CAPÍTULO 7 Travesía
Llevaba más de dos horas rumbo norte. El sonido constante de los motores le provocaba dolor de cabeza.
O era el hambre. Las plantas eléctricas de los apagones diarios —esa había sido la melodía de sus noches— le habían enseñado a ignorar el ruido, a sentirlo parte del ambiente.
Ahora, el rugido de los motores era un lujo.
Sí, debía ser el hambre; sus tripas ronroneaban como un gato.
Las gotas de agua que le golpeaban el rostro cuando la proa cortaba una ola eran, al menos, un alivio frente al calor infernal. Y le sacaban esas ideas tontas que le venían en avalancha. Trataba de justificar de alguna forma su situación.
—La culpa es del bloqueo —gritó como una consigna mientras sonreía.
Jesús no lo escuchaba; estaba demasiado ido.
La marca que la venda le había dejado en la cara todavía se le veía, pero no se la volvería a poner.
Desde que veía, escuchaba y podía hablar, se sentía libre.
Apagó así las ganas de quejarse por todo lo que le estaba pasando.
En Cuba, el bloqueo lo explicaba todo. Hasta los cubanos de a pie se habían acostumbrado a usarlo como excusa.
Y ahí estaba él, en medio del mar, repitiendo el mismo estribillo.
En ese estado meditativo se mantuvo buen rato; su mirada rotaba como ventilador en tres puntos: el horizonte, el GPS y Jesús. Pero a ratos, sin pensarlo, también miraba hacia atrás.
El herido en ocasiones hacía algún sonido, entreabría los ojos y lo buscaba con la mirada. La primera vez, él había detenido la lancha para atenderlo: le dio agua, lo acomodó. Pero luego, con voz cortada, Jesús le había pedido priorizar la llegada.
—Oye, cuando veas las luces, me llamas. A donde sea que lleguemos… lo único que necesitamos es un celular —le había dicho.
Sus pensamientos volvían al día a día con su familia: su niño dando uno de sus discursos para seguir jugando un rato más, su esposa protestando —siempre ella— por ser quien preparaba el desayuno, y él, en medio, diciendo la única frase que le quedaba.
—Pero yo soy el que bota la basura —balbuceó entre dientes. Y el dolor en el pecho ya no era solo del esfuerzo físico.
Sus recuerdos se frenaron en varias ocasiones en que el pulso se le aceleró al divisar otras embarcaciones. Pero mantuvo conscientemente la distancia, apretando el timón firme con las fuerzas que sus ampollas sangrantes le dejaban.
Había pasado de esperar durante años la salida legal de su país…
a convertirse en piloto improvisado de una lancha narco, con dos millones de dólares y droga a bordo.
Un encuentro con cualquiera de esas embarcaciones podía ser fatal.
No sabría cómo explicarlo. La verdad era más increíble que cualquier invento.
En su nueva realidad, haber salido de la isla no era la victoria.
Jesús se quejó al saltar la embarcación sobre una ola, pero después se mantuvo quieto. Tan quieto que a Gabriel le preocupó. Quería parar para revisarlo, hasta que advirtió que respiraba. ¿En qué situación de dependencia estaba metido con ese hombre?
En años de directivo había evitado con éxito sobornos de todo tipo.
Coger un billete que no fuera sudado por su frente era impensable.
En su país, eso bastaba para que muchos lo tildaran de ingenuo —o de mentiroso.
Pero él sabía la verdad. Ahora ese hombre herido le ofrecía el dinero que no vería junto en su vida de hombre honrado.
Pero no era dependencia de dinero lo que lo unía. El plan de llegar al aeropuerto, que lo estuvieran esperando, de fundirse en un abrazo con su familia, se había evaporado.
Si llegaba a una orilla, ¿qué hacía? No tenía un documento, no tenía dinero, no tenía ni la dirección de su esposa, ni siquiera un número de teléfono. Todo estaba en su mochila en el avión. Y su historia, su puñetera historia, ni él mismo sabría bien cómo contarla.
Un sonido ronco que se extendió por unos segundos le arrancó una maldición. Apagó la lancha y sintió un alivio inmediato en los oídos, pero una opresión en el pecho.
—Esta mierda se jodió —habló en voz baja, viendo que Jesús no reaccionaba.
Se dejó caer desmadejado sobre el asiento, la cara al sol, los ojos cerrados. Sintió el ardor en los cachetes y el vaivén de la lancha por un rato.
—¡Socio, dame un chance… cógela con otro! —su mirada al cielo era una súplica sincera, la más sincera que había hecho.
Echó un vistazo a los motores. De lanchas no tenía idea, como tampoco la tenía de reparar muchas cosas, aun cuando su esposa cada vez que se rompía algo en la casa le dijera que lo arreglara.
Si ella estuviera ahí ya lo estaría mirando con esos bellos ojos verdes y, antes de mediar palabras, él sabría el mensaje: “arriba, Automático”.
Y su hijo. La sonrisa se le dibujó.
Ya le estaría gritando: —¡Dale, papá, arréglalo!
Sin quitar la sonrisa recordó una broma que tanto se repetía en sus tiempos de estudiante de ingeniería: “Ustedes todo lo resuelven con reiniciar”.
Miró nuevamente los controles, negó de forma involuntaria y le dio al botón verde de nuevo.
El motor arrancó con un rugido limpio, y Gabriel soltó el aire que había estado conteniendo. Un vistazo a Jesús, que no se dio por enterado, luego al GPS y reanudó la marcha.
A lo lejos ya se dibujaba la sombra de un destino. Y, como pensaba antes, sería momento de explicaciones. La que le preocupaba no era la que Jesús diera a sus parientes. Entre familia se entienden.
Él estaba en medio de todo y le podían pedir que explicara qué hacía en aquella isla. Sintió un escalofrío de solo imaginarlo. Ya Jesús se lo había mencionado antes de desmayarse.
Avanzó media hora más. Justo cuando empezaba a distinguir formas, sintió un movimiento a sus espaldas.
Jesús había abierto los ojos. Aprovechó para apagar el motor y agacharse a su lado.
Igual ya no sabía cómo acomodarse en el asiento; las nalgas se sumaban a la lista de partes del cuerpo que le dolían, aunque enumerar las que no dolían haría la lista mucho más corta.
La tarde empezaba a caer; el sol ya se alineaba con el horizonte. Gabriel se fijó en el GPS: el punto de destino estaba muy pegado a su posición.
—Estamos muy cerca, ¿puedes sentarte y guiar?
Jesús estiró la mano del lado sano.
—Ayúdame a sentarme. El timón guíalo tú; yo me siento mejor que ahorita pero no creo que pueda —su rostro era una mezcla de dolor y esperanza.
Gabriel le estrechó la mano y con la otra lo sujetó poco más arriba del codo.
La mano del hombro herido mejor ni tocarla.
Con cada tirón que hacía parecía que los brazos se le arrancaban.
Jesús pesaba el doble, o el triple, de lo que pesa un hombre que ya no puede sostenerse solo.
El vaivén de las olas y sus propios dolores lo obligaron a sostener a Jesús con una mano y con la otra aferrarse al asiento.
Cuando al fin estuvieron de pie, lo guió hasta dejarlo caer en el asiento, largando un quejido ahogado.
Pasaron unos segundos hasta que la respiración de ambos se hizo menos sonora.
—Enciende de nuevo… Vamos a seguir recto hasta Cayo Hueso.
—Dale al tercer botón: son las luces —le señaló con el índice derecho hacia la consola.
Gabriel lo pulsó y la Eclipse se iluminó.
A su izquierda, un resplandor rojo se reflejaba en el agua; a su derecha, un verde frío marcaba el costado.
Giró la cabeza y alcanzó a ver la luz blanca detrás, fija como un faro discreto.
Hacia adelante, todo seguía en penumbra.
El GPS brillaba en la consola, único punto de certeza, mientras las luces lejanas de Cayo Hueso, ahora que oscurecía, empezaban a dibujar un destino incierto.
Mantuvieron el rumbo. Recostado en el asiento, movía el timón con una mano.
—Sentí que me iba con mi vieja —comentó de pronto Jesús, rompiendo el silencio de los últimos minutos.
—Se me apagó todo.
Gabriel permaneció en silencio.
—Me podías hasta haber tirado por la borda; ni cuenta me daba… hasta que viera a San Pedro, ahí sí me caía el veinte.
Jesús, aunque en tono bajo, se sentía más fluido. Como si las horas de descanso lo hubieran ayudado. Con gusto él apagaría todo y descansaría. Pero ya faltaba poco. Podía haberle respondido, pero ya hasta hablar le pesaba.
—Inclínate poco a poco al este, tenemos que entrar al muelle privado. Fíjate en aquellas luces —Jesús señaló con su mano, y Gabriel inmediatamente enfiló hacia esa zona.
Iban dejando a su derecha las luces de hoteles y el sonido inquieto de la civilización.
Cuántas veces había imaginado esas luces desde lejos, y ahora que las tenía delante, no podía disfrutarlas.
La ilusión del náufrago que vuelve a la civilización se desvanecía al dirigirse hacia la zona más oscura.
—¿Qué hiciste con mi pistola? —preguntó Jesús, girando el cuerpo para fijar la mirada.
Gabriel lo miró; su rostro al parecer habló por él.
—No es buena idea llegar con este cargamento sin tener un seguro.
Jesús le señaló las bolsas.
Gabriel mantuvo la mirada. Aunque el planteamiento era lógico, la sola idea de darle un arma a Jesús lo ponía nervioso.
¿Qué opciones tenía?
Sin soltar el timón abrió la guantera del panel de mando. Donde antes había encontrado el chocolate, estaba ahora la pistola. Salvación y muerte compartían espacio.
La tomó con recelo, sin apretar, manteniéndola apuntando al piso.
—¿Sabes usarla? —la frase de Jesús lo sorprendió.
Demoró un instante en responderle.
—Tengo una idea, pero nunca he disparado a nadie.
Jesús sonrió.
—Esperemos que no te inicies ahora. Igual yo no puedo ni levantarla. Mejor póntela tú, atrás en la cintura, que no se vea tanto, pero que se note cuando haga falta.
La cara de Gabriel se tensó. A la luz tenue del panel, debía de parecer otro: ojeroso, quemado, con la mandíbula apretada.
—¿Y va a haber problemas?
Jesús ladeó la cabeza.
—No creo. Si todo está bien, en el muelle habrá solo un guardia. Con cualquiera de los tres que esté de turno ya hemos tenido tratos —le hablaba lento, pero ponía peso en algunas palabras—. Ellos me conocen. Pero ahí —Jesús apuntó a las bolsas— hay razones para ponerse ingenioso.
La sola mención de la droga le revolvió el estómago.
Había líneas que nunca cruzaría. No podía haberse salvado con todo en contra para terminar perdido en algo peor.
Amaba a su familia más que nada en el mundo; nunca los acercaría a nada de eso.