Caído del Cielo CAPÍTULO 17 Carga pesada
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CAPÍTULO 17 Carga pesada

Pudo dormir algunas horas. Los ronquidos de Jesús le perforaban los oídos como un goteo constante, hasta que le fue imposible seguir con los ojos cerrados.

No mejoró mucho. El hueco que dejaban los ronquidos se llenó con sus propias dudas.

Ahora eres Miguel Cabrera.

Se frenó en ese pensamiento.

Mi esposa seguro lo entiende.

Pero ¿y mi niño?

¿Cómo se lo explico?

Con sus cinco años, lo asombraba constantemente con sus deducciones. Como cuando trató de explicarle por qué ahora lo llevaba al círculo infantil en bicicleta y no en la camioneta.

—Esto es mejor —le había dicho él—. Vamos juntos viendo el paisaje.

El niño soltó la respuesta sin pensarlo:

—Pero no tiene friíto ni música.

En seis días tendría pasaporte nuevo. Pero no era él. El que salió de Cuba era otro.

En un rato Jesús me lleva a cambiar el dinero por joyas.

El dinero, su dinero. La frase le seguía sonando ajena, como si hablara de otro.

¿Cómo había llegado? Por un trato. Por un regalo. Por un pago por sus servicios.

Apretó los dedos contra la palma de la mano. Pero el origen no se borraba. La mancha de sangre y sufrimiento no se lavaba al dárselo a él, aunque fuera como compensación por toda la mierda que le habían hecho pasar.

No importa cuántas veces me lo repita Jesús, no es mío. No es mío.

Exploraba sus opciones, dando vueltas en círculos.

Desde que vi la luz en el cielo, mis opciones se fueron al carajo.

No escogió nadar al cayo donde estaba Jesús. Fue el único que había a la redonda. Escogió ayudarlo por humanidad. ¿Cuál era la opción, dejarlo morir? Podía haber dejado las armas, la droga, el dinero en la isla. Al final dejó los muertos. Pero no lo hizo.

Me toca cargar con eso.

La opción de llegar y decir "aquí estoy, yo venía en el avión" ya la había enterrado con Jesús.

A la luz de lo que ya sabía, terminar muerto era lo más probable. Él. Y posiblemente su familia.

No voy a arriesgarlos.

Nunca pensó que extrañaría estar en su país. Con su familia. Con una sola preocupación importante: qué más hacer para salir de ahí. No toda la mierda que se le había juntado ahora.

Levantándose con dificultad, fue al baño, se aseó y salió. Los dolores musculares todavía eran intermitentes. Tenía la espalda tensa y los brazos pesados.

Mirándose las manos, vio los círculos de las ampollas, ya sanos, con piel nueva. Pasó los dedos de una mano sobre otra.

—Estás madrugando, cubano —dijo Jesús desde la otra cama, con la voz aún pegajosa de sueño.

Gabriel se secó las manos en el pantalón.

—Ya son más de las siete y media.

Jesús se torció hasta sentarse, soltando un quejido.

—Si no fuera por el hambre, me quedaba un rato aquí acostado.

Movió el hombro vendado apretando los dientes.

—Entre tú y Octavio hicieron buen trabajo. Con los calmantes y los antibióticos, ahorita estoy empinando el codo con unas cervezas.

Demoraron poco más de una hora en salir del cuarto.

Ambos con la gorra encasquetada: Gabriel con su camisa de manga larga sobre el pulóver azul oscuro; Jesús con su manga corta abotonada sobre la camiseta.

Con olor al mismo perfume, uno que había comprado Jesús y que, de manera generosa, se había echado y compartido con él.

Gabriel repitió la rutina: darle la vuelta al carro, comprobar las cuatro gomas, echar un vistazo a la calle. No había nadie.

Los cristales tintados ocultaban el interior, pero no del todo. Se distinguían los bultos de los maletines.

En La Habana ya lo hubieran dejado pelado.

Fue al encuentro de Jesús. Desde el puesto de la esquina, el olor a salchicha asada y pan recién caliente les llegaba como una promesa. El paisano de Jesús, como él lo llamaba, los atendía con una sonrisa.

Comieron dos cada uno, acompañados de Coca-Cola fría. Por un momento, se sintió normal.

—Vuelvan pronto —dijo el dependiente, sonriente.

Gabriel le devolvió la sonrisa.

La generosidad de Jesús alegra el día de cualquiera. Seiscientos dólares por un favor. Diez mil por un auto y un encargo. Veinte extras por los perritos.

La sonrisa se le apagó al recordar que ahora le tocaba a él. Pero a diferencia del dependiente, él sabía. Sabía de dónde venía ese dinero. Y sabía que no podía ignorarlo.

Saliendo del parqueo, tomaron la US One. El destino: Coral Gables.

La avenida se abría rodeada de árboles gigantes que la envolvían como un túnel verde. Luego, las casas. Jardines perfectos. Ventanales de cristal que reflejaban el sol. Techos de tejas rojas uno tras otro.

Gabriel apretó el volante.

Si Mathías estuviera aquí, se pegaría a la ventanilla. "Mira, papá, qué casa más grande."

Pero Mathías no está, tampoco Lili.

—Déjame frente a la casa azul —le indicó Jesús—. Da una vuelta larga, por lo menos tres manzanas, y regresa. Da tiempo para que me abran el garaje.

Gabriel levantó los hombros.

—Esto es zona de ricos. Un Corolla parqueado en la calle y los vecinos llaman a la policía.

Jesús abrió la puerta, pero antes de cerrar se agachó para hablarle:

—Ellos solitos dan vueltas muy seguidas por aquí —el dedo índice haciendo círculos sobre su cabeza—. Los ricos tienen más seguridad que los que la necesitan.

Arrancó el auto y avanzó a no más de quince kilómetros por hora. Por el espejo vio a Jesús avanzar al portal de la casa.

Sus nervios se tensaron. En la tercera manzana, tal como anunciara Jesús, había una patrulla. Estaba a la izquierda, de espaldas a su ruta.

Avanzó cada bloque mirando por el retrovisor, pero nadie lo siguió.

Giró a la derecha para circular en sentido horario por la manzana siguiente. Todas las casas eran diferentes, pero con algo en común: sus dueños eran personas ricas.

Llegó nuevamente a la casa y desde la calle divisó a Jesús haciéndole señas para que entrara al garaje.

Parqueó al lado de un Ferrari. Su color rojo y su porte majestuoso lo dejaron con la vista fija.

—¿Te gusta? —le preguntó Jesús, sonriendo.

—Estos nada más los había visto en películas —le respondió.

Un hombre de unos cincuenta años, de buen porte y vestido en combinación de pantalón y camisa de hilo color crema, esperaba unos pasos más atrás.

Gabriel levantó la mano derecha y le dio un "hola". El hombre esbozó una sonrisa que no le llegaba a los ojos.

Jesús señaló la puerta trasera.

—Esta vez sí trae el tuyo.

Gabriel asintió, abrió y lo sacó. El peso era el de siempre, pero esta vez sintió algo más.

Ojalá mi alma no esté también en el trato.

Cerró la puerta y siguió a Jesús, que ya caminaba detrás del hombre.

Miraba los pisos pulidos, las paredes perfectas, cada cosa en su lugar. Pero lo que más le llamaba la atención era el olor: mezcla de tabaco y flores. Solo ese aroma bastaba para elevarlo por los aires.

Entraron a un amplio despacho. Un inmenso escritorio de madera barnizada dominaba el fondo, con dos butacas frente a él. A un costado, unos armarios de madera tallada; al otro, un espejo grande llenaba la pared.

—Pon el maletín en el suelo —le dijo Jesús.

El hombre indicó con la mano a Jesús que se sentara, mientras él se acomodaba en su silla detrás del escritorio.

—Su chofer puede esperar afuera, así hablamos de negocios —dijo con voz pausada y tono bajo.

Jesús soltó una carcajada.

—No, no, no… Él es el que viene a hacer negocios contigo. Yo solo lo acompaño.

El hombre se puso de pie y se inclinó hacia Gabriel.

—Tenga el señor mis más sinceras disculpas. Antonio Santana, a su servicio. Por favor, tome asiento.

Gabriel se sentó en la butaca mudo. Jesús contenía la risa.

—Deja el protocolo seco; este es mi amigo, y sirve un trago de la que tienes en la segunda gaveta.

Antonio sonrió.

—Espero que el negocio valga más que los cien dólares que cuesta cada trago de esta botella.

—Me estás llamando miserable —Jesús se puso serio de repente. Gabriel quedó atento; las manos le sudaban.

—Estoy seguro de que usted y su amigo no lo son —respondió con urgencia el hombre y, de inmediato, se agachó y sacó una botella con un líquido color ámbar, poniéndola frente a ellos. Mientras buscaba los tres vasos, Gabriel leyó en la etiqueta: The Macallan, con un "25" más abajo.

Nada más el porte de la botella impresionaba.

Si lo de cien dólares el trago es verdad, ni saco la cuenta de cuántas veces esa botella era mi salario.

Antonio colocó tres vasos bajos, de cristal grueso, y procedió a abrir y servir.

Gabriel negó con el dedo, pero Jesús tomó el primer vaso que se sirvió y se lo dio.

—Esto no se rechaza; sería un sacrilegio —meneaba la cabeza de lado a lado, acercándose para tomar el otro vaso.

Cuando los tres tuvieron el suyo, Antonio alzó el vaso en señal de brindis.

—Por los negocios.

—Por cada día que estamos vivos —exclamó Jesús con tono firme.

Disfrutaron en silencio cada sorbo. Gabriel sentía un sabor dulce, mezcla de especias y roble, que se le quedaba en la boca incluso después de tragar. No era tomador, pero en su vida había probado algo así.

—Ahora, a los negocios —dijo Antonio, corriendo la botella hacia una esquina de la mesa.

—No la pongas lejos —Jesús le hizo señas con la mano para que la acercara—. Estamos buscando uno de esos relojitos de oro y diamantes que tú tienes. Mi amigo necesita tener la hora a mano.

—Un Rolex… puede ser un Day-Date 40 en oro amarillo, con bisel y esfera engastados en diamantes —Antonio levantó la ceja izquierda.

—¿Es caro, de oro y diamantes? —cortó Jesús.

Antonio asintió.

—Pues seguro ese te gusta —Jesús miró a Gabriel.

Gabriel no despegó los labios.

Oro. Diamantes.

Recordó el anillo que nunca se puso. Oro 18, herencia familiar. Lo vendió con dolor para completar el pasaje del avión. Y ahora iba a llevar uno de doscientos mil en la muñeca.

La vida tiene un sentido del humor retorcido.

—Pero acábaselo de enseñar —le reclamó Jesús.

Antonio se puso de pie y, abriendo una de las gavetas del armario tallado, sacó una caja verde cuadrada.

Al abrirla, Gabriel suspiró. El color amarillo del oro era fuerte y brillante, mientras pequeños diamantes bordeaban todo el cristal.

—Para los señores, con caja y papeles, lógicamente, tiene un precio de doscientos mil.

—Nos lo llevamos —dijo rápido Jesús—. Su cara lo dijo todo desde que abriste la caja; fue amor a primera vista.