CAPÍTULO 10 Rascacio #3
—Cada día puede ser el último… Saberlo es una cosa… aceptarlo —a Jesús se le humedecieron los ojos.
—Me has visto llorar más veces que nadie. Ahora sí debo parecerte un tipo patético.
Gabriel meneó la cabeza, negando.
—Tú eres bueno, cubano. Yo no… pero si algo tiene Jesús Fernández es que su palabra no se da en vano —Jesús le hizo una seña con la mano para que se acercara más.
—En ese auto está tu bolsa. No se discute, esa es tuya. Dale una mejor vida a tu hijo, a tu esposa… a ti.
Gabriel se sintió drenado; le costaba trabajo mirar a Jesús.
La deuda era mutua.
Sin Jesús tampoco hubiera salido de esa isla. Él, la verdad, se había olvidado del dinero, de las bolsas de las armas, de todo menos de su propia familia mientras sufría por Toño.
La conversación se cortó cuando el guardia se acercó; su cara era otra.
—Están vivos… muy asustada mi negra, más que el niño.
Toño estaba eufórico.
—Se demoró en llamar porque esos cabrone' cortaron la corriente de la casa y tuvo que ir a cargar el teléfono —Toño dejó escapar una risa nerviosa.
—Me alegro mucho, de veras —le comentó, dándole una palmada en el hombro.
Jesús afirmó.
Octavio tropezó bajando las escaleras. El ruido hizo que todos miraran.
—Casi me mato… y no es la primera vez que me pasa.
Apoyó un pozuelo grande sobre una mesita. Cuando lo destapó, el olor invadió la cochera.
—Preparé unos sándwiches de jamón y queso.
—¿Qué pasó… qué tienen esas caras?
Octavio sonrió. Al parecer contagiado con ellos.
—Mis negritos están bien —se apuró a responder Toño.
—¡Gracias a Dios! —exclamó el doctor mirando al techo.
—Bueno, a comer entonces —tomó los sándwiches y los repartió.
Gabriel, con la boca hecha agua, lo agarró; cada mordida le sabía a gloria. Desde los dos muslos de pollo estaba loco por comer algo. Jesús no se quedaba atrás: cada mordida era inmensa.
—Esta barriga no creció así, comiendo pan sin una cola; seco esto no baja —Jesús le hizo un guiño a Octavio y este entró de nuevo a la cocina.
Toño comía sin hablar. Gabriel lo miraba y se le dibujó una sonrisa.
Todo parece tan tranquilo ahora.
Octavio regresó con tres refrescos y unos periódicos bajo el brazo.
—Tomarte esto a la una de la mañana no es bueno para tu dieta —le dijo a Jesús, señalándole la barriga.
Gabriel se había quedado mirando fijo los periódicos bajo el brazo de Octavio y, cuando reaccionó, chocó con la mirada de Jesús que lo observaba.
—Para ti, Gabriel —le dijo Octavio mientras se los entregaba.
Gabriel dio un trago largo para terminar el refresco y los tomó con prisa. Recostándose al auto, comenzó a hojearlos de manera rápida, hasta que frenó en una página.
—Ahora déjame prepararte una inyección para el dolor y antibióticos. En un mes estás nuevo —le dijo Octavio a Jesús mientras tomaba la jeringuilla de su maletín y buscaba entre las diferentes ámpulas.
Levantó la vista solo para ver a Jesús asentir, mientras mantenía la mirada en él.
Al parecer nota algo.
Jesús, cambiando la posición, le hizo una seña a Toño para que se acercara.
—Sí, patrón.
Gabriel nuevamente dejó de hojear y se puso atento.
—Esta noche te ganaste lo prometido y más —Jesús hablaba lento—. Ya con el susto que pasó tu familia es suficiente.
—El más grande de mi vida, patrón; pensé que los perdía.
Octavio se colocó de lado dejando espacio entre Jesús y Toño. Le puso una inyección en el brazo que le hizo cerrar los ojos rápido y los abrió justo cuando el doctor se separó.
—Gabriel.
Le llamó la atención que no le dijera cubano, como ya lo había rebautizado.
—Sí.
—Saca de una bolsa ocho fajos; marca bien cuál es. Mira, mejor cógela de la misma donde pusiste las armas. Así ya se sabe.
Toño se mantenía estático; sus ojos brillaban.
Gabriel fue al maletero, lo abrió; tanteando las bolsas, chocó con las armas. Escogió esa y la sacó. El sonido de los metales apoyándose contra el piso tuvo eco en las paredes.
Nuevamente los verdes; esta vez los tengo que agarrar.
Se acercó con cuatro fajos de billetes en cada mano. Mantenerlos le era incómodo.
—Ahí tienes ochenta grandes. Desaparece con tu familia… con eso te da para empezar de nuevo en otro lado —Jesús habló pausado mientras señalaba a Gabriel y los billetes.
Gabriel le acercó el dinero a Toño; una pequeña sonrisa se le dibujó en su propio rostro.
Ese dinero de muerte servirá para ayudar a alguien que lo ha sufrido. Una compensación.
Toño se pasaba la mano por la cara; fue a reírse y terminó llorando.
—Gracias… gracias.
—Vamos, ponte contento, que a lo mejor cuando llegues con esto tu negra te perdona —Jesús se notaba más animado.
—Le vamos a encender velas a usted todos los días —le respondió Toño.
Jesús lo miró más serio. Toño paró su risa y miró rápido a Gabriel y Octavio.
—Mejor ponle la vela al otro Jesús; a mí me pones un doble y te lo tomas tú por mí —Jesús volvió a sacar su risa y se la contagió a Toño.
A lo mejor tu negra te perdona.
El chiste de Jesús para él tomó otro matiz. ¿Perdonarían? ¿Entenderían? ¿Podía el dinero ser una compensación?
¿Puedo salir de entre los muertos y anunciarme vivo?
Mientras más pensaba, más dudaba en todo.