CAPÍTULO 13 Paranoia o realidad
Llevaban ya veinte minutos en la US 1 cuando Gabriel dejó de sentir los dedos sobre el timón. El silencio de Jesús, distinto al de la isla, lo ponía en alerta; parecía estar calculando algo, no descansando.
—No sigas hasta allá; cerca de Coral Gables hay vendedores de autos usados. Vamos a cambiar esta joyita legítima por fantasía —Jesús acompañó su frase con un toque de tambor en el paño de su puerta, mientras sonreía.
Gabriel le dio un vistazo rápido.
—Tienes que decirme por dónde; todavía no estoy práctico como chofer de Uber.
—¿Y tú sabes lo que es un Uber?
Gabriel soltó el aire. Venía la broma.
—Los cubanos, desde que tenemos internet, sabemos de todo un poco y lo que no sabemos lo inventamos.
Jesús esperó unos segundos para responderle. Le había robado la iniciativa.
—La historia que me inventaste —Jesús subió las cejas—. Todavía la estoy tratando de apretar en mi cabeza. Derecha aquí en el semáforo —le señaló rápido—. Si sigues para allá vas a ver casas de ricachones con jardines pomposos.
—Si hubiera inventado esa historia, hubiese tenido menos saña con el protagonista; le hubiera dado un respiro aunque sea —Gabriel dobló mientras hablaba.
Después de dar la vuelta a la manzana, aparecieron los carteles de “Used Cars – Cash Only”, iluminados con cintas led verdes y rojas.
—Sigue adelante; vamos a una de las pequeñas. El dueño vive ahí.
—Te sabes el lugar de memoria —comentó, solo para seguir hablando. El sueño lo tenía mareado.
—Son muchos años en el negocio cubano, muchos años.
Jesús lo mandó a detener en una con una caseta encendida y una pequeña casa a continuación. Tocaron el claxon un par de veces y un anciano con anteojos se asomó a la ventana.
—Abrimos a las siete y media; falta más de dos horas —les gritó mientras se arreglaba los lentes.
Jesús bajó su ventanilla y también le gritó:
—¿Aquí venden o no venden carros?
El aire fresco del amanecer se coló por la ventanilla.
Gabriel vio cómo la cara del señor se dibujaba en una mueca, pero aun así abrió la puerta y salió con paso lento, arrastrando sus pantuflas. Se recostó al Mercedes y, mirando al interior, soltó un silbido.
—De estos monstruos no tengo.
Jesús le guiñó un ojo mientras el anciano examinaba cada detalle del interior.
—Queremos un sedán… normalito.
Jesús recalcó la palabra "normalito" y soltó una risita.
Tendría que soportarle el chiste mientras se acordara de el. También podía recomendarle ir una semana para Cuba; en ese tiempo iba a conocer el rango filosófico de la palabra normal.
—No sé si los señores estarían interesados en un Corolla que me entró ayer mismo nuevecito. Por siete mil quinientos nos ajustamos.
—Un Corolla nos parece bien —dijo Jesús, afirmando con la cabeza—. También tengo un encarguito para ti.
El anciano pestañeó varias veces.
—Yo a usted lo conozco —dijo, con los ojos tan abiertos que parecían querer saltar de los espejuelos.
—Claro. Mi gente ya te ha comprado otras veces.
El anciano se mantuvo callado, evaluando la situación.
—¿El encarguito es ilegal? —preguntó en voz baja.
Jesús sonrió. Miró a Gabriel.
—Son muchos años en el negocio cubano —dijo, aguantando la risa—. ¿Tú crees que parecemos personas que andan en cosas ilegales?
El anciano subió las cejas y abrió los ojos tanto que sobresalían de los espejuelos.
—Voy a buscar la llave para enseñarles el auto —dijo en voz baja, mientras se retiraba rascándose el hombro izquierdo con la mano cruzada y giraba cada dos pasos para mirarlos.
—¿No habrá problemas con él?
Jesús subió la ventanilla, dejando solo unos diez centímetros abiertos.
—Ya estás medio paranoico. A ese viejo mi gente le ha comprado otras veces; yo mismo le compré hace años una minivan para mover una mercancía.
—Tú preocúpate de los que se ríen y te saludan poniéndote por los cielos.
No conozco bien tu mundo, pero de esos conocí muchos.
—Voy a apurarlo; necesito una cama.
El Corolla azul oscuro era muy parecido al de Toño y, como decía Jesús, normalito. Nada que ver con el enorme Mercedes de Octavio.
Mientras Jesús hacía el papeleo, Gabriel trasladó las bolsas de un auto a otro.
Cada una le arrancaba un quejido. Miraba a un lado y otro, aunque la calle seguía oscura.
Los autos habían quedado maletero con maletero.
Cuando levantó la bolsa de las armas, el golpe metálico contra el maletero le tensó el cuerpo en un salto.
Cuando terminó, se sentó en el asiento del chofer. El interior estaba bien cuidado y el olor a desinfectante le sacó un estornudo.
Miró hacia la oficina. Desde el asiento veía cómo Jesús dialogaba con el vendedor y ponía uno de los fajos sobre la mesa.
Diez mil más, el viejo había dicho siete mil quinientos.
Había oído que las propinas en Estados Unidos eran un diez o un quince por ciento. Jesús no daba propinas. Jesús compraba voluntades. Seiscientos por un favor en una tienda. Diez mil por un auto y un encargo. No era un gesto de cortesía; era una inversión en complicidad.
Gabriel apretó los dedos contra el volante.
¿Estará haciendo lo mismo conmigo?
No tenía otro patrón de comparación que su trabajo. Estudiar y trabajar era lo único que había hecho en su vida. Allí, más de una vez, alguien había intentado comprarlo. Algunos creyeron que su rectitud era una fachada, que con el precio adecuado se doblegaría. Pero siempre los puso en su lugar.
Su mente estaba demasiado atormentada para esos análisis. Al final no había aceptado nada de Jesús. Si andaban juntos, era por conveniencia mutua. Eso quería creer.
Otra mirada al local: Jesús seguía esperando mientras el anciano no paraba de hablar y escribir en unos documentos.
Aprovechó y cogió el celular. Creó una cuenta de Facebook nueva, con el nombre de Tomás.
Sus dedos temblaban; pulsaban donde no debían y tenía que volver atrás.
Cuando vio la lupa del buscador, el pulso se le disparó.
Tecleó Lili. Aparecieron las fotos. Deslizó el dedo, buscando.
Ver su cara le apretó el pecho. Sin pensarlo, tocó la pantalla.
Cuando apareció una foto de ellos, de hacía dos meses, sus ojos se humedecieron. Pasó sus dedos ampollados por la foto una y otra vez.
El sonido de la voz de Jesús acercándose lo despegó de la pantalla. Venía caminando hacia él con el vendedor detrás.
Cerró el teléfono y lo guardó en el bolsillo delantero. Se pasó la mano por el rostro.
Al despedirlos, la sonrisa del anciano le recordó a Gabriel la capacidad negociadora de Jesús y el poder real de los billetes.
—Recuerde estar atento a la grúa cuando vengan a recoger el Mercedes.
El vendedor asintió.
—Si necesita algún encarguito más, aquí estoy —se despedía moviendo la mano.
—Nos fuimos —le dijo Jesús, subiendo la ventanilla.
—Ya pedí una grúa para que le devuelvan el auto a Octavio, así su vieja loca no le sigue tocando los huevos —Jesús mantenía la media sonrisa—. Casi te llamo; cuando el viejo vio los billetes grandes que le regalé, tuve miedo de que le diera un infarto.
Gabriel sacó el auto del concesionario.
—¿Para dónde vamos?
—Vamos a buscar un hotel tranquilo. Nos merecemos descansar —Jesús se tocó el hombro—. También tengo que tomar las pastillas que me dio Octavio.
Le señaló a la derecha y hacia allá se dirigieron, buscando nuevamente la avenida principal.
—Pudiste contactar; vi que estabas con el celular —la voz de Jesús fue suave.
—Hice una cuenta de Facebook y vi su contacto… pero no supe qué poner —Gabriel soltó un suspiro.
Jesús lo miró pensativo.
—“Hola, es tu marido y estoy vivo” —soltó una carcajada.
Gabriel esbozó una sonrisa que no llegó a los ojos.
—Me preocupa lo que pueda pasar. Que los que tumbaron el avión estén velando. Que empiecen las preguntas. A ellos no los puedo arriesgar; conmigo que pase lo que sea.
—Te entiendo más de lo que imaginas, risa aparte —Jesús apoyó la cara entre las manos—. No había pensado mucho eso. Lo que nos pasó en la isla no lo cree nadie, y explicarlo es un problema.
Ambos quedaron en silencio. La espera en el semáforo, que acababa de ponerse en rojo, hizo que Jesús se girara hacia Gabriel.
—A lo mejor el que está medio paranoico soy yo, pero no creo en las casualidades.
—¿Qué casualidades?
—¿Estás seguro de que fue un cohete?
Gabriel sintió el cambio en la voz de Jesús.
—Seguro. Completamente seguro.
—¿Y si hubiera sido otra cosa?
Gabriel apretó el timón.
—Vi una luz que se acercaba, que venía directo a nosotros. No fue un sueño.
—No digo que fuera un sueño —Jesús bajó la voz—. Digo que igual y era otra cosa.
Traer de vuelta el recuerdo le provocaba náuseas. Pero no podía dejar de hablar.
—Yo de lo que estoy seguro es que vi una luz que se acercaba, que venía rápido y que nos dio.
Jesús se quedó con la vista perdida.
—Ramón y yo discutimos unos días antes de ir al negocio en la lancha.
El cambio de luz hizo que Gabriel se enfocara en la carretera. El tráfico ya era más denso. El reloj del carro marcaba las 7:05.
—Él se reunió con el Chino y no me llevó. Nunca lo reconoció, pero parece que le dijeron que no me querían en el negocio.
Jesús golpeó con la mano sana el cristal de su puerta.
—Ya a mí me había llegado un soplo de la calle. Esa gente estaba buscando quién le moviera un paquete de Europa.
Gabriel sentía que el aire dentro del auto se acababa.
—Primero pensé: ok, ese es el negocio de la family. Pero me quedé con eso ahí barrenando.
—¿Y?
—Que yo le decía a Ramón que esa gente no gustaba, pero Carlos decía que sí, que eran de fiar, que él ya los conocía de antes —Jesús hablaba eufórico—. Si Carlos no hubiese sido el primero que cayó en la lancha, se lo hubiese sacado ahora en cara.
—¿Y qué era lo que iban a mover? —preguntó ansioso.
—Ahí es donde no me quiero poner paranoico. Costó trabajo que Ramón me dijera.
Jesús nuevamente quedó en silencio.
Gabriel mantenía las manos apretadas en el timón. Le dolían, pero no podía soltarlas. La vista estaba en la carretera y su denso tráfico, uno al que nunca se había enfrentado.
De no ser por eso, agarraría a Jesús por el hombro para que hablara.
—Un Buk M1 —dijo finalmente.
—¿Un qué?
—Un misil soviético.
Gabriel sintió un escalofrío que le recorrió la nuca.
—No puede ser —fue lo único que dijo.
Miraba los altos edificios, la ciudad que siempre había soñado. A las 7:17 el tráfico era denso, pero su mente no estaba allí. Veía por la ventanilla el destello del misil acercándose.