CAPÍTULO 8 La noticia
Gabriel siguió al guardia mientras ambos cargaban la pasarela. Cada paso le pesaba, estaba mareado. ¿Cómo mirar a los ojos a un hombre que acababa de perder a su familia?
Colocaron la pasarela ajustándola para que cayera en medio de la lancha y de ahí al muelle. Sentía que la vista de Jesús lo escaneaba, como si intuyera. Evitó primero mirarlo; apretó los labios con fuerza. Se fijaba de reojo en la cara del guardia, pálido, con las manos torpes.
Cuando todo estuvo dispuesto, le pidió al guardia que sujetara el extremo superior; él bajó por la pasarela y se acercó a Jesús.
—Después que subas hay algo que debes saber —dijo, poniendo la mano sobre su hombro—. Tienes que ser fuerte. No sé cómo decírtelo, pero debes saberlo.
—¿Qué pasó? —la frase le llegó como un relámpago.
—Me comentó algo de tu hermano y su familia, pero le dije que te lo dijera directo a ti.
Jesús se separó del asiento y, con una energía renovada, se agarró del brazo de Gabriel. La fuerza del agarre y el peso lo hicieron tambalear, pero sacando otra vez el extra se enderezó.
—Llévame para allá arriba —le repitió.
Tenía la sensación de cargar una bomba de contacto ajustada para explotar al tocar el muelle.
Ambos subieron la pasarela uno detrás del otro, Gabriel delante halándolo, mientras el guardia la mantenía firme sujetando el extremo en el muelle.
Nada más pisar fuera de la pasarela, el guardia se puso de pie. Solo con la mirada fija de Jesús.
—¿Qué tienes que decir de mi familia, perro? —Jesús hablaba fuerte y arqueaba las cejas.
Él, a su lado, permanecía inmóvil, como testigo incómodo de una situación que, estaba seguro, escalaría.
—Pensé que lo sabía —la voz del guardia era entrecortada y, aunque su estatura era mayor que la de ambos, en ese minuto parecía un ser diminuto.
Jesús pasó por detrás de Gabriel y, con un movimiento de su mano libre, tomó la pistola. Gabriel no se movió. Sintió el roce del arma en su cintura, pero, aunque hubiese querido hacer algo, su cuerpo estaba en fallo.
Permaneció atento a todo, pero en silencio. ¿Qué podía hacer en realidad?
Cuando Jesús levantó la pistola y le apuntó directo a la cara, el guardia se dejó caer de rodillas y juntó las manos en forma de rezo.
—Tengo un niño pequeño… no me mate, patrón, no me mate por esa vaina.
Gabriel miraba la mano de Jesús, que comenzaba a temblar, tal vez del esfuerzo, mientras sus ojos bien abiertos mostraban una furia contenida a punto de explotar. Tenía que evitar una desgracia.
—Escucha lo que tiene que contar; él te va a dar toda la información —Gabriel intentó sonar calmado, aunque su interior se revolvía de manera violenta.
Jesús comenzó a recuperar el tamaño normal de sus ojos y de sus fosas nasales. El toro que estaba a punto de embestir se detuvo.
El guardia, en cambio, asentía, mientras abría y cerraba los ojos llorosos.
—Si no fuera por él, ya estarías muerto —dijo Jesús, sin apartar la mirada del guardia. Y luego, más bajo—: Así que habla.
—¿Qué le digo?
—Lo que pasó con mi hermano… no juegues con mi paciencia, pedazo de mierda —la cara de Jesús se contrajo; su rostro estaba pálido, y Gabriel sentía que se le escapaban las fuerzas y que en cualquier momento se derrumbaría o, peor, apretaría el gatillo.
Gabriel estiró la mano con cuidado, rozando los dedos de Jesús antes de tomar la pistola. Jesús la soltó sin resistencia, como si la mano ya no le perteneciera.
Se puso firme, con la pistola a un costado y la mirada fija en el guardia. Como si llevara años haciendo esto. Pero más que todo, consciente de que era lo más seguro para todos.
—¿Cuál es tu nombre?
La pregunta le salió como forma de ganar tiempo y, de paso, calmar tanto a Jesús como al guardia.
El guardia lo miró con sorpresa, luego a Jesús, que permanecía serio y firme como una estatua.
—Toño… —el guardia abrió y cerró los ojos mientras ponía la mano de escudo—. Antonio, pero to' el mundo me dice así. Por favor…
Toño negaba, como si quisiera borrar sus propias palabras.
—Dile a él lo que me dijiste a mí.
—A su hermano lo mataron —soltó de pronto el guardia—. Yo pensé que ya lo sabía; salió hasta en las noticias de ayer.
El hombre lo dijo todo de un tirón, como abriendo una presa antes del colapso.
Gabriel empezó a sentir un pitido agudo en sus oídos. Sentía su respiración, pero como si viniera de dentro del cráneo.
Observó que Jesús abría y cerraba la mano y, justo cuando dio un paso adelante, antes de que él pudiera hacer nada, se le desplomó de costado.
Intentó agarrarlo, pero la pistola en su mano derecha le estorbaba; el cuerpo de Jesús fue un edificio venido abajo.
Antes de ir a auxiliarlo, sin saber bien por qué, decidió mantener el control del guardia. No se sentía cómodo apuntando a nadie. Era la primera vez que lo hacía, pero cualquier alarma que se diera traería preguntas incómodas y respuestas que no sabría si debía dar.
¿Podría dispararle?
La respuesta no llegaba. Su dedo, como si hubiera perdido la conexión con su cerebro, se negaba a moverse hacia el gatillo. No era solo miedo a la policía, ni a las consecuencias. Era más simple: aquel hombre era un padre.
Su propio hijo, hacía pocos días, seguro pensaba que ya no tenía un padre para cuidarlo.
El gemido de Jesús en el suelo lo sacó de ese trance. Se agachó lo más rápido que sus dolores le permitieron.
El guardia, que estaba de rodillas, se había dejado caer hacia un lado y miraba a Jesús.
Cuando la vista lo enfocó a él, tenía los ojos abiertos hasta el límite, enrojecidos, las cejas arqueadas. Su color de piel quemada había aclarado tanto como muñeca de porcelana; de verlo se le oprimió el pecho.
—Patroncito, no deje que me mate, se lo suplico a usted que parece bueno.
—No te va a pasar nada —dijo, sin estar del todo seguro. Pero la promesa sonaba bien, y Gabriel necesitaba creer en ella, mientras movía la mano izquierda arriba y abajo, pidiéndole calma.
—Seguro te da una buena recompensa por informarlo.
—Ayúdeme a llevarlo a la caseta; necesita agua… comida y vendas.
El guardia demoró unos segundos en reaccionar.
—Hay un carrito pa' carga al lado de la caseta.
Gabriel sabía que era cierto, lo había visto al coger la pasarela, pero tenía que decidir entre dejar a Jesús solo o confiar en el guardia.
—¿Por qué no estás armado? —era una duda que arrastraba desde que lo vio por primera vez sobre la lancha.
—Los patrones prefieren que las dejemos guardadas cuando ellos vienen. Así nada más están armados ustedes —el guardia contestaba fragmentado, con una mezcla de temor y asombro.
Gabriel dio una mirada rápida a la caseta. Esos setenta metros le parecían enormes, pero por la explicación del guardia ahí había un arma.
En su nueva situación, los análisis de riesgos a los que acostumbraba en su trabajo habían cambiado totalmente su contenido.
—Vamos los dos —soltó rápido, pero firme. De las opciones era la más segura.
Manteniendo la pistola en dirección al guardia, revisó a Jesús: su respiración era suave, pero ahí estaba; la herida no sangraba.
Pronto él mismo se desmayaría si no comía algo. Sentía un vacío en el estómago que lo apretaba. En la caseta había comida: la había visto hacía unos minutos y la había olido desde que entraron al muelle.
—Vamos —le hizo una seña con la mano.
Esperó a que el guardia caminara unos cuatro pasos y se colocó detrás. Miles de veces había entrenado en su vida técnicas de defensa personal, pero esta vez estaba del lado diferente del arma.
Cada paso le costaba; hasta mantener agarrada la pistola le dolía por los círculos de carne nueva dejado por las ampollas. Pero lo único que no podía permitirse era desfallecer.
Nuevamente las dudas lo invadían: ¿por qué apuntaba a ese hombre? ¿Cuál era su crimen? Solo había dado una noticia que muchos otros ya sabían.
Se sintió ridículo. Bajó el arma, que hasta ese minuto llevaba apuntando, y sintió un pequeño alivio al sostenerla así.
De todas formas, si salía corriendo, no lo alcanzaría, y ya estaba seguro de que ese gatillo no lo apretaría.
Llegaron a la caseta y Gabriel no pudo aguantar. Su espíritu mismo se lo pedía.
—Espera —dijo.
El guardia frenó en seco y se viró lentamente, mientras Gabriel señalaba hacia la caseta.
—¿Me puedes regalar algo de comer y un poco de agua?
El guardia lo miró con la boca semiabierta. Así estuvo un par de segundos hasta que reaccionó.
—Tome lo que quiera, patroncito, sírvase usted.
Gabriel observó el interior de la caseta.
No era muy amplia: metro y medio por cada lado.
La mesa de plástico blanco ocupaba el centro y la silla, del mismo material, estaba separada de ella medio metro.
Enseguida le resaltó a la vista un objeto que la primera vez no había notado: colgado del espaldar de la silla estaba el cinturón con la pistola.
Aunque la comida como centro de mesa se veía como un premio y el olor se volvía insoportable, esa otra arma lo había frenado.
—Trae el carrito.
El guardia obedeció enseguida, sacándolo de la esquina donde estaba. Gabriel le señaló con la mano para que avanzara mientras él se paraba en la puerta de la caseta.
—Avanza.
Sus órdenes eran cortas, pero el guardia obedecía como si formara parte de su hábito.
Esperó que el guardia caminara nuevamente y se alejara unos dos metros en dirección a Jesús.
Como un chiquillo que se lleva algo escondido de la cocina, se estiró desde la puerta, tomó la bolsa de pollo frito y salió.
El crujido de la bolsa fue el único ruido que se escuchó. El guardia no se viró; mantuvo su paso, y Gabriel ya lo seguía, devorando un muslo de pollo como un perro salvaje.
El guardia frenó el carrito en paralelo con Jesús y se mantuvo esperando, sin decir palabra, sin moverse más allá del temblor involuntario que aún se le hacía visible.
Su cara reflejaba resignación. Gabriel no era ajeno a eso: lo hacía sentir mal.
Él era parte de la causa; lo había mantenido amenazado, lo había convertido en prisionero.