CAPÍTULO 10 Rascacio #2
—Alguien viene… Toñi, no dejes que nos lleven, Toñi, To… —el celular quedó mudo y, después de un par de segundos, se colgó la llamada.
El silencio que quedó en la cochera fue extremo. Nadie quería moverse, ni siquiera Toño, que permaneció cristalizado mirando la pantalla.
Las lágrimas caían una tras otra sobre ella; sus ojos no pestañeaban. Su boca se había quedado abierta.
—Tengo que ir… tengo que ir —apenas podía escuchar la voz de Toño mientras se ponía de pie. El celular quedó en el suelo.
Abandonado, como sus esperanzas.
—Tengo que iiiiir —su frase fue un grito desgarrado. Su mirada perdida recorría el techo de la cochera, sin fijarse en nada.
Gabriel lo miraba. Una lágrima recorrió sin permiso su cara.
Quería decirle algo a Toño, pero sus dientes se apretaban, aprisionando la lengua.
Oyó pasos detrás. Se viró de golpe, pegándose al marco de la puerta.
Era una señora de unos cincuentitantos, en bata de dormir a juego con Octavio.
—Vieja, vete a dormir; todo está bien, duerme.
La mujer miró la cara de Gabriel e incluso vio a Toño, que se había quedado nuevamente estático, pero su rostro se tensó cuando Octavio se corrió dejándole visible a Jesús.
Giró rápido y se fue. Gabriel oyó sus pasos alejarse.
Justo cuando pensaba acercarse a Toño, la misma melodía contagiosa llenó el local.
Todos se quedaron nuevamente expectantes, hasta que Toño se agachó y recogió el celular.
—Dice número desconocido —dijo mientras enseñaba la pantalla a todos, con la quijada vibrándole.
—¡Por amor a Dios, contesta! —gritó Jesús, con la mano sana levantada.
Gabriel se acercó a Toño, que seguía paralizado, mirando la pantalla, negando con la cabeza.
Con su dedo índice apretó el altavoz y descolgó, ante la mirada triste de Toño y la incisiva de Jesús.
—Señor Antonio, o debo decirle Toño como su mujer —una voz áspera sonó del otro lado.
Gabriel lo tocó en el hombro.
—Sí.
—Por el bien de su familia no nos haga perder más el tiempo y pónganos con su jefe —el ritmo lento daba más impacto a cada palabra.
—¿Qué… qué jefe?
La voz al otro lado cambió. Ya no había calma, solo filo. —¿Le parece que a esta hora tengo ganas de jugar al imbécil?
Jesús estiró la mano. Toño, en automático, se le acercó, mientras él lo acompañaba.
—Por aquí Jesús Fernández. ¿Con quién hablo por allá? —su voz, firme.
Pasaron unos segundos sin que respondieran; se oía un murmullo detrás.
—¿Acaso importa el nombre? —por fin le hablaron.
—Para mí sí —Gabriel veía cómo Jesús apretaba los ojos aguantando el dolor, pero su voz salía calma y precisa—. Así le pongo nombre al perro que mató a mi hermano.
—Jesús… usted sabe cómo funcionan estos negocios —la voz cínica del otro lado provocaba un nivel de repulsión en Gabriel que le arrugaba el lado izquierdo de la cara.
—Su hermano no quiso negociar como es debido; quería saber demasiado. Cuando aparece un pez más grande en el mar, lo más práctico es no plantarle cara.
—Por eso mataste a mi cuñada y a mi sobrino —la rabia contenida de Jesús le hizo terminar la frase con la vena del cuello a punto de explotar.
Otros segundos de silencio donde solo se oía la respiración contenida de los cuatro.
—Eso fue culpa de su hermano… nosotros somos profesionales —el tono del hombre cambió; Gabriel lo sentía como justificándose—. Él no tenía que andar paseándose con ellos en medio de una guerra. Además…
—¿Qué quieren? —Jesús lo cortó.
—Directo al punto…
—Me está cansando ya tu cháchara.
—Queremos que usted elija mejor que su hermano… que respete al pez grande.
—¿Y si esa opción no me gusta? —le respondió Jesús, estirando los labios.
—Entonces dese un tiro y ahórrenos las molestias.
Jesús guardó silencio. Él y Octavio lo miraban en silencio. Toño sostenía el celular vibrando en su mano derecha. Con la izquierda se daba palmadas en el pecho y murmuraba: —Mi familia…
Jesús lo miró a los ojos; le señaló con la mano abierta que esperara.
—Sabes… mi abuelo era pescador; me llevaba con él cada rato. Me hablaba del rascacio, un pez chiquito pero peligroso por su veneno. Todos lo evitan —Jesús habló lento, dando peso a sus palabras.
Para Gabriel, aquella calma de Jesús era algo nunca visto en su vida.
—¿Quién está dando cháchara ahora? —le respondieron seco—. Dígame cuándo nos reunimos.
Jesús se quedó con la vista fija. Gabriel se preocupó por ese instante, hasta que habló:
—Me voy a reunir, pero no contigo… Tú no eres el pez grande; eres un perro con collar —Jesús hizo una breve pausa, pero no respondieron.
—Si me siento, es con el Chino, que es el que te aguanta la cadena.
El silencio volvió a reinar. Jesús se recostó con trabajo al espaldar de la silla esperando la respuesta.
—Me habían dicho que usted no era el cerebro, pero veo que tiene sus sorpresas. Lo contactaremos.
—No —respondió Jesús rápido—; yo los contacto a ustedes. Déjame un número y un nombre para registrarte. Ya tengo varios contactos que dicen perro —Jesús seguía sonando fuerte, aunque ya tenía la mano apretando sobre el hombro.
—¿Se lo mando a este número?
—Sí, y después de eso no me llamen a este teléfono; ya este infeliz no me sirve para más nada —Jesús miró a Toño, que ya sostenía el celular con ambas manos y el temblor era de cuerpo entero—. Como tampoco les sirve a ustedes de nada tener a esa mujer y su hijo.
El silencio del otro lado se multiplicaba en este otro.
—Somos profesionales… que no se le olvide eso, señor Fernández.
La llamada se terminó y todos intercambiaron miradas.
—Y mi familia —la pregunta de Toño salió con su voz desgarrada.
Gabriel le puso la mano en el hombro, sin decir palabra. Seguía sin encontrar las correctas.
Jesús se tocó las vendas del hombro con la punta de los dedos.
—Esta gente no es juego… de oírlo sé que saben lo que hacen.
Con la mano sana dibujaba trazos aleatorios en el aire.
—Y por lo que dijo el güey del muelle… No son simples matones; tienen pinta de mercenarios. Este tipo sabe lo que hace.
Sintió un escalofrío con cada palabra de Jesús. Le quitó el teléfono a Toño de la mano, que de inmediato se desplomó, como un edificio demolido, en su esquina y colocó las manos sobre la cara.
—¿Y ahora? —le preguntó a Jesús mientras Octavio le empezaba a retirar el vendaje más profundo, el manchado de sangre.
Jesús le contestó sin aflojar la mandíbula. —Ahora a esperar.
El doctor limpiaba la herida raspándola y echando líquidos, mientras Jesús mordía un rollo de gasa que le había dado Octavio.
Gabriel se sentía mareado por el olor a sangre y alcohol. Aun así se mantenía firme: con la mano izquierda acercaba la bolsa para que el doctor soltara los desechos.
Jesús lo tenía agarrado de la mano derecha como un grillete, y lo apretaba con cada grito contenido.
—Se la debes a Gabriel —le dijo el doctor a Jesús, señalándolo a él con la cabeza. Tapaba finalmente las heridas cuando volvió a señalarlo—. Te selló la herida y evitó la hemorragia.
Jesús soltó la gasa de la boca y liberó la mano de Gabriel, dejando caer la suya a un costado.
—Te quería quitar el trabajo de médico mío —su sonrisa apenas se dibujó. Las gotas de sudor le corrían por la frente y su cara estaba pálida.
—Este cubano fue un ángel que me mandaron del cielo.
Octavio lo miró con asombro.
—Así que cubano… las noticias desde antier son de ustedes. Con lo del avión se ha formado buen revuelo.
Nuevamente alguien toca el tema.
La incomodidad de no poder hablar lo hacía tragar en seco.
—¿Y qué se dice? —preguntó, tratando de sonar lo más casual posible.
—Por ahí tengo los periódicos; te los alcanzo cuando entre a la casa a buscar las inyecciones para Jesús.
Gabriel asintió mientras Octavio se quitaba los guantes y los echaba en la bolsa que todavía él sostenía.
—Tráenos algo de comer. Este y yo tenemos las tripas rugiendo —le dijo Jesús, recuperando algo de la postura y el color.
Nada más entrar el doctor en la casa, sonó la melodía. Toño salió de su ensimismamiento y, parándose como un resorte, empezó a buscar el teléfono.
Gabriel le señaló el capó del auto, donde lo había puesto al quitárselo a Toño.
En dos pasos lo agarró y, con dedos temblorosos, descolgó y se lo puso al oído.
—Dime, mi negra… —Toño escuchaba y se tapaba la cara con la mano.
Él y Jesús escuchaban solo a Toño y un murmullo del otro lado, pero fueron incapaces de interrumpir. Aunque la ansiedad lo mataba.
—Ponme al niño —Toño se secó las lágrimas y aspiró fuerte con la nariz.
—Tonito, me dijeron que fuiste muy valiente, que cuidaste a mamá —su cara se transformó y esbozó una sonrisa mientras escuchaba—. Le diste una pataona… ¡wao, qué hombresote tengo ya! Ponme a tu mamá.
Toño se puso a hablar caminando hacia la esquina. Gabriel se acercó a Jesús. Le dieron espacio, cambiando la vista.
—Parece que salieron de esta, traumatizados… pero vivos —le comentó a Jesús con cierta resignación.
—Ojalá esos mismos perros le hubieran dado esa oportunidad a mi sobrino —Jesús hablaba con odio; sus cachetes saltaban y su nariz permanecía encogida—. O los otros, posiblemente más malos que estos, a mi hijo —la frase le salió como un susurro.
Gabriel miró al suelo. No podía sostener la mirada de Jesús. Todo lo que había oído esa noche se le enredaba en el pecho. Ya no sabía bien a quién estaba viendo.
—Lo siento.
—Son de las cosas que uno debiera aceptar al estar en esta vida.
La mirada de Jesús se perdió por un instante.