Caído del Cielo CAPÍTULO 21 Compensación #2
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CAPÍTULO 21 Compensación #2

Ahora no había árbitro. Y el botiquín estaba en el maletín de Jesús, a metros de allí.

—Tremenda derecha. Este perro casi me jode —dijo Jesús, la voz ronca—. Gracias, cubano.

No le respondió. Acababa de noquear a un hombre. Y no sabía qué responder.

Dio dos pasos atrás y se recostó al auto. Sintió la abolladura del choque. El pitido en los oídos iba bajando.

Jesús se quitó el cabestrillo cerrando los ojos y apretando las muelas. Gabriel lo vio agacharse, girar a Carlos, ponerlo de espaldas y amarrarle las manos con el propio cabestrillo. Luego lo enderezó.

—Si no quieres estar… —Jesús hizo una pausa—. Conmigo no tienes que justificarte. Has hecho más de lo que me atrevería a pedirte. Y de nuevo te debo la vida —mantenía la mano puesta en el pecho, el tono pausado dándole peso a sus palabras.

—Pero este hijo de puta me va a dar respuestas.

Gabriel permaneció inmóvil. La violencia nunca lo había motivado. Pero quería entender. Lo necesitaba. Si el encuentro con su familia tenía que esperar, si había tenido que arrollar a un hombre, al menos debía obtener una puñetera respuesta.

—Me quedo —las palabras le salieron antes de que su cerebro pudiera recordarle que su mujer y su hijo estaban a solo quince minutos.

Si no entiendo el por qué nunca podré mirarlos a los ojos.

Jesús asintió con un movimiento corto de cabeza.

Levantó la mano y dio una bofetada a Carlos. El eco rebotó por las paredes. Los ojos del desmayado se abrieron, perdidos.

La segunda bofetada lo trajo de vuelta. Un hilo de sangre le corría por la nariz.

Jesús lo sentó de un tirón. Las luces del auto le daban directo a la cara de Carlos. Jesús se separó un par de pasos, la pistola en línea directa con su enemigo.

Gabriel también se separó.

—Vamos a dejarnos de juegos —la voz de Jesús era pausada—. Tú sabes el final de esto; cómo lleguemos a él es lo que te importa.

Carlos intentó sonreír, pero el dolor lo frenó.

—Tú vas a terminar igual que yo… o peor.

—A tu Chino me lo paso por los huevos —dijo Jesús, agachándose lentamente.

—Si piensas que tu Rambo te va a salvar, estás jodido —Carlos señaló a Gabriel con la cabeza.

Que lo señalaran le hizo sentir un hormigueo. Para Carlos, él ya no era un simple observador.

—¿Tanto miedo te da el Chino que nos vendiste? —preguntó Jesús.

—¿Miedo? —Carlos hizo una pausa—. Le dije a tu hermano que esa gente no era juego. Que colaborara sin preguntas.

—¿Y qué hizo?… hacerse el puro.

—Pedían traer un misil —Jesús le gritó.

—¿Y qué? Un misil, un elefante, una persona… ¿cuál es la diferencia? —Carlos escupió. La mancha roja sobre el cemento gris.

Un misil… Gabriel repitió la palabra en silencio, como si no pudiera creerla. ¿Eso era lo que había tumbado el avión?

—Que esos no eran negocios, eran problemas. Unos que tú trajiste.

Carlos soltó una risa sarcástica.

—Por eso tu hermano no te metió en el negocio, por eso te apartó… y me hablas a mí de traición.

Jesús levantó la pistola, frenó un segundo y golpeó a Carlos con el cabo en la cara.

Carlos cayó de lado, la cabeza contra el piso. Los ojos cerrados.

Lo mató.

Carlos abrió los ojos lentamente, resopló, escupió un diente. El aire quedó cargado de sangre.

—Te vas a reír sin dientes. No te atrevas a hablar de mi hermano, perro cochino. No te atrevas… o te rompo el alma.

Jesús agarró a Carlos por los pelos y lo volvió a sentar. Arrancó pelos, que se sacudió con movimientos rápidos de los dedos. La pistola apuntaba al suelo.

—¿Por qué mataron a mi hermano?

El cambio de tono fue brutal. Como si la presión hubiera salido de golpe.

Carlos estaba de frente a Jesús. Sus ojos habían perdido el desafío. El odio no se veía: se respiraba en el aire.

—Quería saber más de la cuenta —balbuceó Carlos.

—¿Más de la cuenta?… ¿Por eso liquidaron a toda la familia?

—El Chino no está pa' cuento. En Irak mataron un pueblo entero pa' probar las armas.

—¿Y qué ganaste tú?

Carlos miró al techo, luego bajó la cabeza.

—Me dijeron que podía quedarme con tu negocio de la droga y trabajar con ellos.

—Por eso te mandaron a matarme —Jesús sonrió—. Para quedarte con mi negocio tenías que quitarme a mí.

Carlos mantuvo la vista al piso.

—¡Mírame, carajo! —el grito rebotó en las paredes vacías. Le hizo vibrar el pecho.

Carlos lo miró, pero no enfocaba. Temblaba.

—No fue así…

—Entonces cuéntame —Jesús pegó la pistola a su frente.

—No querían testigos.

Gabriel se separó del auto y se acercó.

—¿Ellos tumbaron el avión?

Carlos lo miró y bajó la vista.

—Te hicieron una pregunta —dijo Jesús, la pistola pegada a su ojo.

—Yo de eso no sé… eso era rollo del Chino con Javier… por no saber, estoy vivo.

—¿Pero lo tumbaron o no?

—Sí…

Jesús amartilló la pistola. Carlos palideció.

—Al Chino lo llamaron de arriba porque Javier se iba de lengua. Para eso era el cohete.

Carlos miró al techo, después a la pistola.

—Sabía el vuelo y el día. Venía a ver a un senador… yo no sé más…

—Para no saber ahorita sabes mucho —dijo Jesús, la pistola aún pegada a su ojo—. ¿Tú sabes quién es él?

—No.

—¿Quién lo vio conmigo?

La cara de Carlos estaba mojada de sudor. Gabriel vio lágrimas en sus ojos.

—Fui yo, pero no le vi la cara.

—Eres un mentiroso.

—Pensé que era el del muelle, pero el que dejaste vivo en casa de Ernesto dijo que era blanco.

—¿Y a él lo buscan?

El pecho de Gabriel se apretó. Dos segundos. Eternos.

—¿Quién es él?… El Chino no te quiere a ti, menos a tu matón.

Jesús se enderezó. Esbozó una sonrisa.

—Así que el Chino no me quiere… entonces, ¿por qué carajos se tomó tantas molestias?

—Porque no te moriste cuando te tocaba.

Gabriel no entendía del todo. —¿Entonces quién lo quiere muerto? —no pudo contener la pregunta.

Carlos permaneció en silencio.

Jesús lo pateó en el estómago. Carlos se dobló.

—Si quieres, le respondo yo por ti.

Carlos lo miró desde el suelo, buscando aire.

—Siempre fuiste tú… nunca te alcanzó con lo que te dimos. Fuiste el perro que mordió la mano del dueño.

—Te iban a matar de todas formas… yo solo —se mordió el labio y se calló.

—¿Tu solo qué? Pedazo de mierda.

—No quise quedarme con las manos vacías.

—Me vendiste cabrón… me vendiste —Jesús gritaba con fuerza—. Mataste a Pedro, que era como mi hermano. Hijo de puta, Manolo estaba en la lancha y también lo mataste.

—Yo no tiré.

—Claro pendejo, no tenías… —Jesús se viró hacia Gabriel—. ¿Cómo dicen los cubanos?

Gabriel no respondió.

—Los cojones —dijo Jesús, volviendo a Carlos.

—Mátame… mátame tú si te sobran huevos —gritó Carlos.

—Huevos… —Jesús sonrió—. Tú, que te montaste un teatro para matarme. Tú, que nos viste en tu moto y no tuviste huevos para saludar. Que mandaste a chiquillos a hacer lo que a ti te daba miedo.

La cara de Carlos estaba contraída. Mirada al suelo.

Gabriel vio la sangre, los codos raspados, las rodillas contra el suelo. Sintió frío en la espalda. Era lo más cerca que estaría de hacer justicia. Pero no se sentía con derecho a hacerle daño.

Ya lo había hecho. Lo había arrollado. Lo había noqueado. Por salvar a Jesús. Y en el instante en que su puño impactó, se sintió bien. Esa sensación le dio más miedo que todo lo demás.

—Una duda —Jesús se separó, acomodó el brazo. Cerró un ojo de dolor.

—Desde aquí siento olor a alcohol, ¿estabas de fiesta?

Carlos levantó la vista. Intentó sonreír, pero el gesto se torció.

—Festejaba que te habías ido… que corrías asustado… que el puto Fernández era un ratón.

Jesús soltó una carcajada.

—Voy a tener que creerte —se viró, dando la espalda a Carlos—. Al de arriba le gusta jugar pesado. Se habrá dado cuenta de que se le fue la mano con nosotros.

Se puso al lado de Carlos y abrió los brazos a Gabriel.

—Mira la compensación… nos lo puso en las manos.

Ya estoy cansado de las casualidades. De las obras divinas. De los supuestos premios.

Prefería el encuentro con su mujer y su niño. Pero no objetaría a Jesús. Él tenía una familia; Jesús al menos tendría ese momento.

¿La venganza aliviaría algo? Ya lo había discutido con Jesús. Sabía que la paz nunca le llegó.

Pero ahora no sería él quien lo frenara.

—Si me matas, te van a buscar —dijo Carlos.

—Me van a buscar —Gabriel vio un brillo en los ojos de Jesús.

—Vamos a ahorrarles las molestias —respondió Jesús.

—¿Qué vas a hacer?

Jesús lo miró.

—Dejar de correr. —Miró a Gabriel—. No me mires así. Ya cumplí con lo que me toca en esta vida.

—¿Y tu salida?… ya todo estaba listo.

—Este y yo nos vamos juntos —Jesús apuntó a Carlos.

Jesús caminó al auto, abrió la guantera y sacó un celular. Regresó a paso lento.

—Vamos a llamar al Chino —dijo, agachándose junto a Carlos—. Dime el número.

Carlos entrecerró los ojos con la luz.

—Nadie habla con el Chino directo… Damián es el que se encarga de todo.

—¿Quién es ese?

—El que habló contigo cuando lo del negro.

"El perro con collar", recordó Gabriel.

—Tú estabas ahí con él.

Carlos viró la cara.

—Dime el número.

—No me lo sé… está en mi celular.

—¿Dónde?

—Debajo de la chaqueta.

Jesús miró a Gabriel. Tendría que sacarlo él. La repugnancia de la sangre y el alcohol no se le había quitado.

Gabriel se acercó.

—Quédate quieto o te vuelven a dar con la mandarria —dijo Jesús, guiñando.

Gabriel abrió el cierre de la chaqueta y metió la mano. Palpó el bulto en el bolsillo interior. Sacó el celular y se lo alcanzó a Jesús.

—Marca tú mismo —dijo Jesús, señalándolo.

Gabriel deslizó el dedo. El teléfono no estaba bloqueado.

—¿Cómo dices que se llama?

Carlos permaneció en silencio.

—Si lo tengo que pedir de nuevo, te vas al infierno sin muelas.

—Damián —escupió.

Gabriel buscó en los contactos hasta la D. Damián era el segundo nombre.

—¿Le marco?

Carlos se puso de rodillas.

—Ese nos va a matar a los dos… váyanse, tengo dinero, se lo doy todo… nos va a matar.

Jesús se agachó, pegado cara con cara.

—Si tienes miedo a morirte, tenías que haberlo pensado antes de joder a Jesús Fernández.

Carlos evitó el contacto visual. Ojos rojos e inflamados mirando a un costado.