Caído del Cielo CAPÍTULO 9 Visita inesperada
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CAPÍTULO 9 Visita inesperada

El sonido del auto por la carretera se hacía cada vez más cercano.

—Si vienen para acá —dijo Jesús, señalando la lancha con la cabeza—, corre y coge un arma larga.

—¿Y tú qué vas a hacer? —le preguntó Jesús directo a Toño.

—Lo que usted me diga, patrón.

Las luces ya iluminaban la cerca cuando Gabriel intentó ponerse de pie, el primer intento le sacó un "coño". No lo logró. Salió gateando hasta que sus piernas se ajustaron y pudo ponerse de pie, cogió por la rampa rumbo a la lancha.

—Ayúdame a moverme para la esquina —Jesús le hablaba a Toño y entre quejidos iba moviéndose, con el brazo colgando sobre el hombro del guardia.

—Esperemos que de esta sí sepas dónde está el seguro —escuchó a Jesús mientras caminaba.

Se viró para responderle que hablara bajo, pero el sonido del auto lo apuró. Aun así pudo percibir la cara del guardia: era un mapa de pánico. —Hee… —fue lo único que Toño llegó a decir.

Siguió su camino a la embarcación. Con un jalón quitó los maletines más pesados y, justo debajo, brillando a la luz tenue de las lámparas del muelle, el negro mate de las armas.

Tomó una y, sin perder tiempo, se pegó al motor de la lancha. Al mismo tiempo que desde la calle se escuchó el frenado suave sobre la gravilla, desde la lancha llegó el golpe metálico del cerrojo al avanzar.

Ese fusil ya estaba listo. El que lo empuñaba estaba temblando.

El arma larga se le hacía más instintiva, más parecida a la AKM del año de servicio militar obligatorio. Tenía la culata apretada contra el hombro y, a pesar del vaivén, mantenía línea directa con la puerta.

—Aprieta el culo coño. —murmuró mientras su respiración se acompasaba.

A lo lejos, ya veía unas siluetas en la puerta del muelle: a esos cien metros y con poca luz le parecían dos hombres jóvenes con algo en la mano, uno de ellos con gorra. Sintió un silbido. Luego otro. Los tipos llamaban al guardia.

Una sombra que se proyectó sobre la lancha lo hizo virar rápido la vista hacia el lateral. Toño iba caminando al encuentro de los visitantes.

Trató de buscar a Jesús, pero la oscuridad se lo había tragado.

Por un instante fue solo él, el fusil y la decisión.

La garganta se le secó; no podía tragar.

En ese momento no sentía los dolores en brazos y piernas, no sentía la carne viva en sus manos, ni el sonido de las olas: solo su respiración, que se seguía relajando mientras apuntaba el arma.

Si esas personas entraban armadas y violentas tendría que hacer algo.

No sería ingenuo pensar que vendrían a conversar, ni le escucharían a él hacer su historia.

El final del hermano de Jesús y su familia eran muestra suficiente de que los inocentes tampoco importaban.

Pensarlo le trajo, por un segundo, la imagen de los suyos.

Su cuerpo se fundió a uno de los motores. De no estar recostado a él, sus piernas no aguantarían. Antes de montar las cosas en la isla había rellenado uno de los dos cargadores con las balas del otro.

Desde que el golpe metálico del cerrojo le había confirmado que la bala estaba en la recámara. El corazón, una vez más, se le había puesto a prueba de resistencia y velocidad. Si la situación se demoraba mucho más podía sufrir un infarto.

Salió de su concentración cuando vio a Toño detenerse al lado de la caseta y, con la mano levantada, hacer una señal de espera para los visitantes de la puerta.

Entró y salió muy rápido, pero Gabriel notó que, mientras caminaba los metros finales hacia la entrada, se estaba ajustando el cinturón de la pistola.

Esto se puso malo

Trataba de fijar la vista a través de la mira.

Toño hacía gestos con las manos, explicando algo a los visitantes, pero las palabras se las llevaba el viento.

Uno de ellos señalaba hacia el interior.

Gabriel sentía que su cuerpo sudaba. Si entraban era un problema, aún más si Toño les decía que él estaba en la lancha.

Tendría que disparar o correr… ¿pero correr a dónde?

Le dio un vistazo rápido al agua que se veía entre los motores: salir nadando era la opción. Nadar otra vez. Recordó a Jesús y se sintió mal por pensar en abandonarlo; ni siquiera se acordó de dejarle la pistola cuando bajó a la lancha. Ahora que lo recordó fue que sintió la molestia en su espalda.

Toño abrió la puerta.

Hijo de puta. Nos delató.

El guardia les hacía señas moviendo aparatosamente las manos para que pasaran, pero los hombres no entraron. Le dijeron algo y se montaron en el auto.

Toño cerró nuevamente la puerta, el motor del auto arrancando le relajó el cuerpo. Las rodillas empezaron a dolerle de nuevo; ya no podía sostener el arma. Aun así había que esperar; definitivamente algo había pasado.

El guardia permaneció en la puerta mientras el auto se alejaba. El sonido del motor se fue apagando y dejó espacio, otra vez, para el murmullo de las olas en el muelle.

Cuando Toño inició su caminata de regreso, el tiempo se le hacía eterno. Más cuando paró nuevamente al lado de la caseta, se quitó el cinturón y lo dejó, sin entrar, en el pequeño mostrador de la ventana. Después continuó la marcha con paso más apurado.

Finalmente el cuerpo se le vino abajo. Las rodillas le ardían, los brazos le temblaban. Dejó caer el arma sobre la lancha y se apoyó en el borde, jadeando.

Jesús se asomó, saliendo de la oscuridad. Caminó unos pasos tambaleante y se sentó en el carrito. Verlo moverse lo alivió. Subió la rampa arrastrando los pies y fue hacia ellos.

Toño tenía la cara pálida, la frente sudada. Sin hablar todavía, se dejó caer al lado de Jesús.

—Saben que entró una eclipse al puerto —dijo por fin, secándose la frente—. No creo que me creyeran que había seguido de largo. Me preguntaron cuánta gente venía y si estaba el jefe. —Toño tenía las manos temblorosas y sudadas—. Les dije que revisaran, que entraran a ver.

Gabriel repasó los gestos que había visto desde la lancha. Los movimientos de Toño, la forma en que señalaba, la puerta que se abrió y se cerró. Todo cuadraba. O tal vez no.

—Se apencaron, esos que vinieron solo son unos mirones —soltó Jesús—, pero eso significa que van a volver con más gente y más armas. Tenemos que irnos ya.

Jesús miró a Toño; su vista era como un escáner. Gabriel observaba el gesto y deducía que estaba maquinando algo. Ese no era su mundo; él no podía hacer mucho más que esperar y, si acaso, opinar.

Nuevamente caía en su verdadera situación: estaba en un país desconocido, sin dinero, sin celular, sin papeles. Y, lo peor, sin poder acercarse a nadie esperando hacer su historia y ser creído.

—¿Ahorita cuánto ganas aquí en un mes? —Jesús rompió el silencio y su meditación preguntando a Toño.

La cara del guardia volvió a mostrar desconcierto.

—Unos cuatro mil al mes… y como dos mil en la construcción.

Jesús se quedó pensativo. Gabriel, instintivamente, guardaba el número sumado.

—¿Y tienes carro? —la pregunta llegó rápida.

—Mi toyotica afuera, en el parqueo.

Jesús le dejó caer la mano en el hombro.

—Si te vas a rajar, que sea ahora… sin resentimientos. Pero si quieres buscarte cincuenta mil dólares cash, trae ese auto para acá, que nos vamos.

Toño permaneció en el lugar. Gabriel notó un tic en su ojo derecho.

—¿Pero me tengo que ir de aquí, patrón?

—Si quieres quedarte y recibir a esos matones —y diez más con ganas de cortar huevos— es tu decisión. Si me das una dirección, le doy un dinero a tu familia… porque tú no lo vas a disfrutar.

Toño resopló; su vista parecía perdida.

¡Diantre! Cincuenta mil...—repitió, y se llevó la mano al pecho como si el número le hubiera dado un golpe.

—Cash —afirmó Jesús—. ¡Pero muévete! Estamos contrarreloj.

El guardia se paró y aceleró el paso en un trote. Entró a la caseta y salió con un llavero en la mano. Gabriel y Jesús mantuvieron la vista en la repisa de la ventana, pero el arma permaneció allí.

—¿Viste, cubano, cómo a otros el dinero sí los mueve rápido? —Jesús soltó la frase con calma.

Gabriel abrió los ojos y arqueó las cejas en un movimiento rápido. Era la primera vez que lo llamaba así.

—He trabajado con cubanos, así que no te asombres si reconozco tu acento… además, los únicos locos que van en balsas para Miami son ustedes. Los dominicanos como Toño siempre entran por un pariente.

Gabriel no dijo palabra. No porque no tuviera respuesta, sino porque la fatiga le había secado la lengua. Además, ¿qué podía decirle a un hombre que acababa de perder a su familia? Se escuchó el sonido de un motor arrancando a unos veinte o treinta metros. Ambos se voltearon en dirección al ruido.

Se percató de que el parqueo quedaba detrás de los garajes o almacenes. En cuestión de minutos, el Corolla de Toño apareció en la puerta del muelle. El guardia, trotando, se acercaba.

—No estamos tan jodíos —le murmuró Jesús a Gabriel.

Apenas estuvo cerca, señalándole la lancha, Jesús le indicó a Toño que trajera las bolsas para el carrito. Gabriel, intentó moverse en su ayuda, pero Jesús lo frenó:

—Tú estás demasiado cansado; ya moviste más de la cuenta. Deja que el muchachón se gane su dinero.

Al momento, Toño, con la cara colorada y el sudor corriendo, subió con dos maletines al hombro y uno en la mano. Los acomodó al lado de Jesús y viró a buscar los otros.

Entonces recordó las armas: la que había usado, y la otra, con el cargador casi vacío.

Las había dejado junto al motor. Su cuerpo se resistía a moverse de nuevo, pero no podía permitirse dejarlas atrás.

—Voy a traer las armas y lo que está en la guantera —dijo Gabriel, recordando ese detalle. Esta vez Jesús no lo detuvo.

Se cruzó con Toño en la pasarela; su cara y músculos contraídos le indicaban que ahora llevaba al hombro los dos maletines que no se podían tocar, posiblemente los mismos que habían causado todo ese mal a Jesús y su familia.

Solo mirarlos le recordaba sus límites, pero no era momento de hablar; si en algo era especialista era en permanecer callado.

Cogió el maletín que quedaba en la lancha y lo abrió para poner dentro las dos armas largas.

Los paquetes de billetes relucían; los observó por un segundo.

La sonrisa de los Benjamín le parecía fingida, como una burla a su situación.