CAPÍTULO 18 Estoy vivo #3
Sintió un peso en el pecho. Uno que se repitió y agudizó al llegar a la suya.
Esta vez no se detuvo; la deslizó rápido.
Llegó a la tripulación: la azafata de la instrucción, las otras, y los pilotos. Al terminar el listado, estaba seguro.
Faltan dos fotos. A esos dos no los soñé.
Por unos segundos estuvo razonando cómo esto sería posible; mientras más lo hacía, más fuerte dolía la cabeza.
Pronto tendría pasaporte, la posibilidad de desaparecer del infierno en que se encontraba, de empezar de nuevo.
Sin ellos no vale la pena.
En un intento desesperado tecleó: familia de las víctimas. Aparecieron varias páginas. Una de ellas la traducía como asociación de víctimas; había fotos de varias familias, incluyendo un correo de contacto. Pero ¿qué iba a escribir? Meneó la cabeza de manera involuntaria mientras salía de la página.
Apagó el teléfono y el cuarto volvió a estar oscuro. En medio de esa oscuridad, una pequeña chispa encendió una idea: Ernesto.
Tal vez tenía un contacto; podía conocer a alguien. Dándole dinero, pudiera encontrar a Lili.
¿Sería un riesgo?
Nada parecido a Antonio y su sonrisa plástica: en el poco tiempo que estuvo con ambos, las impresiones fueron opuestas.
Pero no estaba en juego un documento ni una joya por valiosa que fuera. Ni siquiera su propia vida.
Sintió el ruido de los muelles de la otra cama: Jesús se estiraba, haciendo un sonido de protesta. Abrió un solo ojo y miró a Gabriel; un bostezo largo le cortó la palabra antes de empezarla.
—¿Dormiste algo? —preguntó al terminar.
Gabriel se sentó en la cama.
—Muy mal; todo me da vueltas.
Jesús le hizo un puchero. —Te entiendo —le dijo suavemente.
—También hay otra cosa.
Jesús arqueó las cejas y se acomodó en la cama.
—¿Qué cosa?
—Revisé hace un rato el listado de los del avión… la lista de nombres y las fotos están en internet.
—¿Y? —la pregunta de Jesús fue rápida.
—Que no aparece ni Javier ni el que andaba con él.
Jesús se enderezó de inmediato. Mantuvo un tiempo los ojos medio cerrados, frotándose la sien varias veces. —¿Estás seguro, cubano? ¿Seguro, seguro? —le dijo finalmente, quedándose como estatua esperando la respuesta.
—Esas caras no se olvidan fácil. Los tuve a pocos metros.
Jesús comenzó a pasarse la mano por la nariz, un gesto que ya le decía que estaba analizando. —Esto es otra liga… esto es cosa grande.
Se puso de pie y se recostó a la pared.
—El Chino será un matón, pero no puede borrar gente así de los listados.
Gabriel lo miró fijo.
—Entonces, ¿quién puede?
Jesús comenzó a dar pasos lentos por la habitación.
—La respuesta a eso es mejor ni saberla —le soltó, mientras comenzaba a menear el índice, apuntándole a él—. Si hoy estamos vivos es porque ni se imaginan lo que tú sabes.
—Pero tengo que saber algo. ¿O tengo que olvidar todo?
—Cubano… que eso son las tres letras, y nada más te voy a adelantar que la primera es una "c" o uno que está en todas las fotos con una bandera al lado.
Se quedó quieto, mirándolo con una cara que, con los reflejos de la poca luz que entraba por las cortinas, mostraba a un Jesús asustado.
—Tenemos que perdernos, cubano… y que tu Miguel Cabrera tenga amnesia.
—Esto no se olvida ni en diez vidas.
—Lo sé —gritó contenido Jesús.
—Pero piensa que eres un gato que ya perdió ocho vidas —Jesús levantó sus manos al pecho, incluso la del cabestrillo, para mostrar la cuenta con los dedos—. Ocho.
—La que te queda, si la vas a vivir, tienes que olvidarlo todo —los ojos de Jesús parecían salirse de órbita.
—¿Y a mi familia… a ellos también los olvido? —el tono de Gabriel subió.
Jesús se sentó de un tirón en la cama, se acomodó el cabestrillo que se le había enredado, dando unos segundos de silencio.
—No, a ellos no… por experiencia te digo que a ellos nunca se les olvida —le dijo en un tono bajo y suave.
—Entonces… —se frenó por un instante; pedirle a Jesús ayuda directa era aceptarlo todo. Pero estaba desesperado.
—Entonces ayúdame a sacarlos de todo esto, a irme con ellos a donde sea… mientras que sea juntos.
Jesús se mordía el labio inferior repetidamente.
—Ahorita es lo que más quiero, cubano, de verdad —su mano derecha se apoyó en el pecho—. Si no me di un tiro en su momento es porque el de arriba me tenía esta encomienda. Para qué otra cosa iba a servir este cascarón vacío.
El silencio reinó por unos segundos en los que Jesús miraba al suelo.
—Por la cabeza me pasó una idea, pero tenía que consultarla contigo.
—Dime —dijo Jesús, inclinándose hacia él.
—Ernesto… ¿no conocerá a alguien que pueda encontrar la dirección de Lili? —soltó rápido.
Jesús levantó la vista y sus ojos tomaron un nuevo brillo.
—Conocer… pues ese viejo zorro conoce a todo el mundo. Si alguien pudiera dar con ella, es él con sus contactos.
—¿Y es confiable?
La pregunta de Gabriel quedó flotando en el aire. Jesús no respondió. Solo se frotó la barba y miró la pared.
—En estos tiempos confiable es una palabra… —Jesús no terminó la frase.
Gabriel suspiró.
—Algo tengo que hacer… tengo que encontrarlos —sintió que una fuerza le explotaba desde adentro, hasta que estalló—.
—¡Es que yo estoy vivo, coño!