Caído del Cielo CAPÍTULO 19 Metal frío
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CAPÍTULO 19 Metal frío

Antes de salir, acomodó el reloj de Lili y los fajos de dinero arriba del cielo raso. El polvo acumulado de años le cayó encima —tuvo que enjuagarse la cara— y verificó que la estructura no colapsara. No podía permitirse un derrumbe que llamara la atención.

Por indicación de Jesús, acomodó en una mochila deportiva negra 50 mil dólares. "Usaremos de esta", había dicho Jesús refiriéndose a una de sus bolsas. Su cara bastó para no discutir.

De las armas largas, solo una. La del cargador lleno. Envuelta en un maletín vacío, se colocó detrás del asiento trasero. La pistola, en la guantera. Siempre ahí. Siempre lista.

Tocar las armas le desagradaba más que el dinero. El dinero podía tener su historia, pero era historia de otros. En cambio, las armas.

Si las tengo que usar, la mancha de sangre no se limpia nunca.

Manejó en automático. La ruta ya le era conocida. Ni rascacielos ni autos modernos lo impresionaban. Solo el patrullero que cruzó a su lado le dejó un latido de adrenalina, breve, como un recordatorio de que no era invisible.

Desde que salieron de la avenida, el tráfico era mínimo. Aun así, la vista pegada al retrovisor, las revisiones constantes.

Nunca sabes quién puede estar mirando.

Repitieron el bojeo doble de la visita anterior. Todo parecía despejado. Gabriel miró su reloj: las tres de la tarde. El calor abrasador había vaciado las calles; solo hileras de autos. El sudor le corría por la espalda.

Habían calculado los riesgos: que Ernesto ya no estuviera, o que, presionado, hubiera dicho que volverían en siete días. Si era lo primero, solo podían desear que siguiera vivo. Si era lo segundo, se habían adelantado tres días. En cualquiera de los casos, esperar era peor.

Entraron por el camino más largo, el mismo por el que había salido apurado la última vez. Jesús llevaba la pistola. Entre las pastillas y su sangre de perro, sanaba rápido. Gabriel lo veía caminando delante, con paso firme, solo algún quejido ocasional.

Gabriel cargaba la mochila: cincuenta mil en la espalda. El peso le tiraba de los hombros, le hundía el paso. Y aun así, se sentía desprotegido. Con todo ese dinero, entrando por pasillos oscuros a un lugar que podía estar comprometido.

Mis armas son mis puños.

Miró sus manos. El brillo dorado del reloj asomaba bajo la manga. Doscientos mil en la muñeca. Pero no era por dinero por lo que los buscaban. Estos tipos no eran borrachos de fiesta ni peleadores callejeros.

Necesito un arma.

Esas que minutos antes rechazaba ahora podían ser lo que inclinara la balanza. ¿En qué momento tener un arma se había vuelto necesidad?

Llegaron a la puerta de madera. Jesús la tocó en clave mientras Gabriel mantenía la vista en el pasillo.

La puerta se abrió suavemente. El tope de la cadena frenó de golpe la apertura. No dijo palabras: la cerró y la volvió a abrir, esta vez completa. Jesús entró y Gabriel lo siguió.

—Cierra cuando entres —le dijo Ernesto, sin virar la cara, con voz apagada.

Arrastraba una pierna y se apoyaba con la mano izquierda en la pared.

—Te dieron duro, Neto —Jesús habló en tono suave. Gabriel sabía que no era una pregunta, era la constatación del daño.

Ernesto se detuvo y giró con dificultad. Su ojo izquierdo tenía un círculo oscuro.

—Casi me parten la madre —su mano señaló la cara y después siguió, cayendo sobre el cuerpo—. Tenía la esperanza de que llegaras. Suerte que no esperaste los siete días.

Cuando entraron al cuarto de los equipos, todo estaba diferente. Unos maletines negros, similares a los de ellos, y dos cajas agrupadas sobre la mesa.

—Me voy —la cara de Ernesto se apretó en una mueca de dolor—. Mi vida es una mierda, pero todavía no quiero irme con nuestro Señor.

Jesús no dijo palabra. El silencio reinó mientras Ernesto abría una rejilla de la pared y sacaba un bulto plano envuelto en una bolsa de nailon.

—Ahí se los había dejado. Una hora más y encontraban el lugar vacío.

—¿Fueron la gente del Chino? —preguntó Jesús.

—¿Quién más si no? Venían preguntando por ti, qué querías —su respuesta fue rápida, el tono alterado.

—¿Qué les dijiste?

—Que lo mismo que quieren todos los que vienen aquí: papeles para perderte —Ernesto se pasó las manos por la nariz. Gabriel observó a Jesús inclinarse para mirarlo a los ojos.

Él también lo había notado: las pupilas de Ernesto estaban dilatadas y sudaba a pesar del aire acondicionado.

—No lo habías dejado —le dijo Jesús, apoyándole una mano en el hombro.

Ernesto se movió de súbito, haciendo caer la mano de Jesús.

—Ya me confesé y arrepentí con tu tocayo, así que no me vengas a joder. Fue una sola dosis —las manos de Ernesto temblaban, sus ojos se humedecieron—. Cinco años limpio se fueron a la mierda.

Se dejó caer en la silla giratoria.

—También me preguntaron por él —la mano señalaba a Gabriel.

Que Ernesto lo señalara le dio un apretón súbito en el pecho.

Dejé de ser invisible.

Miró a Jesús, que se tocó la visera de la gorra antes de hablar.

—¿Qué te preguntaron y qué dijiste? —su voz fue calma, pero sus ojos fijos en los de Ernesto.

—Que quién era tu guardaespaldas, que si yo lo conocía.

—¿Y? —la pregunta fue seca.

—Que no tenía idea, que no había hablado.

Jesús mantenía la vista fija. Ernesto, a pesar de sus temblores, sostenía la mirada.

No era la primera vez que lo ponían de escolta.

¿Habría sido Toño? ¿Acaso los habían capturado a él y a su familia?

¿De qué otro lado habrá salido la información? Antonio, ese de los dientes blancos, seguro dijo algo. Pero ante él, Jesús lo había presentado como un amigo.

Las sienes le punzaban.

Me preocupa Toño y su familia.

—¿Y cómo supieron de mí?

—Uno de ellos te vio manejando. Parece que ni te vio bien, solo que iba alguien al volante y no eras tú —apuntó a Jesús.

—Nos vio uno de los que estuvo aquí —Jesús habló con ansiedad.

—No, no… parece que un jefe, porque ellos lo llamaron por celular enseguida y dieron parte de lo que yo les dije y él enseguida les preguntó por él —nuevamente lo señaló con la cabeza.

—¿Cómo fue eso? —Jesús volvió a preguntar.

—Dijo algo como que… pregunten por el otro, y que no te meta cuento que yo los vi desde la moto.

Gabriel cruzó la mirada con Jesús un instante. Al menos en esa historia Toño no estaba por medio. Se alivió, pero la otra preocupación ganó fuerza: ya no era invisible para los otros.

Gabriel había notado cómo Jesús, con cada palabra de Ernesto, entrecerraba más los ojos; parecía estar armando un rompecabezas mental.

Él, en cambio, sentía que las sienes se le apretaban, como si tuviera el cráneo metido en un tornillo de banco y cada frase fuera un giro de la manivela.

—¿Solo dijiste eso? —Jesús ladeaba la cabeza de un lado a otro—. Nada de los pasaportes.

—Tú me conoces —Ernesto se volvió a parar, su dedo índice apuntando—. Me dieron buenos golpes, pero me podían haber matado… —la frase se cortó en su rostro congestionado, rojo.

Jesús se puso de pie y, poniéndole la mano en el hombro, lo guió a sentarse.

—¿Qué vas a hacer? —el tono de Jesús fue suave; Gabriel lo sintió de complicidad, como si toda duda sobre la firmeza de Ernesto se hubiera evaporado al instante; entre ellos había verdadera empatía.

—Terminé lo de ustedes anoche y recogí todo. Me voy al norte… posiblemente hasta Canadá no pare.

—Me parece que te voy a robar la idea… —Jesús suspiró—. Mejor estar en el clima frío, que frío en la cuneta.

—Entonces no nos demoremos —Ernesto esbozó una media sonrisa mientras se sacudía la nariz con la mano—. Dijeron que diario mandaban a alguien a ver si habías vuelto por aquí. Ayer vino uno a eso de las ocho de la noche.

Gabriel le hizo una seña para que recordara la verdadera razón de estar ahí. Jesús asintió.

—Una cosa más; al final para lo que vinimos antes —dijo, sacando un papel—. ¿Puedes encontrar la dirección de esta persona?

—Es de aquí, de la Florida —Ernesto levantaba las cejas mientras leía el papel.

Jesús asintió.

—Llegó al país hace un mes —dijo Gabriel, notando un mínimo de esperanza.

—Puedo llamar a un amigo de aduana; me debe una grande —Ernesto miró a Jesús y luego a Gabriel.

—¿No le van a hacer daño a ella? —Ernesto se había quedado tieso a la espera de respuesta.

—Todo lo contrario —respondió rápido Jesús ante la mirada de Gabriel—. Tengo una deuda de sangre con su marido… me salvó la vida. Le quiero dejar un dinero a la familia antes de irme a Canadá —Jesús cerró la frase con un guiño.

—¿Para cuándo hace falta esto?

Jesús señaló con su índice al piso.

Ernesto levantó las cejas, pero sacó rápido su teléfono de una pequeña mochila. Marcó mientras miraba el pequeño trozo de papel.

El sudor le recorría la espalda a Gabriel. De tanto apretar las muelas, sentía la boca entumida.

—Te vamos a ayudar a llevar esto, para ir adelantando.

Ernesto asintió.

Gabriel tomó la caja más grande, izándola hasta la altura de los ojos. Jesús lo seguía con un maletín en la mano sana.

—Es un sedán negro que está al doblar —comentó Ernesto desde el cuarto mientras hablaba por el celular.

Hubiese querido esperar el resultado de la llamada, pero la idea de Jesús de aprovechar el tiempo era mejor.

Cuando llegó a la puerta, Gabriel le hizo una seña a Jesús para que se la abriera.

La caja era pesada; no podía soltar las manos.

Tuvo que alinearse con la caja y la puerta para poder salir.

La caja le bloqueó la mirada por un instante, el tiempo justo para dar el primer paso fuera del apartamento.

Su mirada chocó con los pies de un hombre que estaba a menos de un metro de él.

Al verle primero los pies, desplazó la caja hasta quedar sus caras frente a frente. Su rostro y peinado eran juveniles, pero un detalle hizo que el aire se le atascara en la garganta: una lágrima negra destacaba debajo de su ojo izquierdo.

Mantuvo el paso y la vista al frente, mientras el pecho se le apretaba. El hombre se apartó a un lado. Trató de no girarse, pero la mirada del llorón le penetraba el cráneo.

En ese instante cayó en cuenta de que Jesús venía detrás.

Se giró justo cuando Jesús se asomaba a la puerta y en el momento exacto en que el llorón cambiaba la vista hacia allí.