CAPÍTULO 10 Rascacio
Un movimiento brusco del carro lo sacó del sueño: Toño había cogido un bache y Jesús lo regañaba con rabia.
Gabriel abrió a medias los ojos; el cuello le dolía más que el resto del cuerpo.
No alcanzaba a ver con claridad, solo sombras y luces dispersas.
El carro iba suave por una calle estrecha y oscura, las lámparas de los portales eran la única fuente de luz. Fue Jesús quien señaló con la mano:
—Pégate a esa —dijo, indicando una casa de dos pisos, blanca, con un portón a la derecha.
Gabriel miró de reojo el reloj de Toño: 11:35 marcaba su Casio. El auto se detuvo y Toño apagó el motor.
—Bájate y toca el timbre hasta que salga el médico.
Toño lo miró con cara de querer hablar, pero no lo hizo.
—Cuando abra, dile que venga al carro, que Jesús Fernández lo quiere ver —Jesús lo miraba fijo, esperando respuesta—. ¿Qué pasa, no sabes tocar una puerta y traer a una gente?
—No es eso, patrón… es tarde y a lo mejor no quiere abrirme.
Observó cómo Jesús apretó los dientes; la voz le salía cargada de rabia:
—Túmbale la puerta y tráelo por la oreja. Si con mi nombre no viene, me bajo yo mismo y le doy plomo. Esa casa se la pagué yo.
—Enseguida voy, patrón —dijo Toño, bajando del auto y cerrando suavemente la puerta. El pestañazo de la luz interior les hizo cerrar los ojos por ese instante.
—¿Sabes conducir? —le preguntó a él, cambiando el tono a uno bajo.
—Sí.
—Ponte al timón; no creo que pase nada, Octavio es de confianza, pero… —Jesús permaneció meditativo por unos segundos—. Todo se ha complicado desde que salimos de aquel infierno.
Las dudas de Jesús tuvieron eco en él. Arqueando sus propias cejas, se apeó del auto. Las luces nuevamente se encendieron hasta que cerró suave la puerta, sintiéndose solo el clic del cierre. Toño tenía todavía la mano en el timbre; al verlo bajarse le enfocó la vista.
Gabriel se detuvo cuando abría la puerta del conductor, al ver cómo la puerta de la casa se entreabrió, aparentemente hasta donde daba la cadena. No podía escuchar a Toño, pero sí lo vio señalar en dirección al auto.
Entró al carro y ajustó el asiento hacia delante al mismo tiempo en que un señor en bata de dormir salía al pórtico.
—Enciende la luz para que me vea.
Gabriel trató de girar para encenderla desde el interior, pero solamente intentarlo le dio un dolor insoportable en el costado.
Optó por otra variante: abrió nuevamente su puerta, iluminando el interior del auto.
Jesús levantó la mano como señal y el recién salido respondió con la suya mientras se acercaba.
Jesús bajó su ventanilla; el hombre le estiró la mano y Jesús la tomó sin apretarla. La cara del hombre era de evidente sorpresa, y su mirada se desviaba hacia el vendaje del hombro. Gabriel captaba cada detalle, incluso el de la mirada rápida que le dieron a él, como si fuera objeto decorativo.
—Sé sincero y dinos qué te extrañó más: verme vivo o verme en un Corolla.
—Para ser sincero, las dos —el hombre simuló una sonrisa—. ¿Quién te metió ese remiendo? —preguntó.
Jesús señaló a Gabriel:
—Este es mi nueva mano izquierda y amigo.
Las palabras hicieron que el hombre volviera a mirarlo; al parecer ya no era invisible.
Pero en él provocaron algo distinto: una mezcla de orgullo y desconcierto que le estremeció.
Miró a Jesús y luego al médico, que se habían quedado mirándolo, como esperando respuesta.
Quitando la mano derecha del timón, subió el pulgar.
—Pero no se queden aquí; vamos a meter el auto a la cochera antes de que los chismosos aparezcan. Déjame buscar la llave.
Octavio le dio una palmada a Jesús en la mano y fue hasta la puerta. Los dos quedaron en silencio esperando. El hombre entró y salió con un mando a distancia; apuntándolo, abrió lentamente la puerta de la cochera.
Gabriel detalló el interior: un auto estaba en una esquina y quedaba espacio suficiente para acomodar el Corolla.
Encendió el motor, rompiendo el silencio que había reinado durante minutos, retrocedió para alinearse bien y subió la pequeña pendiente.
Toño ya estaba en la puerta de la cochera; miraba a un lado y otro de la calle.
Nada más entraron, el doctor cerró la puerta y tocó un interruptor. Una lámpara en la esquina iluminó bien el interior de la cochera. Gabriel se bajó y, junto a Toño, ayudó a Jesús a descender.
Antes de que pudieran acomodarse en el garaje, un sonido llenó el ambiente con una melodía tecno contagiosa.
—Es mi celular —aclaró Toño mientras se colaba por la ventanilla del Corolla y lo cogía del posavasos del chofer.
Nada más lo tuvo en la mano lo volteó hacia los demás, todavía con la música sonando.
—Es Edward… el custodio del otro muelle, el que está al lado.
—Pero contesta —le dijo Jesús ante la paralización de Toño.
—Sí… dime —Toño tenía el teléfono apretado a la oreja. En menos de treinta segundos colgó.
—¿Qué pasó? —le preguntó Jesús.
—Tres SUVs fueron al muelle mío. Dice Edward que sintió cuando llegaron y se asomó a su cerca.
Toño hablaba entrecortado:
—Patrón, dice que eran como una docena, con fusiles, chalecos y la cara tapada. Que están revisando todo…
—Esos fueron los que nos cruzamos —sentenció Jesús.
Las manos de Toño empezaron a temblar visiblemente; sus ojos se humedecieron.
—¿Te pasa algo? —esa reacción le preocupó de inmediato.
—En la caseta está la foto y la rotación de los guardias… hasta las direcciones de nosotro' están puestas ahí.
Gabriel recordaba un mural con fotos, de cuando se asomó, pero la reacción de Toño después de todo lo de esa noche le parecía demasiado desproporcionada.
—Y si ya saben que era yo el de guardia… y si piensan que fuimos para mi casa, que está a dos kilómetros de ahí.
Se puso la mano en la cabeza.
—Ahí está mi familia; tengo que sacarlos de ahí. Esa gente es peligrosa.
Toño dio un paso hacia un lado y después hacia otro.
—Abra la puerta, tengo que ir a buscarlos… ábrala, por favor.
Jesús, que estaba recostado a Gabriel, se separó.
—De aquí no sale nadie —su frase fue firme, aun cuando no fuera un grito como el de Toño.
Gabriel no pudo aguantar callado. El temor de Toño lo sentía como propio. Pero la realidad le golpeaba la cara.
No hay tiempo.
—Llámales, que salgan de la casa, que se escondan. Si ellos ya están tan cerca, desde aquí no vas a llegar primero.
Su tono fue firme; Jesús se quedó callado y asintió con la cabeza.
Toño no se movió por un segundo.
—Pero acaba de llamar —lo apuró Jesús.
Toño pegó el teléfono a la cara y empezó a marcar.
—Cógelo… cógelo… cógelo —su voz salía quebrada, casi una súplica mientras apretaba el teléfono a la oreja—. No contesta.
—Pero sigue intentando —esta vez el mismo Jesús lo agitó.
Volvió a marcar; golpeaba fuerte con los dedos el teclado.
—Negra… sal de ahí con el niño —se escuchaba un murmullo del otro lado—. Negra, después te digo; coge al niño y sal de ahí ahora. Escóndete atrás del muelle de Jacinto; ahí no te va a buscar nadie.
El murmullo crecía, pero aun cuando todos estaban expectantes y el silencio del ambiente era total, no podían más que imaginar lo que decían del otro lado.
Gabriel abría y cerraba la mano; cada vez que apretaba le dolía, pero igual seguía haciéndolo.
—Corre, Negra, corre y llévate al niño —la voz de Toño ya era un llanto.
El silencio solo era roto por la voz quebrada de Toño al teléfono.
Puede ser que no sea nada; a lo mejor ni siquiera se fijan en el mural y siguen de largo.
Pero el solo hecho de que existiera la posibilidad le ponía los pelos de punta. También le recordaba algo de sí mismo: qué pasaría con su propia familia si se sabía que él estaba vivo.
Gabriel estaba seguro de otra cosa: si los SUVs ya habían salido del muelle, podían llegar a esa casa en nada.
Cada minuto que pasaba era como un saco de arena que se adicionaba sobre sus hombros. No quería moverse, como si hacerlo fuera a cambiar el desenlace.
Octavio había acercado una silla de la cochera para Jesús, que ya no aguantaba de pie. Él vio otra silla en la esquina, pero llegar hasta ella le pareció demasiado. Se sentó en las escaleras. De buena gana hubiese dormido, pero la tensión no lo dejaba.
Un sonido corto los puso a todos atentos.
—Ya mi negra y el niño están en lo de Joaquín —comentó Toño al leer el mensaje.
—¿Ese lugar es seguro? —le preguntó Jesús.
—Es una caseta de pesca a doscientos metros de la casa.
—¿Qué edad tiene el niño? —le preguntó Gabriel. De alguna forma quería calmar a Toño, pero su propia voz cortada lo delataba.
—Tiene 8 —le respondió Toño entre lágrimas.
—El mío tiene 5 —Gabriel calló al oír de nuevo el tono del celular.
Toño descolgó con torpeza nerviosa; casi se le cayó el celular.
—Dime, Negra —su voz fue agitada. Gabriel, agarrándose del marco, se puso de pie. Incluso vio cómo Jesús corrió a un lado a Octavio, que le estaba retirando el vendaje.
—Quédate quieta; dile al niño que esté quietecito —Toño habló bajo. Gabriel veía cómo su pecho se hinchaba y con esa misma fuerza se vaciaba.
—Dile que no cuelgue —Jesús le habló desde la esquina donde estaba.
—No cuelgues, Negra —Toño se dejó caer en el piso, justo en la esquina del garaje donde estaba.
Las manos en la cabeza y el teléfono en el piso delante de él; lo había puesto en altavoz y se escuchaba el sonido de respiraciones fuertes—.
Casi no le queda batería; mira que le he dicho que lo cargue antes de ponerse a dormir —Toño se golpeó la cara.
—Están en la casa; de aquí veo las linternas —la voz de la mujer, aunque susurrada, llenó el garaje. Toño los miró a ellos uno a uno.
—Diosito, que no le pase na a mi negrito —las palabras de Toño eran una súplica en llanto.
A Gabriel el pecho se le apretó tanto que no lo dejaba respirar. Miró a Jesús y descubrió unos ojos rojos, tensos, fijos en Toño. El doctor fue a seguir tratándolo y él lo apartó nuevamente con la mano.
—El teléfono está al apagarse—dijo la mujer.
—Se me va a apagar, Toñi —el desespero de la voz de la mujer hacía que Toño diera golpes con la palma de su mano derecha contra el piso, mientras su mano izquierda se la pasaba por su cara completamente mojada.