CAPÍTULO 19 Metal frío #2
Quedó de frente, viendo cómo cada uno llevaba de manera apresurada la mano al arma: Jesús soltando el maletín, el joven buscando en su chaqueta.
No pensó. Sus manos entrenadas se tensaron, como un resorte liberado. La caja salió disparada en dirección al llorón.
El choque fue seco, justo sobre el hombro izquierdo. La caja se deformó al instante y el desbalance inclinó al hombre contra la pared. La mano derecha, ya sujeta a la pistola, golpeó la superficie de la pared.
Jesús disparó. Un fragmento de cemento saltó a una cuarta de la cabeza del llorón. El disparo retumbó en el pasillo, y el olor a pólvora se le metió en la nariz.
Observó a Jesús, con la mirada fija y la pistola humeante, que avanzaba hacia el joven, esta vez apuntándole directamente a la cara.
—Suéltala —gritó Jesús.
El llorón se mantenía inmóvil, con los ojos y la boca bien abiertos. El cuerpo de costado contra la pared, la rodilla derecha apoyada en el piso, el pie izquierdo en cuclillas.
Finalmente lo vio abrir ambas manos. La pistola cayó al suelo. El sonido metálico lo espabiló.
—Acuéstate y mira el piso —el tono de Jesús era firme, igual que su mano en la pistola.
De una patada, Jesús arrastró el arma del llorón en dirección a Gabriel.
Él la siguió con la vista y la vio detenerse justo frente a sus pies.
El joven se acostó en el piso. El sonido de su respiración acelerada le llegaba con claridad.
Ernesto se asomó a la puerta, el rostro pálido junto al ojo morado.
—¿Estás solo? —preguntó Jesús en tono más bajo.
El joven no respondió. Gabriel miró, pero el largo pasillo estaba desierto.
Jesús dio un golpe con el cañón de la pistola en la sien, dejándola pegada. El cañón caliente le arrancó un gemido al llorón, que empezó a negar en silencio.
—Busca cinta —le dijo Jesús a Ernesto, inclinando la cabeza.
Los oídos le pitaban, pero empezaban a aliviarse. Las manos le temblaban.
No disparé… pero cayó por mi culpa.
—Ei —oyó que lo llamaba Jesús.
Lo miró: el tronco doblado, la mano en la pistola.
—Gracias —le dijo Jesús, mientras sonreía.
La garganta estaba bloqueada; no pudo articular palabra para responderle.
La vista volvió al suelo, a la pistola que seguía ahí. Mientras el sonido de los pasos apurados de Ernesto, trayendo cinta en mano y cojeando, lo obligaban a cambiar la mirada otra vez.
—Manos atrás —ordenó Jesús. El joven cooperó de inmediato esta vez.
Ernesto se agachó al lado del llorón, zafando la cinta. Comenzó a enrollarla en sus muñecas.
—No la dejes en el pasillo, guárdala —Jesús le señalaba la pistola.
Se agachó con la mirada fija en el arma. La mano abierta se frenó al sentir el contacto con el metal. Un espasmo le recorrió el cuerpo. Cerró los ojos durante un segundo y, recogiéndola, se puso de pie.
La había renegado, la había pedido al sentir su ausencia, y ahora que la tenía de nuevo ya ni siquiera sabía lo que sentía.
—Envuélvele los ojos —ordenó Jesús.
Ernesto pegó la esquina de la cinta en la cara del joven y le dio varias vueltas antes de cortarla con la mano.
De varios jalones, entre Jesús y Ernesto pusieron de pie al llorón y, a empujones, Jesús lo entró en la casa. Ernesto lo siguió, cinta en mano y pierna cojeando.
La pistola todavía estaba pegada a la mano de Gabriel. No sabía dónde guardarla. Primero la metió en el pantalón, el metal le presionó el estómago. La movió a la espalda, recordando que alguna vez llevó otra allí. Nada le resultaba natural.
Al entrar al apartamento, el llorón estaba contra la pared en una esquina de la primera habitación. Jesús recogía el maletín; la pistola en la cintura sobresalía por fuera de la camisa.
—Nos vamos; coge lo que te quepa en las manos.
Ernesto venía saliendo del cuarto con un maletín en cada mano. Gabriel estiró la mano para ayudarlo, pero Ernesto negó con la cabeza.
—Ayúdame con la caja; ahí van las plantillas —le dijo con voz cortada.
—¿Qué va a pasarle? —le preguntó a Jesús, señalando al joven.
—Que agradezca a Dios por otro día más de vida —Jesús habló alto. El joven chocó la frente contra la pared, balbuceando algo inentendible.
Gabriel sintió que un peso se le aliviaba en el pecho. No sabía por qué Jesús lo había perdonado, pero se alegraba. Aunque ya no era tan ingenuo para pensar que la otra opción no existía.
Ernesto cerró la puerta y los tres salieron silenciosos por el pasillo.
Un detalle le martillaba la cabeza: el disparo se debió oír en toda la manzana, pero nadie se asomó.
—¿No vendrá la policía?
—Hay más posibilidades que vengan más como él. Esto no es Coral Gables —le respondió Jesús.
Caminaban apurados; les tomaría unos minutos, o tal vez más, al llorón zafarse. Guardaron los maletines y la caja en el maletero del auto de Ernesto, que estaba en un pequeño parqueo interior que salía a cincuenta metros del auto de ellos.
—Vacíale la mochila —le dijo en voz baja Jesús, mientras Ernesto se ponía al volante.
Gabriel se la quitó rápido de la espalda y vació su contenido en el maletero; los cinco fajos de verdes se colaron entre los bultos. Antes de cerrarlo, escuchó a Jesús preguntar:
—¿Qué hiciste con la mierda que te metiste?
Gabriel se mantuvo al margen, los dedos apoyados en el borde del maletero, sin mirar. No tenía que ver la cara de Ernesto para saber lo que estaba pasando.
—Fue una sola dosis.
—Nunca más —Jesús bajó la voz—. Mi hermano y yo te sacamos del hoyo una vez… y ahora estoy solo para cargarte.
Al acercarse al frente, Jesús, recostado a la puerta, le estrechaba la mano a Ernesto. Se sintió el sonido corto de un mensaje.
Al instante, sintió un vapor que le subía y contuvo la respiración mientras veía cómo Ernesto sacaba su teléfono del bolsillo.
—Aquí está lo que pediste —Ernesto le enseñaba la pantalla a Jesús.
Las miradas se cruzaron, rápidas, directas.
—Justo a tiempo… Tírale una foto a esto, cubano —le dijo Jesús con naturalidad.
La mano fue rápida al bolsillo. El doble toque al botón de inicio no funcionó a la primera. Tuvo que sostener el teléfono más firme con la zurda y apretar nuevamente.
Miró de reojo la dirección mientras guardaba el celular en el bolsillo.
El teléfono parecía quemarle el muslo, como si la información que contenía pidiera salir.
Forzó una sonrisa de despedida y caminó apurado junto a Jesús rumbo al Corolla, la vista recorriendo cada esquina, cada ventana, cada sombra que pudiera ocultar una amenaza.