CAPÍTULO 12 Fallecido 97
En el asiento del Mercedes flotaba, como nunca había logrado hacerlo en el río. Olía a cuero nuevo. El timón era tan suave que no le molestaba las lesiones de sus manos.
—Segundo día en USA y ya ando en un Mercedes —se dijo, con una sonrisa que le costó sostener—.
Bienvenido a la tierra de las oportunidades.
Afuera, la US 1 se desdibujaba en la oscuridad. Las 4:10 de la madrugada. Jesús llevaba diez minutos en silencio, la mirada perdida. Dejar la droga al cuidado de Octavio no le había gustado, pero finalmente aceptó que en eso él no iba a transar.
—Entra en la próxima gasolinera que veas vacía. Necesitamos comprar unos teléfonos —dijo, por fin, en tono calmo.
—Ok —dijo, seco.
A esa hora la carretera estaba despejada, algún camión de carga cruzando la noche. Gabriel escaneaba el horizonte, reduciendo en cada estación de servicio que veía. La primera que se cruzó tenía varios autos aparcados; Jesús abanicó el aire para que siguiera.
—Esto es Homestead —le comentó Jesús, usando su dedo como puntero—, y aquella luz que ves en el horizonte es nuestro destino: Miami.
La luz de la ciudad crecía en el parabrisas y ya sentía el latido de su familia. La fuerza de un tsunami de sensaciones lo impulsaba a acelerar y no parar hasta llegar allí.
—Entra a esa —le apuntó Jesús.
Gabriel redujo la marcha y tomó el desvío hasta quedar al lado del surtidor. La tienda de la gasolinera era lo único encendido en la cuadra. Desde el auto se veía al dependiente recostado al mostrador, absorto en su celular.
—Compramos unos celulares desechables y así podemos llamar sin que nos localicen —le comentó Jesús mientras miraba por el cristal, tratando de enfocar el interior de la tienda.
—Alcánzame un fajo de la misma bolsa de siempre.
Inclinarse hacia atrás le recordaba que todo le dolía; abriendo el maletín, cogió un fajo.
—¿Esos celulares desechables se pueden conectar a Internet?
Jesús lo miró un segundo, una semisonrisa, mientras picaba el fajo a la mitad:
—Para eso te compramos uno normal.
—¿Y no hay que presentar documentos pa’ lo de la línea?
—Déjame eso a mí; soy especialista en relaciones públicas —abrió la puerta—. Bájame que solo no puedo.
Se bajó rápido para auxiliarlo.
Jesús había dejado la mano en cabestrillo por debajo del abrigo de nailon que le había dado Octavio. Vestía además un mono a juego. Gabriel lo miraba, y la barriga de Jesús pegaba con todo menos con ese estilo deportivo.
Él tampoco se quedaba atrás: la ropa de Octavio le quedaba ancha y cada dos pasos se ajustaba el pantalón.
—Parecemos mamarrachos —dijo. La ropa de la isla no aguantaba más.
Entraron casi juntos a la tienda, Jesús solo un paso delante. El dependiente, un muchacho joven, levantó la cabeza y se echó para atrás bruscamente, soltando el celular en el mostrador.
—Sorry —atinó a decir mientras se volvía a acercar.
—¿Tienes celulares desechables? —preguntó Jesús en tono suave.
Le llamó la atención que Jesús le hablara en español al muchacho, pero más aún que este le respondiera. Ya le habían dicho que en la Florida era muy común por la cantidad de latinos.
—Sí, señor, a su derecha en la percha —respondió el muchacho.
—¿Y de los inteligentes? —preguntó ahora Jesús, mientras miraba la percha y tocaba las bolsas de los teléfonos.
—Sí, señor, enseguida se los muestro —el muchacho ya respondía con voz activa. Se agachó tras el mostrador y sacó una caja grande de cartón con varias cajas de teléfonos dentro.
Gabriel daba pasos por el lugar. Cuando estuvo frente a una percha de gafas se inmovilizó: su propio reflejo en el espejo de pruebas le parecía desconocido. Tenía el rostro quemado, la barba de cuatro días y unas ojeras que le escondían los ojos.
Cuando Jesús lo llamó, demoró unos segundos en poder despedirse de esa imagen.
—¿Qué modelo quieres?
—¿Tienen un Samsung normalito?
Jesús soltó una carcajada que llenó el lugar.
—Normalito, dice.
El joven se mantenía a la espera, alternando la vista entre ellos dos.
—Dame dos de estos, uno para cada uno, y de los desechables ponme diez.
El muchacho se quedó mudo.
—Diez y dos de este —repitió, mientras ponía la mano sobre una de las cajas de Samsung—. Ponle las líneas y actívalos.
El muchacho tragó en seco, moviéndose de un lado a otro en el lugar.
—Me permiten sus ID, señores. Son 29.95 cada desechable y 349 cada Samsung. Un total de… —el muchacho tecleaba en la caja registradora— son 997.50 dólares. ¿Tarjeta o efectivo?
Para Gabriel, escuchar esa cifra fue un puñetazo en el estómago; durante años usó el celular de la empresa, sin aspirar a otra cosa.
Jesús sacó del bolsillo de la chaqueta un puñado de billetes de 100. Contó diez de ellos con una sola mano, separándolos en el mostrador, y se los puso delante al muchacho desorganizados.
—Aquí tienes el costo.
Inmediatamente después contó cinco más separándolos; quedó un solo billete suelto. Los acomodó dándoles unos golpecitos en el mostrador.
Gabriel se había acercado y observaba cada detalle: la cara de Jesús, la reacción del dependiente, todo.
—Y aquí tienes los ID del señor Benjamín y del señor Franklin.
Jesús ladeó la cabeza y sonrió a punta de labios.
El dependiente giró a un lado y luego a otro lentamente; luego puso la mano sobre el dinero por unos segundos, mudo.
—¿Algún problema con las identificaciones?
El muchacho agarró los billetes con un gesto rápido, negó suavemente, registró la operación, puso el primer grupo en la caja y el resto lo llevó a su bolsillo trasero.
—Enseguida se los configuro —dijo, abriendo las cajas de cartón y poniéndose manos a la obra.
Jesús agarró dos paquetes de galletas rellenas y le alcanzó unas a Gabriel. El muchacho levantó la vista y Jesús empujó el billete de 100 que seguía en el mostrador.
—Tanque lleno y algunas chucherías. Quédate el cambio.
—Lo que gusten los señores —respondió el muchacho, que respiraba alegre.
Para Gabriel era imposible no sacar cuentas: en unos minutos había sido testigo de algo que seguro era ilegal. Pero Jesús se movía con la soltura de quien lleva años haciendo eso. Recordó a Toño y su referencia a las propinas. Ahora mismo ese muchacho había ganado más de seiscientos dólares.
Meses atrás miraba cada número de la empresa que dirigía con lupa, incluso devolvía los sobrantes de las dietas de viaje.
Tenía una regla clara: lo que no es mío no se toca.
Hasta hacía dos días, sabía lo que era correcto y lo que no.
Ahora miraba al dependiente guardarse esos dólares como simple propina y no sentía nada.
Eso era lo que le daba miedo: no sentir nada.
Tampoco sintieron nada los que buscaron excusas para quitarlo de su cargo. El genio le bajó por el cuello y le apretó los puños. Pero él nunca sería como ellos.
La honestidad se tiene o no, no hay término medio.
Era de madrugada; su cuerpo le dolía en lugares que ni sabía nombrar. Sacudió la cabeza, como si pudiera deshacerse de todo con ese movimiento, y se concentró en la carretera.
Después de unos minutos en los que comieron galletas mientras el muchacho configuraba los teléfonos y atendía el auto, ya todo estaba listo para partir. Tomó la bolsa con las cosas. Caminando hacia el auto, giró para ver a Jesús, que se acercó para susurrar algo al oído al muchacho.
Prefirió no saber ni preguntar que le habría dicho.
Lo esperó al lado del auto para ayudarlo a montar.
—Gracias, cubano —Jesús soltó un quejido al acomodarse en el asiento.
Al montarse, tomó el teléfono de la bolsa y lo giró por unos segundos, hasta que lo puso en el posavasos como si fuera de cristal.
—Ya puedes llamar —le dijo Jesús.
—Es que… no me acuerdo del número —se pasó la mano por los ojos y maldijo para sus adentros por no recordar más allá de los tres primeros números.
—Con lo inteligente que eres, ¿cómo no te vas a acordar del número? —le reclamó Jesús.
—Cuando ella llegó hace un mes puso línea nueva. El número lo tenía registrado en el telefonito que me habían regalado. Antes de montarme en el avión hablamos; ¿cómo me iba a imaginar que iba a pasar todo esto?
Jesús enderezó el tronco.
—Avión… ¿qué avión?
Gabriel no respondió al momento. Metió la mano en el bolsillo y sacó la hoja del periódico doblada. La desdobló con cuidado de no romperla y la extendió hacia Jesús.
—Soy el fallecido 97 —las palabras fueron secas.
Jesús cogió la hoja en silencio; sus ojos bien abiertos y las cejas levantadas. La acomodó sobre sus muslos y buscó con el dedo en el listado hasta llegar al número. Gabriel, en silencio, lo miraba.
—Cubano, esta sí… no me la esperaba, me has dejado… —su voz fue un susurro apagado.
—¿Y tu familia? —Jesús le preguntó rápido, con sobresalto.
—Ellos viajaron hace un mes; están en algún lado allá adelante —Gabriel apuntó hacia la luz.
Jesús soltó la hoja y se frotó la cabeza varias veces.
—Entonces sí caíste de allá arriba.
Gabriel lo miró y demoró un momento en responder.
—Más bien me tiraron, y ese es el mayor problema.
Un auto tocó el claxon detrás de ellos y les parpadeó las luces, encandilándolos.
—Mejor nos movemos —comentó Gabriel, arrancando el auto y poniéndolo nuevamente en la carretera.
—Cubano, me has dejado loco… ¿cómo es eso que te tiraron? —Jesús se giró en el asiento para mirarlo.
—Para mí tú eras un balsero que naufragó, que te caíste de una lancha y te dejaron botado. A uno que conocía le pasó, lo recogieron medio muerto unos pescadores.
Gabriel apretaba y soltaba el timón, haciendo que las venas de sus manos se inflamaran.
—Mejor eso que un cohetazo y ver cómo todo se volvía pedazos.
Los ojos de Gabriel se enrojecieron.
Jesús alzó su cadena hasta sacar el crucifijo, le dio un beso lento y lo soltó.
Hablando sentía que soltaba un peso que lo venía aplastando.
—Lo peor fue el sonido… con los ojos cerrados podía ver el horror. No quiero acordarme de los gritos, no quiero acordarme de nada.
Las lágrimas le navegaron por el rostro.
—¿Por qué no me dijiste nada? Yo metido en mi mierda y tú callando esto —Jesús dio un manotazo sobre su parte de la pizarra.
Llenó sus pulmones al máximo, sostuvo un instante la respiración, para luego soltarlo todo.
—Es que no salimos de una pa’ entrar en otra… al menos mi familia está viva, aunque el muerto en papeles sea yo.
Hizo una mueca; sus palabras apuradas podían ser malinterpretadas.
—Coño, no lo digo por…
Jesús lo interrumpió.
—Tranquilo, yo sé que no. Ojalá el muerto fuera yo y no mi hijo, o yo y no mi hermano y su familia.
Jesús también humedeció sus ojos.
La carretera se le iba en automático; todo el pecho se le abría en un diálogo con el confidente más inesperado.
—Por eso no puedo creer en tu dios, o por lo menos quererlo —sus palabras fueron lentas y pesarosas.
—Y sin embargo él te quiere más que a mí, que tanto le rezo y enciendo velas —Jesús bajó la cabeza y asintió, como si tuviera un muelle en el cuello.
Gabriel lo miró por un segundo, contrariado, y luego viró la vista a la carretera.
—No me mires así, que es verdad… Tú estás vivo, tu familia está viva —Jesús había levantado la frente y ahora lo miraba calmado—. Te está poniendo la tarea difícil, pero tienes un chance.
Una rastra pasó bien pegada, haciéndolos vibrar en el auto y sacándole una maldición a Jesús.
—Si nos mata ahora un rastrero dormido, entonces sí me voy a enojar con mi tocayo.
No pudo aguantar y sincronizó la risa con la de Jesús, que rebotaba en el auto cerrado. Así estuvieron unos segundos, hasta que las carcajadas se fueron apagando. Ambos se secaron la cara indistintamente.
—Dime bien cómo es eso de que te tiraron… que me quedé perdido —Jesús, sin mover un músculo, esperaba respuesta.
No respondió al momento; el silencio volvió a reinar, pero ya empezaba a conocer a Jesús.
—Dirás que estoy loco, pero vi un cohete… un misil o qué sé yo; al final era una luz blanca que venía pa’ arriba del avión a comérselo.
Jesús resopló y se frotó la barba.
—Medio loco sí estás, pero eso que me dices no sé por qué no puede ser tanta casualidad.
—¿Casualidad, por qué?
Jesús frunció el ceño.
—No me hagas caso todavía; mañana, ya repuestos, platicamos.
Las luces de la ciudad se acercaban, envolviéndolos en un manto cada vez más brillante. A los lados, casas, centros comerciales, farolas y carteles de diferentes colores iban dando la impresión de desarrollo.
Se había quedado con la incertidumbre: ¿a qué se refería Jesús? Pero tendría que esperar.
Miraba las siluetas iluminadas de los rascacielos, moviéndose dentro del auto para ver mejor. El cielo aún oscuro dejaba ver un resplandor difuso en el horizonte.
Nunca vi tanta luz en mi vida.