Caído del Cielo CAPÍTULO 15 Olor a nuevo #2
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CAPÍTULO 15 Olor a nuevo #2

—Vamos para las huellas —el hombre le hizo una seña con la mano y Gabriel se acercó.

Uno a uno le agarró los dedos y los pasó por el escáner, mientras giraba la vista a la pantalla y un indicador verde se iluminaba.

—Jesús… te toca.

Jesús se viró; Gabriel vio su rostro nuevamente transformado.

—A ver cómo acomodo la del cabestrillo —dijo Jesús, quitándoselo y girando el cuerpo para no mover la mano.

Cuando terminó el proceso, el hombre se desplazó en la silla giratoria hacia una esquina de la mesa.

—Si tienes que hacer algo, puedes irte y volver en tres horas. Las licencias exprés en ese tiempo te las tendré listas.

—¿Y los otros? —preguntó Jesús.

—Eso es una semana.

—¿Una semana? —Jesús subió el tono.

—Pediste dos pasaportes VIP. Si los quieres más rápidos, ve a Pequeña Habana… Yo no hago basura —la voz ronca del hombre no subió el tono; para sorpresa de Gabriel, se mantuvo lenta y pausada.

—Las licencias son tres horas, porque ya las tengo preparadas. Lo otro, una semana.

Jesús balbuceó algo imperceptible y luego se viró hacia él.

—Vamos, cubano, a quitarnos el disfraz.

Sacó del abrigo el fajo de billetes y lo puso sobre la mesa del hombre. El sonido del golpe hizo que este se virara.

—Tu dinero aquí no vale y tú lo sabes —le dijo ajustándose los espejuelos.

—Eso es para los gastos y para que no te den deseos de llamar al chino.

El hombre se puso de pie; incluso Gabriel lo vio menos encorvado.

Agarró el fajo y se lo dio a Gabriel, que no pudo más que recibirlo.

—A lo mejor no te lo dijo… pero a mí me salvó el de arriba —el hombre señaló un crucifijo en la pared—. Pero este otro me dio todo esto y un trabajo.

Jesús amarró la cara.

—Ernesto, ya esto te lo saqué hace rato con mis trabajos, así que… —Jesús se viró hacia Gabriel—. Déjaselo ahí.

Y volviéndose hacia el hombre:

—Guárdamelo aquí; si me muero, de verdad te lo coges.

Se lo puso arriba de la mesa de los equipos. Jesús salió sin volver la cara, como si ya todo estuviera dicho y no hubiera reclamación. Él lo siguió.

Durante años se había sentido un profesional de la dirección, capaz de analizar a las personas, de entender a sus subordinados y jefes.

La psicología le interesaba. Aun así, entender a Jesús era una tarea demasiado difícil.

Al parecer, cuando no estaba machucando gente, se acordaba del dios de su madre y ayudaba a los demás.

Con esas ideas todavía en la cabeza, salieron nuevamente a la calle; Jesús marcaba el paso. Ya eran más de las 4 p.m.

—Vamos ahora a alguna tienda de ropa cercana; los dos nos vemos ridículos.

Nada más dejar la acera, Gabriel le dio un vistazo al entorno, luego montó.

—Tiene todavía las cuatro gomas —le dijo Jesús sonriendo.

—¿A dónde vamos?

—Coge igual Segunda Avenida; vamos al norte hasta la calle Sexta y después, antes de la Tercera Avenida, vas a ver un cartel rojo en fondo blanco que dice Burlington.

Gabriel volvió a soltar la pistola en la guantera; sintió un alivio más que físico. Jesús lo miró pero no dijo palabra.

En menos de diez minutos ya estaban en la tienda. Entraron al parqueo en el momento justo en que un auto salía y ocuparon el espacio.

—Aquí no te va a hacer falta —dijo Jesús tocando la tapa de la guantera—. Yo te invito, así que no cojas tampoco dinero del tuyo.

¿Dinero del tuyo? ¿Dinero de dónde?

Seguro se refería a la bolsa que le había dado. Pero la idea de que esa cantidad estuviera allí al alcance de su mano seguía sin procesarla.

Se bajaron. Oyó el sonido del seguro. Aun así, jaló la puerta para comprobarlo. Había bastante gente; se mezclaron entre ellos.

Ver estantes surtidos era una experiencia nueva; los había visto únicamente en Panamá, y entonces no tenía dinero para gastar.

Ahora, después de tantos años de limitaciones, tener dinero para comprar era la otra ventaja.

Por un segundo le pasó por la mente que, aunque pagara Jesús, era dinero sucio.

Pero se dijo a sí mismo: había trabajado cada centavo como enfermero de campaña, rescatista, chofer de lancha y auto, y escolta armado.

—Escoge lo que quieras; después pagamos en la caja con cash.

Seleccionó dos jeans; los midió envolviéndoselos en el cuello como le enseñaron de niño y revisó que eran talla 34. Escogió dos pulóver de color entero, uno azul oscuro y otro gris medio. Con las cosas en una canasta siguió caminando sin perder de vista a Jesús.

Llevaba la cuenta mental: 28 cada jean, 56; 9 cada pulóver, 18; total 74.

Cogió dos camisas de mangas largas para el sol a 22 cada una: casi 120 dólares. Más de lo que ganaba en cuatro meses en Cuba como ingeniero. Esa cuenta le apretó el pecho.

Nunca habría salido de su tierra. Pero ¿qué futuro tendría su hijo trabajando para ganar lo mínimo, solo para comer? ¿Qué presente tendrían él y su mujer?

Verse rodeado de familias, de gente conversando, sonriendo, niños corriendo, olor a nuevo, a limpio, le hizo cerrar los ojos. Por un instante, se imaginó con su hijo cargado y su bella esposa sonriendo, con esa sonrisa que tanto le gustaba.

Se le escapaba una lágrima cuando oyó la voz de Jesús:

—Ya, cubano.

Se pasó la mano por los ojos antes de virarse.

—Tengo lo básico.

Jesús se le acercó a la oreja:

—Cubano, con esa tacañería los quinientos mil te duran toda la vida; coge, que yo invito.

Gabriel esbozó una sonrisa. No era el primero que lo llamaba tacaño; a su esposa siempre le respondía que era ahorrador.

Le echó un vistazo a la canasta de Jesús: ropa interior, medias, una gorra. También camisetas, pantalones y camisas de manga corta.

Gabriel cogió también ropa interior, medias y una gorra. En automático sumó.

Doce, doce, nueve, más los ciento veinte… casi ciento sesenta dólares.

—Ahora sí —le dijo a Jesús, que estaba en un estante mirando unos perfumes.

Jesús le dio una mirada rápida a la canasta, luego se inclinó mirándolo a los pies.

—Ya esos tenis soltaron el espíritu; entiérralos con la poca dignidad que les queda.

—No me adapto todavía a la sociedad de consumo —le dijo Gabriel, subiendo los hombros y dejándolos ahí por un segundo.

Jesús lo miró con la carcajada contenida.

—Entonces vuelve para Cuba.

Solo si fuera con mi familia y olvidando todo. Incluyendo que cambié en un mismo día de ropas y nombre. Quizás para en poco tiempo intentar de nuevo salir.

Al final, quiero a mi país. Tanto que lo odio como esta. Pero la tierra no hace un hogar, ni alimenta el alma. Mi mundo es mi familia.

Solo sonrió.