Caído del Cielo CAPÍTULO 9 Visita inesperada #2
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CAPÍTULO 9 Visita inesperada #2

Uno solo de esos fajos era más que lo que llevaba cobrado en toda su vida.

Con esa reflexión en mente abrió la guantera y tomó las carteras y prendas de los caídos; las dejó caer en la bolsa y la cerró de un tirón.

Cuando subió al muelle, Jesús estaba sentado en el carrito, recostado a las bolsas, listo para ser trasladado. Toño se colocó en posición para empujar. Toda la escena le parecía surrealista, pero sin mucho preámbulo dejó la bolsa que traía sobre las demás.

El carrito comenzó a rodar; el peso de la carga lo hacía soltar un chillido metálico. Al llegar cerca de la caseta, Jesús le señaló la pistola al guardia:

—Tómala, por si hace falta.

El guardia se detuvo en paralelo y, cogiendo el cinturón, se lo cruzó entre la cabeza y el hombro. Gabriel se llevó la mano a la espalda, comprobando que su arma seguía ahí; por un rato había olvidado que existía.

Al llegar a la puerta, Toño abrió el maletero y comenzaron a cargar las bolsas. Las últimas tuvieron que apretarlas entre él y Toño. Cada gesto le devolvía una punzada de dolor a Gabriel, pero le recordaba que seguía vivo.

—Cuando te vea después de esto, espero que tengas una buena camioneta.

Toño simuló una sonrisa nerviosa.

—Se hace lo que se puede, patroncito.

Entre los dos montaron con cuidado a Jesús, ayudándolo a bajar la cabeza y acomodarse en el asiento delantero. Gabriel se sentó atrás y Toño al volante.

—¿Hacia dónde, patrón?

—Por lo pronto, fuera de este cayo. Después llévame a una dirección que te voy a dar.

El auto arrancó a la primera, ante los ojos escépticos de Jesús. Para Gabriel, acostumbrado a los carros viejos de su país, aquello era un carro moderno.

Condujeron por el camino que los sacaba del muelle y los metía entre callejones. Gabriel se sentía ansioso: hasta ahora solo había visto muelles, marinas, lanchas y yates, pero nada de ciudad.

—South Roosevelt Boulevard —anunció Toño con voz de guía turístico, después de saber por boca de Jesús que Gabriel no había visto nunca la Florida.

Y aunque los edificios no eran muy altos, verlos iluminados, llenos de personas y vida, le recordó las palabras de su hijo: "Aquí todo es lindo, papá".

Se le humedecieron los ojos al evocar aquellas videollamadas donde el niño le contaba lo genial que era todo y lo feliz que estaría cuando llegara.

"Tú vas a ver, papá" era la frase que le repetía y que ahora le llegaba como un eco distante.

Salió del recuerdo cuando Jesús le indicó a Toño que fuera suave: a doscientos metros había una patrulla de policía. Gabriel se enderezó en el asiento y prestó atención; su gesto no pasó desapercibido para Jesús.

—No te preocupes; no creo que busquen a Jesús Fernández en un Toyota Corolla —le dijo en voz baja.

—Y menos si dicen que ya está muerto —respondió Gabriel, aunque en su mente no solo pensaba en Jesús: él también estaba muerto para el mundo.

Cruzaron un puente corto, dejando atrás el cayo. Ya veían las luces rojas de los carros en su senda, que parecían flotar sobre el océano. El tráfico no era denso; a esa hora, según Toño, la mayoría de los turistas estaban cenando.

Toño seguía en su papel de guía, pero él sabía que esa necesidad de hablar constantemente era su mecanismo para disipar el miedo. El suyo era respirar en silencio apretando las muelas; en esos días las amalgamas habían soportado una carga constante.

Cruzaron un par de cayos más, medio oscuros. Gabriel se movía de un lado a otro en el asiento, se revisaba las manos destrozadas, estiraba los pies a cada lado aliviando las contracciones. Jesús dormitaba con los ojos cerrados y, por ratos, los abría para mirar a los lados.

—El Seven Mile Bridge —anunció Toño.

Jesús abrió los ojos y giró ligeramente la cabeza hacia Gabriel.

—Son como diez kilómetros de puente. Si vienen del continente y nos pillan, se va a poner feo… no hay para dónde coger.

Vio cómo Toño se iba poniendo pálido y había enmudecido totalmente. Él sentía un cosquilleo en las manos, pero nada más rozar una con otra el dolor se las separó. Permaneció con la vista fija en el puente.

La carretera se estiraba sobre ese puente interminable; a los lados, solo oscuridad y alguna que otra luz perdida en el mar de los botes de pesca.

Veía autos y más autos; tenían que ser demasiado salados para que los identificaran.

"Estás salado" era una frase que había escuchado desde niño cada vez que a alguien le pasaban varias cosas malas, pero ahora, con sus vivencias, empezaba a entender su verdadero significado.

—Ya el cubano ni se inmuta —comentó Jesús a Toño, mientras fruncía el rostro y se ponía la mano sana sobre el hombro herido.

—Conocí a muchos cubanos; llegaban en lo que fuera. A veces se tiraban pa'l agua cuando los cogían los guardacostas y nadaban como pece'... estaban loco'.

Los escuchaba, pero no se animaba a responder ni a comentar. Sabía que esos coterráneos eran personas que habían arriesgado todo para llegar ahí, que seguro habían vendido cuanto tenían para pagar el viaje por tal de salir adelante. Tirarse al agua y nadar era el menor de los sacrificios.

Jesús afirmaba suavemente con la cabeza.

—Muy locos —murmuró.

—A los que les cayó la mala fue a los del avión de hace poco —Toño estornudó terminando la frase.

Al escuchar la palabra avión, involuntariamente saltó en su asiento y, poniendo la mano en el espaldar de Jesús, se inclinó hacia adelante.

¿Qué más sabe Toño?

—¿Esa noticia la vieron? —Toño miró a uno y otro—. Se perdieron en el radar y no los encuentran.

Gabriel tocó a Toño en el hombro. Tuvo que controlarse para solamente hacer una pregunta.

—¿Qué más dicen?

Podía comérselo a preguntas; sentía un hormigueo por todo el cuerpo.

Jesús le lanzó una mirada de reojo.

—Yo he seguido las noticias por mi radio.

Ni los gringos ni los cubanos encuentran nada…

dijeron que se les borró la señal y que en la última posición no aparece rastro.

—Toño dio un par de suaves golpes con la mano en el timón—.

Pura mala suerte, patrón. Ese pedazo de mar to' los años reclama gente.

Jesús se persignó en silencio. Gabriel se recostó nuevamente en su asiento, con la mirada perdida en alguna de las pocas luces que se veían en el mar.

No encuentran nada… y yo, al que podían encontrar, ahora estoy aquí, en tierra, más perdido que nunca en un mundo que no conozco.

Esa voz interior luchaba por no salir, por no ser gritada a pecho abierto.

Avanzaron en silencio unos kilómetros, hasta que Jesús, con un quejido, se movió en el asiento y acercó su cara al parabrisas.

—Deben ser esos —señaló con el dedo.

En una pendiente que tenía el puente más adelante, tres vehículos negros descendían en formación cerrada, como lobos de una manada.

Las manos de Toño se apretaron contra el timón. Jesús volvió a recostarse en el espaldar.

Él se quedó expectante. Si esos eran los hombres del Chino, esta sería la prueba definitiva: no el agua, no la isla, sino la carretera.

—Mantente en el carril, no hagas nada raro —Jesús habló suave, segundos antes del paso de los vehículos por su lado, bien cercanos.

El cruce fue rápido; los tres SUVs grandes moviéndose a una cercanía prohibida los hizo vibrar. Aun con el auto cerrado, el rugido de los motores se sintió.

Gabriel observaba: el puente no debía tener más de doce metros de ancho, así que se cruzaron a menos de tres metros uno del otro. Esa raya amarilla era la única barrera que los separaba.

Miró por el cristal trasero cómo se alejaban, mientras ellos iniciaban el descenso de la pendiente y pronto perdían la visual. Sintió la espalda húmeda de sudor: habían esquivado a los depredadores, pero ¿por cuánto tiempo?

—¿Qué es ese olor? —preguntó Jesús en tono serio. Las tres caras se miraron y Toño arrugó la nariz.

—Toño se cagó —Jesús comenzó a reírse, contenido por el dolor.

La risa se hizo contagiosa; los tres se sumaron. Gabriel se pasaba la mano por los ojos mientras reía; si en algo se parecía a ese hombre era en la capacidad de ambos de reírse en la desgracia.

—No diga esa vaina, patrón... me asusté bastante, pero me mantuve firme. —dijo Toño, lanzando un vistazo hacia Gabriel—. Dilo tú, cubano.

—Mira por el retrovisor, no vaya a ser que vengan de nuevo.

Toño miró rápido por el espejo de la izquierda y comprobó además el del centro.

—No se ponga pa' esa vaina usted también, que me voy a cagar de verdad.

Los tres comenzaron a reír de nuevo.

—Has hecho que me duela otra vez esta mierda —Jesús se tocaba el hombro, todavía con la sonrisa en la cara.

Pero su expresión cambió al instante, endurecida, más centrada. La voz se volvió firme:

—Cuando salgamos de la U.S. One y entremos al continente, sigue derecho hasta Florida City.

Ahí, en la primera luz grande, dobla a la izquierda por Palm Drive.

Avanza unas cuadras hasta la 6th Street.

—Toño asentía con la cabeza—. A mitad de cuadra vas a ver una casa blanca; parece normal, pero ahí vive el doctor.

Atiende en el mismo lugar donde duerme; es pequeño, pero seguro.

Él, sin saber de calles, captaba la referencia y la guardaba haciéndose un mapa mental.

Sin embargo, para pesar propio, no recordaba exactamente dónde estaba su familia: ni dirección, ni número, ni casa.

Unas amistades de su esposa la habían ayudado a encontrar el lugar; su esposa fue realmente la que más revisó todo.

Los pocos ahorros que tenían se fueron en la travesía y en la renta de tres meses.

¿Cómo contactaría a su esposa? ¿Cómo reaccionaría Lili?

Y lo que más le preocupaba: ¿qué le diría a ella?

"Llegué, estoy vivo… todos los demás no".

¿Le hablaría del cohete que vio, de la isla, de Jesús?

Todo le daba vueltas en la cabeza. El auto seguía su marcha; el sonido del motor se mezclaba con el rumor de la carretera.

Gabriel se recostó hacia atrás y cerró los ojos. No tenía respuestas. Solo preguntas.