Caído del Cielo CAPÍTULO 8 La noticia #2
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CAPÍTULO 8 La noticia #2

Se agachó bajo protesta de sus rodillas. Jesús ahora respiraba más fuerte y abrió los ojos cuando sintió que intentaba enderezarlo. Gabriel miró al guardia y, sin que mediara palabra alguna, este se agachó para ayudar a sentarlo.

—Pensé que te habías largado.

Fue lo primero que le dijo.

—¿Y dejarte aquí tirado? —Gabriel le habló suave, a tono con el panorama—. Tenemos un acuerdo… mi palabra también vale.

—Ya yo estuviera corriendo con una o dos bolsas en la espalda —Jesús simuló una risa—. Definitivamente no somos iguales.

—Acá nos hizo el mejor regalo de la noche; nunca probé nada tan rico —sacó un muslo de la bolsa y lo acercó a Jesús.

—Este y yo tenemos una conversación pendiente —Jesús clavó la mirada en el guardia, que permanecía agachado a su lado.

—Sí, pero desmayado no podrás conversar; tienes que comer —Gabriel se mantenía pausado, y el gesto traía tranquilidad al ambiente.

—No sé cómo podré comer con lo que este me ha dicho… dime que lo inventaste… dime que es mentira —la voz de Jesús salía quebrada mientras agitaba su mano en dirección al guardia.

Sus ojos comenzaron a ponerse brillantes. A la luz tenue del muelle, sus lágrimas eran perlas que caían poco a poco.

—Igual tienes que hacerlo; tienes que tener fuerzas para poder pensar con claridad.

El guardia permanecía con la frente baja, inmóvil.

Para Gabriel, saborear el pollo era maravilloso: sentir la fibra desbaratándose entre los dientes y la grasa embarrando toda la boca.

Sin embargo, se sentía mal viendo a Jesús en ese estado, comiendo como si fuera únicamente una necesidad biológica.

Y lo entendía: él tenía una familia a la que regresar, alguien a quien alegrar. Jesús, al parecer, no.

—¿Aquella pila tiene agua de tomar? —Gabriel señaló una ducha que estaba a unos diez metros, en sentido contrario a la caseta.

—Es agua dulce que usan pa' ducharse —contestó el guardia.

—Yo, por lo menos, no soy exigente; ahora mismo me sirve hasta de un charco.

Gabriel se puso de rodillas y, resoplando, se fue parando.

—¿Puedes cuidarlo por mí? —Su frase, mientras señalaba a Jesús, hizo que el guardia lo mirara y nuevamente abriera ligeramente la boca—. Voy a tomar agua.

El guardia comenzó a menear la cabeza, asintiendo.

Jesús ni se inmutó; mordía la carne con la mirada perdida. Así permaneció hasta terminarla.

En menos de cinco minutos ya estaba de vuelta. Su paso era lento, pero se sentía diferente. Se inclinó y le acercó una lata de cerveza a Jesús.

—La enjuagué y te la llené con agua.

Jesús estiró la mano y comenzó a beberla sin parar, hasta que una tos de ahogamiento lo detuvo y le hizo derramar un poco. Tosió un par de veces más y se limpió la boca con la mano, con un movimiento lento.

—¿Todo bien?… te busco otro poco.

Jesús respondió negando con la mano, mientras cerraba los ojos e inspiraba fuerte para luego dejar salir el aire de manera sonora.

—¿Cuál me dijiste que era tu nombre? —le preguntó Gabriel al guardia, que desde que había virado estaba sentado en el suelo y lo miraba con asombro.

—Toño.

—Bueno, Toño, vamos a necesitar que nos cuentes bien todo lo que sabes y que además nos ayudes con algunas cosas. ¿Puede ser eso posible?

Trató de guiar la conversación él. En sus tiempos de director había sido mediador entre varios conflictos laborales, pero no estaba en su oficina ni aquellos eran sus trabajadores.

Toño seguía mirándolo con los ojos bien abiertos.

—Claro que sí… lo que ustedes necesiten yo lo hago, yo lo hago, pídanmelo —las palabras le salieron atropelladas; su voz vibraba de tensión.

—¿Qué le pasó a mi hermano? —Jesús rompió su silencio, pero se mantuvo calmado en su pregunta.

Toño miró a Jesús y tragó en seco.

—En las noticias salió que emboscaron su auto.

—Pero su auto es a prueba de balas —Jesús sonó contrariado.

—Sí, pero esta gente iba en serio —Toño recalcó la frase—. Usaron explosivos; lo volaron a él y a dos autos más que quedaron atrapados en la emboscada. Salió en las noticias… en las noticias.

Las manos del guardia se movían inquietas, abriendo y cerrando los dedos.

—¡Hijos de puta! —Jesús apretaba la mandíbula y el puño de la mano sana, haciendo que ambos vibraran por la presión.

—¿Iba solo?

Toño calló, y en sus ojos Gabriel distinguió un miedo que le hizo temer lo peor.

—Que si iba solo —Jesús repitió molesto. Gabriel ya tenía la certeza de que tendría que volver a intervenir.

—Iba con la mujer y su niño —la voz del guardia fue un susurro, mientras bajaba la cabeza.

—¡Me las van a pagar todos, juro por Dios que me las van a pagar cuando les reviente la cabeza y me orine en sus cadáveres! —Jesús estalló en cólera; su rostro se puso rojo y la vena de su cuello latía visiblemente hinchada—. ¡Noooo!

Jesús hizo un gesto de intentar pararse, pero no pudo; se fue de lado y, reacomodándose, estiró la mano buscando al guardia. Gabriel lo atajó, agachándose junto a él y apretándolo en un abrazo.

Toño se separó unos centímetros y balbuceaba:

—Lo siento mucho, patrón, sinceramente lo siento.

Jesús comenzó a llorar, ya no un llanto apagado, sino un llanto desconsolado que le mojaba la espalda a Gabriel y que le sacaba a él también lágrimas. La muerte de los niños siempre le recordaba por qué no creía en el dios de la madre de Jesús.

Estuvieron unos segundos fundidos en el abrazo. Hasta que Jesús fue recuperando la cordura; se separaron poco a poco. Jesús evitaba mirar a Gabriel, se secaba las lágrimas con la mano sana y miraba al piso.

Toño recogió la lata que había rodado un par de metros, se paró y, sin levantar la cabeza, soltó rápido la frase:

—Voy por otro poco de agua.

Gabriel ni lo miró; Jesús no se inmutó.

—Debo parecer un tipo patético —murmuró Jesús ya cuando Toño se había alejado.

—¿Por llorar de dolor? —la respuesta de Gabriel fue inmediata—. Los hombres también lloramos; eso nos hace humanos.

—Los hombres no lloran… mi papá nos lo decía a Ramón y a mí constantemente. Si no dejábamos de llorar, nos espantaba un pescozón. "Ándale para que lloren de verdad", nos decía.

Esa imagen le apretaba el corazón a Gabriel y lo acercaba más al dolor de Jesús.

El guardia regresó con el agua, se agachó y se la extendió a Jesús.

—Así que, Toño —le dijo Jesús, con una aparente calma, mientras estiraba la mano y tomaba la lata—. ¿Qué más tú sabes? No de las noticias; qué se dice en las calles.

Toño miró a uno y otro.

—Lo único que se comenta es que fue por una vaina de negocio que salió mal… ojo por ojo, se dice en la calle.

Jesús no se inmutó. Su rostro no mostraba nada, pero la mano que sostenía la lata temblaba lo justo para que Gabriel lo notara.

—¿Y de mí qué dicen?

Toño se quedó callado por un momento, pero antes de que Jesús repitiera la pregunta vomitó una respuesta rápida:

—Que estaba muerto.

Jesús dejó ver una sonrisa.

—Entonces soy un fantasma… ¿le tienes miedo a los fantasmas?

Toño enmudeció. Gabriel, sentado en el suelo, escuchaba con atención pero tampoco opinaba.

—Pues deberían tenerle todos miedo a este fantasma, porque también quiere unos cuantos ojos.

Toño tragó en seco y se quitó el sudor de la frente.

—Óyeme, patrón, esa gente es mala.

—¿Y yo no te parezco malo? —Jesús levantó la mano como quien quiere dar una bofetada, pero la dejó en amenaza.

—Pero usted es un caballero, patrón. Estos tipos llegaron con dinero… han comprado gente en todos lados… y al que no, lo eliminaron.

La forma en que lo dijo le removió las entrañas.

Estaba acostumbrado a que se hablara de sobornos, a que por un lado le pintaran todo idílico y por otro se supiera de los “explotes” de quienes cogían sobornados.

Pero ahora estaba en otro país, en otro ambiente, y ese "lo eliminaron" le rebotaba en la cabeza.

—¿Y a ti también te compraron? —Gabriel salió de su silencio; consideraba esa una pregunta necesaria, incluso si le respondiera que sí, qué podía hacer aquel guardia contra unos matones.

No, patroncito, no. Tranquilo, yo no soy nadie; tengo dos trabajos y una familia —el guardia hablaba rápido. La mirada de Jesús se volvió profunda e intimidante.

—Sí me dio alegría verlo. Usted de mí no se acuerda, pero siempre me da buenas propinas.

Toño miraba a Jesús mostrando una sonrisa que temblaba en su rostro.

El sonido de un auto que se acercaba frenó la conversación; las luces largas alumbraron la carretera a unos cien metros de donde ellos estaban.

—¿Esperas a alguien? —preguntó de inmediato Jesús, girándose para ver más allá de la caseta.

Toño negó con el índice mientras se ponía de pie.

Gabriel también se giró.

—Le ronca la… —frenó la grosería, pero su corazón arrancó en ráfaga.