercera puerta la tenía ya a su derecha. Miró un segundo a su izquierda, a la calle, a los autos que pasaban, y en un empuje del corazón se giró quedando con la vista a la altura del 403, que en números metálicos, a relieve, hacían contraste en negro sobre una puerta blanca mate.

Observó cada detalle de la puerta hasta llegar al timbre que estaba al costado, al alcance de su mano libre.

Cuántas veces soñé este momento.

Pero su cuerpo reaccionaba como si nunca se hubiera entrenado. Un temblor lo envolvía; sentía la boca tan reseca que temía no poder articular palabra.

Pensó una vez más la imagen de su mujer abriendo la puerta.

¿Me reconocerá?

Salvo la barba de una semana y las ojeras, era él. Al menos por fuera.

Le vino a la mente Jesús y su "dale un beso para que no grite".

Esbozó una sonrisa triste.

Jesús…

¿Estará ya con su familia? ¿Se puede ser tan cruel de negárselo?

O, como siempre temía, todo sería tan falso como su nuevo nombre. Si en algún momento quisiera creer, sería en ese.

Miró nuevamente el timbre que lo desafiaba a ser tocado.

Se secó la lágrima que le venía corriendo por la mejilla y, estirándose, sus dedos rozaron el botón.

Con los ojos cerrados lo apretó suavemente por un segundo.