CAPÍTULO 7 Travesía #2
En la primera oportunidad diría adiós a ese mundo.
En lo que a él concernía, ya había cumplido su parte.
¿Pero cómo llegaría a su familia?
Gabriel resopló. Un solo hombre no lo detendría. De ser necesario, sacaría la pistola. Su brazo derecho le tembló en un gesto involuntario.
—Entra a ese muelle con cuidado, mantente separado de los otros —le aconsejó Jesús.
El lugar estaba saturado de lanchas y pequeños botes, pero al doblar la esquina se veía una entrada a un muelle más desocupado.
Una luz los encandiló de pronto. Tuvo que taparse la cara con la mano, hasta que se apagó. La silueta de otra lancha que venía hacia ellos los hizo intercambiar miradas rápidas.
—Mantente recto y suave. La policía tiene luces indicadoras arriba. Ellos no —la voz de Jesús le llegó como calmante rápido, adivinando su preocupación.
Aun así, Gabriel siguió respirando nervioso, mientras se cruzaban a pocos metros.
Del otro lado, unas tres personas con copas en la mano los saludaban y, de manera instintiva, él hizo lo mismo con su diestra dejando la izquierda en el timón.
Siguieron con la vista la embarcación mientras se separaban.
¿En qué momento de su historia la policía se había vuelto de los malos? Lo ridículo de la idea, y sus múltiples interpretaciones, lo dejaron bloqueado por un instante.
—Alcánzame la linterna —le pidió Jesús.
Gabriel reaccionó; volvió a abrir el compartimiento para sacarla, mientras divisaba a unos cien metros el final del amarradero.
Jesús la sostuvo con trabajo, dio dos destellos cortos con la linterna hacia una pequeña caseta, como si fuera un telégrafo, y en un par de segundos vieron abrirse la puerta.
Un hombre alto salió de ella y devolvió la señal.
—Todo bien, pégate al muelle y mantén la mano atrás.
La calma con que Jesús anunciaba el peligro le secaba la boca; intentó tragar, en vano. Aun así, llevó la mano atrás hasta sentir la curvatura del cabo de la pistola. Le molestaba.
Al menos medio minuto demoró el hombre en llegar a ellos. En ese tiempo, Gabriel afinaba sus sentidos: la vista se le había adecuado al alumbrado tenue del lugar, su nariz percibía el olor a mar y combustible, aunque su cerebro le jugaba una mala pasada trayéndole también un olor a pollo frito.
—Todo bien, patrón —Gabriel notó en la voz del guardia el tono servil.
—Trae un cabo, perdimos el nuestro, y amarra la Eclipse. —Aunque notaba por el cierre apretado de las manos el esfuerzo físico que le costaba, Jesús había hablado con tono de autoridad, al punto que el hombre giró sobre sus talones y, trotando, volvió a la caseta.
—Ahora viene el momento de la verdad —las palabras de Jesús fueron susurradas.
Gabriel se acercó hasta quedar de lado, cabeza con cabeza—.
Si va a pasar algo, es cuando amarre la lancha, que tenga la certeza de que no nos podemos ir…
No dudes: puede ser la vida de él o la de nosotros.
Piensa en tu familia. Le pido a Dios que no pase nada, pero los dos dependemos de ti.
Gabriel sentía que las sienes le iban a estallar. La presión en sus oídos le daba un pitido sordo que iba subiendo en intensidad mientras el guardia se acercaba con un cabo grueso enrollado en el hombro. Apretó la pistola con fuerza; sentía su mano sudar. Y de pronto una duda lo coronó.
—¿Cómo quito el seguro? —le susurró a Jesús.
—Que me parta un rayo… sácala y ponla delante.
Gabriel sacó la mano pegada al cuerpo, poniendo la pistola delante de él, a la vista de Jesús.
—Si no le tocaste nada, ya está lista. Solo baja la palanca de la izquierda.
Gabriel buscó la palanca con el pulgar. No sabía cuál era, pero apretó la que le pareció. Hizo clic.
—Ya déjala ahí y déjame rezar —Jesús enseñó una sonrisa pícara.
Mientras hablaban, el guardia ya había amarrado en el muelle. El golpe del cabo lanzado a la embarcación le retumbó por dentro; después, el guardia también saltó. Su caída movió la embarcación a un lado y otro, obligándolos a agarrarse como pudieron del asiento.
El guardia, acostado, terminó de amarrar. Cada uno de sus pasos era observado con detenimiento; su dedo índice comenzó a golpetear el lateral del gatillo a gran velocidad. Y aunque el sudor le recorría la frente y se le metía en los ojos, no movió la mano para limpiarlo.
—Listo, patrón… ¿se le ofrece algo más?
Jesús puso la mano sobre el hombro de Gabriel y le dio dos palmaditas. Este se le acercó para poderlo oír.
—No te separes nunca de la carga, ayúdame, pero siempre atento —su voz era pausada y susurrante—. Voy a necesitar ayuda para subir —se notaba el esfuerzo, pero su voz salió nuevamente fuerte para que el guardia lo oyera.
—Puedo traer la pasarela, patrón, pero su escolta debe ayudarme. Solo no puedo cargarla y ponerla.
Sus exhalaciones se hacían sonoras. Esperaba que, al menos, ni Jesús —a su lado— ni el guardia las oyeran.
—Nos la está poniendo difícil este pendejo —Jesús se pasó la mano por la cara, deteniéndose un instante en el mentón.
—Enseguida te acompaño —Gabriel usó un tono alto y fuerte que incluso pareció sorprender a Jesús.
Mientras el guardia saltaba de nuevo al muelle, Gabriel se pegó una vez más a Jesús, susurrándole en el oído:
—Si no nos matan, quiero pollo frito.
Fue algo que realmente ni pensó, pero tenía que salir de la incertidumbre en la que estaba.
—Con unas chelas —le respondió Jesús, que parecía compartir su estado.
Gabriel volvió a poner la pistola atrás para trepar al muelle, que quedaba unos treinta centímetros por encima del borde de la lancha, metro y medio desde el suelo. La acción le exigió aguantar el dolor de cada músculo que intervenía.
Siguió al guardia rumbo a la caseta, mirando los garajes con las puertas cerradas a su derecha.
El temor de que uno de ellos se abriera de pronto y tener que decidir en segundos le hacía temblar de cuerpo entero.
Se calmó por un instante al ver cómo los candados metálicos brillaban como estrellas, pero el tercero no tenía.
Faltaban menos de cinco metros para quedar en línea con ese garaje. Sus párpados saltaban. El guardia caminaba a paso normal, pero normal para él ya no era nada.
El sonido de los pasos se mezclaba con los golpes de las olas contra lo bajo del muelle y las embarcaciones. Se sentía un aire fuerte que movía las hojas de los árboles cercanos. Pero todo era secundario.
Dejó atrás el garaje. Dio un vistazo rápido a Jesús: a unos setenta metros distinguía su mirada fija.
El guardia se detuvo un metro después de la caseta y, virándose de frente, le señaló una pasarela metálica acomodada en un costado.
Gabriel se terminó de acercar a la caseta. Estando justo a su lado, le llegó como un derechazo un olor imposible de ignorar. Observó de reojo: sobre la mesa había una bolsa con lo que parecía pollo frito. Luchando con sus sentidos, sintió que su boca se llenaba de saliva.
Contra su voluntad dio unos pasos más, hasta que estuvo junto al guardia. Este le señaló con la cabeza a Jesús y le comenzó a hablar en voz muy baja.
—¿Cómo está llevando lo de su hermano?
—¿Qué? —preguntó, desconcertado. Su título de escolta era solo eso: un título.
—Pensé que, con lo que pasó antier, se iba a mantener un tiempo lejos.
El corazón le dio un vuelco. ¿Qué habría pasado con el hermano? Antier ambos estaban en la isla; no había forma de que Jesús supiera. Pero el guardia hablaba como si ya lo hubiera oído.