Caído del Cielo CAPÍTULO 11 Límites
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CAPÍTULO 11 Límites

Después de bajar las bolsas del auto y apilarlas en una esquina, como dijo Jesús, Toño se despidió de Octavio con un apretón de manos. Se arrodilló frente a Jesús, le tomó la mano sana y la llevó a su frente. Se la hubiera besado de no ser porque Jesús, sonriendo, la apartó.

—Deja eso para cuando veas al Papa.

La risa volvió a brotar entre ellos.

—Si te mandan el mensaje, reenvíaselo al doctor —le dijo Jesús.

Gabriel esperó a que terminaran de conversar y de despedirse. Se acercó a Toño, en la calle, justo antes de que se fuera.

—Disculpa por haberte apuntado con el arma.

—Patroncito, en el muelle, si no es por usted, no la contaba... Gracias.

—No las des. No tendrías que haberte visto envuelto en esto, menos tu familia.

Toño no habló un momento. Parpadeó varias veces, como si luchara contra algo que no quería que se viera.

—Pero me llevo un buen dinero —su voz se quebró ligeramente—. Con esto podemos salir adelante.

Gabriel no supo qué contestar. Dinero. Siempre el dinero. Era la misma solución que Jesús le había ofrecido a él, y todavía no sabía si aceptarla. Miró a Toño, que se secaba los ojos con la manga, y sintió un nudo en el pecho que no le dejaba respirar.

—Voy a poder estar más tiempo con mi niño. —La mirada de Toño se perdió por un instante, la frase parecía dicha más como autoconsuelo que para él.

El guardia le dio un fuerte apretón de manos que lo hizo doblarse del dolor. Cuando se dio cuenta, lo soltó al momento.

—Disculpa, cubano.

Solo movió la cabeza y levantó el pulgar derecho, entrecerrando la mano, temblando sin control. No podía hablar.

Cuando pudo enderezarse, Toño comenzaba a difuminarse por la calle oscura.

Un suspiro de alivio lo llenó de paz. ¿Cuánto podía torcerse la vida de un hombre y su familia en pocas horas?

Si Toño no fuera ejemplo suficiente, el suyo propio era un caso extremo.

Pero verlo irse, salirse de ese ciclo de amenazas —donde hasta él fue partícipe—, aunque tuviera que empezar de nuevo, era un respiro, una señal de que todavía era posible salir.

Mejor que perderlo todo.

Murmuró antes de entrar al garaje.

Nada más entró, Octavio cerró la cochera con el mando a distancia.

—Ya son las dos; deberían dormir un poco —dijo, bostezando. Jesús puede quedarse en el cuarto libre, y tú en el sofá cama de la sala.

Ambos asintieron sin más palabras. Octavio se adelantó. Gabriel ayudaba a Jesús a levantarse. Pero antes de que el doctor subiera a la cocina, su mujer, en bata, los detuvo en seco.

—¿Qué te pasa, mujer? ¿Por qué pones esa cara?

Ella estiró en silencio; le levantó el celular a la altura de la vista.

—Te llegó un mensaje.

—¿Quién puede estar jodiendo a esta hora? —dijo Octavio, arrebatándole el teléfono de la mano.

Leyó el mensaje en silencio. Cuando se giró, Gabriel vio que se había quedado pálido, sin una gota de sangre en el rostro.

—El mensaje es para ti —dijo, señalando a Jesús con la cabeza.

—Léelo tú —le dijo Jesús, que se volvió a sentar de un tirón.

"Aquí tienen mi número. Díganle a Jesús que todavía no lo quieren muerto, pero que si lo quisieran, al perro solo hay que soltarle la cadena."

El doctor terminó de leer, pero seguía pálido.

—¿Cómo tienen mi número? ¿Cómo saben que estás aquí? —sus palabras eran cortadas, nerviosas.

Después de comer estaba más fresco para pensar. No tenía certezas más allá de películas y series, pero algo de cierto debía haber en ellas.

—No soy experto, pero seguro triangularon el teléfono de Toño con la llamada —se recostó a la pared, pasándose la mano por la cabeza. Quería borrar todo: las ideas, los días pasados, lo que estaba viviendo.

—Pero este es el mío —Octavio movía el celular de un lado a otro.

—Pero esta es tu casa; seguro les salió esta dirección y te vincularon.

Jesús se pasó la mano por la cara con fuerza.

—Esta gente quiere asustarme y lo peor es que tienen con qué.

—¿Qué hacemos ahora? —le preguntó; después de hablar cayó en cuenta de que se había incluido.

—Tenemos que movernos ya. Eso de que me quieren vivo es cuento de niños.

—No vayas para casa de tu hermano —dijo Octavio.

—¿Crees que soy tonto? —Jesús respondió molesto, manoteando.

—No es eso, es que… —Jesús levantó la mano y se giró hacia él. Octavio hizo por replicar, pero se contuvo.

—Tengo que pedir dos favores —Jesús enseñó dos dedos—. Octavio, voy a necesitar tu auto. Y Gabriel, tengo que pedirte un último favor: que manejes.

—¡Octavio! —la mujer lo llamó en tono áspero—. No dejarás que se lleve tu Mercedes.

—¡Cállate! —Octavio se viró hacia ella con el rostro crispado y aún pálido. Con la misma miró a Jesús—. Discúlpala. El Mercedes es tuyo.

—¡Octavio! —insistió la señora. Gabriel se sentía incómodo.

—Si este señor quiere el Mercedes, se lo lleva y punto en boca —Octavio se plantó de frente a ella con las manos hechas un puño a ambos lados.

Jesús no dijo nada. Miró por un segundo a la mujer, que con la vista al suelo resoplaba, hasta que de pronto salió a paso doble para adentro de la casa.

—Discúlpala; ella todavía es tan ingenua que piensa que su hijo se ganó una beca para la universidad —Octavio se acercó a Gabriel como quien va a contar un secreto—.

Este señor nos la pagó. Pero no le hagan caso a mi señora.

Treinta y cinco años juntos; a veces nos odiamos y nos amamos con la misma fuerza.

Y ella me ha tenido que aguantar las mías, y yo las suyas.

Jesús volvió a levantarle la palma de la mano.

—Estoy preparando tu relevo, ni más ni menos —las palabras de Jesús trataban de quitarle importancia al asunto, pero Gabriel estaba seguro de que no era tan así.

—Entonces… —le preguntó Jesús, mirándolo con ojos de cachorro.

—No hay otra opción que irnos —le respondió Gabriel, que estaba doblando una página del periódico y guardándola en el bolsillo trasero del pantalón.

Desde el principio de la conversación había estado evaluándolo todo. Sus verdaderas opciones eran limitadas. En su proceso de decantación, la menos mala era seguir con Jesús. Al menos hasta poner un mínimo de orden a su vida.

—Entonces no te olvides de eso —Jesús le señaló las bolsas—. Está lo tuyo y lo mío.

Gabriel se acercó a Jesús; su cara era seria. También había pensado en ese asunto y era hora de establecer límites.

—El dinero lo cargo… hasta las armas, por la situación en que estamos, las cargo; pero la droga no —su tono fue firme.

Octavio simuló arrancar un auto con la mano y se fue a la casa.

Jesús esperó a que la puerta se cerrara para seguir hablando.

—Tú lo que seguro no sabes es que entre las dos bolsas hay cuarenta kilos de droga virgen de calidad —Jesús movía la cabeza de un lado a otro y se mordía los labios—.

Eso se compra mayorista a cuatrocientos mil y se vende en por lo menos un millón.

¿Vamos a dejar un millón botado? Uno que se pagó con sangre —Jesús se señaló la herida.

—¿Y te vas a poner a vender drogas en las esquinas justo cuando te buscan? —Gabriel seguía con el rostro apretado. Tenía una posición clara y la iba a defender.

Jesús dio unos pasos cortos, pero no dijo palabra. Evitó mirar a Gabriel a la cara.

Gabriel le puso la mano en el hombro y le habló con un tono más suave.

—Tienes dos millones de dólares en efectivo. Vete, vive, desaparece… vuelve a empezar tú también.

Sabía que no lo iba a cambiar, pero no decírselo era traicionarse a sí mismo.

Jesús lo miró a los ojos; su respiración era fuerte.

—Lo primero es que no son dos millones, porque medio es tuyo —le dijo finalmente.

Gabriel torció la cara.

Jesús le hizo una señal con los dedos como cambiando página.

—¿Quieres que huya… para qué? —la pausa en sus palabras dejaba oír la respiración de ambos—. Tú tienes tu familia —a Jesús se le humedecieron los ojos—. Yo ya perdí dos.

Gabriel miró a un lado; la imagen de su propia familia le llegó de flashazo. Con ojos también llorosos volvió a mirar a Jesús, pero no pudo articular palabra.

—¿Qué motivación puedo tener para vivir, más que la de matar a los que me quitaron todo? —Jesús levantó las cejas y abrió grandes los ojos.

—Así le hice a los que me quitaron a mi niño hace cinco años —habló en un susurro mientras limpiaba la lágrima de la mejilla.

Gabriel mantuvo el contacto visual. El temor inicial a un arrebato de Jesús ya no existía. En ese segundo, más que un hombre violento, veía un hombre roto.

—¿Y matándolos a todos tendrás paz?

Jesús amarró la boca; parecía vibrar.

Gabriel lo miró sintiendo el peso de lo que acababa de preguntar. Pero cuando tenía algo que no se aguantaba adentro, lo decía.

—¿La tuviste cuando mataste a los que te quitaron a tu hijo? —le habló muy suave, en voz bien baja.

Jesús negó antes de estallar en un llanto ahogado.

—No te hagas el psicólogo conmigo, cubano. Mejor quédate medio mudo como estabas.

Se miraron en silencio un largo rato, hasta que las lágrimas de ambos comenzaron a secarse.

—¿Cómo se llama tu hijo? —preguntó Jesús, rompiendo el silencio.

—Mathías, con h después de la t —le respondió, y solo con decir su nombre se le dibujó una sonrisa.

—El mío se llamaba como yo, Jesús.

—Mi hermano se llamaba Ramón, por papá, y su hijo Ramoncito. Cuando mi niño nació, quise que se llamara como yo, pero que no viviera toda la mierda que yo viví. Y qué ironía… yo estoy vivo —Jesús trató de contenerse, pero el quejido del llanto salió sin poder frenarlo.

Con la frente baja pensaba en su propio hijo. Lo imaginó por un segundo atrapado como el de Toño y, antes de imaginarlo como el de Jesús, espantó la idea de su mente con todas sus fuerzas.

—Déjame devolverte el favor, cubano, y no solo con dinero. Déjame llevarte con tu hijo y sacarte de esto. Tú no perteneces a este mundo —los ojos llorosos de Jesús y la cara arrugada hicieron que Gabriel solamente asintiera.

No conocía realmente a Jesús, pero tenía la certeza de que era un hombre de palabra. ¿Bastaría solo eso? La preocupación de salir de la sartén para caer en las brasas era, en ese momento, más que un refrán.