Caído del Cielo CAPÍTULO 17 Carga pesada #2
73%

CAPÍTULO 17 Carga pesada #2

Antonio sonrió.

—Voy a necesitar una identificación para los papeles.

Jesús le hizo una seña a Gabriel.

—Aquí tiene —sacándola del bolsillo de la camisa se la alcanzó al hombre.

—Miguel Cabrera —leyó en voz alta Antonio.

—Pero no es el pelotero —respondió Jesús, mientras le hacía un guiño a Gabriel.

—Ya me di cuenta —respondió Antonio.

—Te vamos a ir poniendo el dinero en la mesa. Tiene el fajín igualito al del banco, pero puedes contarlo como a ti te gusta.

Gabriel sacó del maletín los veinte fajos de billetes y los puso sobre la mesa.

—En lo que escribes… ¿qué se dice de mí en las calles? —la pregunta de Jesús frenó la estilográfica de Antonio.

—Puedes ser menos directo cuando me traes clientes —Antonio se quedó como una postal.

—Este es mi hermano de madre y padre diferente, así que deja el protocolo; vamos a comprar otras cosas también, así que danos el placer de tu conversación.

Antonio miró a cada uno antes de responder.

—Me sorprendió verte, la verdad. Me dijeron que el Chino estaba detrás de ti y que te había mandado a los llorones.

Llorones.

La palabra encendió un recuerdo. Una chispa en pólvora seca.

—¿Los llorones? —preguntó Gabriel.

—Sí, su grupo cercano. Sus matones de confianza.

El avión. Gabriel sintió un tirón en el pecho. Un hombre. Un tatuaje. La imagen se le presentó nítida, como si acabara de verla.

Gabriel insistió:

—¿Pero por qué los llorones?

Jesús se estiró, cogió la botella y sirvió un trago. El líquido ámbar golpeó el cristal.

—Por las lágrimas tatuadas —respondió Antonio, tapando su vaso con la mano y negando con la cabeza.

Jesús se sirvió el suyo y dejó la botella donde estaba.

Gabriel se tocó debajo del lagrimal izquierdo.

—¿Aquí?

—Ahí mismo.

—Tres lágrimas.

Gabriel sintió el pecho comprimirse, el corazón golpeando desde dentro como si pidiera salir. El pie comenzó a vibrar, un tic que no podía controlar.

Jesús miraba a Gabriel y a Antonio indistintamente mientras hablaban.

Antonio negó con la cabeza.

—No. La palabra del joyero le cayó como un puñetazo en el centro del pecho.

Gabriel se recostó al espaldar.

—No es que yo sea especialista en esa gente. Aclaro para evitar malentendidos —dijo rápido Antonio, levantando las dos manos a la altura de la cara.

—Haz el cuento completo… Yo sé que tú no eres amigo de nadie —Jesús sonreía, pero Gabriel había entendido todo.

Este no solo vende joyas. También maneja información.

—De ellos no —replicó Antonio, y se viró hacia él.

—Las lágrimas no son decoración, amigo.

Antonio levantó un dedo.

—Una: estás en el negocio.

Otro dedo.

—Dos: eres de confianza.

Se quedó mirando a Gabriel.

—Tres —hizo una pausa—. Tres es que decides. Tres es Javier. La mano derecha del Chino.

Los oídos le pitaban. Un dolor punzante le atravesó la cabeza.

En el avión. A dos filas de mí.

Lo vi.

Lo vi con mis propios ojos.

Bajó la cabeza, cubriéndose las orejas con las manos.

—¿Te sientes bien, cubano? —preguntó Jesús.

—Necesito aire.

Poniéndose de pie salió.

El mareo lo golpeó al llegar al pasillo. A su derecha, una puerta entreabierta dejaba ver luz y verde. Caminó hacia ella.

Sintió pasos detrás, pero no se giró. El aire fresco le dio en la cara. Olor a flores. El murmullo de una fuente. Cerró los ojos y respiró hondo.

El dolor en la sien seguía ahí, pero al menos podía respirar.

—¿Estás bien? —preguntó Antonio desde atrás.

—Sí… sí —respondió Jesús, poniéndole la mano en la espalda a Gabriel—. Tranquilo, mi hermano.

Luego, levantando la voz:

—Antonio, ve buscando uno de mujer. Del mismo precio. El hombre tiene esposa… y dinero.

Gabriel vio a Antonio alejarse.

Jesús permaneció a su lado, mirándolo fijo.

—¿Qué pasó, cubano?

Gabriel tragó saliva.

—Yo lo vi.

—¿A quién? ¿Dónde?

Gabriel levantó la vista.

—A Javier. En el avión.

Jesús se petrificó. La sonrisa se le esfumó.

—Afloja, cubano… vas a matar a uno de los nervios.

Se frotó la nariz con la mano derecha. Una vez. Dos.

—¿Pero estás seguro?

Gabriel lo miró directo.

—¿Cuántos calvos con tres lágrimas tatuadas en el ojo izquierdo conoces?

Jesús dio un paso atrás, se quitó la gorra y se rascó la cabeza.

—Yo a ese güey no lo conocí. Mi hermano era quien negociaba con ellos. Al Chino lo vi una vez, de pasada, pero me matas y no me acuerdo de su cara.

—El que te digo era blancuzo, sobre los cincuenta, más o menos de esta altura —Gabriel levantó la mano, unos centímetros por encima de su cabeza.

Jesús frunció el ceño.

—Vamos a preguntarle a Antonio. Pero si es él… esto se sigue enredando.

Caminaron de regreso. Antes de entrar, Jesús se giró.

—Aquí no digas nada de eso que sabes.

Le guiñó un ojo.

No sé si es complicidad o advertencia. Tal vez ambas.

Entraron a la oficina. Antonio tenía sobre la mesa dos cajas.

La verde del Rolex estaba abierta; a su lado, una de madera marrón, más rectangular. Gabriel leyó: Patek Philippe.

—¿Ya está bien el amigo?… Aquí les tengo una joyita para coleccionista —dijo Antonio en cuanto entraron.

—Sí, todo bien —respondió Jesús—. Mi hermano es más de champaña que de whiskies fuertes.

Gabriel marcó la sonrisa, aunque sus manos aún vibraban.

—¿Y esto cómo se llama?

—Igual, doscientos mil —Antonio sonreía de oreja a oreja.

—Es un Patek Philippe Twenty~4 Haute Joaillerie, oro blanco de 18 quilates, con diamantes talla baguette y brillante.

—Sí, sí —lo cortó Jesús—. A nosotros con que sea lindo, de oro y diamantes. Deja eso para tus vecinos.

Gabriel tomó el reloj. El peso era más que oro o diamantes. En dos relojes tenía la posibilidad de empezar de nuevo. Pero seguía sin poder borrar todo lo demás.

—¿Y los papeles? —preguntó.

Antonio señaló la computadora.

—Ya se usan tarjetas de propiedad, del tamaño de una de crédito. Te pongo en el sistema y listo.

—¿Y con tu esposa cómo hacemos? —añadió.

Gabriel le dio una mirada rápida a Jesús.

—¿Te tengo que dar el nombre y el número de pasaporte?

Antonio giró la cabeza, pero se sobresaltó al instante con la palmada que le dio Jesús en el hombro.

—Sí, eso servirá —dijo Antonio, mostrando los dientes.

Por la mente de Gabriel pasó una preocupación instantánea: dar el nombre de su esposa la vincularía a Jesús. ¿Qué tan confiable era Antonio? ¿Qué tanto se callaría ante los llorones del Chino?

—¿No puede ser también a mi nombre? —preguntó.

—Sí, claro que sí —respondió Jesús.

Antonio se sentó frente a la computadora y empezó a teclear. Gabriel lo observaba, revisando su tarjeta de identificación, mientras tomaba asiento.

Jesús se recostó a la mesa.

—Me dijo Miguel que le pareció haber visto en una tienda del centro a Javier. Un hombre bajito, moreno, de mi tamaño. Por eso le dio curiosidad.

Antonio giró la cabeza.

—No lo creo. Javier parece europeo, pero es nacido en Panamá. Es bien blanco, calvo y ligeramente más alto que tú.

—Entonces viste a otro —comentó Jesús, esbozando una sonrisa.

Gabriel notó cómo, a pesar de la sonrisa, Jesús lo miró fijo durante un par de segundos. No dijo nada más. Se sentó a su lado en silencio.

Antonio les entregó las tarjetas y las cajas. El reloj de Gabriel ya estaba ajustado a su muñeca; el de Lili seguía en su estuche marrón.

—Felicidades por su buena compra —dijo Antonio, agrupando los veinte fajos.

Esa sonrisa blanca, perfecta, falsa. La odio.

En silencio, guardó en el maletín las cajas de los relojes. Contó mentalmente los diez fajos que quedaban.

—Después paso a hacer otros negocitos por aquí —comentó Jesús, estirándole la mano a Antonio.

—Al final no me dijiste bien quién iba tras de mí —Jesús frenó un segundo—. ¿Es el tal Javier?

—Tampoco tengo todos los detalles —respondió Antonio.

—Ok. Por si alguien pregunta, así de casualidad… me voy de viaje. Ya sabes.

Gabriel caminó sintiendo el desbalance en la muñeca izquierda. Pesaba más que cualquier reloj que hubiera tenido. Sobre el hombro, el maletín con su carga mixta. La cabeza le seguía punzando. El pecho, comprimido, como si algo dentro quisiera salir y no encontrara la salida.