Caído del Cielo CAPÍTULO 16 Testigos incómodos #3
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CAPÍTULO 16 Testigos incómodos #3

Gabriel avanzó a la otra cuadra; Jesús le hizo una seña de que doblara en la próxima.

—Cubano, de lo que sí estoy seguro, más que seguro diría yo, es que Jesús Fernández no va a morir de ochenta años cagado en un asilo.

No le respondió. ¿Qué podía responderle? Se quedaron en silencio hasta llegar al hotel.

Fue directo al baño. Dejó correr el agua fría y metió la cabeza bajo el chorro, tratando de enfriarla.

Cuando salió, Jesús estaba comiéndose un hot dog; la bolsa de cartón descansaba sobre la mesa de noche.

—Fríos están más ricos —dijo.

La cara risueña de Jesús, como la de un niño, lo hizo sonreír. Todas las asperezas de la conversación en el auto se habían limado.

Habían comprado unos refrescos antes de subir a la habitación. Gabriel le alcanzó uno a Jesús.

Dejándose caer en la cama, acomodó la almohada bajo su cabeza. Tomó el celular y buscó su nuevo Facebook. Necesitaba ver a su familia para recordar por qué luchaba.

Permaneció absorto; detallaba la foto de los tres. Abrió Messenger con su contacto. El dedo temblaba sobre las letras. Eran las 9:05 de la noche: a esa hora ella debía estar durmiendo al niño, o ya dormida al lado de él.

Escribió: "Buenas noches".

En algún momento ella lo vería, preguntaría quién era. Él diría: soy yo, tu esposo. O lo bloquearía, o lo acusaría de una broma pesada. Entonces le mandaría su foto. "Estoy vivo, ojos bellos. Estoy vivo, mi ángel de ojos verdes".

Ella sabrá que soy yo.

Harían videollamada, vería a su niño aunque fuera dormido, si es que los gritos de Lili no lo despertaban.

Sintió la cara mojada, la vista nublada tratando de mirar la pantalla. El texto escrito: "Buenas noches", la barra parpadeando, esperando. El triángulo de enviar a solo tres centímetros. Apagó el celular y lo dejó sobre el pecho, como losa que sella una tumba que no debe estar abierta.

Suspiró mirando al techo. Bajó la vista y se acomodó con el cuerpo de lado. Jesús le habló de pronto en tono bajo:

—Tranquilo, cubano; vas a tener tiempo de estar con ellos. En una semana tenemos pasaporte y sales de aquí.

Sentándose en la cama, miró a Jesús.

—Tanto trabajo para salir de allá… —la frase se le cortó; tenía deseos de dar un grito que lo estremeciera todo, pero en cambio sus ojos volvieron a humedecerse.

—Y ahora sé que está ahí… —apuntó a la ventana con sus dedos temblorosos— cerca. Pero lo único que me viene a la mente es Toño, lo que pasó con su familia.

Jesús lo escuchaba en silencio.

—Bastante han sufrido.

—Hubieras preferido encontrarte con pescadores y no con este gordo —le murmuró Jesús.

Gabriel meneó la cabeza.

—A lo mejor ni pasaba nada; tal vez era un suceso que sobreviviera y quedara como anécdota trágica para los medios.

Jesús asentía lentamente.

—O a lo mejor, ignorando que había un Chino, un Carlos y sabe tu dios cuánta gente más, al otro día aparecía muerto en una cuneta sin saber nunca el porqué. O peor, me pasaba como a tu hermano y también… —no pudo terminar la frase.

—El tiempo de Dios es perfecto —sentenció Jesús—. Te jodió a ti tirándote de allá arriba y mandándote al infierno para salvarme a mí —añadió en tono amargo.

Gabriel negó suavemente.

—Por eso no creo en él, o mejor dicho, no lo respeto —sus dientes rechinaron; cerró la mano derecha en un puño—. Quita y da a su antojo; somos peones de su juego. Nos quita lo que más queremos para después devolverte migajas y que estés agradecido.

Jesús lo miró fijo, con los ojos húmedos.

—Cubano, tú de esto sabes más que yo. En tu imagen. Dios es como un comunista —Jesús hizo una pausa—. Reparte lo que quiere, cuando quiere, y nadie puede reclamarle.

—Amén —soltó Gabriel, abriendo los brazos y mirando al techo.

—Si mi madre nos oye, nos cae a escobazos a los dos —Jesús sonrió.

—Mejor dejarlo tranquilo, por si las moscas —Gabriel se recostó en la almohada—. ¿Y qué se hace en estos siete días?

Jesús se acomodó el cabestrillo.

—En eso estaba pensando ahorita, aunque no me creas —se tocó con un dedo en la sien—. El día que recojas a tu familia tiene que estar todo listo… Todo —recalcó Jesús—. Hay que mover tu dinero; no vas a salir en un avión con eso en la mano.

—¡Un avión! —soltó Gabriel.

—Cubano, no jodas… no vas a estar tan salado que te caigas dos veces —Jesús ya hablaba con su tono alegre.

Gabriel se puso de lado, de frente a Jesús.

—Tengo un punto —Jesús bajó la voz.

Gabriel sonrió por la forma infantil de hacerlo; le recordó a su hijo contándole un secreto que podían oír todos los demás en la habitación.

—Es joyero; te compramos un Rolex de los buenos y ya se van por lo menos 200 mil. Así hemos movido nosotros bastante dinero.

Gabriel levantó los hombros.

—¿Y eso es legal?

—Cubano, eso es lo más legal que vas a estar al lado mío —Jesús soltó una risa pícara—. Para poder salir del país con dinero, pues te enganchamos una cadenona de oro, algún anillo, y vas a parecer más rico que el mismo Miguel Cabrera.

Gabriel dio un bostezo.

—Por fin, ¿quién es Miguel Cabrera?

Jesús lo miró serio.

—Tú me estás vacilando, cubano.

Gabriel negó con la cabeza.

—Me tocó el único cubano que no sabe de béisbol.