CAPÍTULO 16 Testigos incómodos #2
La mano derecha se movió veloz y arrancó; el sonido del motor le parecía más alto ahora.
Miró hacia la acera: Jesús ya estaba a unos diez metros, venía corriendo, la pistola en la mano sana y la otra brincando en el cabestrillo como un ala rota.
Inclinándose, jaló la manija, abrió la puerta y la empujó. Jesús la terminó de abrir y se tiró dentro del auto. Trató de hablar, pero estaba ahogado; con la mano derecha, la misma de la pistola, hacía señas de irse.
Gabriel apretó el acelerador; el propio impulso de la salida cerró la puerta. El auto permanecía en la esquina, las luces altas seguían encendidas, pero ellos ya estaban doblando a la izquierda.
Gabriel subió las ventanillas: el sonido ambiente se atenuó y la respiración acelerada de Jesús tomó protagonismo. Lo vio apoyar la pistola sobre los muslos, abrir la guantera con la misma mano, volver a tomar el arma y dejarla caer dentro.
Jesús se enderezó el cabestrillo; su cara estaba blanca como papel y sudada como si la hubieran metido en una cascada.
—¿Estás bien?
Jesús lo miró y tragó saliva con un esfuerzo enorme.
—Bien cagao… —su risa incipiente se transformó en una mueca de dolor—. Si parqueamos diez metros más para adelante, no llego corriendo.
Gabriel seguía mirando el retrovisor, pero ya estaban saliendo de Segunda Avenida y enfilando hacia Downtown. Dejaban atrás calles oscuras y casi desiertas para chocar con un muro de luz y tráfico.
Seguía alternando entre la carretera, el retrovisor y Jesús. Su pecho aún apretado y las manos sudorosas apretaban el timón.
Jesús se metió la mano en el bolsillo trasero del pantalón y sacó dos tarjetas coloridas, poniéndoselas delante de los ojos y soltando una risa pícara.
—Te llamas Miguel Cabrera, como el pelotero.
—¿Qué pasó allá atrás? ¿Ernesto está bien?
Jesús miró al frente y se secó el sudor con el antebrazo.
—Entré y salí rápido, pero cuando cogí el pasillo sentí tropelaje de gente —Jesús hablaba rápido; la euforia no había desaparecido—. Me pegué a un costado de la escalera y me puse fino. Me duele la barriga de tanto esconderla para que no la vieran.
Su risa era entrecortada y su mano derecha daba palmas sobre el muslo.
—Había un carro en la esquina con las luces encendidas que encandilaban —le comentó.
—¿Dónde? —preguntó Jesús con sobresalto.
—En lo de Ernesto.
—Yo ni me fijé… la mayor alegría fue verte abriendo la puerta del auto. No sé quiénes eran los que estaban allí. A lo mejor no eran la gente del Chino.
—Los que yo sentí caminando en el pasillo no les pedí esto —Jesús volvió a levantar las dos tarjetas—, pero no creo que fueran los doce apóstoles del Chino.
El bautizo que Jesús acababa de darle a esa tropa le dio curiosidad.
—¿Por?
Jesús movía la cabeza de un lado a otro; Gabriel trataba de mantener la vista compartida entre el parabrisas y él.
—Estos no eran profesionales, como la docena del muelle, o los que visitaron a Octavio; estos hacían ruido. Si eran de su gente, eran malandrines cumpliendo tareas.
—Y ahora para los pasaportes… —Gabriel tuvo que frenar rápido; el auto de adelante se detuvo nada más ver la amarilla en el semáforo.
Gabriel miró a la redonda, pero no vio rastro de patrullas ni policías.
—Tranquilo, cubano; mucha gente hace eso para que los toques por atrás y cobrar seguro.
Gabriel cerró los ojos un instante y botó el aire suavemente por la boca.
—Ya tengo el corazón probado.
Jesús sonrió.
—No he dejado que te aburras.
Con el cambio de luz continuaron la marcha. El camino de regreso se les hacía más largo por el tráfico.
—Yo tan preocupado por los papeles que me olvidé de Ernesto.
—Por Ernesto no te preocupes; a ese lo cuida su reputación. Si el Chino o sus perros hicieron la tarea, saben que es alguien para usar.
Gabriel lo miró serio.
—Su salud depende de que unos asesinos sean aplicados con las tareas.
Jesús se mantuvo impasible.
—Esas son las reglas de mi mundo… yo no las inventé, pero las sigo.
Gabriel sacudió la cabeza.
—¿Y cuál es el premio? ¿Qué se gana con seguir estas reglas donde las personas… que son instrumentos?
—Quedarse vivos en primera instancia —le respondió Jesús.
Gabriel apretaba duro el timón.
—¿Y correr y mirar por arriba del hombro es vida?
—Peor es levantarse cada día sin qué comer, o trabajando como un esclavo… ¿para vivir cómo? —Jesús hizo una mueca de desprecio.
—No soy ingenuo para andar diciendo que el dinero no compra la felicidad, pero este que tú tienes viene con su maldición.
El tráfico no los dejaba avanzar; las calles abarrotadas de personas saliendo de sus trabajos estiraban la media hora de la misma ruta de la tarde.
Gabriel los miraba, muchos con sus caras serias.
El sueño americano. Es solo otro sueño.
Jesús se revolvía en su asiento. Hasta que finalmente habló.
—Primero que todo… —Jesús estiró el índice y apuntaba al aire— dinero sucio —alargó la "o"—. Yo no obligo a nadie a que compre droga —miró fijo a Gabriel, que ahora negaba con la cabeza—. Algunos la necesitan para terminar el día, otros para poderlo empezar, otros para olvidar el día.
Jesús enumeraba sumando dedos a su mano estirada:
—Cada cual escoge la forma de matarse. Unos se van a morir por esa mierda, a otros nos van a dar un día un tiro… en el mejor de los casos, un infarto por comer con grasa y tomar.