Caído del Cielo CAPÍTULO 18 Estoy vivo #2
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CAPÍTULO 18 Estoy vivo #2

Por los altavoces anunciaron en inglés que pronto comenzaría. La garganta se le apretó, como si un lazo invisible se tensara más a cada instante. En el podio, un hombre vestido de traje se acomodaba mientras un grupo de familiares era conducido a las primeras filas.

Su vista quedó fija: la silueta inconfundible de su esposa, la mano estirada agarrando a su pequeño hijo que caminaba mirando al piso.

No podía distinguir sus rostros; las luces y la distancia se lo impedían por más que forzara la vista.

El ardor se apoderó de sus ojos; no quería pestañear y perder un segundo de ellos.

Todo se le puso empañado mientras las lágrimas corrían.

Apretó los dientes para frenar el grito que quería escapar.

Corrieron las cortinas: unas doscientas fotos estaban dispersas sobre el escenario, cada una con una vela al frente.

Parece un mar de velas. Una de esas es la mía.

Se corrió un par de metros entre la multitud que estaba de pie. Podía ver el pelo de su esposa, al niño sentado sobre ella. Sentía que el aire se le escapaba, que cada bocanada que tomaba no llegaba a sus pulmones.

Alguien hablaba en el podio. Su mente era incapaz de procesar las palabras en inglés. A pesar del silencio de los presentes, un pitido agudo lo aturdía. Dio unos pasos hacia atrás; sentía que todo se le ponía negro.

—Are you ok? —sintió a su lado, pero no viró la cabeza, hasta que un toque en el hombro lo obligó.

—Are you ok? —repitieron. Gabriel sintió su sangre congelándose mientras el policía lo miraba detenidamente.

—Too many people —dijo, moviendo el índice derecho en un círculo amplio, para terminar en un pulgar hacia arriba.

El oficial asintió y le señaló un espacio vacío más atrás.

Se dirigió hacia ahí, pero siguió de largo.

Trataba de coordinar sus pasos para alejarse.

Sus labios vibraban mientras botaba el aire por la boca.

Sin mirar atrás caminaba rumbo al parqueo.

Se cruzó con varias personas que venían incorporándose en sentido contrario; bajó la vista al suelo, no quería mirarlos, no podía mirarlos y frenar a su yo interno que gritaba.

Estoy vivo, yo estoy vivo. No soy una foto con una vela.

Vio el auto a cincuenta metros. Su paso se aceleró; el pulso le latía en el cuello.

Abrió la puerta y la luz interior le dejó ver a un Jesús con los ojos bien abiertos y las cejas arqueadas. Al cerrarla, ambos quedaron en penumbras.

Recostándose al espaldar, cerró los ojos. Las voces angelicales de un coro atravesaban el cierre del auto. No se concentraba en la letra, sino en la paz que le transmitían. Su pecho iba tomando forma mientras el latido se espaciaba.

Y volvió el recuerdo: su esposa caminando, el niño a su lado. Pero en su memoria los veía de cerca, tan cerca que si estiraba las manos podía tocarlos.

Abrió los ojos, pasó la mano por su cara húmeda. Giró la cabeza. Jesús lo observaba. Su rostro estaba mojado.

—¿Los viste?

No pudo responderle con palabras. Asintió.

El viaje de regreso al hotel fue un borrón. No recordaba las calles, ni los semáforos, ni el momento en que subieron las escaleras. Solo la certeza de que los había visto.

Todo intento de palabra se le atoraba y no salía.

Jesús le había dado una palmada en el hombro y, aunque no dijo nada, lo sintió despierto hasta altas horas de la noche.

Luego lo venció el sueño y sus ronquidos se hicieron presentes, junto con las pesadillas que lo hacían susurrar y, a ratos, susurrar un "no" ahogado.

La cabeza le dolía; sentía el cuerpo pesado. Los pensamientos, aun estando despierto, habían sido recurrentes.

Qué hubiera pasado si me hubiera acercado a ellos.

Se colocó boca abajo y la almohada, como único testigo, terminó saturada de lágrimas.

Él no pudo ni cerrar los ojos; el sonido de los autos por la carretera se le hizo cada vez más frecuente. Se puso boca arriba, con mirada fija. El tiempo avanzaba junto al pequeño hilo de luz del sol, que marcado en la pared se desplazaba hasta el suelo.

Debían ser más de las ocho de la mañana. Por ratos cerraba los ojos y los volvía a abrir con fuerza. Esperaba encontrar un camino, una vía para terminar abrazando a su familia y salir de ese bucle de pesadilla.

La idea de su foto con velas se le mezcló con la de su nombre en el diario. Y, como puerta que se cierra con el viento, una duda le llegó con fuerza.

Buscó la hoja del diario, aún guardada, plegada muchas veces para caber en su nueva billetera. Fue leyendo nombre a nombre. Se detuvo en el suyo un instante más largo, pasando el índice sobre él, como si lo borrara, y siguió hasta el final. Ninguno decía Javier.

Pudo usar otro nombre.

Cuando tomó el teléfono y abrió el buscador, la luz inundó el cuarto, pero Jesús solo se viró de espaldas y, cubriéndose con la sábana, continuó durmiendo. Varias páginas cubrían la noticia, pero una llamó su atención: tenía las fotos de los fallecidos.

Deslizando su dedo por la pantalla se fueron sucediendo los rostros de desconocidos con los que compartió desgracia.

Frenó en uno, lo amplió: el señor grueso que había estado a su lado en el avión.