Caído del Cielo CAPÍTULO 18 Estoy vivo
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CAPÍTULO 18 Estoy vivo

Rodaban de vuelta al hotel. Ninguno de los dos había roto el silencio. La cabeza le ardía, las piezas no encajaban. Dejaban atrás las casas de los ricos. Únicamente conoció a Santana, con sus jardines, su Ferrari, sus dientes blancos y un interior turbio.

—Hiciste bien en no dar el nombre de tu mujer —soltó Jesús como pedrada.

Gabriel lo miró pero no dijo palabra.

—Este tipo sabe mucho, pero habla más de la cuenta —añadió.

Gabriel esperó a doblar a la derecha.

—No me dio buena espina.

—Ya ese pescado está podrido. Ahora debe estar llamando para dar la primicia —Jesús le hablaba lento, como si estuviera en dos mundos a la vez.

—¿Qué te parece la historia del panameño? —preguntó, como si nada.

—Solo sé que estaba ahí.

—¿Acompañado?

—Iba con otro hombre. Fueron los últimos que vi sentarse. Después de eso, despegamos.

—Javier en Cuba. —Levantó los dedos, contando.

—Que de turista seguro no iba —le agregó Gabriel.

Jesús asintió.

—Acompañado por otro hombre.

—Que estoy seguro no tenía lágrimas tatuadas —volvió a acotarle mientras Jesús doblaba otro dedo.

—En un vuelo comercial… que casualmente tumban con un cohete.

Jesús lo miró como esperando que pusiera la otra ficha.

—Los mismos de su organización —le agregó Gabriel.

—Exacto… Eso huele a que el matrimonio feliz se rompió por cuernos.

—¿Qué…?

—Que me corto la barriga si Javier no se la estaba jugando al Chino —dio palmadas como si acabara de ganar un concurso.

—¿No era más fácil matarlo aquí? —esa pregunta le había rondado desde que empezó a armar el muñeco.

—No si se le fue antes. Si el hombre viraba… —Jesús se pasó la lengua por los labios, como saboreando la historia— era porque lo iba a vender. Y tenía un respaldo, sí o sí.

Dobló en la esquina, saliendo de la avenida. Aparcó dos bloques más adelante, bajo la sombra de un árbol.

—Tengo el coco que me arde de darle vueltas a todo, pero si no tengo algunas respuestas me voy a volver loco.

—Yo estoy igual —comentó Jesús, quitándose la gorra y volviéndosela a encasquetar.

—¿Por qué venían en un avión comercial? ¿Por qué matar a doscientos más? ¿Cómo supieron una semana antes para buscar el misil? —ahora era él quien enumeraba—. ¿Por qué me tocó a mí?

—Mientras más cosas aparecen… esto se complica, y lo peor es que quienes pueden dar esas respuestas son los del otro lado. Y yo no quiero ir a preguntarles —Jesús hizo una pausa—. Por lo menos no ahora.

—Entonces tu hermano y tú entran en esto por traer el misil —Gabriel no estaba seguro de querer los detalles, pero su mente le pedía armar el rompecabezas.

—Cubano, te voy a explicar algo para que entiendas y me ayudes a entender a mí —Jesús se acomodó en el asiento—. Nosotros no éramos nadie. Hay diez organizaciones más grandes que nosotros y con más recursos, nada más en la Florida.

—¿Entonces por qué la saña?

Se miraron, pero Jesús parecía andar sacando cuentas.

—No tenemos grandes negocios abiertos, ni bares, ni discotecas, ni grandes propiedades. Legal, nada más teníamos la compañía de mudanzas, y de legal, nada más el nombre.

—¿Entonces cuál era el negocio de ustedes?

—¡Mover de A hasta B! Mi hermano lo decía constantemente de esa forma.

Gabriel vio cómo los ojos de Jesús se humedecieron por un instante.

—¿Pero droga?

—La droga era un negocito aparte, un extra para yo entretenerme.

—Lo de la familia era mover cualquier cosa, cubano. Cualquier cosa. Desde una gente hasta…

Jesús se quedó inmóvil.

—Hasta un misil.

Ambos se miraron. Gabriel observó, callado, cómo Jesús fruncía las cejas y se iba poniendo rojo.

—Le dije que no se metiera en eso —Jesús golpeaba el paño de la puerta con la mano sana—. Se lo dije mil veces.

—Carlos, el maldito Carlos —Jesús hizo un gesto al aire, apretando con fuerza su mano derecha y torciéndola mientras la miraba con furia.

Gabriel sintió un erizamiento que le recorría las manos y le subía por la espalda hasta la cabeza. Puso las manos en el timón: necesitaba apretar algo.

—Volvemos al mismo punto. Ustedes eran cabos sueltos y había que silenciarlos. Como yo si cuento algo —murmuró.

Jesús asintió, cerrando los ojos y recostando la cabeza.

—Tengo mareos —su voz cambió a un susurro. Abrió con dificultad la puerta, apretando la boca. Gabriel tuvo que sujetarlo cuando se inclinó y comenzó a vomitar.

El olor ácido inundó el ambiente. Jesús cerró la puerta, y Gabriel puso el auto en marcha. Se mantuvieron en silencio hasta llegar al hotel. Gabriel miraba el tráfico; Jesús, con la cara virada, se concentraba en la ventanilla.

Llegaron. Y, contrario a todo lo que pensaba, Jesús le hizo una seña hacia el puesto de perros calientes.

—Si sale, hay que volverlo a llenar. Con la barriga vacía no se piensa con claridad.

Cosas como esa lo descolocaban, le hacían pensar que la cordura de ambos había caducado y andaban los dos al borde. La amenaza era real, los muertos del avión eran reales, sus familias los lloraban, a él lo lloraban. Jesús tenía hambre. Y él también. Pero no de comida. De algo que no sabía nombrar.

Compraron panes y refrescos y subieron a comerlos en la habitación. Ernesto podía ser un artista, pero mejor que su obra no tuviera de críticos a la policía.

El sabor de la comida no le era placentero a Gabriel; masticaba con gesto mecánico sentado al borde de la cama. La comida no le sabía a nada. Todo le sabía a la isla, a sal, a miedo. Jesús, en cambio, comía rápido, aunque su vista seguía perdida.

Apenas terminó, cogió el celular que lo esperaba en su puesto de siempre.

Decidió buscar las últimas noticias sobre el avión.

Tecleó "derribo", pero borró y escribió "accidente".

Su mueca fue involuntaria. Después de cuatro días ya tenían el lugar oficial: en pantalla, barcos rodeando el sitio y buzos en el agua.

Se hablaba de que se descartaban supervivientes, incluso de la imposibilidad de encontrar cadáveres. Cada noticia era una bofetada en la cara, hasta que su dedo se deslizó hacia una imagen oscura con velas encendidas. Una vigilia, pública, donde familiares de las víctimas se reunirían.

Ellos van a estar ahí.

—¿Dónde queda Bayfront Park? —preguntó a Jesús.

—En el Downtown… ¿por qué?

—Mi familia puede estar ahí mañana en la noche.

Jesús se levantó de un salto de la cama. Llevándose la mano al hombro se acercó.

—¿Cómo lo sabes?

Gabriel le mostró el teléfono. Jesús amplió con índice y pulgar.

—Si te apareces ahí, delante de tu esposa, sales en primera plana dos veces en la semana —dijo, sentándose frente a él—. La primera será un bonito reencuentro familiar. La segunda… lo que sea que se le ocurra al Chino para eliminarte.

—Lo sé —Gabriel bajó la mirada.

Saberlo es lo que más me duele.

—Pero deben ir muchas personas. Y ni yo mismo me reconozco en un espejo. Puedo verlos de lejos, seguirlos cuando se vayan —sus pies taconeaban en un flamenco nervioso.

Jesús lo observaba.

—Cubano, yo voy a estar contigo en todas; te la debo y te la prometí. Pero esto hay que pensarlo bien.

En un impulso, Gabriel golpeó el colchón con el puño derecho.

—¡Necesito verlos!

El sonido de dos toques en la puerta le dio un sobresalto en el estómago. Jesús le hizo seña para que le alcanzara la pistola. Gabriel estaba a punto de abrir la gaveta cuando una voz los detuvo.

—¡No es ahí, viejo decrépito! —el grito de una señora, que por el tono era mayor, los hizo mirarse a los ojos y quedarse unos segundos inmovilizados.

Gabriel se pasó la mano por el rostro, desde la frente hasta la barbilla, como si quisiera arrancarse el cansancio.

—Mi vida no puede ser así… La de mi familia menos.

Esa noche no durmió; los sueños y pesadillas se le mezclaban.

Veía a su niño y su mujer, se alegraba con la risa de ambos, hasta que miraba a su alrededor y estaban en un avión.

Estaba en el mismo asiento de su vuelo y Mathías, sentado sobre Lili, le señalaba el destello en el horizonte.

Tenía al menos la suerte de despertar antes de que pasara todo.

Volvía a intentar dormir, pero justo se veía en la isla; esta vez su niño le preguntaba qué le pasaba a esos hombres que tenían así los ojos.

Que llegara la mañana fue un alivio. El celular descansaba en la mesita; en la gaveta, junto a la pistola, el nuevo reloj dorado. Jesús le había dicho que no los apartara, que si tenían que correr de pronto, cogiera las dos cosas y no frenara.

El día pasó muy rápido. Comieron algo en el puesto de siempre.

Fueron a una tienda pequeña de ropa que les recomendó el vendedor de perritos; no estaba lejos; en media hora compraron un par de cosas y volvieron al cuarto.

Pero apenas hablaron. Jesús se veía ojeroso.

Ambos cerraron los ojos. Varias veces, al despertarse, lo vio dar vueltas en la cama y balbucear frases ininteligibles.

Al final los dos durmieron hasta la tarde, pero él no se sintió recuperado.

Más de una hora antes salieron del hotel a la vigilia. Aparcaron cerca de la salida. Un volumen considerable de personas se movía en una dirección común: hacia un anfiteatro junto al mar, rodeado de áreas verdes.

—Te espero aquí, cubano… no hagas locuras —le dijo Jesús en cuanto abrió la puerta del auto.

Gabriel asintió, cerrándose la chaqueta negra que había comprado en la mañana y encasquetándose la gorra.

Oscurecía. La vigilia estaba programada para las ocho de la noche; faltaban treinta minutos cuando se bajó del auto.

Caminó por el borde, evitando las cámaras que, en el lado contrario, entrevistaban a personas con rostros tensos.

Se acomodó en la esquina más lejana del anfiteatro, parado sobre el césped a unos cien metros de la plataforma.

La masa de gente se hacía más compacta. Vio a varios policías que caminaban entre los asistentes, dando indicaciones.

Sintió la espalda húmeda de sudor. Levantó la mano izquierda para mirar la muñeca, pero frenó el movimiento al instante: el amarillo intenso del reloj asomaba por la manga de la chaqueta.

¿Por qué me lo dejé puesto?

El sonido de las voces de cientos de personas creaba un efecto envolvente que le apretaba el pecho.