Caído del Cielo CAPÍTULO 14 De entre los muertos
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CAPÍTULO 14 De entre los muertos

Estuvieron dando vueltas por calles que Jesús indicaba. Los párpados le pesaban como plomo, hasta que un claxon sostenido lo sacudió: el semáforo estaba en verde.

—Dobla aquí, a la derecha. Tenemos que dormir un rato —dijo Jesús, bostezando, y Gabriel lo imitó.

Habían acordado hablar del misil con la cabeza despejada. Todo era demasiado grande para seguirlo analizando con ese agotamiento.

Jesús señaló un motel a la derecha. Gabriel esperó en el auto mientras él hacía la reserva.

A los pocos minutos Jesús se acercó con paso lento, una llave en la mano, haciéndole una seña de que lo siguiera.

—¿Vamos a dejar las cosas en el carro? —preguntó en voz baja, señalando los maletines.

—¿Quién se va a robar eso? —Jesús negó con la cabeza.

Gabriel solo lo miró.

Toda la vida revisando dos veces el carro para no olvidar la cartera, el dinero del diario. Y ahora este hombre quería dejar un carro cargado de fajos en un parqueo sin custodio.

Jesús se inclinó hacia él, pegándose al oído:

—La pistola, cógela. —Un guiño—. Por tranquilidad.

La pistola.

De niño soñaba con tener una. Las hacía de madera en el taller de su abuelo. Ahora la tenía de apéndice. Se agachó, abrió la guantera y la tomó. El metal frío contra su cadera le tensó la cara.

Arrastrando los pies subieron las escaleras.

La habitación olía a tabaco rancio y producto de limpieza. Gabriel dio unos pasos y cayó en la segunda cama como una piedra al agua.

Cuando despertó, el reloj de mesa marcaba las dos de la tarde. No sentía los pies; al tratar de moverlos, le comenzó un hormigueo que subía del tobillo a los muslos.

Giró en la cama. Los ronquidos de Jesús le ahorraban comprobarle su estado.

Empujándose con los codos logró enderezarse.

Así estuvo unos minutos, hasta que se decidió a levantarse para ir al baño.

Se frenó al notar la pistola en la cadera; la sacó y la dejó en la gaveta de la mesita, cerrándola con un suspiro.

Sintió un ardor: tenía una marca roja donde había estado la pistola por varias horas.

El espejo del baño, salpicado de manchas, le devolvía una imagen distorsionada. No se reconocía: la cara demacrada, el cuello y los brazos quemados por el sol, la piel pelándose en tiras.

Estoy hecho mierda.

Lentamente se quitó la ropa con esfuerzo y la acomodó en una esquina. Se duchó. El agua tibia le ardía al caerle en la espalda; el pequeño jabón redondo se le escapaba de las manos, y apretarlo con más fuerza le provocaba un dolor insoportable en las palmas.

Permaneció unos minutos quieto, solo sintiendo el agua correr por su cabeza y deslizarse por el cuerpo.

La suciedad acumulada en el suelo se iba escapando por el desagüe, mientras Gabriel la observaba con mirada fija, como si en cada corriente de agua se le fuera también un fragmento de la tensión que lo acompañaba desde la isla.

Los dedos arrugados lo llevaron a cerrar la pila y secarse con cuidado.

Cuando salió, Jesús ya tenía los ojos abiertos, la barriga al aire, el pecho enmarañado como la barba, y el cabestrillo estirado al máximo para que el brazo no se le cayera.

—¿Descansaste? —preguntó Jesús al verlo.

Gabriel asintió mientras caminaba hacia la cama. Ahí, en la mesita de noche, junto al reloj amarillento, estaba su celular y, en la pequeña gaveta, aunque no se viera, la pistola.

Permaneció sentado, mirando el celular sin atreverse a tocarlo, hasta que Jesús lo llamó.

—Empújame, que no puedo —le dijo medio ahogado, tratando de hacer un abdominal para sentarse.

Gabriel se acercó y lo ayudó a incorporarse. Jesús soltó un quejido al poner los pies en el suelo.

—Ya puedo solo —dijo, y se encerró en el baño con paso tambaleante.

Gabriel volvió a sentarse en la cama. El celular seguía ahí, esperándolo. Lo tomó.

Mientras Jesús se bañaba, buscó las noticias del avión. Fragmentos encontrados. Ubicación aproximada. Imposibilidad de recuperar los cuerpos.

Entró a NBC News —su inglés oxidado le alcanzaba para lo esencial— y leyó: press conference with families. Pulsó la noticia.

Un hombre de traje oscuro hablaba ante un podio; a su lado, otro vestido de traje azul marino con botones y charreteras doradas.

Entonces la cámara enfocó al público. Su mujer. Su hijo.

El niño cargado en brazos. Ambos con los ojos llorosos, los rostros deshechos. La imagen lo desarmó.

¿Cuánto tiempo llevan así? ¿Cuánto han llorado sin mí?

—¿Estás bien, Gabriel?

No había oído a Jesús salir del baño. La mano en su hombro lo sobresaltó. La voz suave, tan distinta a la de antes, le apretó la garganta. Tragó en seco, se secó los ojos con el dorso de la mano, y le alargó el celular.

La imagen en pausa de su mujer e hijo estaba en primer plano.

—Tu family —murmuró Jesús.

—Eso es de ayer… ya les mataron las esperanzas —se le escapó un suspiro mientras cerraba los ojos y negaba con la cabeza.

—Pero estás vivo, cubano. Una noticia no cambia eso. Piensa en la alegría que van a sentir cuando te vean.

Gabriel esbozó una sonrisa húmeda y se secó la cara con la mano.

—¿Y cuándo será eso? ¿Cuándo podré abrazarlos? Decirle a mi niño: "Aquí está papá"… —un espasmo recorrió su cuerpo y lo obligó a bajar la cabeza. Las lágrimas caían al piso, pero era un llanto en silencio.

Un mes. Eso era una eternidad sin él. Y ahora, cuando por fin podría tocarlo, estoy más lejos que nunca.

—Ya te hice una promesa, y la mantengo —le dijo, sin quitar la mano del hombro—. Primero vamos a comer algo, comprar ropa que nos haga parecer gente normal; yo me afeito, tú te dejas la barba. —trató de sonar alegre, acompañando cada palabra con una palmada en el hombro.

Gabriel levantó la cabeza; cogía aire con fuerza y pasaba la lengua por los dientes superiores.

—Dame un chance; antes de salir voy a tirarle un timbrazo a Octavio, a ver si sabe algo —dijo Jesús, buscando uno de los desechables en el abrigo.

Gabriel intentó pensar en nada, pero los segundos se le hacían largos mientras veía a Jesús caminar con el teléfono en la oreja.

Jesús dio un golpe con el dedo en la pantalla. Gabriel oyó en altavoz el timbre repetirse sin respuesta.

—Yes.

—Soy yo, Jesús.

—Me debes una puerta y un tratamiento para los nervios de mi vieja.

Gabriel notó que la voz de Octavio temblaba.

—¿Qué pasó?

—Antes de amanecer nos tumbaron la puerta y nos encañonaron.

—¿Qué te dijeron? —la mirada de Jesús se enfrió, fija en la pared.

—Que si llamabas te diera un recado.

Jesús permaneció en silencio, la cabeza ladeada.

—¿Estás ahí?… ¿Jesús? —preguntó Octavio.

Gabriel miró a Jesús, pero él no se movía.

—Sí… dime qué quieren esos matones —la voz de Jesús fue calma.

—Dicen que te desaparezcas, que si tienes algún dinero te vayas del país.

—¿Qué les dijiste tú? —la pregunta de Jesús fue seca. Gabriel lo miró a los ojos.

—Que habías pasado por aquí por un rasguño que te curé y te fuiste.

—¿Les dijiste de alguien más? —Gabriel mantenía la mirada fija; su respiración se agitó.

—No… tú me conoces… les dije que ibas solo, que te trajo el guardia del muelle.

—Bien —respondió rápido Jesús—. Yo te llamo en otro momento; mantente atento a lo que se dice en la calle.

—Jesús… —Octavio habló casi en el momento en que iban a colgar.

—Dime rápido, que la línea se pone caliente.

—Hay algo de lo que no tengo seguridad al cien, pero que te tengo que contar.

—No le des vueltas y escúpelo.

—Esa gente estaba forrada con pasamontañas, guantes, chalecos… pero le vi el antebrazo a uno que no hablaba.

—¿Y?

—Tenía una cicatriz de una herida… una que estoy seguro de que cosí yo.

—¿Quién es? —Gabriel sintió la ansiedad en la voz de Jesús.

—Carlos.

—¿Qué Carlos? —Jesús se sentó al lado de Gabriel.

Octavio no respondió.

—¡Hijo de puta! —el rostro de Jesús vibraba de ira—. ¿No se dio cuenta de que lo conociste?

—Creo que no.

—No te confíes; en cuanto te llegue el carro, piérdete unos días.

Jesús colgó y lanzó el teléfono contra la pared. El plástico estalló en pedazos. Se llevó la mano al hombro, como si el gesto le hubiera arrancado más que rabia.

Gabriel permaneció en silencio, observando los fragmentos esparcidos en el suelo. El eco del golpe aún vibraba en la habitación.

Ninguno de los dos se movió. El silencio le dejaba oír sus propios latidos.

Pasó más de un minuto antes de que Jesús reaccionara. Seguía mirando un punto fijo en la pared. Gabriel se sintió incapaz de decirle nada.

¿Qué se le dice a un hombre que acaba de descubrir que su amigo lo traicionó? ¿Qué palabras existen para eso?

De pronto, Jesús saltó de la cama, dejando un hueco en el colchón, y empezó a caminar de un lado a otro, descalzo, pasándose la mano por la cara.

—Se me peló el cabrón —dijo por fin, señalándolo con el dedo—. Ese hijo de puta… —No terminó la frase; se meneaba negando.

Gabriel veía el rojo en sus ojos y una vena hinchada en su sien.

—Él fue el que más insistió en el negocio, el que se metió entre mi hermano y yo… —Jesús golpeó con el puño de la mano sana la que estaba en cabestrillo. Su cara se torció de dolor, pero siguió caminando.

Jesús lo miró:

—¿Te acuerdas que te dije que fue el primero en caer de la lancha? —asentía como un tic nervioso, los ojos muy abiertos.

Gabriel confirmó. Recordaba el nombre Carlos de las veces que Jesús lo había mencionado, pero no iba a hablar ahora. Jesús no era el único fantasma.

Ya somos tres volviendo de entre los muertos.

—Se tiró… se tiró. Los disparos empezaron después —caminaba de un lado para otro, golpeando la pared de vez en cuando.

—¿Y si no es él…? —Gabriel pensaba en cómo calmarlo. Lo intentó con un tono más bajo.

—No, no… no. Octavio no se equivoca en eso —Jesús también bajó el tono. Su pecho se desinflaba con cada exhalación.

—Yo me acuerdo de esa cicatriz. Fue un chino que se creía samurái y lo cortó en la pescadería —Jesús movía la mano haciendo una cruz en el aire—. Le hizo una equis en el antebrazo y Octavio lo llenó de costura.

—A veces uno se equivoca con las personas… —la frase se le escapó a Gabriel en un susurro, abriendo y cerrando las manos.

—El que se equivocó fue él… —Jesús recostó la cabeza contra la pared. La golpeó una vez. Otra. Gabriel se acomodó en la cama, sin saber si debía levantarse. Al tercer golpe, Jesús se detuvo.

—Pero esta sí me la paga.

Gabriel lo miró. Tomó aire fuerte por la nariz, pero no habló.

Conocí la traición, conocí a los que te sonríen de frente y por la espalda afilan el puñal.

Pero aquí se hablaba de muerte. Bajó dos cuerpos de la lancha.

—A ese la equis se la voy a volver a hacer yo… pero en el cuello.

Gabriel abrió la boca. La cerró. Se pasó la lengua por los labios secos, tratando de encontrar la claridad que necesitaba. La que no podía pedirle a Jesús, que seguía apoyado en la pared.

—¿Y qué vas a hacer con la docena que anda con él?

Jesús se volvió hacia él, cerró los ojos y se puso la mano en la frente como midiendo la fiebre.

—No sé —respondió suavemente, mientras bajaba la cabeza y dejaba la mirada fija en el suelo.

El silencio se apoderó del cuarto. Afuera, los autos pasaban; el murmullo llegaba amortiguado, un fondo ligero que no alcanzaba a llenar el espacio.

Que Jesús se quedara sin respuesta por primera vez le hizo un nudo en la cabeza. Uno sin punta que seguir para poder aflojarlo.

Miró el celular, pero sus manos no obedecieron. Las ideas chocaban entre sí sin llegar a ninguna parte.

¿Por qué todo se sigue complicando?

—Con la barriga vacía no podemos pensar bien —soltó de pronto Jesús. Su tono cambió por completo como si hubiera apretado un interruptor, y eso le apretó el pecho a Gabriel.

Ambos salieron de la habitación. Jesús intentaba cerrar el abrigo mientras caminaban hacia el carrito de perritos; Gabriel se adelantó y le subió la cremallera.

A veinte metros, el olor de la comida le hacía un pantano en la boca. Nunca había sido de comer en la calle, pero tenía hambre. Tenía que probar los perros calientes americanos. No había película de ciudad sin su puesto callejero.

Nada más llegar, Jesús señaló dos con el dedo.

El vendedor, con oficio, los ofreció enseguida.

Gabriel vio a Jesús dar una mordida enorme y dejar que el kétchup y la mostaza se le escaparan por las comisuras.

Esa imagen le sacó una sonrisa. Mordió también y sintió la mezcla de sabores inundarle la boca.

El vendedor abrió los ojos al ver el billete de cien en la mano de Jesús.

—Ponme cuatro más para llevar y coge veinte de propina —dijo con naturalidad.

Gabriel lo observaba: esa soltura lo sacaba de contexto. La sonrisa del vendedor agradeciendo contrastó con la cara de Jesús, que de pronto se había puesto seria.

Gabriel siguió su mirada. A treinta metros, una patrulla.

—Nos vamos, carnal —dijo Jesús al dependiente, y giró sin más, enfilando hacia el hotel.

Gabriel lo siguió medio paso atrás.

¿En qué momento me convertí en un criminal huyendo de la policía?

Cuando llegaron a la sombra de las escaleras del hotel, el corazón de Gabriel parecía querer salírsele por la boca junto con la salchicha.

Se recostó a la pared y esperó a que el cuerpo se le compusiera.

Jesús lo miraba con sonrisa.

—¿Qué pasa, cubano… caminaste duro?

—Así y todo llegué de segundo —le respondió.

Jesús contuvo la carcajada tapándose la boca con la mano y mirando hacia la calle con gesto infantil.

—Tenemos que quitarnos estas ropas de payaso y hacerte un nuevo tú.

—¿Un nuevo yo? La ropa no hace tanto.

—No con ropa —Jesús negó y abrió los ojos—. Una nueva ID, así no tendrás que correr de la pasma.

—¿Y eso se puede hacer así? —Gabriel movió las manos, como si intentara atrapar una respuesta que se le escapaba.

—Se te olvida con quién andas; tengo mis puntos.

Una nueva identidad. Un nombre falso. Un hombre que ya no soy. ¿Eso es lo que queda de mí?