Caído del Cielo CAPÍTULO 20 Razón
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CAPÍTULO 20 Razón

Condujo al límite de velocidad hasta salir de las calles secundarias. Sumarse a la avenida, fluida e iluminada, fue un alivio involuntario que le aflojó la mandíbula. Habían mantenido el silencio hasta llegar ahí, como si hablar pudiera romper algo que aún los protegía.

Jesús, en un movimiento repentino, se llevó la mano a la espalda. Gabriel se tensó, pero se relajó al verlo sacar la bolsa negra que le había dado Ernesto.

—Pensé que los había dejado —dijo Gabriel, mientras Jesús abría los dos pasaportes y los hojeaba bajo la luz. El olor a papel nuevo y tinta fresca le llegó de golpe.

—El Neto es un Picasso —exclamó Jesús, inclinando las hojas y alineándolas con las luces de la calle.

—¿Y serán seguros?

Jesús lo miró serio.

—La próxima patrulla que veamos paramos y se los enseñamos.

Jesús soltó una risa escandalosa que lo contagió.

—Me alegra que no hayas matado al muchacho.

La risa se le fue. Su cara se serenó.

—Cubano, no creas que me estoy volviendo flojo. Un muerto más, uno menos, no es diferencia… el primero te marca, al segundo te empiezas a acostumbrar.

Esa frase, dicha con tanta naturalidad, le provocó una sensación extraña. Por unos segundos quedaron en silencio.

La pausa se llenó con el rumor de los autos. Gabriel miró a la gente que cruzaba la calle: un grupo de jóvenes riendo, una mujer que arrastraba un carrito, un anciano con la mano extendida.

Ellos no saben nada de lo que acabo de hacer.

—Ese chico nos hubiese matado a los tres por tal de ganarse otra lágrima. A esa edad se es más peligroso. Te lo digo por experiencia propia —Jesús dio unos golpecitos al cristal de su puerta.

—¿Qué será de él?

La pregunta le había estado dando vueltas desde que le lanzó la caja.

—Se suelta, va y dice que nos fuimos en su cara y lo matan. O lo matan mañana. O lo matan otro día… No te calientes con eso, cubano. Hiciste lo que tenías que hacer y punto.

—¿Alguna forma de que no lo maten?

Sabía que Jesús tenía razón. Pero necesitaba oír que había otra posibilidad.

—Que corra bien lejos… o que su madre le jale las orejas tan duro que se meta a monaguillo —Jesús hizo el gesto con la mano.

—Muchos jalones nos dio mi vieja, pero mi hermano y yo éramos de orejas duras; de monaguillo duré poco —volvió a reír, pero esta vez sus ojos no acompañaban a la risa.

Jesús se recostó en el asiento. El tráfico de las seis de la tarde era denso. Gabriel miraba el reloj, los espejos, el reloj otra vez. No podía dejar de mirarlo.

—Concéntrate ahora en qué le vas a decir a tu señora —la voz de Jesús se suavizó.

—No sé qué decirle. Soñé miles de veces el encuentro y en todas me quedé en blanco.

—Entonces no digas nada —Jesús lo miró con los ojos abiertos, una sonrisa tranquila—. Dale un abrazo y, sobre todo, un beso… así el Chino no oye los gritos del susto que se va a llevar.

Qué mejor manera de decir estoy vivo que mostrándolo.

—¿Y después?

—Agarra a tu niño y dale los besos mientras te largas de aquí —la respuesta de Jesús fue rápida, como si la hubiera ensayado.

Gabriel hizo una pausa.

—Vinimos por el sueño americano, vivimos la pesadilla y ahora nos tenemos que ir. Ni una semana pude estar en la tierra de las oportunidades.

Jesús lo miró fijo. Gabriel mantuvo la vista en el volante.

—El tiempo de Dios es perfecto —murmuró Jesús—. Siempre lo repito… como mi vieja, que en paz descanse.

—Y tenía que escogerme a mí para sus juegos de tiempo.

—Le da las batallas más fuertes a sus mejores soldados —dijo Jesús, recitando.

—¿En qué momento me enlisté en su ejército… o fue obligado, como mi servicio militar?

—Cubano, no te acalores conmigo. Mis mejores recuerdos como monaguillo eran los de robarle el vino al Padre Andrés.

Gabriel sonrió. Se lo imaginó con el traje, haciendo de las suyas.

—De verdad lo fui, no es broma. Hasta el día que me cogió tomado y la vieja me dio con la correa —ambos rieron.

—Ahora serio —Jesús lo señaló con el dedo—. Tú tienes tu propia fe… tu familia.

Su boca sonreía, pero sus ojos estaban húmedos.

Jamás esperé algo tan profundo de Jesús.

Llenó los pulmones con una bocanada larga, como si se preparara para una inmersión.

—¿Podemos ir a buscarlos ahora?

—Yo hago lo que tú quieras —Jesús tocó la bolsa negra—. Pero estaba esperando esto para hacer unas llamadas.

—¿A quién?

—Al que los va a sacar de aquí.

Gabriel lo miró fijo y reaccionó justo a tiempo para girar a la izquierda.

—Mira para adelante y escucha —Jesús se acomodó de lado en el asiento, hablando con la seguridad de quien ha hecho esto muchas veces—. Sales en un vuelo privado para Europa. Todos juntos.

¿Vienes con nosotros?

—¿Todos?

—Ustedes, cubano, ustedes.

—Pensé… —Jesús lo cortó.

—Yo voy para Canadá… recuerda —se llevó la mano a la cabeza y con el índice golpeó tres veces la sien, como apretando las ideas para que se acomodaran.

—¿Y es seguro lo del avión?

—Mover de A hasta B era el negocio de la familia —Jesús volvió a sonreír—. Que se caiga el avión ya es un problema de probabilidades; de eso tú sabes más que yo, que soy medio analfabeto.

—Muérdete esa lengua.

—Ahora, de nuevo en serio —Jesús aprovechó la parada en el parqueo del motel—. Mañana a la noche te dejo con los tuyos. Pasado coges un taxi al aeropuerto. Nada de maletas grandes. Diez mil por cabeza, ni un dólar más, o te paran en aduanas.

Mañana los veo, pasado vuelo. Diez mil dólares cada uno.

—¿Y el vuelo?

—Ya está hablado. Solo tienes que llegar.

—¿Pero así tan fácil?

—Cubano, aquí nada es fácil. Tener esos contactos lleva años y billete.

—¿Y para qué país salimos?

—Inglaterra, España, Rusia… qué sé yo; ustedes son los que se van para allá.

—Lili y el niño son ciudadanos españoles. Lo hicieron por un abuelo de ella.

—Mejor, a comer chorizo y tomar cerveza.

Gabriel no respondió. Las palabras de Jesús se quedaron flotando en el aire.

Ya en el cuarto, su cuerpo se hundió en la cama, como si el colchón hubiera memorizado su silueta.

Los brazos cruzados bajo la cabeza, la vista saltando de un punto a otro.

Jesús caminaba de un lado a otro, celular en mano.

Cada vez que colgaba, abría el aparato, retiraba la SIM y la batería, y lo lanzaba a la esquina. Las llamadas duraban segundos.

—Ya casi está todo listo —decía Jesús, asintiendo mientras seguía en movimiento.

—Ahora sí —Jesús se sentó en la cama frente a él—. Sales de Opa-Locka pasado mañana.

Gabriel se sentó; quedaron frente a frente.

—¿Y qué tengo que hacer?

—Dejarle la bolsa con el dinero a mi contacto. Él los va a guiar; ya todo está organizado. Van directo a Madrid; en ocho horas llegan —Jesús hablaba con calma.

Todo demasiado fácil. Demasiado irreal. Como si en cualquier momento alguien me fuera a despertar con una bofetada.

Se frotó la nuca, donde los músculos estaban tensos como cuerdas de guitarra. Llevaba todo el día apretando los dientes sin darse cuenta.

—¿Cuánto cuesta?

—Ya eso está arreglado —dijo Jesús, abriendo los ojos como si la pregunta lo sorprendiera.

—Pero ¿cuánto es?

—Vamos a preparar un maletín con ciento veinte. Miguel Cabrera y su familia se van en un VIP; no vamos a correr riesgos.

—Pero a mí no me queda eso. En el maletín quedan cien mil… ¿No hay una opción más económica?

—Tú tranquilo, cubano. Yo ya saqué las cuentas. Separa treinta mil en tres sobres, o sácale pares de cientos a cada uno para no tener susto.

—¿También el niño?

—Sí, cada uno con su sobre. Mi contacto, cuando le des la bolsa, se encarga de lo demás.

Gabriel hizo las cuentas en voz baja.

—Treinta mil en tres sobres, setenta en el maletín… Faltan cincuenta para los ciento veinte.

—Eso los pone el tío Jesús de regalo para Mathías.

—Pero…

—Nada de peros. No es para ti, es para él —la cara de Jesús estaba relajada, amable. Gabriel nunca lo había visto así—. Cuando llegues a España no te apures; te ajustas con los treinta que te llevas y buscas un buen lugar para vender uno de los relojes.

Se había olvidado por completo de los relojes y la fortuna que representaban.

Gabriel no respondió. Se frotó el cuello, como si intentara despegar un bloque de concreto. Cogió el teléfono de la mesita y buscó la foto de la dirección.

—Dime bien dónde es.

—4550 W 16th Ave, #403, Hialeah, Florida 33012.

—Hialeah está a cuarenta minutos de aquí, al cantar de un gallo —Jesús miraba hacia la ventana, trazando un mapa en el aire con los dedos—. Coges Dolphin, empatas con Palmetto y entras por la 49. Esperamos esta hora, que está oscuro y hay poco tráfico.

Gabriel miró su reloj: las nueve y diez.

Veinticuatro horas. Solo eso para ver a mi familia.

Sintió un vacío en el estómago. Después, tendría que desaparecer otra vez. Pero si todo salía bien, desaparecería con ellos.

Se pasó la mano por la cara y sintió la barba de varios días. Recordó a su hijo cuando le decía que se afeitara porque lo pinchaba, y a su esposa, entre risas, repitiéndole: "aféitate".

Ese hombre de barba de erizo no era él. El de la foto en la vigilia estaba afeitado, perfecto. Su familia lo lloraba.

Pero él tampoco era ya ese hombre.

¿Quién soy?

Cerró los ojos durante un rato. Los abrió cuando el teléfono desechable de Jesús chocó contra la pared.

Jesús sonrió.

—Ya tengo quien me lleve a Canadá.

—¿Cómo?

—Octavio no podía ser, pero me recordó a Toño… ese moreno ya está probado.

—¿Entonces también te vas?

—Va a ser mejor así… ya no me queda nada aquí —Jesús negó varias veces—. Con dinero en mano, cualquier lugar es bueno para empezar.

—Podrías intentar un negocio legal.

Jesús detonó en una carcajada que le sacó una sonrisa a él.

—Tienes demasiada fe en mí, cubano, demasiada.

—Pero tiene que haber algo que te guste.

Jesús levantó la mano empinando el codo, el pulgar pegado a la boca y la risa todavía en los labios.

—Tomar tequila, cerveza y, si no hay más nada, ron.

—Entonces pon un bar.

Jesús se puso serio por un instante.

—Cubano… de verdad te voy a contratar de asesor —el tono solemne contrastaba con la risa anterior.

Gabriel no pudo evitar sonreír.

—Voy a pensar lo del bar mientras suelto lo que me sobra en el baño. Las mejores ideas se concretan ahí —Jesús se levantó. El hueco en el colchón se fue recuperando lentamente.

Gabriel miró al techo, a la ventana, al celular en la mesita.

Lo tomó. Deslizó el dedo para encenderlo.

Buscó las últimas noticias sobre el "accidente". Esa palabra le seguía golpeando la vista.

Un titular: compensación inicial de veinte mil dólares para las familias. Posibilidad de una mayor al cerrar la investigación.

Buscó el monto máximo: doscientos mil, decía en otro sitio.

Eso valgo muerto. Lo mismo que el reloj en mi muñeca. Pero ese es dinero limpio.

Miró el amarillo brillante del reloj.

Jesús llegó arrastrando los pies.

—Se me entumieron los pies sentado en el trono —arqueó las cejas—. ¿Está todo bien?

—Sí —respondió Gabriel a secas. Luego soltó un suspiro—. Les van a dar dinero pronto. Y más cuando la investigación termine.

—¿Y?

—Que ese dinero es limpio. No los arrastra a ninguna mierda. No los pone en peligro.

Soltó el celular en la mesita; el golpe contra la madera fue seco. Se pasó las manos por la cara, desde la frente hasta el cuello.

—Quiero entenderte, cubano, de verdad —Jesús lo miró fijo—. Cambio todo lo que tengo y lo que no por tener a los míos de vuelta —hizo una pausa—. Pero lo que ya pasó no se cambia.

—Lo sé.

—Pero lo tuyo no es igual. Ellos están ahí, tú estás aquí. ¿Le preguntamos a tu mujer y a tu hijo qué prefieren?

Gabriel sintió que la vista se le empañaba.

—Que ese dinero no esté inmaculado no significa que tú lo ensuciaste. Tú te lo ganaste, Gabriel… cada centavo. Con cada mierda que aguantaste en tu país, con todo lo que hiciste por mí, por todo lo que has pasado.

Apretó los puños con fuerza. Bajó la vista al piso.

O Jesús tiene razón, o yo quiero que la tenga.