Caído del Cielo CAPÍTULO 21 Compensación
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CAPÍTULO 21 Compensación

Otra noche sin dormir. El espejo del baño, empañado por el vapor, devolvía su imagen demacrada. En la quijada aparecían grupos de vellos blancos que no recordaba. Los ojos hinchados le ardían.

Pasaron la mañana en la habitación la mayor parte del tiempo, salvo la media hora en que salió a buscar perros calientes al puesto de la esquina. Había sido su idea: salir solo, para evitar sustos innecesarios.

Mirar el reloj, que siempre había sido una costumbre, ahora era un tic incómodo. Cada vez que lo hacía, asomaba el oro. Decidió abotonar la manga de la camisa y usar el celular para ver la hora.

Miraba a las personas que se cruzaban con él. Se sentía observado a ratos, pero a su alrededor todos seguían su rutina. Como si él ya no formara parte de ese mundo.

Tenía la bolsa con los ciento veinte mil lista. Con tres hojas de una guía telefónica, envolvió tres paquetes con 9.800 dólares; los doscientos que le quitó a cada uno los guardó en su cartera.

En la mochila negra llevaba lo mínimo: ropa interior, dos pullovers y una camisa de manga larga.

Jesús había hablado poco, se limitaba a dormitar. Hasta que en algún momento le pidió que pusiera todo el dinero en una misma bolsa y que el arma larga vacía la dejara sobre el cielo raso.

—Con las dos pistolas y la larga debajo del asiento es suficiente —le dijo.

Prefería no tener que usar nada. Su mente no quería procesar otra cosa que no fuera el encuentro con su familia.

Sobre las siete de la noche buscó otra ronda de panes y refrescos. En la habitación trató de comer, pero tenía deseos de vomitar. Una bola le llenaba el estómago.

—Come algo, que nos vamos —dijo Jesús, bebiendo el final de un refresco.

—No tengo hambre —respondió Gabriel, poniéndose de pie y agarrando la mochila.

Mientras Jesús iba al baño, cargó el maletín de Jesús: ciento treinta y un fajos. Los había contado uno a uno. Casi quince kilos en el hombro. El suyo, más liviano, lo llevó en la mano.

Caminaron al auto. Eran las ocho de la noche; la farola alumbraba el estacionamiento. Acomodó los maletines en el asiento de atrás y puso su mochila sobre ellos.

Cuando se sentó al volante, sintió la pistola en la espalda. Se echó hacia delante, la sacó y alargó la mano hacia Jesús.

—Guárdala en su sitio —le pidió.

Jesús la tomó, abrió la guantera y la deslizó dentro.

—Tranquilo, cubano, ya no la vas a usar más.

—Por suerte fue solo cargarla; si la hubiese tenido que usar… —prefirió no terminar la frase.

—Yo sé —le respondió Jesús.

Arrancó y salieron a la calle.

Estuvieron unos quince minutos por la Dolphin antes de entrar en la monotonía de Palmetto. Algunos camiones pasaban a su lado; Gabriel mantenía la velocidad constante: noventa y cinco kilómetros por hora. Apretar el timón con la misma fuerza que las muelas era el reflejo involuntario de su cuerpo.

Al dejar atrás Palmetto, un cartel verde anunció la salida hacia la NW 103rd Street. Gabriel giró el timón y la autopista quedó atrás. La ciudad cambió de piel.

La 49 se abría frente a ellos: una avenida amplia, semáforos que marcaban el pulso de la noche. Comercios cerrados, talleres con portones metálicos, gasolineras apagadas. Faroles viejos, algunos parpadeando, dejando sombras que se extendían como manchas en el asfalto.

El tráfico era moderado. Cada luz roja obligaba a detenerse. En esos segundos, el silencio se volvía insoportable.

—No tendrás problemas para llegar a donde Toño manejando tú.

—Espero que no… la derecha sirve —respondió Jesús, enseñándole la mano.

Gabriel leyó NW 37th Ave en un cartel antes de detenerse en el semáforo. El contador marcaba treinta segundos en rojo. A su lado, una moto negra ya estaba detenida. El conductor llevaba casco integral y miraba fijo al temporizador.

Le dio un vistazo al motorista.

Un detalle le clavó la vista: la manga sin cerrar, el zíper dorado bailando con las vibraciones. Por la abertura de la manga izquierda asomaba una cicatriz en forma de X en la parte alta del antebrazo.

¿Carlos?.

La respiración se le detuvo.

Miró a Jesús y, en automático, al temporizador. Doce segundos. Miró a Jesús nuevamente. Se miraron a los ojos.

No puede ser.

Gabriel volvió la vista al motorista.

—Hijo de puta —escuchó a su lado. Jesús se lanzó sobre él, agarró el timón y lo giró en dirección a la moto.

—¡Acelera! —gritó.

Ya no hay vuelta atrás.

Entrecerró los ojos mientras pisaba a fondo el acelerador. El temporizador marcaba segundos que ya no contaban.

La moto había empezado a rodar, pero la embestida del auto los fundió.

La moto se inclinó. El grito del motorista se mezcló con el choque de metales y plásticos. Apenas alcanzó a ver la parte superior del casco mientras era arrastrado por el asfalto.

La moto avanzó unos metros y se separó. El motorista rodó como un tronco, inerte, hasta quedar boca abajo.

Una descarga eléctrica le recorrió todo el cuerpo. Parado. Inmóvil. Solo los ojos seguían a Jesús, que abrió la puerta y echó a correr, pistola en mano, hacia el caído.

Gabriel cerró los ojos con fuerza. Quería borrar todo. Los abrió mientras su mano agarraba la manilla y tiraba.

El aire caliente le golpeó la cara. Caminó sorteando fragmentos de moto. Miró a la redonda: dos autos siguieron de largo. No se veían personas.

Jesús, con el pie, giraba el cuerpo del motorista. No daba respuesta. La pistola apuntaba a su cabeza.

—¿Cogiste el arma? —preguntó Jesús sin mirarlo.

Gabriel negó con la cabeza. Jesús no lo veía.

—No.

Jesús hizo una mueca.

—Quítale el casco.

El cuerpo le pesaba el doble. Se agachó detrás del motorista. Justo cuando iba a agarrar el casco, Jesús lo interrumpió.

—Revisa si está armado.

Se corrió agachado. Los ojos fijos en el cuerpo. El oído atento al silencio de la calle. La posición del cuerpo dejaba ver parte de la ingle desnuda. Sin arma.

¿Se habrían equivocado? ¿Sería un inocente?

—Voltéalo de nuevo —jadeó Jesús.

Gabriel empujó el hombro del motorista. Sintió alivio al ver el bulto negro en la cintura. Lo retiró rápido y lo lanzó lejos.

Volvió a acomodarse detrás del motorista, agarró el casco y lo retiró con esfuerzo. La cabeza golpeó el suelo.

Ante sí apareció un rostro desconocido, pero marcado con dos lágrimas bajo el ojo izquierdo.

—Es él —dijo Jesús, la voz lenta.

—El perro traidor… lo único diferente es la marca de su amo —apuntó la pistola al ojo del caído.

—Diez años al volante… ni un choque. Y ahora esto.

—¿Qué?

—Solo una vez choqué un perro, de noche, lloviendo, y nunca supe si estaba vivo.

—¡Cubano, espabílate!

El herido soltó un quejido mientras abría un ojo. Gabriel se puso de pie y dio un paso atrás. Jesús golpeó con el pie el muslo del caído.

—Bienvenido al infierno, querido Carlos.

Podía sentir la furia vibrando en el aire entre ellos.

—Anota otro perro a tu lista —dijo Jesús, dando golpecitos con la pistola sobre el pecho de Carlos.

Un auto pasó a velocidad, cerca. El ruido llenó el ambiente y se fue.

—¿Y si viene la policía?

Jesús miró a su alrededor.

—Mueve rápido lo que está atrás para el asiento de adelante. Este se va conmigo.

Gabriel permaneció quieto un segundo.

¿Qué estamos haciendo? ¿Qué estoy haciendo?

—Por favor, cubano… antes que venga alguien.

En cinco zancadas llegó al auto. Abrió la puerta trasera. Con manos rápidas movió todo al asiento del acompañante. Boca reseca. Saliva inexistente. Pecho apretado.

Se bajó. Corrió al lado de Jesús.

—No te confíes… agárralo por atrás de los brazos y arrástralo.

Gabriel se colocó detrás de Carlos, metió las manos bajo sus brazos y lo alzó. El olor a sangre, alcohol y sudor.

Tuvo que lanzarlo dentro del vehículo. Jesús se montó atrás, pistola en mano, manteniéndolo encañonado.

—No dejes la pistola regada; tiene tus huellas.

Gabriel miró la calle. El reflejo metálico la delató. Caminó a buscarla mientras una idea le atravesaba la mente

Mis huellas. Las de un muerto que nunca llegó a entrar al país.

Verificó el cierre de la puerta trasera y se montó al volante. Arrancó con prisa, dio marcha atrás.

—Sigue a la izquierda; vamos a salirnos de la avenida.

Esquivó los restos de la moto. Fragmentos crujían bajo las gomas.

Siguieron por la 37 en dirección norte. Dejaban atrás casas bajas y talleres cerrados. La avenida se volvía más oscura. Cinco minutos después, aparecieron naves de almacenes con techos oxidados.

Una de ellas tenía el portón corrido, una entrada como un túnel oscuro. Marcas de grafiti. Hierbas crecidas. Abandono.

—Entra allí —dijo Jesús.

Gabriel enfiló hacia la entrada. Por el retrovisor veía la cara de Carlos, contraída, la mirada fija en Jesús.

—Esta zona es tranquila… ¿no es verdad, Carlos?

Carlos no contestó. Solo torció la boca con desprecio.

Las luces del auto alumbraban el portón, resaltando el grafiti: un ave planeando en un mar de óxido. Gabriel alineó la entrada y rodó hacia el interior. Una rata cruzó al ser iluminada. Todo era surrealista.

—Deja las luces encendidas —dijo Jesús, bajándose de espaldas, la pistola apuntando—. Vamos a poner al actor bajo los reflectores.

—¿Te bajas a conversar o me haces ensuciar el auto con tus sesos?

—Cubano, ábrele la puerta.

Gabriel tomó aire y se bajó. Abrió la puerta. Carlos le lanzó una mirada despectiva, se apartó. La otra puerta se cerró con fuerza. Jesús rodeó el auto a paso acelerado.

—Te bajas o te bajo.

Carlos, de mala gana, sacó un pie, luego el otro. Al apoyarse se torció de dolor, se sostuvo del techo.

Jesús lo tocó en el hombro para apurarlo. Carlos se viró con una velocidad inesperada, agarrando el arma con una mano y el cuello de Jesús con la otra.

El grito de Carlos y los gemidos ahogados de Jesús se fundían en un solo sonido.

Adrenalina. Bombazo.

Gabriel se acercó dos pasos, ajustó el ángulo y lanzó un golpe recto de derecha al mentón de Carlos.

El impacto fue seco. Carlos cayó como una rama que se rompe.

Jesús respiró ahogado. Hizo una señal con la mano para que esperara.

Gabriel miró su mano. El nudillo enrojecido vibraba.

¿Qué hice ahora? La última vez que tumbé a alguien fue en un tatami, con árbitro y botiquín.