Caído del Cielo CAPÍTULO 16 Testigos incómodos
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CAPÍTULO 16 Testigos incómodos

Comieron algo en un pequeño restaurante cercano a la tienda. En el baño de este se cambiaron. Jesús dio una generosa propina que le sacó una sonrisa al vendedor.

Circulaban por la Segunda Avenida rumbo a la casa de Ernesto.

Jesús se mantenía callado, golpeteando el muslo con los dedos, como si llevara el compás de una canción que solo él oía.

El cielo comenzaba a oscurecerse; Gabriel encendió las luces de población.

Miró por el retrovisor. Una moto negra. Por ratos se lanzaba a adelantar al auto que iba detrás, pero nunca lo hacía.

—No sé si son ideas mías, pero una moto está haciendo algo raro —le comentó a Jesús.

—¿Dónde?

—Detrás de nosotros, unos cincuenta metros.

—¿Qué hace?

—No acaba de adelantar; como que sale a adelantar y no lo hace. Lleva así un rato.

—Coge a la derecha en la próxima.

Jesús se acomodó en el asiento, ajustándose para poder mirar por el retrovisor.

Gabriel activó el indicador y tomó la derecha; el sonido del tic-tac lo ponía ansioso, mientras trataba de mantener un ojo en la carretera y otro en el espejo.

La moto dobló también y se mantuvo a distancia.

—Pinta feo —le comentó Jesús—. Derecha de nuevo.

Gabriel volvió a poner el indicador y repitió la maniobra. La moto frenó en la esquina, pero no dobló; se quedó sola en la calle. El conductor llevaba chaqueta y casco integral negro.

—¿Qué hacemos? —carraspeó Gabriel.

—Ahorita dale la vuelta a la otra manzana. Alguien nos marcó, pero o están llamando más gente o…

—¿O qué…?

—Que estamos apendejados los dos y vemos lo que no es.

Gabriel suspiró y tragó en seco. Jesús seguía atento a los espejos.

—No creo que tengan todavía fichado a Ernesto. Carlos no lo conoce; pues nunca lo llevé ahí —Jesús se tocaba la nariz de manera repetida—. Aunque el Chino debe saber que él es el mejor y que si me voy a desaparecer, es con él.

—Para ahí —Jesús le señaló con el índice la acera—. No apagues.

Gabriel lo vio bajar con trabajo. El auto se elevó al liberar el peso, pero inmediatamente Jesús abrió la puerta trasera y se dejó caer dentro, amortiguando la caída.

Levantó con la mano sana el maletín que estaba más arriba.

El sonido metálico de los rifles al chocar contra el maletín llenó el auto.

Jesús abrió el cierre y sacó el arma larga, poniéndola fuera del maletín.

—Acomódala al lado de mi asiento.

Gabriel se torció y soltó un quejido al tomar el arma.

Las manos ya en proceso de sanar conservaban sensibilidad.

La sensación de tomar el arma, más que el peso físico, fue un erizamiento que le electrizó ambos brazos.

Al terminar de acomodarla, notó sus manos temblorosas.

Buscó con la mirada a Jesús: estaba recostado al techo del auto, mirando al horizonte.

Pasaron unos minutos en los que solo sintió el sonido de su respiración y algún que otro claxon sostenido que se filtraba al interior cercano.

La luz interior se encendió y se apagó al cerrarse la puerta.

—¿Y? —le preguntó.

—Nos la tenemos que jugar —Jesús se giró hacia Gabriel—. Llevo rato allá afuera dándole al coco.

Jesús se tocó con la palma la frente tres veces.

—Si todos los puntos empiezan a cuadrar —Jesús movió fichas en un tablero invisible con su mano sana—, el Chino tiene cosas más importantes que yo.

—¿Quién es el Chino, que lo han mencionado varias veces? —preguntó Gabriel.

Jesús volvió a apretarse la nariz varias veces, como destupiendo pero sin soplar.

—Uno que de chino no tiene nada; es más charro que yo. Carlos decía que venía de Europa —Jesús puso cara de asco—, pero ya nada de lo que dijo ese perro es de fiar.

—A lo mejor tiene hasta que ver con lo de tu avión, pero ni idea de para qué. Ya eso trasciende otros niveles de locura.

Gabriel sintió el pecho apretado; puso la mano izquierda en el timón y lo apretó. No había podido olvidar la historia del pedido que le hicieron al hermano de Jesús.

—¿Qué te hace pensar eso? —preguntó en voz baja.

—¿Para qué carajos alguien querría un misil del tamaño de este carro?

Da la casualidad que lo piden apurados, que a la semana de traerlo se cae tu avión y tú viste un cohetazo —Jesús sonó exaltado; dejó la boca medio abierta y la mirada fija en la calle—.

Las dudas no las tengo tanto en que fue él, sino en para qué lo hizo.

Todo se le mezclaba, pero al final tantas casualidades eran imposibles. Una nueva duda se le coló.

—Visto así, nada más falta saber cómo terminaste en la isla el mismo día que pasó lo de mi avión y lo de… —se frenó un instante—. Y lo de tu hermano.

Jesús se quedó mudo, con la cara seria y la vista fija en él.

—Cabrón… —Carlos arregló lo del intercambio en el mar; decía que tenía que ser ese día, sí o sí, y que yo tenía que estar.

Se puso las manos en la cabeza.

—Querían borrarnos a los dos para taparlo todo… por eso tenía que estar muerto, y sin que me dijeras lo del misil no hubiera sabido ni por qué.

Gabriel puso las manos sobre el volante. Un tapón en la garganta le frenaba soltar una idea que le martillaba la cabeza con fuerza.

—Ustedes eran testigos incómodos de algo de lo que yo fui protagonista —logró decir.

Jesús guardó silencio. El auto vibraba ligeramente en espera.

—Vamos a lo de Ernesto; tenemos que jugárnosla si queremos perdernos de aquí… ah, yo sé que no hace falta que te lo diga, pero igual lo hago… a nadie le digas lo del cohete.

Gabriel se pasó la lengua por los dientes delanteros superiores mientras ponía la primera marcha. Miraba por el retrovisor; la calle estaba vacía. Continuaron el viaje, pero algo no podía parar en la cabeza.

Cuando llegaron a la zona, la oscuridad ya envolvía todo; había crecido el número de autos aparcados a los costados de las calles. Le dieron una vuelta completa al bloque de edificios de Ernesto.

Cerca de donde habían aparcado la otra vez, un grupo de personas en shorts y camisetas conversaban y fumaban.

—Eso es buena señal —dijo Jesús, señalándolos con el dedo—. Esos negros se hubieran perdido si hubiesen llegado los comandos del Chino.

—Cooomandos —repitió Jesús, alargando la "a" con desprecio, pero Gabriel recordaba la frase de Toño: tipos con pasamontañas, chalecos y armas largas. Tampoco había olvidado al motorista que los siguió.

—Da la vuelta; vamos a entrar por la otra entrada, aunque sea más lejos —le indicó Jesús.

La otra entrada estaba desierta, solo unos pocos autos a los lados.

—Déjalo con espacio adelante y atrás para que no te puedan bloquear.

Gabriel sentía que el sudor le corría por el cuerpo aun con el aire acondicionado del carro al máximo.

—¿Cómo hacemos? —preguntó.

—Quédate aquí… Si oyes tiros, piérdete. Si alguien se acerca, así sea a cien metros, arranca y piérdete. Si en veinte minutos no estoy aquí, ya sabes.

Gabriel se quedó sin palabras por un momento.

—¿Y vas a ir solo? —preguntó.

—Tú tienes familia, cubano… —Jesús tomó la pistola de la guantera—. Me llevo esta; la larga quédatela tú.

La mirada seria de Jesús se transformó en una sonrisa forzada. Colocó la pistola sobre los muslos y estiró la derecha hacia Gabriel. El apretón de manos fue firme.

—No dejes que te agarren, cubano.

Abrió la puerta y salió caminando por una acera oscura.

Gabriel lo siguió hasta que esa oscuridad se lo tragó.

Contaba los segundos; intentando controlar la respiración, soltaba el aire suavemente por la boca. El tiempo se había vuelto una variable medible, la única que podía controlar en ese instante.

Comprobó los tres espejos: la calle seguía desierta; los sonidos de claxon y motores que escuchaba provenían de la avenida cercana.

La vista nuevamente en la acera: la escasa claridad de la entrada se hundía en un cono oscuro a solo veinte metros.

El eco de la conversación con Jesús sobre el Chino y su gente retumbaba en su cabeza.

Había caído en una espiral de complicaciones por una única razón: sobrevivir.

Ahora estaba a expensas de que unos matones hicieran lo que un misil no pudo.

Y si el hombre de la moto de hacía un rato los había marcado, si ya sabían en lo que andaban, si Jesús había entrado en la boca del lobo.

Sentía la presencia del arma a su lado; su sombra de muerte le hacía apartar la mirada. Lo golpeaba la fuerza de una decisión que, llegado el momento, tendría que tomar, como mismo hizo en el muelle, solo que en aquella ocasión no tuvo que disparar.

Bajó la ventanilla del acompañante; el aire caliente de la noche entró junto con el aumento del volumen de los sonidos de los autos.

Un brillo en el retrovisor central lo encandiló. Se movió rápido, girándose para ver por el parabrisas trasero.

Un auto acababa de llegar a la esquina; las luces altas no lo dejaban definir.

Cada segundo que pasaba lo mantenía petrificado en esa posición incómoda; se agarraba del apoyacabezas para no perder el ángulo de visión.

Vio la sombra de alguien bajándose. La distancia y las luces altas le borraban los rasgos.

Si aceleran el carro pa' acá en diez segundos me caen arriba.

La frase de Jesús diciéndole que se fuera le martillaba las sienes con fuerza de herrero. Su corazón le hacía eco en el pecho, golpeándole las costillas desde dentro.

Si vienen corriendo, los cien metros me dan medio minuto.

Apretó los dientes.

No puedo esperar medio minuto.

Quitó la vista del auto y miró hacia la acera. Los ojos encandilados le tardaban en enfocar. Parpadeó, se frotó el lagrimal con el dorso de la mano, pero la mancha blanca se negaba a irse.

El ojo izquierdo le dolía desde el fondo de la órbita, un latido seco que le temblaba en el párpado sin control.

—Acaba de salir, carajo —se dijo entre dientes.

No quería encender el auto hasta que tuviera que irse, pero el temor de que no arrancara le pasó fugaz por la mente.

Miró la llave; el cosquilleo en la mano se hacía insoportable.

Pero se enfocó en el espejo del conductor.

No podía irse, no ahora; su pasaporte estaba ahí, dentro de ese cono negro, también Jesús, herido y solo.

Giró de nuevo la vista a la acera: una sombra más oscura parecía venir. La silueta era como la de Jesús, pero la velocidad a la que se acercaba no le cuadraba.

Miró rápido el espejo: el auto sospechoso seguía en el lugar.