CAPÍTULO 15 Olor a nuevo
En menos de cinco minutos subió y recogió lo básico de la habitación, incluida —para su pesar— la pistola. Dejó la bolsa con los panes sobrantes para más tarde. Jesús lo esperaba pegado a las escaleras.
Caminaron hasta subir al auto. Gabriel abrió la guantera y dejó caer la pistola dentro. Revisó el entorno antes de salir del parqueo.
—Sal a la avenida y después sigue recto; hay que subir al otro lado de la ciudad —Jesús apuntaba con el índice hacia arriba, los ojos entrecerrados.
—Te iba a llevar a Pequeña Habana, pero tus paisanos no llegan a lo que quiero para ti. Vamos a Overtown —ahora Jesús asentía—. Ahí está el mejor.
Gabriel manejaba con las manos firmes en el timón, revisando los espejos. El tráfico era denso. Sabía manejar desde hacía años, pero las calles de su ciudad no se parecían en nada a esto. Ni siquiera en La Habana se había sentido tan presionado.
Miraba a Jesús cada rato, cuando paraba en los semáforos. Lo veía callado, la mirada perdida en algún punto del paisaje. Prefirió no interrumpirlo. Ya le había dicho que le avisaría cuando doblar y que era como media hora de camino.
La vista de los rascacielos ya no lo impresionaba tanto; la tensión del tráfico y el cruce con patrullas y motorizados le quitaban la emoción.
—Gira a la izquierda; vamos a buscar Segunda Avenida.
Gabriel notó cómo los edificios se volvían descoloridos, mientras murales de colores vivos cubrían las paredes, como el de aquella mujer afroamericana que llenaba toda una fachada y parecía seguirlo con la mirada.
Pasaron por debajo de un puente que se le hacía inmenso de ancho, pero a baja altura. Carpas con gente viviendo bajo él. Algunos caminando como zombis.
¿Así es la tierra de las oportunidades?
—Estos le meten al producto nuevo, al fentanilo. Hay dolores que la coca no quita —le comentó en voz baja Jesús.
Gabriel prefirió quedarse callado. Largas cercas de malla y edificios de dos pisos lo rodeaban. Los autos le llamaban la atención: si no fueran todos modernos, el lugar le recordaría alguna parte de su ciudad. Le faltarían los basureros y las bicicletas.
—Dobla a la derecha en la otra; ya estamos cerca.
Avanzaron dos cuadras hasta que Jesús le señaló con la mano el sitio: detrás de una camioneta.
—Desde aquí caminamos… coge eso por si las moscas —Jesús apuntaba a la guantera. Gabriel había puesto ahí la pistola.
Tenerla nuevamente en la cadera lo incomodaba, más con los pantalones que se le caían y que debía sujetar con una mano.
Jesús tomó un fajo de billetes y lo metió bajo el abrigo.
Gabriel miró a su alrededor; solo vio a unas personas conversando a lo lejos.
El lugar estaba callado, sobre todo comparado con las cuadras anteriores, donde la música se colaba dentro del auto.
En qué me estoy convirtiendo.
Caminaron por una acera que comunicaba dos bloques de edificios grises de dos pisos hasta que entraron en un pasillo oscuro.
El olor a humedad le sacó un estornudo a Gabriel, que tuvo que apretarse la nariz para que sonara menos.
Al final del pasillo, una puerta de madera descascarada, que alguna vez había sido carmelita, les quedaba de frente.
—Agarra el metal aunque se te caigan los pantalones —le dijo Jesús con media sonrisa.
Jesús dio dos golpes secos en la puerta y después tres rápidos.
Pasó más de un minuto hasta que, del otro lado, Gabriel escuchó un who? en tono bajo, apenas perceptible.
—Jesús Fernández —se apresuró a decir, recostándose a la pared y haciéndole a Gabriel una seña con el dedo en forma de pistola.
Gabriel sintió que quitaban la cadena; el sonido metálico del llavín al girar le aceleró el pulso y le apretó la mano sobre la pistola.
Al temor de usarla se sumó otro: no saber cómo hacerlo. Dispararse a sí mismo. Darle a un inocente.
¿Qué carajos hago con un arma?
La puerta se abrió y un hombre delgado, encorvado, se asomó. Su pelo escaso, canoso y revuelto contrastaba con su camisa blanca planchada. Con ojos hundidos miró a Jesús y luego dejó la vista fija en él.
—Viene conmigo —le dijo Jesús con voz firme.
El hombre dio la espalda y entró en la casa. Jesús lo siguió y, con una seña, indicó a Gabriel que lo acompañara.
Entraron a una pequeña sala donde un viejo sofá llenaba una pared y dos sillas plegables estaban a un costado.
Gabriel recorrió la sala con la vista; el lugar, aunque con aspecto sombrío, estaba impecablemente limpio.
—Ahora está medio loco, pero trabajó en la oficina de pasaportes —Jesús ya hablaba con naturalidad, su rostro alegre.
—La mierda me quitó casi todo, pero no estoy sordo —la voz ronca del hombre resonó en la habitación mientras se sentaba en una de las sillas—. Nuestro señor Jesús me trajo de vuelta.
—Yo no, el otro —se apresuró a aclarar Jesús con una sonrisa.
El hombre entrecerró un ojo, como en un tic nervioso, y se ajustó unos espejuelos de cristales anchos.
—Pensé que ya eras difunto; me enteré de que la gente del chino te andaba buscando.
—Soltaron sus perros, pero la soga se les quedó corta Jesús sonrió, pero Gabriel notó que la sonrisa no llegaba a sus ojos. Había algo más —dolor, rabia, un reflejo del infierno— que se le escapaba por las comisuras.
—¿Qué más se dice en las calles? —le preguntó Jesús.
El hombre le fijó la mirada alzando la cabeza.
—Yo de aquí no salgo.
—Y yo no vendo drogas; alguien lo hace por mí y me trae el dinero —Jesús corrió una silla de la esquina y se sentó frente a frente.
—¿Qué te dicen los que vienen aquí? No te asustes del muchachón —le dijo señalando a Gabriel—. Es más puro que tú, que yo y la mitad de los que van a misa… así que habla.
El hombre se meneaba en la silla incómodo, hasta que puso las dos manos en los muslos y miró al piso.
—Dicen que ya no eres nadie, que tu hermano ya no está y que tu gente anda corriendo.
El rostro de Jesús se torcía mientras apretaba las manos. Sin embargo, su tono fue contenido.
—¿Qué más?
El hombre meneaba la cabeza de un lado a otro y su pie derecho comenzó a moverse marcando un ritmo rápido.
—Dicen que si te ven te van a dar plomo y que uno de tu gente ahora les marca los puntos.
Carlos. El traidor.
Jesús se recostó en el espaldar y al instante se inclinó hacia delante, dando una palmada en el muslo del hombre y esbozando una sonrisa seca.
—Te tengo un trabajito de los bien finos.
El hombre miró a Jesús a los ojos durante un segundo se volteó hacia Gabriel.
—Vamos al otro cuarto —dijo en un susurro.
Con pereza se puso de pie. Corrió la cortina con movimientos lentos y avanzó hacia la otra habitación. Jesús lo siguió. Gabriel también; la mano, sin saber por qué, todavía apretando la pistola.
Caminaron por una cocina donde Gabriel vio los platos limpios escurriendo y la meseta impecable. El hombre frenó en seco delante de una puerta de madera y, sacando una llave amarrada con un cordel al cuello, la abrió.
Jesús se giró hacia Gabriel, le esbozó una sonrisa y se hizo un círculo con la mano alrededor de la oreja.
Esas reacciones infantiles de Jesús le hacían dudar de la salud mental de ambos.
¿Quién está más loco? Él que guía, o yo que lo sigo.
El golpe del aire frío al abrir la puerta fue bienvenido; su piel quemada lo agradecía. Dentro del cuarto era otro mundo. En una mesa, una laptop estaba conectada a un grupo de equipos; Gabriel reconocía algunos, como la impresora o el lector de huellas; otros, ni la más remota idea.
Una silla ejecutiva estaba desplazada a un lado y, en la esquina, una silla de madera sin espaldar estaba colocada delante de una pantalla blanca, una sombrilla para fotos y una cámara con un cable que Gabriel siguió hasta un switch.
El olor a químicos le entraba por la nariz y se le colaba en el cerebro. El hombre habría dejado las drogas, pero con aquellos olores, después de un rato, algo podría pasar.
—¿Qué vas a querer? —preguntó el hombre.
—Dame dos exprés y dos pasaportes de los VIP.
Habría pensado en un café —que falta le hacía y lo extrañaba—, pero pronto se dio cuenta de que no hablaban del néctar negro. Incluso llegó a imaginar el olor.
El hombre señaló con el dedo la silla. Jesús, con la cabeza, le hizo una seña a Gabriel. Nada más sentarse, la luz de la sombrilla se encendió, dejándolo ciego; su mano, en un gesto involuntario, le tapó la cara.
Pestañeó un par de veces.
—Quédate quieto y levanta un poco a la derecha —le dijo el hombre.
—Listo.
Se levantó rápido de la silla.
Así, bajo una luz cegadora, había soñado un interrogatorio. Pero en el sueño las palabras no le salían para explicar qué le había pasado. Más bien una pesadilla.
Demoró unos instantes en recuperar la vista. Al mirar la pantalla de la laptop vio cómo su foto ya estaba transformada: vestía una chaqueta de traje azul y las ojeras no se notaban. Hasta su barba de unos días lucía pareja.
—Ahora tú —le dijo a Jesús.
Jesús se acomodó el peinado con la mano y se colocó de una vez en la posición.
—Ya —dijo el hombre mientras se doblaba sobre el ordenador y movía el mouse con velocidad.
—Nombres.
Jesús se puso la mano en la boca y, después de un instante, levantó el índice y miró a Gabriel.
—Antes eras Gabriel, el arcángel mensajero. Ahora eres Miguel, el arcángel guerrero y protector. El apellido ponle cualquiera; a este medio rubio de ojos verdosos le pega cualquiera.
Recordó la primera vez que le dijo su nombre a Jesús. En aquel momento, para él habría sido insólito desprenderse de él.
Al final no pudo más que levantar los hombros.
Se va una parte de mí, pero si el nombre es el precio para volver con mi familia, con gusto lo pago.
—El tuyo —el hombre parecía inmutable a la jerga de Jesús y esperaba con la mano en el mouse y la mirada por encima de los gruesos espejuelos.
—Ya no puedo ser Jesús… Tú te volviste guerrero, pero yo me volví un rechazado: de rey a rechazado —Jesús sonrió, pero Gabriel vio sus ojos aguados.
—Yo seré Saúl.
—Amén —respondió el hombre mientras se viraba al teclado.
Jesús se dio vuelta de espaldas a los dos y se quedó fijo mirando la pared, mientras los sonidos rápidos de las teclas cubrían sus sollozos.